Escándalo en Hollywood 10. Sofía #2
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10. Sofía #2

—Cortez, ¿le has robado el coche a Barbie? —me pregunta al tiempo que señala mi Cadillac Fleetwood de 1989 color rosa con un gesto de cabeza—. ¿Con qué funciona? ¿Con esperanzas y oraciones?

—Al menos el mío no es el típico automóvil que cualquier macho blanco heterobásico millonario puede escoger en un catálogo.

—Puede que ese sea precisamente el problema.

—Mi Cadillac Fleetwood tiene carácter. Ya no se fabrican coches así.

—Gracias a Dios, añadiría yo. —Extiende el brazo hacia la entrada del Sal Negra—. ¿Qué te parece si ponemos fin ahora a esta escenita?

—Has empezado tú, como siempre.

Y, para que quede claro que no es un caballero, lo adelanto. Entro en el restaurante e intercepto a uno de los empleados de la sala.

—Buenos días, una mesa para dos, que sea dentro si es posible, gracias.

El hombre me sonríe y coge la tableta.

—Déjeme comprobar qué tenemos disponible.

—Hace un día espléndido —me dice West—. No sería mala idea comer fuera.

—Sí, pero prefiero que no nos vean juntos. Además, fuera está lleno de fans tuyos que se plantarán en la mesa todo el rato para sacarse una foto contigo.

—¿No tendrás envidia?

—¿Sabes?, no todo el mundo quiere ser tú.

—Sobre todo porque nadie sería capaz de ser yo.

—Discúlpeme, me he equivocado —digo, volviéndome de nuevo al jefe de sala—. Necesitaremos una mesa para tres: acaba de llegar su ego gigantesco.

—Lo siento, pero en el interior está todo reservado. Puedo acomodarlos fuera; si no, tendrán que esperar a que quede una mesa libre.

—Tranquila —me susurra West al oído—. Después también me haré una foto contigo.

Detesto admitirlo, pero, con el día tan bonito que hace, ahora que aún no aprieta el calor estival, habría sido una lástima comer en el interior.

Bajo las palmeras, que hacen las veces de filtro entre el paseo marítimo y la playa, con un cóctel fresco y el rumor del mar, lo único que desentona es la compañía.

Cojo el menú, pero, en vez de leerlo, estudio a West, protegida por las gafas de sol.

El pelo oscuro peinado al viento —he dicho expresamente «peinado» en lugar de despeinado—, el moreno de su piel, dorado pero discreto, no como esos falsos obtenidos a base de espray naranja, la camisa azul, solo con unos pocos botones desabrochados, no lo bastante ceñida como para resultar vulgar, pero lo suficiente para dar a entender a todo el mundo que entrena con regularidad, las mangas siempre remangadas hasta el antebrazo.

Ya las llevaba así en la universidad. ¿Cómo es posible que, después de ocho años viviendo en planetas distintos, hoy sea el tercer día consecutivo que nos vemos?

—¿Hay algo que quieras decirme, Cortez?

—¿Eh…? —digo, saliendo de mis pensamientos—. No, ¿por qué?

—Hace diez minutos que me miras.

—Estoy decidiendo qué pedir —le replico, molesta.

—Veo mi reflejo en los cristales de tus gafas; si de verdad estuvieras leyendo el menú, debería ver el reflejo de los platos del día.

¡Malditas lentes de espejo!

—¿Y entonces por qué estabas mirándome tú a mí?

La pelota vuelve a estar en el campo de West.

—Porque estaba pensando en lo increíble que es que durante ocho años ni siquiera nos hayamos cruzado por casualidad, y de pronto nos veamos tres veces en tres días.

—Yo tomaré un burrito con gambas —digo, cerrando el menú con un chasquido.

¿Realmente los dos estábamos pensando lo mismo?

Cuando llega el camarero, él pide una parrillada de mar, mi burrito y unos nachos para compartir, aunque yo no le he dicho que me gusten. Junto con nuestros iced coffee , también traen la preceptiva sangría de bienvenida.

—Zinfandel de Napa —comenta West con voz de entendido después de olfatear la copa.

Yo, en cambio, como aún no me he recuperado de la resaca, me abalanzo sobre el café.

—Antes que nada, hagamos cuentas —digo, al tiempo que saco un sobre del bolso y se lo tiendo.

West lo abre, mira el contenido y se queda perplejo.

—¿Dinero?

—Por los gastos de la habitación del Chateau Marmont. Ahórrame aquello de «quédatelo» y «no tienes por qué». No quiero deberte nada, así que haz lo que quieras con él; dónalo a la beneficencia, quémalo, arrójalo al mar, pero es tuyo.

—Como tú desees, no pienso discutir contigo por la cuenta del hotel, pero has de saber que no te la hubiera reclamado. Solo para que quede claro.

—No quiero desequilibrios de poder entre nosotros.

—¿De poder?

—El dinero es poder; tú deberías saberlo mejor que nadie. Durante los años de universidad, el dinero de tu familia tapó todos tus desmanes. Un estudiante normal, o uno pobre, habría sido expulsado de forma inapelable, y lo sabes.

—¿De verdad piensas remover el pasado otra vez?

—No, pero quienes como yo han sido víctimas de los privilegios de otros (el peso de un apellido ilustre, contar con la protección de una red social o la banal superioridad que confiere contar con medios económicos), no olvidan.

—Escucha, acepto tu dinero. Estamos en paz. —Llega el camarero con los platos y West le devuelve unos cubiertos—. Llévate los cuchillos. Mejor que no haya nada afilado en esta mesa.

—Okey —responde el chico, que me mira extrañado, pero no hace ningún comentario.

—Bien, y ahora, Wild Wild West, saca todos tus ases de la manga y transfórmame en un sabueso de los chismorreos —le digo mientras extraigo del bolso mi bloc de notas.

—¿Por qué no un pergamino y un tintero, llegados a este punto? —se burla—. Usa la grabadora, ¿no?

—Esto es una clase, y para aprender no hay mejor método que escribir a mano lo que se escucha.

—Como quieras, pero estate atenta, porque no pienso repetir —me advierte—.

Uno: redes sociales. Crea dos perfiles ficticios.

En uno de ellos sigue a todas las estrellas, sea cual sea su condición, no solo a las que te gusten, no seas esnob.

Sigue a sus parientes, a sus amigos, sus redes sociales…

Estudia detalladamente sus contenidos, sus casas, sus costumbres, porque la exclusiva siempre se encuentra en el cambio infinitesimal.

¿Desaparece del estante uno de los marcos con la foto del matrimonio?

Hay un divorcio en el aire. ¿Una estrella lleva consigo la misma maleta dos días seguidos?

Ha dormido fuera. ¿Ha desaparecido un frasco de suplementos de ácido fólico de la encimera de la cocina? Hay un bebé en camino.

—¿Y para todo lo demás?

—Sigue a sus peluqueros, esteticistas, manicuras, dietólogos, asistentes personales, chóferes, niñeras, masajistas, entrenadores…

Todas esas sombras que gravitan alrededor de las estrellas y custodian sus secretos.

Descubre qué vida llevan, adónde van, frecuenta su entorno, hazte amigo de ellos.

Hasta los más fieles escuderos tienen alguna piedra en el zapato.

—Esas son tus fuentes fidedignas, supongo. —Le doy un mordisco a mi burrito y se me escapa un gemido desconsolado.

—¿Qué pasa?

—Nada, es que… Es vegetariano. No lleva gambas —constato con desilusión—. No tengo nada en contra de los vegetarianos, ¿eh?, pero me gusta más con gambas.

—¿Y qué problema hay? Que se lo lleven —me comenta con la mano ya alzada.

—¡No! Déjalo, por favor, no quiero hacer el papel de la clienta pretenciosa.

—Perdona, pretenciosa ¿de qué? Has pedido una cosa, y te han traído otra.

—Déjalo correr, por un capricho mío no quiero crearle un problema a un chico que a lo mejor se está pagando los estudios con este trabajo.

—¡Por supuesto, prefieres mortificarte antes que ponerte en contra de la clase trabajadora! —me espeta.

—¡No me hago la mártir, lo que pasa es que sé de lo que hablo!

Para escribir un artículo sobre las condiciones laborales de los trabajadores de hostelería mal remunerados, me infiltré en la plantilla de un restaurante de comida rápida.

Vi y escuché cosas escalofriantes. Jóvenes con préstamos universitarios astronómicos que debían soportar toda clase de atropellos por parte de clientes arrogantes para poder redondear el sueldo con algunos dólares de propina.

Resistir más de dos días ya es todo un récord en sí mismo, porque los restaurantes tienen a un sinfín de aspirantes haciendo cola en la puerta; basta la mínima tontería para echar a un trabajador…

Pero ¿qué voy a explicarte a ti? Sin ir más lejos, yo también trabajé de camarera en la cafetería del campus, aunque con el uniforme probablemente era invisible para ti.

—Abre el burrito —me ordena West.

—¿Qué?

—Abre el puto burrito, Cortez.

Hago lo que me dice y él introduce unas cuantas gambas de su parrillada en mi burrito.

—¡No! ¿Qué estás haciendo?

—Come, o te juro que te meteré el burrito entero en la boca.

—No era necesario.

—Sí, hazme caso. Si es el único modo de hacerte callar y de que comas, pediré que nos traigan toda la carta.

—Exagerado.

—Ahora viene la parte más importante, así que abre bien las orejas.

Los representantes son tu principal fuente, la linfa vital de las noticias, por una sencilla razón: se arrojarían a las llamas por sus clientes, sobre todo porque viven de los ingresos de sus protegidos.

Cuanto más famosa se vuelve una celebridad, más trabaja, más dinero gana y, en consecuencia, su representante también.

Y los representantes compiten entre sí, de modo que son los primeros en proteger los intereses de sus propios clientes y, al mismo tiempo, procuran que les vaya muy mal a los demás.

—Me parece despiadado.

—Si un actor está compitiendo con otro por un papel importante, ten por seguro que el representante de ese actor hará todo lo posible por sacar de en medio al rival. Y el chismorreo sirve para eso: ninguna productora quiere trabajar con un talento que esté sufriendo una crisis de imagen…

—Y tú creas la crisis de imagen —concluyo.

—En ningún momento soy yo quien mete los esqueletos en su armario, ya están allí. Mi trabajo consiste en sugerir que en ese armario hay algo… Y casi siempre tengo razón.

—Pegarse a los talones de los representantes, recibido —apunto en el bloc de notas.