6. Sofía #2
—Tener un programa de televisión implica transmitir a través de una red, trabajar con una red implica tener un editor, y yo no permito que nadie dicte mi agenda; por consiguiente, creo que no encajaría en mis planes…
Siempre he envidiado esa dialéctica suya de contorsionista.
Sabe captar la atención de la gente, aunque no dice nada, y, en efecto, la abuela, Paloma y Ana están como abducidas.
Ni siquiera recortan sus cupones. Mantienen las tijeras suspendidas en el aire mientras miran embelesadas a West, que blande su Un-Holywood como si fuese la Biblia.
—Espera —ahora es mi madre quien mete baza—, ¿ese es su libro? Carla me estaba leyendo un fragmento en voz alta, mientras le extendía la decoloración. Creo que voy a comprarlo.
—¡Ni se te ocurra darle un solo céntimo a ese vendedor de humo! —le suelto—. West no necesita el dinero para nada, y menos el nuestro.
—¡Pero es divertido! —protesta.
—Y escuchad qué bien habla —lo alaba mi abuela, embelesada.
—Me estáis matando y ni siquiera os dais cuenta. ¡Hayden West fue la plaga que arruinó mis años de universitaria!
—«¡Pof!». Mi madre hace estallar un globo de chicle en mi cara.
—¿Tú lo conoces?
—¿Cómo es posible que no te acuerdes? Venga, si te lo debo de haber mencionado miles de veces, Hayden West.
—Hayden West, Hayden West… ¡Oh, Dios mío! ¿Él es ese Hayden West? —balbucea, incrédula.
—Llevo esa espina clavada desde entonces, nunca mejor dicho lo de espina.
—¡¿Tú ibas a la universidad con Wild Wild West?! —exclama Paloma de pronto.
Durante los años de la universidad puse en marcha una discreta campaña difamatoria contra él, pero es que él no paraba de darme motivos para hacerlo.
—Sí, el privilegiadísimo, riquísimo, popularísimo hijo de la élite política de San Francisco, Hayden West. Él dictaba las leyes en el campus de la USC, trazaba la línea divisoria entre estudiantes de serie A y de serie B, no dudaba en emplear su dinero para encubrir sus propias fechorías, y gracias a las influencias de su familia me birló el periodo de prácticas en Los Angeles Record .
Mi currículum era mejor que el suyo, ¡yo era quien se lo merecía!
Quién sabe dónde estaría ahora, si me hubieran asignado aquel puesto a mí…
—Escupo una palabra tras otra como un lanzamisiles cargado—.
Y encontrármelo aquí, ocho años después, y tener que asistir a esta alucinación colectiva sobre lo irresistible que es, me provoca náuseas.
—Cálmate, cariño, ahora toca comportarse como una adulta —dice mi madre para tratar de serenarme—. A estas alturas, ya deberías haber superado estas rencillas de postadolescentes. Puede que él también haya cambiado.
—No, mamá, te aseguro que sigue siendo el mismo —sostengo, cruzándome de brazos.
—Pero yo me lo comería como si fuera un pastelillo crujiente.
—Te he oído, Paloma —le hago saber.
De pronto, un extraño olor me cosquillea la nariz.
—¿Se está quemando algo?
—¡Ay, Dios! —grita mamá—. ¡Ay, Dios!
—¿Qué ha pasado?
El rizador de pelo del que cuelga mi cola humeante responde por sí mismo.
—Perdona, perdona, cariño. Lo siento muchísimo. —Me pide mil excusas, mientras yo me toco la cabeza y estrecho entre los dedos un mechón con las puntas chamuscadas.
—¡Lo has hecho a propósito porque quieres cortármelo, di la verdad! —la acuso.
—No, te lo juro. Es que… me he quedado encantada mirando la televisión. —Estupendo, ahora, por culpa de West, también tengo el pelo quemado—. Pero yo te lo arreglo con una bonita cola alta, y ya verás como no se nota nada.
No puedo creerlo, el contacto de Kim me ha dejado tirada. Le escribí para que me incluyera en la lista. Xavier me lo confirmó, pero ahora resulta que no estoy en esa puñetera lista, y la relaciones públicas no quiere dejarme entrar.
—Mira —le insisto mostrándole el móvil abierto en el chat de Xavier—. Aquí aparezco «añadida». Míralo bien. —Ella revisa la lista en su tableta y sacude la cabeza de nuevo—. Te aseguro que Xavier me ha añadido —le repito convencida.
—Xavier no ha apuntado a nadie —me replica—. Lo siento, pero tiene que dejar el paso libre, ahora.
—Xavier ha sido despedido esta tarde —responde una voz a mi espalda—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Me giro hacia el buen samaritano, con el corazón y los ojos llenos de esperanza, y me encuentro frente a frente con Hayden West.
—¿Tú otra vez?
—Yo otra vez. Pero veo que al menos ahora llevas puesto un vestido de una pieza.
Fantástico, esta vez ha tardado menos de diez segundos en reírse de mí.
—Me las estoy apañando la mar de bien, gracias.
—Claro, ya lo veo.
—Estoy en la lista —afirmo, segura de mí misma—. Solo ha habido un pequeño error de comunicación, pero lo resolveré enseguida. —Marco el número de Xavier.
—No aguantes la respiración mientras esperas a que te responda —me responde con una sonrisa cortante—. El número que tienes es el que le asignó El Cielo Club, y hoy, en cuanto lo despidieron, ha sido desactivado.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Qué pregunta tan inútil, Cortez.
—No seas petulante. Hoy me has arruinado una investigación.
—Yo diría que lo de arruinar investigaciones ya lo haces tú sola estupendamente.
—¡Les has entregado mi teléfono a las autoridades! ¡Me han borrado las pruebas! —le reprocho.
Pero él no se inmuta y se vuelve hacia la relaciones públicas.
—Ya entra conmigo. Mejor aún, hazle la tarjeta de miembro.
La chica se lo queda mirando y parpadea.
—¿La tarjeta de miembro?
—Sí —confirma, y desaparece sin añadir nada más.
Puedo imaginarme sin esfuerzo su sonrisita complacida después de esta formidable exhibición de poder. Ahora estoy dentro gracias a él: ha vencido.
—Bien: tarjeta de miembro —dice la relaciones públicas mientras saca una cartulina de su funda—. Esta es provisional; pronto te llegará la oficial con el código QR que podrás guardar en el móvil. ¿Nombre?
—Sofía Rosa Cortez de Mendoza —deletreo mientras escribe con bolígrafo en el espacio en blanco—. Sofía, con «f».
—Men-do-za —repite ella separando las sílabas—. Aquí tienes. Pero hay algo que no entiendo: ¿por qué pedírselo a Xavier si conocías a Hayden West? Con él no se necesita ni estar en la lista —me pregunta.
—No me gusta aprovecharme de los conocidos.
—¿Bromeas? ¿Ves a toda esa gente? —Señala la larga cola de personas esperando su turno—.
Darían un brazo por estar en tu lugar, y la mitad de ellos ni siquiera logrará entrar.
—Me mira como si tuviera delante a una extraterrestre, y a continuación me pasa la tarjeta con una cara que parece decir: «Menudo desperdicio»—. Toma, que te diviertas.
El gorila de la entrada me abre la puerta, como para subrayar que todo aquello es de verdad, y entro.
Estoy en el interior del famoso El Cielo Club. Es más, soy miembro de El Cielo Club. ¡Uy, cuando lo sepa Kim! Giro la valiosa tarjeta entre los dedos y releo mi nombre.
—¡Nooo! —exclamo—. ¿Pero cómo es posible? ¡Ha puesto «Fophia»!
El club está a medio camino entre un local clandestino de los años de la Ley Seca y un invernadero tropical: semivacío, saturado por el perfume de carísimos inciensos exóticos vaporizados mediante nebulizadores ocultos, con faroles, velas, alfombras, rincones escondidos, pequeños salones privados donde se sientan grupos de personas muy muy cerca unas de otras y hablan entre sí, como si se estuvieran confesando en la iglesia.
La música es discreta, de modo que permite hablar, pero sin que te escuche quien tú no deseas que lo haga.
Yo ya he identificado al menos tres rostros famosos, pero, si Kim estuviera aquí, creo que habría reconocido a muchos más.
Decido acomodarme en la barra del bar, un hemiciclo resplandeciente de mármol verde, al otro lado del cual unos bármanes con guantes negros preparan unos cócteles que no había visto nunca.
En el extremo opuesto de la barra reconozco a Hayden; está medio de perfil, hablando con una chica que no parece nada contenta.
Un poco más allá, ni «adentro» ni «afuera», identifico a Quentin Dale —un actor famoso por interpretar siempre el papel de un héroe que lucha contra el tiempo para salvar el mundo en películas apocalípticas, y que está casado con su coprotagonista, Lynn Leeland, la supermujer de Hollywood—; está cuchicheando con Josina, una cantante pop de apenas veinte años que ha irrumpido este último año cosechando un éxito viral tras otro.
No tendría nada de extraño, si no fuera porque la mano izquierda de Quentin ha captado mi atención: yo diría que no lleva el anillo de casado.
El matrimonio de Quentin y Lynn se convirtió en una especie de marca famosa, hasta el punto de que, desde que se prometieron, los empezaron a llamar QuenLynn.
En las entrevistas siempre aparecen juntos, y celebran su amor a la menor ocasión: en los premios, en la alfombra roja, cuando son invitados a participar en programas de televisión, hasta el punto de que el hecho de estar casados se ha convertido en el noventa por ciento de su personalidad.
Tener una madre peluquera proporciona una sólida base en cuanto a chismorreos, lo quieras o no.
Desde aquí no tengo una buena visión, y además no puedo ponerme a fisgar con descaro, pero he tenido una idea: sacaré una foto y después haré zum sobre la mano.
Para eso estoy aquí, ¿no? ¿Acaso no sería toda una bomba que mañana publicásemos en total exclusiva que una de las parejas de oro del cine actual va a separarse? Oliver tendría que pedirme disculpas.
Saco la foto y amplío el dedo anular. ¡Tal y como pensaba, no hay ni rastro del anillo!
—Acompáñenos —oigo que me ordena una voz a mi espalda. Dos gorilas me están mirando, implacables.
—¿Adónde?
—Afuera —me responde con sequedad el más corpulento.
—¿Por qué? Si apenas acabo de entrar.
—Violación de las normas de comportamiento de este local —me explica su compañero—. Por favor, síganos sin armar alboroto.
—¿Qué violación? —protesto—. Solo estoy sentada en la barra. No hago nada.
—Aquí ya no es bienvenida.
El primero me sujeta del brazo y me obliga a bajar del taburete.
—¡Eh, quítame las manos de encima! —le espeto.
Por el rabillo del ojo veo a West que viene hacia aquí. Por supuesto, ahora ya lo entiendo todo. No me ha permitido acceder al local porque de repente le haya entrado el síndrome del buen samaritano; solo lo ha hecho para darse el gusto de humillarme echándome a la calle.
—Ey, chicos —los saluda con discreción.
—¿Has venido a disfrutar del espectáculo, West? —le suelto en plan desafiante, antes de que Hayden ataque el primero.