9. Hayden
Hayden
—¡P edazo de cabrón, bastardo, cara de culo, falso, embustero, hipócrita, traidor, aprovechado, cabrón! —me grita Cortez en cuanto abro la puerta de mi apartamento.
—Has dicho «cabrón» dos veces.
—Quería remarcar el concepto.
Sin pedir permiso, planta una mano en la puerta e irrumpe en el apartamento, pasando por debajo del brazo con el que mantengo la puerta abierta.
—Ponte cómoda, haz como si estuvieras en mi casa —le indico con sarcasmo.
—No sé cómo puedes mirarte en el espejo.
—Con los ojos.
—Eres un miserable.
—Recuérdame qué parte de haberte pagado una habitación en un hotel de cinco estrellas mientras estabas borracha y empapada me convierte en un miserable —le pregunto, molesto.
Ella abre el bolso, mete la mano dentro y saca la tarjeta de crédito.
—Te lo pagaré todo, hasta el último céntimo. No quiero deberte ningún favor. ¡Eres un ladrón, y yo no trato con ladrones!
—Disculpa, pero tú no tienes nada que me interese robarte —le replico. Me acerco al frigorífico y cojo un botellín de agua. Es una estratagema para impedir que vea mi cara de satisfacción.
—¡Ah, sí, por supuesto! La exclusiva sobre Mar Vista y la sociedad que Bracknell está impulsando para construir el complejo residencial de lujo. Era mía.
Cortez golpea la superficie de la isla con las palmas de las manos y el eco se propaga por toda la sala. Cuánta fuerza para unas manos tan pequeñas…
—Tendrías parte de razón si solo lo tuyo fuera noticia. —Desenrosco el tapón de la botella y el sonido del gas al liberarse resuena por toda la estancia—. Pero, por desgracia para ti, no lo era.
Me mira con los ojos como brasas.
—¿Estás de broma? ¡Llevaba semanas investigando el asunto de Mar Vista!
—¿Acaso dormías en las clases de Clarkson, o es que te has dado un golpe en la cabeza y tienes amnesia? La noticia es el divorcio de Nikki Kent y Chris Partridge. A ti te faltaba la «Sustancia».
Una lección sobre la «Sustancia»: no existe una noticia hasta que no aparece la «Sustancia», el vértice de la atención, aquello que hace sentir al lector que es un ser privilegiado al que se le brinda la posibilidad de mirar por el agujero de la cerradura.
La «Sustancia» es aquello que los demás no quieren que sepas.
La «Sustancia» es lo que podría haberte sucedido a ti, pero por suerte le ha pasado a otro.
La «Sustancia» es lo que quisieras que te sucediera a ti, pero por desgracia le está pasando a otro.
—Yo tenía la «Sustancia» —me replica indignada—. El housing social…
—¿El cambio del uso que se destina a un terreno es tu «Sustancia»? —le pregunto entre risas—. Patético.
—¡Ah, claro que sí! A ti debe de parecerte patético, viviendo en un puto apartamento con vistas al mar, una cocina de diseño, donde, por cierto, no cocinas, porque ni siquiera tienes un horno o un lavavajillas…
—Son abatibles.
—Bla, bla, bla… Abatibles. ¡Solo tu sofá ya es más grande que un apartamento de una habitación, y este parquet cuesta el sueldo anual de un obrero!
—Madera de roble italiano.
Llegados a este punto, me resulta divertido sacarla de quicio.
—Y… y… y… —Mira a su alrededor, examinando cada metro cuadrado de piso—. ¿Eso que hay en el balcón es un jacuzzi?
—¿Quieres probarlo?
—¿Ves? Es por esto por lo que no entiendes mi «Sustancia». A ti no te falta de nada, no te afecta, no tienes empatía.
—Si cuentas con la empatía de los lectores para que te cuadren los números, bonita mía, me estás demostrando que vives en el mundo de los sueños.
—Uno: yo no solo aspiro a que me cuadren los números. Aún hay gente que hace periodismo por amor a la noticia, aunque tú, a estas alturas, ya te hayas transformado en un vendido. Dos: no soy «tu bonita».
—Estoy en mi casa y estaba entrenando. Además, ¡¿por qué tengo que justificarme?!
Introduzco una cápsula en la cafetera y pulso los botones de inicio con fuerza, irritado por el hecho de que, hoy igual que antes, Sofía Cortez sea capaz de hacerme sentir culpable por ser lo que soy.
El líquido oscuro desciende por la taza gota a gota, un poco como mi amor propio, que se deteriora minuto tras minuto. Siempre logra hacer que me sienta indigno.
Cortez y yo fuimos grandes rivales en los debates, cuando estábamos en la universidad, y nunca olvidaré lo que me dijo Clarkson, al final de uno de nuestros feroces cara a cara: «Vosotros dos estáis a la par, pero tú ganas, porque sabes hablar.
Sabes administrar los tiempos. Sabes dar con el ritmo adecuado, sabes construir una historia, pero ella tiene los argumentos.
Si también poseyera tu elocuencia, te haría morder el polvo».
Así que es verdad, soy un gran vendedor de humo. El mejor que existe.
Ella, en cambio, siempre ha sido mejor en cuanto a contenidos, y lo sigue siendo.
—¿No les ofreces una taza de café a los invitados? —me suelta de pronto.
—Si fueras mi invitada, sí, pero resulta que nadie te ha invitado —le replico, y tomo un sorbo de café—. ¿No has desayunado en el hotel?
—Me habría gustado hacerlo, pero he visto la noticia del divorcio de Nikki Kent en tu sitio web y estaba demasiado enfadada para permanecer allí un segundo más. ¿Por qué sonríes?
—¿Lo ves? Tú también la has llamado «la noticia del divorcio de Nikki Kent», y no «la noticia del cambio de housing social a complejo residencial de superlujo bla, bla, bla».
Yo llevaba razón: la mía era una noticia con «Sustancia», la tuya no.
Y para leerla… —me inclino sobre la isla de la cocina y me acerco más a ella— has tenido que entrar en mi página.
¿Cómo es posible que hayas hecho tal cosa?
Ella alza los ojos al techo y resopla. Sin el maquillaje, sus pecas aún se distinguen mejor.
—Te he buscado en internet: quería averiguar qué pasó ayer, y necesitaba estimular mi memoria visual para recomponer los recuerdos.
—¿Y tenías que estimularla conmigo?
Inspira profundamente y aprieta los labios.
—Me he despertado en la cama tan solo con la ropa interior puesta, y me he temido que… Dios, ni siquiera me atrevo a decirlo…
—Si lo dices en voz alta, te pago lo que pidas.
Ella se sonroja.
—No tendrías suficiente dinero.
—¿Y si te diera algo que no tiene precio?
—No quiero tu toalla de entrenamiento con tu autógrafo, gracias —me replica, pero al instante se queda inmóvil y pensativa—. Hay algo que sí podrías darme.
—Cuenta con ello. —Lo que sea con tal de poder tener esta satisfacción.
—Por un momento he pensado que tú y yo habíamos tenido sexo —susurra.
—¿Podrías decirlo un poco más alto, por favor?
Sofía se aclara la garganta para ganar tiempo.
—Por un momento he pensado que tú y yo habíamos tenido sexo —repite, muy azorada—. ¿Ya estás contento?
—¿Y a qué viene tanto miedo?
—En fin, simplemente era eso —vacila, mientras busca una justificación plausible—. Estábamos en un hotel, tú me dejaste aquella nota de Casanova de pacotilla en plan «Está todo pagado», y yo estaba en la cama, en bragas y sujetador…
—Te lo explicaré para dejar las cosas claras: en El Cielo, después de cuatro Espresso Martini, te desmayaste y yo te socorrí. Quise llevarte a tu casa, pero no recordabas la dirección, así que pensé que lo mejor sería dejarte a salvo en un hotel.
—¿Y cómo explicas que estuviera desnuda? ¿Me desnudaste tú? ¿Cómo narices tuviste el valor de hacerlo?
—Ah, no. Te desnudaste tú, yo ni siquiera te puse un dedo encima.
Llegamos a la habitación y, una vez allí, decidiste hacerme una demostración irrefutable del color de tus bragas, ya que poco antes, bromeando sobre el tema, sugerí que eran azules.
Por cierto, ¿qué has hecho con las de la inscripción «All you can eat»?
—Las tiré.
—Lástima.
—Y, en cualquier caso, estás mintiendo. Yo no me desnudé.
—Lo juro. —Alzo la mano derecha en actitud solemne—. Tengo un vídeo que lo demuestra.
Casi se le salen los ojos de las órbitas.
—¡¿Cómo que tienes un vídeo?! ¡Eres un pervertido!
Cojo el móvil y abro la última grabación que tengo en la galería. En la pantalla aparece Sofía, en el centro de la habitación, tropezando con sus propios tacones mientras intenta bajarse la cremallera lateral del vestido para quitárselo, sin lograrlo.
—Joder con la mierda de cremallera —farfulla, y a continuación se coge el dobladillo del vestido y tira de él hacia arriba.
—¿Qué pasa, West, sientes curiosidad por saber de qué color llevo las bragas? Al parecer, las de esta mañana te han quedado grabadas en la memoria —me dice, haciéndole un guiño a la cámara del teléfono.
—Eran muy monas —responde mi voz fuera de plano.
—Bueno, pues siento decepcionarte , porque me las he cambiado. Yo soy una persona limpia , ¿sabes?
—Me alegra saberlo, la higiene personal es muy sexy —comento divertido.
Sofía levanta la vista de la pantalla y me fulmina con la mirada.
—¿En serio dijiste eso?
—No te distraigas, que ahora viene lo bueno.
A continuación, el vídeo muestra a Sofía levantándose el vestido con torpeza y dejando los muslos al descubierto.
—Pues bien, no son azules. Pero puedes probar a adivinarlo, si quieres.
— Si lo adivino, ¿qué gano?
—¿A ti qué te gustaría ganar?
—Te lo diré si gano. ¿Cuántas oportunidades tengo?
—Tres . Adelante, West, ¿de qué color son? —me apremia, levantándose el vestido un milímetro.
—¿Negras?
—No. Vuelve a probar.
—Hum… ¿Rojas ? —intento de nuevo.
—¿Tú crees que con este vestido podr ía llevar ropa interior roja? Adelante, echa mano de tu experiencia. —El vestido vuelve a subir inexorablemente—. Última oportunidad, juega bien tus cartas.
—¿Rosas?
—Premio, West.
Sofía tira con fuerza del vestido hasta que logra sacárselo por la cabeza, y exhibe unas bragas de un imperceptible rosa pastel efecto desnudo ante mis ojos.
—Dios mío, qué humillante —gimotea ella, golpeándose la cabeza contra la isla.
Apago el vídeo, me apoyo en el borde de la repisa y me la quedo mirando con los brazos cruzados.
—¿No quieres ver la parte más divertida, cuando te tropiezas con tus propios pies y te desvaneces encima de la cama?
—Que sepas que, si se te ocurre divulgarlo, incurrirás en un delito penal. Yo no te he dado mi consentimiento.
—No tengo la menor intención de subirlo a las redes, si eso era lo que te temías. Lo he grabado para mí, por si se te ocurría acusarme de acoso, para demostrar que no te toqué. El vídeo acaba cuando salgo, cerrando la puerta tras de mí.
—¿Y protegerte de este modo es tu práctica habitual?
—Dada mi posición, necesito hacerlo.
—No tengo intención de denunciarte por acoso, así que ya puedes borrarlo. Y ahora, puesto que te he regalado diez minutos de risas y, tal como me pediste, he manifestado con palabras que albergaba mis dudas sobre si había tenido sexo contigo, vayamos a lo que yo quiero pedirte a cambio.
—Dispara, Cortez.
Me dedica una sonrisa diabólica y dice:
—Enséñame todos tus trucos.
—¿Mis qué?
—Tus tácticas, tus estrategias, o como demonios las llames. Tengo que encargarme de la sección de chismorreos, y quiero aprender cómo se hace.
Esta vez soy yo quien se queda atónito.
—¡¿Pretendes que te enseñe los secretos de mi oficio?! Estás chiflada.
—Me lo debes. Me robaste la noticia, y lo sabes: si no te hubiera hablado de mi investigación sobre Bracknell y de la NK-living, nunca habrías obtenido tu exclusiva.
—Lo habría descubierto igualmente.
—Es posible, pero gracias a mí has llegado antes. Tengo derecho a una compensación.
—Llevo muchos años dedicándome a las habladurías, Cortez.
—Entonces tendrás un montón de cosas que enseñarme —replica ella, inamovible.
—Okey.
Aunque ella tuviera un talento innato —del cual carece por completo— para dedicarse a esto, nada de lo que le diga le resultará de la menor utilidad.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Estupendo, porque tengo un montón de preguntas. Por ejemplo, ¿cómo logras que…?
—No he dicho ahora —la interrumpo enseguida, cuando ella ya iba en cuarta—. Tengo compromisos que atender en breve. —Y, para hacerle comprender que mi tiempo es limitado, me dirijo hacia la puerta y la abro—. ¿Lo pillas?
—¿Me estás echando?
—Tendría que haberlo hecho hace rato… Un momento, yo no te dije dónde vivía, ¿cómo leches diste con mi dirección?
—Tú no eres el único que sabe recabar información, Sherlock —me suelta. Se baja del taburete y se me acerca—. Has dejado rastros, y yo los he seguido.
—Yo nunca dejo rastros, Cortez.
—Oh, sí, ya lo creo. ¿Con qué pagaste la habitación? ¿Con dinero del Monopoly ?
—¡¿Has accedido a mis datos a través de la tarjeta de crédito?! ¡Eso es ilegal!
—Lo sé, pero, como en ese momento no había nadie en la recepción del hotel, me tomé la libertad de hacer una pequeña comprobación… Y antes de que me pillaran logré dar con tu dirección.
—¿También te han echado del Chateau Marmont?
—Me han amonestado —rectifica, moviendo el índice.
—¿Queda algún lugar de Los Ángeles en el que aún puedas entrar, Cortez?
—En tu casa.
—Olvídate. Esta es la primera y la última vez que metes el pie aquí. Nos vemos mañana a la hora del almuerzo en el Sal Negra, en Venice Beach, y te daré un curso acelerado de fisgoneo.
—Seré una buena alumna, ya lo verás. —Sale del apartamento y se detiene ante los ascensores, esperando a que uno llegue a la planta—. Hasta mañana.
—Un momento; no me has dicho cómo te las has apañado para convencer al conserje de que te dejara subir a mi casa.
—Ah, ha sido fácil: le he dicho que hemos pasado aquí la noche juntos y que me había dejado la fusta en tu casa. Nunca hay que infravalorar el poder de la vergüenza, West.
—¿La fusta?
—Si tienes otras preferencias, házmelo saber para la próxima vez.