8. Sofía
Sofía
E l ruido de alguien llamando a la puerta me despierta.
—¿Qué pasa, Michelle? —farfullo boca abajo sobre la almohada.
El sonido persiste.
—Si se te ha acabado el café, ve a comprar, no uses el mío —refunfuño.
Toc, toc, toc…
—¿Y ahora qué quieres? —exclamo sentándome en la cama de golpe.
Toc, toc, toc…
No es la puerta. Es mi cabeza la que late con mucha fuerza.
Vuelvo a zambullirme en la cama, esperando que su blandura atenúe esta migraña punzante que me trepana el cerebro.
La blandura del lecho no es la de costumbre. Ni tampoco la anchura: extiendo brazos y piernas al máximo, y todas mis extremidades reposan cómodamente sobre la superficie horizontal.
Mi cama no es tan grande ni tan mullida... ¿Dónde estoy?
Abrir los párpados sellados por el rímel es toda una empresa, y, cuando el primer rayo de sol penetra en mi córnea, es como si me clavaran un clavo.
—Quiero morir —gimoteo. Estoy ciega, el aliento me huele fatal, tengo la boca pastosa y un pitido agudo me está dejando sorda.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, trato de recomponer los recuerdos de ayer por la noche. El Cielo Club, West salvándome de la segunda patada en el culo del día, unas copas, West y yo estrechándonos la mano, mirándonos el uno al otro un montón de rato…
¡Oh, Dios mío!
Me levanto, esta vez ahogándome de la ansiedad, con los ojos como platos y las pulsaciones a mil por hora. Estoy sola —y eso ya es una noticia medio buena—, en una habitación elegante, lujosa y ordenada.
En la mesita de noche, apoyado en un vaso de agua, hay un sobre con la palabra «Sofía» escrita delante.
Lo cojo y lo abro.
Despiértate tranquilamente y toma un buen desayuno. Hoy eres mi invitada.
WWW
El tarjetón lleva el membrete del Chateau Marmont.
Estoy en bragas y sujetador, en la cama de uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, en una habitación pagada por Hayden «Wild Wild» West
Recojo mi vestido, que está tirado sobre la alfombra, y veo que la cremallera del costado está encallada, como si me lo hubiera quitado sin bajarla. Como si tuviera prisa en quitármelo…
¡¿HAbrÉ TENIDO SEXO DE BORRACHERA CON HAYDEN WEST?!
Me toco, me huelo, busco cualquier rastro de lo que hemos podido estar haciendo él y yo, pero mi cerebro se ha detenido en nosotros dos cogidos de la mano, frente a frente, mirándonos a los ojos, y de ahí no se mueve.
Fue un momento de total desorientación. Me pasé todos los años de la universidad teniéndolo al lado, un día tras otro, y jamás llegamos a rozarnos, ni tan siquiera sin querer. Tampoco nos habíamos pasado un boli, y anoche nos dimos la mano.
Abro y cierro la mano instintivamente, como si sintiera un vacío que debía llenar.
Me tumbo de nuevo en la cama, con el móvil en la mano, reviso los emails, le envío un mensaje a Cindy informándole de que llegaré tarde, y al cabo de un instante ya estoy buscando a Hayden West en Google.
Los resultados me saturan la pantalla de imágenes suyas —en ninguna de ellas sale mal, el puñetero—, montones de artículos destacando la cantidad de libros que lleva vendidos y, encabezando la búsqueda, su sitio web.
Me muero de ganas de hacer clic, pero detesto acceder a la página.
Si no lo he hecho durante todos estos años, no voy a empezar ahora.
Pero sí accedo desde el televisor de la habitación, que está conectado a la wifi del hotel, y así, técnicamente, no habré accedido yo.
Tengo poca batería y no pienso desperdiciarla por él.
Cojo el mando, enciendo la pantalla y, a través del navegador, entro en el reino de la decadencia de West.
La última noticia publicada es de esta mañana… ¿A LAS CINCO? ¿Pero es que este tío no duerme nunca? ¿Cómo lo hace? Toma drogas, si no, no se explica.
«Nikki Kent y Chris Partridge en la cuerda floja: divorcio inminente».
Cliqueo para leer el chismorreo del día.
La emprendedora del sector beauty y lifestyle Nikky Kent, que se ha hecho millonaria gracias a sus líneas de make-up , skincare , haircare y lencería moldeadora, cuya empresa cotiza en bolsa desde el año pasado, al parecer ha decidido poner fin a su breve y accidentado matrimonio con Chris Partridge.
Resulta más fácil enumerar a aquellos que nunca han tenido problemas con Partridge, puesto que, a lo largo de su carrera como estrella de la comedia stand-up , ha convertido la sátira feroz en su marca distintiva; sin embargo, los problemas entre su mujer y él siempre han estado al orden del día: ella suele estar ausente cuando él recibe algún premio, mientras que él se muestra malhumorado cuando acude a los eventos que ella protagoniza.
Tampoco han faltado actitudes intolerantes en la alfombra roja, ni infidelidades más o menos proclamadas, seguidas de reconciliaciones igualmente explosivas.
Según parece, Kent se está apresurando a poner a buen recaudo su patrimonio personal, para que, en caso de un más que probable divorcio sangriento, Partridge pueda reclamar lo menos posible.
Informaciones provenientes de una fuente autorizada: Nikki acaba de constituir una nueva sociedad llamada NK-living, que operará en el sector inmobiliario, y con la mediación de la firma Bracknell habíamos bebido un poco más de la cuenta.
—Lamentablemente, yo empecé en el turno de mañana; no creo que pueda ayudarla.
—El propietario es… —Chasqueo los dedos en el aire como si eso me ayudara a recordar el nombre—. ¡West, Hayden West!
—¡Claro, el señor West! —Acompaña su afirmación con una media sonrisa, y eso me hace pensar que no es la primera vez que sucede algo por el estilo—. Le avisaré de su llegada. ¿A quién debo anunciar?
—Es que no quisiera molestarlo, seguro que está durmiendo, después de la noche que pasamos. Si pudiera recordarme el número del apartamento y prestarme una llave maestra, lo resolvería en un instante.
—No es el procedimiento habitual. Sin embargo, nosotros podríamos encargarnos de recuperar por usted lo que necesita.
Llegados a este punto, solo me queda jugar la carta de la vergüenza.
—Se trata de un efecto muy personal. —Me inclino hacia él en el mostrador y bajo la voz hasta reducirla a un susurro—. Es una fusta que nos encanta a los dos. Me la olvidé encima de la cómoda, y no quisiera que ninguna otra persona la encontrara, no sé si me entiende.
El conserje se pone colorado como un pimiento y se limita a asentir.
—Déjeme pensar… Lo único que puedo hacer es permitirle acceder al apartamento, pero, una vez allí, tendrá que ser el propietario quien le abra, porque no estoy autorizado a entregarle una llave maestra a nadie.
—Mejor eso que nada, solo tardaré un momento.
—Unidad 74, séptima planta, bloque 1, apartamento 4.
—Mil gracias.
Ya en el ascensor, me echo un vistazo en el espejo: maldita sea, esta mañana el mechón quemado apunta al cielo como la antena de un radar. Se oye un ding, y una pareja superchic, que está esperando en el rellano, me mira con aprensión: resulta evidente que soy una intrusa.
Apartamento 4. Es aquí. Hagamos un buen trabajo con esa cara que está pidiendo a gritos que alguien se la rompa.
Pego el dedo al timbre hasta que la puerta se abre.
Ante mí aparece West con un pantalón de chándal holgado, el torso desnudo y sudado, una toalla colgada del hombro, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—¿Tanto me echabas de menos?