10. Sofía
Sofía
—¿H as oído hablar de esos que blanquean dinero a cambio de un porcentaje de la suma que lavan? —me pregunta Cindy mientras nos dirigimos a la sala de descanso para la pausa del café.
Nos la merecemos después de pasarnos dos horas en un seminario deontológico sobre la actualización de las normas periodísticas, que me ha trepanado el cerebro, ya de por sí debilitado tras los martinis de ayer.
—¿Te refieres al reciclaje?
—No. A la gente que lava los billetes con agua y jabón, los seca y los tiende para dejarlos como nuevos.
—¿Y por qué lo hacen?
—Germofobia, supongo… No sabría decirte. ¿Y has oído hablar alguna vez del dumpster diving ?
—¿Zambullirse en los contenedores? ¿Es una nueva perversión que no conozco?
—No, es una especie de caza de gangas. Hay personas que esperan a que cierren los grandes almacenes y las tiendas de marcas de prestigio para buscar en sus contenedores de basura productos que el establecimiento ha desechado. ¿Te acuerdas del secador de pelo Dryson?
—¿Aquel de mil y pico de dólares, que te seca el pelo y te lo moldea en un instante?
—Ese mismo, pues hay una tía que recuperó de la basura los que el establecimiento había desechado tras cortarles los cables del alimentador. Ella los sustituyó y revendió los secadores. ¡Hay quien se saca hasta cuatro mil dólares al mes con el dumpster diving !
—Eso mi madre lleva haciéndolo toda la vida, pero no sabía que tuviera un nombre.
—¿De verdad?
—Yo he crecido con el dumpster diving : vestidos de firma defectuosos que mi abuela reparaba a la perfección, tecnología reacondicionada, productos de muestra…
—¿Y eso es legal?
—Digamos que no es ilegal.
—Entonces es legal.
—No.
—O sea, que es ilegal.
—No es ilegal.
—Perdona, pero ¿cómo puede ser legal e ilegal al mismo tiempo? ¿Puedo escribir sobre ello o no?
—Mi madre es una autoridad en la materia, si necesitas consejo. Yo hice de vigía durante años. Los niños siempre inspiran ternura.
—La llamaré sin falta. Dios mío. —Cindy se aprieta las sienes con los dedos y gimotea de dolor—. Necesito otro café; me duele tanto la cabeza que veo doble.
—Y eso que la que pilló una buena ayer fui yo.
—Estoy probando nuevos métodos no convencionales de ganar dinero, así que me he pasado toda la noche escroleando en Reddit, y ahora me explotan los ojos. ¿Largo y sin azúcar, como siempre? —me pregunta.
—Cindy, has pulsado el botón del té —le digo—. El del café está debajo.
—Tengo que volver al oculista; está claro que mi visión ha empeorado.
—Tú no necesitas un oculista, necesitas unas vacaciones: has tenido cinco hijos, uno detrás de otro —le recuerdo.
—Ya lo sé, Trey y yo sentimos debilidad por los niños; en cuanto vemos a un recién nacido, nos entran ganas de engendrar otro.
—¿No me estarás diciendo que el sexto ya está en camino?
—Oh, no —niega sacudiendo la cabeza con firmeza—. Hemos decidido parar y dedicarnos a criar a los que ya tenemos. También, porque, si no dejo de dar de mamar, acabaré con las tetas por las rodillas.
—Sabia decisión. Al menos, este junio, por tu cumpleaños, podré regalarte preservativos, en lugar de los discos absorbentes de siempre —le tomo el pelo.
—Guárdatelos para ti. Yo, para ahuyentar cualquier tentación, en diciembre fui al ginecólogo y me hice poner un Nomyra.
—¿Un diafragma?
—No, es un dispositivo de esterilización que se inserta al momento durante la misma visita.
—Lo recordaré en caso de necesitarlo.
—Y estando Rafael en Uruguay, ¿cómo piensas tener un hijo? ¿Con la fuerza del pensamiento?
—Paraguay —rectifico el país, y la máquina emite un bip anunciando que mi té ya me espera en la trampilla dispensadora—. En cualquier caso, volverá tarde o temprano.
—Hum… ¿No tenía que haber regresado ya en septiembre?
—Sí, pero…
Cindy alza una mano y me interrumpe.
—Después lo aplazó a finales de octubre. A continuación, lo prolongó hasta mediados de noviembre, y más tarde dijo que volvería por Navidad, pero le expiró el pasaje. Por San Valentín te obsequió con una cena romántica por videoconferencia… Sofía, ya estamos en abril.
—Ya sé en qué mes estamos, gracias. ¡Al menos él trabaja en lo que le gusta!
Está documentando la actividad de una organización no gubernamental dedicada al desarrollo de las zonas pobres de los países de Sudamérica —replico—.
Ya, primero tenía que ser solo Surinam, pero después añadieron Bolivia, Venezuela, Paraguay, y qué quieres que le diga: «Tu novia necesita que estén por ella, así que déjalo todo y vuelve a casa».
Si yo estuviera metida en una investigación importante, por ejemplo, qué sé yo, en Corea del Norte, y él me pidiera que regresara para hacerle un masaje en los pies, me explotaría la cabeza.
Yo entiendo el valor de la pasión, de hacer aquello que uno desea, y tiene todo mi apoyo en esto.
—Pero tú estás aquí.
—Sí, yo soy quien lo estaré esperando cuando vuelva.
En el fondo, mis palabras traslucen mucha más seguridad de la que siente mi corazón.
No negaré que me he sentido mal cada vez que Rafael ha pospuesto su regreso, pero soy una persona madura, capaz de superar estas triviales decepciones.
Aunque no sé cuánto tiempo estará fuera, o si añadirá otra etapa; sea cual sea su decisión, la respeto, porque eso es lo que mismo que él querría para mí.
—Ni siquiera sigue tu TG en streaming .
—Es por culpa del huso horario —respondo a modo de justificación.
—Paraguay tiene nuestro mismo huso.
—No siempre tiene acceso a la red, depende de dónde se encuentre.
Cindy levanta las manos en señal de rendición.
—Okey, vale. Rafael siempre gana.
—A ti no te gusta.
—Aparte de la cena que organizamos en mi casa hace dos años, no lo he visto lo suficiente como para decir que no me gusta.
Es más, sobre el papel parece perfecto: culto, está al día de la actualidad, es independiente, tiene paciencia con los niños, siempre está volcado en las causas justas, es de mente abierta…
—enumera de carrerilla—, pero me pregunto si, dentro de su escala de prioridades, ocupas algún puesto en el podio. El que sea.
—No necesito estar en un podio para confirmar mi valía —afirmo, lanzando el vaso vacío a la papelera.
—Vale, pues, si tú estás contenta, yo también.
—Esa es la actitud.
Volvemos a nuestro cubículo, cada una a su escritorio. Ella coge un tubo de analgésicos del cajón y se echa una pastilla a la boca.
—Dame una, por favor. Los cócteles de ayer por la noche me están martilleando el cráneo.
—Ayer te lo pasaste en grande, ¿eh?
—Más bien me hundí en la desesperación, diría yo —respondo—. ¿Tú sabías que en El Cielo no pueden hacerse ni fotos ni vídeos?
—Mírame, Sofía. —Se señala las ojeras—. ¿Crees que tengo pinta de saber qué sucede en El Cielo?
—Me encanta que me sermonees sobre mi relación a distancia y, sin embargo, nunca menciones a qué dedicas todo tu tiempo y tu espacio —le reprocho.
—Tienes razón, pero yo al menos lo reconozco: la maternidad ha absorbido mi vida.
—¡¿Lo habéis oído?! —exclama Kim asomando la cabeza por nuestra puerta—. Nikki Kent y Chris Partridge se divorcian.
—¿En serio? —Cindy deja los dedos suspendidos sobre el teclado de la sorpresa—. A Trey y a mí nos chiflan, no nos perdemos ni un detalle de su show. Gracias a él me recuperé de la depresión posparto.
—Yo me alegro, Nikki se merece a alguien mejor.
Solo uso sus productos, y mi piel nunca ha tenido ningún problema.
¿Y su lencería modeladora? Es todo un descubrimiento.
Siempre he pensado que Chris solo estaba con ella por su fama; si no llega a tener la suerte de hacerse viral hace cuatro años con sus vídeos, no sería nadie —dice Kim en plan adulador, y a continuación me apunta con el dedo—.
Una exclusiva de West, anunciada esta misma noche, crujiente como el pan recién horneado.
Eso es lo que tienes que hacer, Sofía: llegar a las noticias antes que los demás.
—Dicho lo cual, se marcha con aire desdeñoso.
—¡Que le den por saco a West! ¡La exclusiva sobre Nikki se la di yo!
Cindy me mira incrédula.
—¡¿Qué?! ¡¿Cuándo?!
—A ver, no es que le diera la exclusiva literalmente.
Ayer por la noche me dejó entrar en El Cielo, porque el contacto de Kim resultó un fracaso.
Mientras hablaba con él, comenté que estaba investigando el asunto inmobiliario de Mar Vista, y él aprovechó mi información para lanzar su exclusiva.
El muy cabrón. —Omito toda la parte relativa a mi desmayo, lo de él reservándome una habitación de hotel y el penoso espectáculo a propósito del color de mis bragas, y prosigo con mi historia—: Pero le dije que debía compensarme, ¿sabes?
—Sácale algo de pasta, que aquí buena falta nos hace. Y él está sobrado.
—Mejor que eso: me dará clases de chismorreos. Le he pedido que me enseñe todo lo que sabe.
—¿Y ya te fías de él? —No parece convencida—. Podría inducirte a seguir pistas falsas a propósito.
—No, pero ahora mismo no tengo nada. Así que ¿qué puedo perder por probarlo?
West y yo nos encontramos en Venice Beach. Llegamos juntos y aparcamos el uno delante del otro.
Ninguno de los dos quiere bajarse el primero, para no parecer demasiado ansioso de querer comenzar nuestro encuentro.
La situación es como si estuviese sacada de una escena a lo Sergio Leone: él y yo, cara a cara. Pero el desenlace lo deciden dos chicos que al parecer lo reconocen, y pican en su ventanilla para pedirle una foto, tras lo cual Hayden se baja de su famoso Porsche 911 azul.
Entretanto, yo me estoy peleando con mi portezuela, que no está dispuesta a dejarme salir.
—Por favor, ahora no —le imploro como si pudiera oírme, pero sigue bloqueada—. Vale, pues al final tendré que hacerlo.
Me tocará deslizarme hasta el asiento del pasajero y bajar por la otra puerta.
Lamentablemente, los dos fans ya han dejado libre a Hayden, que está pasándoselo en grande con mi espectáculo circense.