6. Sofía
Sofía
—H ola, mamá, abuela, club del cupón —me anuncio al entrar en la que hasta hacía un año y medio era mi casa—, he venido para vestirme. Esta noche debo salir.
—¿Una cita romántica, querida? —me pregunta la abuela.
—¿Ha regresado Rafael de Paraguay? —pregunta Juana, su mejor amiga y líder del club del cupón.
—No —respondo distraída mientras busco mis zapatos de salir de noche en el armario.
—¡¿Rafael y tú lo habéis dejado?! —exclama Paloma, la secretaria del club.
—¿Quién ha dejado a quién? —grita mi madre precipitándose por las escaleras al instante de haber olfateado un chismorreo, con un cuenco de decolorante y un pincel en la otra.
—¿Quieres que te lea las conchas? —me propone la abuela. Está obsesionada con la adivinación de santería.
—No, gracias.
—Tú eres una rosa —me dice—. Debes encontrar tu espina.
—Las espinas pinchan, abuela.
—¡Las espinas protegen a las rosas de los parásitos! —me replica—. Voy a por las conchas.
—¡No! —exclamo, poniendo fin a toda esa lluvia de preguntas—. Rafael no ha vuelto, y no hemos roto. Tengo que ir a un local muy chic por un tema de trabajo, y necesito uno de mis vestidos de noche. Puede que también un peinado, mamá, si tienes dos minutos.
—Vuelvo arriba, le acabo de hacer la decoloración a Carla, y me pongo contigo.
Abro la caja de mis preciosos Jimmy Choo y veo que está vacía.
—¡Mamá! —grito, congelando sus pasos en los escalones.
—¿Qué pasa, tesoro? —Su voz suena más falsa que nunca.
—¿Te has puesto mis Jimmy Choo recientemente?
—¿Cuáles?
—La respuesta es fácil, los únicos que tengo.
—¿Qué entiendes por «recientemente»?
—¡Mamá! —estallo.
—Tenía una cena, he conocido a un hombre —gimotea—. Tengo que ir a Palisades.
—¿Otro? —salta Juana—. ¿Y qué ha sido de aquel de Venice Beach?
—Juana, no creo que quieras que te explique el concepto de «lluvia dorada», pero, créeme, mejor que hayamos cortado —le responde mamá.
Paloma le susurra algo a Juana al oído, y ella pone cara de asco.
—¡Qué horror!
—Uf —exclamamos las demás haciéndole eco.
—Mamá, no digo que no puedas ponerte mis zapatos, pero al menos pídemelos y vuelve a guardarlos en su sitio después de usarlos; porque, si no, ¿qué sentido tiene que deje aquí las cosas por las que siento aprecio para que no me las robe Michelle, si después me las robas tú?
—No veo a Michelle poniéndose unos Jimmy Choo —comenta.
—Michelle es de las que se agencian lo primero que encuentran a mano —le aclaro mientras me dirijo al trastero donde he recolocado mi armario ropero, puesto que ahora mi antiguo dormitorio es el «salón» de mamá.
Les tengo un gran aprecio a mis vestidos de noche; forman la colección más bonita que nadie pueda poseer en Los Ángeles.
Todos a medida, confeccionados hasta el último centímetro por mi abuela.
Era modista en los estudios cinematográficos, trabajó en todos los vestidos de las películas más famosas que han aparecido en pantalla, y, cuando me pongo alguno de ellos, me convierto en una diva del copón.
Michelle, en cambio, sería capaz de usarlos como pijama.
—Tienes que darle un ultimátum a esa chica, o echarla a la calle —me ordena Paloma.
—Hasta que no vuelva Rafael, me vale cualquiera que pague la mitad del alquiler y tenga un trabajo estable. Los programadores son los mejores compañeros de piso: cobran un buen sueldo, son silenciosos y saben resolver cualquier problema técnico que surja en casa.
—¡Pues a ver si Rafael se espabila! —salta mi abuela.
—Eh, Blanca, enciende la tele —le pide Juana—. Dentro de poco empezará el programa de Elsie.
La abuela, Paloma y Juana se sientan bien alineadas en el sofá, como cada jueves, para recortar y clasificar los cupones de todos los periódicos que hayan pasado por sus manos.
Los cupones han alimentado a las familias y les han permitido hacer compras mastodónticas por unos pocos dólares durante los difíciles tiempos de su llegada a Estados Unidos, y además han contribuido a instaurar el hábito del ahorro.
Es más, a mí me siguen resultando de utilidad, y la abuela siempre me da una bolsa llena.
Juana es mexicana, fue la primera en llegar a Los Ángeles, después vino la abuela con mi madre, con apenas dos años, y finalmente Paloma, de Argentina.
Aprendieron inglés viendo la tele juntas —la única que tenía una era Juana—, y ahora sirve de excusa para hacerse compañía, puesto que todas son viudas y los hijos hacen su vida.
—Ya estoy lista para peinarte. Carla ha de esperar cuarenta minutos a que actúe el producto —me anuncia mi madre, blandiendo una plancha y un rizador de pelo—. ¡Si te has puesto el vestido verde, es que la cosa es seria, Sofía! ¿Suelto o recogido?
—Yo pensaba en un semirrecogido y un ondulado suave.
—Ven. —Escupe el chicle y le da unas palmadas a una de las sillas de la mesa del comedor—. Ponte cómoda. ¿Adónde piensas ir?
—A El Cielo Club.
—¡¿A El Cielo?! —vocifera mi madre—. ¿Puedo ir contigo?
—Voy por trabajo, no de juerga.
—Eso no es justo, yo por ti he renunciado a divertirme, cuando habría podido hacerlo —me reprocha, peinándome de mala gana—. Podrías devolverme el favor.
—¡Ay!
—¡No digas tonterías, Roxana! —la regaña mi abuela—. ¡Era yo quien me quedaba en casa con Sofía cuando tú salías con tus amigas! Además, ya estás vieja para bailar.
—Ojo, mamá, que a mí nadie me echa cuarenta años —le replica mi madre.
—No, porque te echan los cuarenta y siete que tienes —se burla la abuela.
—Ni la edad ni el hecho de que seas mi madre son un problema, pero te juro que es por un tema de trabajo. En el periódico quieren que me encargue de los cotilleos, y por eso he de ir a tantear el terreno.
—Vamos a tener que cortar este pelo. —Mamá me recoge toda la cabellera entre sus manos para extenderla sobre los hombros, como si fuera un manto—. ¡Te llega casi hasta el trasero! Pesa demasiado.
—Ni se te ocurra —le digo, girándome para comprobar que no tenga las tijeras en la mano.
—Cuando vuelva Rafael —recitan las tres ancianitas a la vez, sin tan siquiera mirarme.
—¡Qué romántico! —les replico, mosqueada—. No me cortaré el pelo mientras siga lejos, y él no se cortará la barba.
—¿Ni siquiera las puntas? ¿Un poquito de nada?
Gracias por la iniciativa, pero un semirrecogido y un ondulado suave serán suficientes.
—Sube el volumen, Blanca, que no se oye nada —le exige Juana a la abuela—. Ya ha empezado.
La sintonía de Show Don’t Tell invade el salón y una deslumbrante Elsie Kepler aparece en la pantalla con todo su esplendor quirúrgico.
El club del cupón se deshace en elogios hacia ella, como siempre:
—¡Qué mujer tan elegante!
—¡Ella sí que tiene clase!
—¡Y qué figura!
Para ellas, Elsie es la encarnación del American Dream , una especie de segunda hija a la que han visto crecer bajo los focos.
—Esta noche recibimos en nuestro sofá a un personaje al que hasta la CIA querría copiarle algún truco del oficio.
No hay secreto que esté a salvo en su presencia.
Todos lo odian, pero nadie puede vivir sin él —anuncia Elsie con entusiasmo, calentando al público del show—.
¡Con ustedes, en absoluta primicia, Hayden «Wild Wild» West, señoras y señores!
—Oh…, Dios mío, ¡basta ya! —exclamo furiosa—. ¡Es una maldición!
Nadie, ni la abuela ni Juana ni Paloma, me presta atención, pues tienen la vista puesta en la entrada de Hayden, que es recibido entre desbordantes aplausos.
Ahora ya sé por qué nos hemos cruzado hoy: se dirigía a grabar el programa.
Con su habitual camisa color celeste sin corbata y las mangas remangadas por los antebrazos, lleva una mano metida en el bolsillo y con la otra saluda a la cámara, sonriéndole como si quisiera invitarla a cenar.
—Ay, Dios mío, ¡qué guapo! —exclama Paloma.
—¡Qué calor! —dice Juana a continuación, dándose aire con un cupón a modo de abanico—. ¡Abre la ventana!
—¡Menudo hombre! —añade mi abuela.
No me merezco que el club de fans de Hayden West se haya instalado en mi casa.
—Por favor, vosotras también, no —les imploro.
—¿Por qué? ¿Qué hemos dicho? —inquiere Paloma con cierta hostilidad.
—Ese de ahí que tanto os gusta es un capullo, un fatuo y un arrogante pagado de sí mismo. Creedme, no es una buena persona.
Juana me lanza una mirada de soslayo por encima del hombro.
—Perdona, ¿y tú cómo lo sabes?
—Déjalo correr —dice Paloma—. Está celosa porque es un periodista de éxito, y ella no.
—West no es un periodista, es un basurero que recoge todos los desperdicios de Hollywood. Si rascar el fondo del contenedor fuera un deporte olímpico, él sería medalla de oro.
Ninguna de ellas da crédito a mis palabras.
En el salón todas tienen las orejas puestas en West, que está flirteando alternativamente con la presentadora y con las mujeres del público, sin el mínimo pudor.
Responde a las preguntas sin responder y las reenvía a quien se las formula con la agilidad de un ninja.
—¿Cuántos enemigos te has granjeado?
—Demasiados para poder contarlos, pero siempre acaban volviendo, porque todos necesitan un foco. Incluso los enemigos.
—Miles de rumores publicados, y ni una sola querella: ¿cuál es el truco?
—Ninguno, porque no hay nada por lo que querellarse. Si las estrellas no quieren que diga la verdad, ellas deberían ser las primeras en no mentir.
—Se calcula que tu página recibe más visitas que la de la Casa Blanca. ¿Cómo te las apañas para suscitar el interés de tantos visitantes?
—Quizá sea porque resulto más creíble que la Casa Blanca. Mis fuentes son veraces, yo las protejo y ellas siguen proporcionándome información, mientras que el Gobierno, en ocasiones, mete la pata.
—¿Cuántas mujeres ha habido en tu vida?
—Yo difundo habladurías, no soy su protagonista.
—El libro que acabas de autopublicar sigue manteniéndose en una sólida primera posición entre los más vendidos. ¿Crees que el próximo paso en tu carrera será un programa de televisión?