Escándalo en Hollywood 7. Hayden
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7. Hayden

Hayden

J amás había visto a Cortez en El Cielo —ni en ninguno de los locales que frecuento— y no me explico qué debe de estar haciendo aquí.

La he dejado entrar porque a mí no me costaba nada hacerlo.

Además, el primer mandamiento de mi mentor, y que sigo al pie de la letra desde mis tiempos de becario, es el siguiente: «Si quieres que estén en deuda contigo, satisface necesidades que la gente no sabe que tiene, resuelve problemas, haz favores que no te hayan solicitado y entonces todos acabarán volviendo a ti».

Con Cortez ya lo puse en práctica antes, y estoy a punto de volver a hacerlo ahora.

—Hola, Celine —digo, apoyándome en la barra, al lado de la sobrina de Abrahams—. ¿Esperas a alguien?

—¿Nos conocemos? —replica con toda la altanería que la caracteriza.

—Personalmente, no.

—Pues resulta que sí, estoy esperando a alguien.

—La mía era una pregunta retórica, sé que estás esperando a alguien, y además sé a quién.

—¿Y cómo puedes saberlo?

—Yo que tú, emplearía otro tono con la persona que ha venido a salvar tu culo ultraconservador. —Cojo la bebida que tiene delante y tomo un sorbo.

—Perdona, ¿acaso te he dado permiso?

—No, pero resulta que tú tampoco lo tienes. Aún te faltan dos meses para cumplir veintiún años —le replico—. Y, ahora, cambia de actitud y yo no les diré nada de tu documento falso a los de seguridad.

Celine resopla y deja caer su bolso de mano sobre la superficie de la barra, donde aún se aprecia el cerco que ha dejado la condensación de su vaso.

—¿Quién eres?

—Hayden West, encantado —me presento sin tenderle la mano.

—¡Oh, mierda! Por eso sabes tantas cosas.

—Veo que por fin has unido los puntos. Has tardado más de lo que esperaba, pero eres joven, no pasa nada.

—¿Piensas escribir sobre mí? —pregunta con un tono de voz que trasluce mucha ansiedad.

—Cuánta prisa, parece que la cosa te importa —me burlo—. La respuesta es no, no eres lo bastante interesante.

—¿Pues entonces quién te envía? ¿Mi padre? ¿Mi tío?

—En realidad, ninguno de ellos. Solo estoy aquí para advertirte de que eres una pieza que forma parte de un juego político más grande que tú y, por consiguiente, debes tener cuidado con lo que haces y cómo lo haces. Aquí estás segura; fuera, no.

—Suena a amenaza.

—En vista de que tienes la perspicacia de un palo de escoba, procuraré ser claro de la forma más didáctica posible: por ahí corre la voz de que te estás tirando a Kit Supreme (no pierdas el tiempo negándolo, lo sé con absoluta certeza); los adversarios de tu tío están dispuestos a usar la información de que su dulce niña, educada, temerosa de Dios, que jamás levanta la vista de los libros ni de la Biblia, no solo se arrodilla para rezar.

Y lo hace con un rapero quince años mayor que ella, dos exmujeres y al menos cinco causas penales.

Si llega a saberse, su carrera hacia las primarias está acabada.

Ella se muerde el labio.

—Andrew es un aburrimiento. Salgo con él desde los dieciséis años, y está obsesionado con mantener los votos de pureza hasta el matrimonio.

—¿Sabías que Kit tiene la manía de grabarse con las tías que se cepilla? —Me esperaba una expresión de sorpresa, pero ella se limita a asentir con tristeza—. ¿Te prestaste a hacerlo? —Esta vez el sorprendido soy yo.

—Me dijo que los grababa para él.

Por su mirada deduzco que está enamorada. Kit Supreme podría pedirle cualquier cosa, y ella le diría que sí con los ojos cerrados. Si esos vídeos empiezan a circular, Abrahams y todo su entorno caerán como fichas de dominó. Justo lo que necesita su rival, a la que apoya mi familia.

El precio a pagar es muy alto, pero tendrá que ser Celine.

No me gusta. Es una niña malcriada, engreída y probablemente hasta estúpida, pero no merece ver su vida arruinada por un juego político.

El poder debe gestionarse con responsabilidad, y, aunque un vídeo de sexo para adultos protagonizado por un rapero y una mosquita muerta podría proporcionarme un montón de clics, esa no es la clase de clics que yo quiero en mi página, de pajilleros pervertidos.

—¿Qué hago?

—Por ahora, nada, en todos los sentidos.

Hablaré con Kit para que haga desaparecer todos los vídeos que haya grabado contigo.

Ya le eché una mano en el pasado, y ha llegado la hora de que me devuelva el favor.

Tú, deja de tirártelo. No es el hombre de tu vida, y has de saber que se ve con otras mujeres, así que asúmelo de una vez: te lo has pasado bien, pero se acabó.

Deja a Andrew si tanto te agobia y pide que te transfieran a una universidad que esté lejos de aquí.

A Celine le brillan los ojos y se sorbe la nariz.

—Gracias.

Estoy a punto de decirle que se vaya a su casa, pero al otro extremo de la barra detecto cierto alboroto, lo cual no es nada frecuente en un lugar tan discreto como El Cielo. Mitch y Pavel, de la seguridad del club, están reprendiendo a Cortez y la están invitando a salir.

Dejo a Celine y me acerco a ellos, al mismo tiempo que observo que Cortez sujeta un móvil. Si ha hecho lo que me imagino, está jodida.

—Ey, chicos —los saludo con toda naturalidad.

Cortez me fulmina con la mirada.

—¿Has venido a disfrutar del espectáculo, West?

—Tú siempre a la defensiva, ¿eh? ¿Qué ha pasado, Mitch?

—Estaba sacando una foto, Hayden —me explica el jefe de la seguridad—. Vamos a echarla.

Es lo que me imaginaba.

Le quito el teléfono de las manos, pulso sobre la pantalla y veo la foto de Quentin Dale. Esta noche quiero ganarme el cielo.

—¡Cuántas veces tengo que decirte, Cortez, que mi perfil bueno es el izquierdo, no el derecho! —la regaño, molesto.

—¿Qué? —Ella se ha quedado boquiabierta—. ¿Se te ha ido la olla?

Me encojo de hombros.

—Déjalo correr, he hecho mal en pedírtelo a ti. La próxima vez recurriré a un fotógrafo profesional.

—¿Le dijiste tú que te hiciera una foto?

Pavel, que sigue teniéndola sujeta del brazo, me mira con suspicacia.

—Sí, es mi nueva asistente.

—Sí, asistente social —añade ella riéndose.

—Se me había ocurrido hacerme una foto estilo paparazzi para usarla como imagen oficial, en lugar de las típicas fotos retocadas de estudio, pero ya veo que no es lo suyo. No tiene buen ojo para esto. Soltadla, solo estaba haciendo lo que le pedí. No fisgoneaba.

Pavel la libera y ella nos mira alternativamente a ambos, perpleja.

—Mira, Hayden, las reglas también valen para ti —me advierte Mitch—. Nada de fotos en El Cielo, ni siquiera a petición tuya.

Cortez y yo nos quedamos solos.

—De nada —le digo, rompiendo el silencio, mientras le devuelvo el teléfono. He borrado la foto de Dale—. Y a ver si le pones una clave al móvil.

—No lo entiendo… ¿Has salido en mi defensa? —me pregunta, con una inseguridad que muy pocas veces en su vida debe de haber exhibido.

—Yo, en cambio, creo que lo has entendido perfectamente.

—Qué raro, por lo general sueles hacer lo contrario; echas a la gente de las fiestas, humillándola. Como hiciste conmigo, ¿recuerdas?

—¿Aún estás con esa historia? —exclamo—. ¿Cuántos años han pasado? ¿Diez?

—Doce —me corrige—. Y sí, sigo con esa historia. Me invitaste a la fiesta de tu fraternidad, y después hiciste que me prohibieran la entrada, diciendo que no era verdad que me hubieras invitado.

—Qué exagerada eres. Debíamos de estar al completo —indico, a modo de excusa.

—También recuerdo las palabras exactas que les dijiste a tus esbirros que se encargaban del guardarropa: «¿Yo, invitar a esta? Qué más quisiera ella. Debe de haber tenido una alucinación» —repite palabra por palabra.

—¿Dije eso?

Cortez me lanza una mirada asesina.

—Cito textualmente.

—¡Anda ya! ¿No seguirás guardándome rencor por aquello? —exclamo—. Es más, si aún la tienes tomada conmigo porque te quedaste fuera de una fiesta, yo de ti me plantearía hablar con un especialista. ¿Has probado con la hipnosis? A muchos les ha funcionado.

—¿Y tú has probado con el electroshock , West?

Ignoro su comentario y alzo la mano para llamar la atención del barman.

—Ace, ¿nos preparas dos Espresso Martini, por favor?

—¿El otro para quién es?

—Para ti.

—No, gracias. Por lo general, no acepto bebidas que vengan de ti —me replica.

—Yo no soy ningún desconocido.

—Precisamente por eso.

—Si lo prefieres, no tardaré ni un segundo en volver a llamar a Mitch y a Pavel, para decirles que te echen a patadas.

Ace nos sirve los cócteles, y yo le paso el suyo a Cortez.

—Con Baileys de almendra, ¿verdad?

—Sí, pero ¿tú desde cuándo sabes cómo tomo el Espresso Martini?

—Te sorprendería saber cuántas cosas recuerdo.

—No, solo recuerdas las que te convienen, West, porque eres un oportunista. —Toma un primer sorbo, indecisa, y al instante abre los ojos de par en par y pone cara de sorpresa—. Está delicioso.

—No hay de qué.

—Gracias por impedir que me echaran. Este habría sido el cuadragésimo segundo local de Los Ángeles donde tendría prohibida la entrada.

—No lo he hecho por ti, sino por mí: yo te he dejado entrar, ¿y cómo habría quedado si al cabo de poco te expulso? Tengo que preservar mi reputación, no la tuya.

—Ahí tienes la prueba de que eres un oportunista —concluye, y se toma el resto del cóctel.

—Ten en cuenta que es fuerte, aunque no lo parece.

—Soy costarricense: somos capaces de beber cualquier cosa que tenga un grado de alcohol menos que el desinfectante quirúrgico sin inmutarnos. ¿Puedo tomarme otro?

—No te preocupes. Aquí tengo cuenta.

—De eso, nada. Serías capaz de presentarte en mi casa a la semana siguiente reclamándome los intereses. Es más, para que las cosas queden claras, el tuyo lo pago yo, y así estaremos a la par.

—Deberías ponerle una contraseña a tu móvil —le repito.

—No me resulta práctico. Tú, que te pasas el día en el sofá jugueteando con los rifirrafes de las estrellas, ¿tienes la menor idea de las situaciones a las que debo hacer frente todos los días?

—¿Como la de esta mañana?

Llega el segundo cóctel y ella se lo agencia como si fuera una muerta de sed en el desierto.