5. Hayden
Hayden
E lsie me muerde el labio inferior con ferocidad. Me ha arrastrado hasta su camerino y, tras cerrar la puerta con llave, se ha abalanzado sobre mí.
Estoy bastante seguro de que podría hablarse de falta de consentimiento por mi parte, pero también es cierto que, durante las pausas, entre una toma y otra, hemos flirteado sin pudor.
Sobre todo ella, y yo le he seguido la corriente.
—Tengo tu libro en mi camerino. ¿Te importaría firmarme un autógrafo? —me ha preguntado mientras nos quitaban los micrófonos. He aceptado su invitación, pero reconozco que no soy tan ingenuo como para haberme creído que realmente quería que le firmase El Un-Holywood .
Elsie es una exniña prodigio de programas infantiles y una exreina de series para adolescentes, en las que trabajó hasta que fue imposible hacerla pasar por una jovencita de diecisiete años.
Finalmente, se casó con el productor de la serie, pasando de novia de América a esposa ideal de América, y acabó volviendo al candelero como presentadora de talk shows , en los que sigue contando con el cariño del público, que nunca ha dejado de quererla.
Ella y su marido se ponen los cuernos mutuamente desde hace años, pero son una pareja demasiado poderosa para divorciarse; son ricos, pero no tontos.
Elsie era el sueño de todo chico de mi generación en plena tempestad hormonal —incluido yo—, y, aunque solo era cinco años mayor que yo, parecía que fueran veinte.
Hoy en día, la diferencia de edad no se nota, y gracias a las evidentes ayudas de la cirugía estética conserva su imagen de entonces; por mi parte, aunque ya no estoy enamorado de Elsie, esta cita improvisada satisface las ansias de mi yo adolescente.
Puede que resulte patético, pero desafío a cualquiera que esté en mi lugar a decir «No, gracias, no me interesa».
Sus manos me hurgan por todas partes, famélicas, mientras la sujeto por la cintura y la apoyo en la puerta, invirtiendo nuestras posiciones, con sus piernas rodeándome las caderas.
—¿También pondrás esto en tu dedicatoria? —me pregunta entre jadeos.
—Nunca escribo sobre mí.
—¿Con cuántas mujeres has estado?
Esta pregunta también me la ha hecho durante la entrevista, pero no he respondido.
—Tienes ganas de saberlo, ¿eh? —le digo en broma, mientras la ayudo a desabrocharme el pantalón, pues le está costando con esas uñas tan largas que lleva—. ¿Por qué te interesa tanto?
—Porque quiero saber si soy la cazadora o la presa.
—¿Tú qué quieres ser?
—Creía que era la cazadora, pero ahora ya no estoy tan segu… Ah…
Se le rompe la voz cuando la acaricio a través de las bragas.
Y, de pronto, mi cerebro me retrotrae a la imagen de Sofía con el peto de electricista y su tanga con la inscripción «All you can eat».
Vuelvo a verla colgada cabeza abajo, con el bigote, y a Katharine Graham, impetuosa y altanera a pesar de estar con el culo al aire, rodeada de cuatro hombres…, y estallo en una carcajada.
—¿De qué te ríes? —me pregunta Elsie.
—De nada… Yo…
—¿Te ríes de mí? He hecho algo que…
—¡No! Es que me he acordado de algo que ha pasado esta mañana en el ascensor —la tranquilizo—. Había una tía que…
Elsie me planta las manos en el pecho y me atrae hacia sí.
—Estás pensando en una tía que te has encontrado en el ascensor cuando estás a punto de follarme —me suelta, indignada.
—No era en ese sentido; ha sido una situación extraña. Ella iba en bragas… —sigo explicándole, pero Elsie libera las piernas de mis caderas y se baja la falda.
—¡Y encima iba en bragas!
—No me hacía nada.
—Muy considerado por su parte.
Desbloquea la cerradura y abre la puerta, tras la cual aparece Corey con el puño en alto, como si estuviera a punto de llamar.
—Eres un imbécil, Hayden. Vete con la tía de las bragas.
Y se marcha, desapareciendo por el pasillo sin volverse.
Corey se la queda mirando, después me mira a mí y a continuación la bragueta de mis pantalones.
—No sé si quiero saberlo.
Me subo la cremallera de un tirón y me abrocho los pantalones.
—¿Vamos a almorzar?
—Has estado muy bien con las respuestas en la entrevista. Esta noche prevén que se disparará la audiencia —me informa Corey mientras nos sentamos frente a dos platos de ensalada de aguacate—. Lástima que ahora también te hayas granjeado la enemistad de Elsie.
—De enemistad, nada. Ha sido un malentendido. Mándale unas flores, junto con mis excusas.
—Su cara no me ha parecido de esas que se suavizan con un ramo de flores. ¿Qué lío has montado esta vez con la tía del ascensor? ¿Quién era esa chiflada?
—Una a la que hacía años que no veía —respondo mientras tomo un bocado, a la espera de que Corey diga algo, pero él está esperando a que contextualice—. Ambos íbamos a la Escuela Annenberg de la USC.
—¿Una periodista? —pregunta, sorprendido—. ¿Y os habéis acostado?
—Pero ¡qué dices! ¡¿Yo, acostarme con Cortez?!
—¿Y yo qué sé? Solo pregunto…
—Sofía Cortez es una plasta de campeonato. Dirigía el periódico universitario, el Daily Trojan , y publicaba artículos en mi contra, un día sí y otro también.
—¿Qué me dices? ¿De entre todas las chicas del campus había una que no idolatraba al presidente de los Eta-Delta-Theta?
—Si había alguien que odiaba las fraternidades, era precisamente ella.
¿Sabes? Era una de esas activistas obsesionadas con la abolición de los privilegios y otras gilipolleces por el estilo.
Ya te digo. Imagínate, al día siguiente de que me nombraran presidente de Eta-Delta-Theta, le puso el siguiente título al artículo: «“Waste” es el nuevo presidente».
«Waste», es decir, «desecho» —le aclaro, para que capte mejor el concepto.
—¿El nuevo presidente es «basura»? Me parece un juego de palabras genial.
—¿Puedes hacerme el favor de no ponerte de su parte? Eres mi representante; yo soy quien te paga.
—Tienes razón, perdona… Pero ¿qué hacía la tal Cortez dentro del ascensor, y en bragas?
—No lo sé, pero, fuera lo que fuese, era ella. —Me doy golpecitos en la sien con el dedo—. Nunca ha estado muy bien de la azotea.
—¿Dónde trabaja ahora?
—Con seguridad, en una de esas redacciones de poca monta —respondo encogiéndome de hombros—. ¿Dónde están mis nachos con queso?
—Le he dicho a la camarera que no los trajera mientras estabas en el cuarto de baño.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Me preocupa tu colesterol: solo comes porquerías y apenas te mueves. No necesitas perder peso, pero debes mejorar tu estilo de vida: desde mañana vendrás a entrenar conmigo.
—Yo ya practico deporte: con la ansiedad que me provocas, es como si hiciera cardio. ¿Lo oyes? —Me acerca la muñeca—. Seguro que estoy a ciento veinte.
—No te lo crees ni loco.
—Pues no pienso hacerlo. Los calisténicos me dais miedo. ¿Cómo lográis levantar todo el peso de vuestros cuerpos con los dedos?
—Pasaré por tu casa a las nueve. Hoy irás a comprarte un chándal —me ordena, y le respondo con un gesto amenazante.
De pronto, me suena el teléfono, interrumpiendo la conversación.
—Mi madre.
—¿Por qué le contestas siempre, si no la soportas?
—Porque es más fácil responder y darle la razón que desviar doscientas veces sus llamadas. Contigo también lo hago. ¡Hola, mamá!
—Hayden, ¿cómo estás? ¡Te he visto en el periódico de esta semana!
—Deja que lo adivine, has enviado a tu asistente a secuestrar todos los ejemplares de Los Angeles Times para que no lo vea ninguno de tus amigos.
—No seas tonto, sabes que estoy contenta de tu éxito; siempre has sido un chico inteligente y determinado. También es cierto que hubieras podido emplear mejor tu inteligencia y tu determinación, como hizo tu primo Nathan.
—¿Para qué me has llamado, mamá? —le pregunto sin rodeos. No me apetece escuchar un panegírico de Nate. Lo quiero como si fuera mi hermano mayor, y le daría un riñón si lo necesitase, pero, de los dos, él es el que siempre lo hace todo bien, y el modelo a seguir.
—Necesitaría que comprobases algo por mí —responde, yendo directa al grano.
«Comprueba», en su idioma, significa «pásame chismorreos bajo mano acerca de ciertas personas sobre las cuales necesito obtener información reservada». No soy el hijo del que presume en las cenas con sus amigas, pero, cuando lo necesita, sabe a quién recurrir.
—¿Sobre quién?
—La sobrina de Abrahams.
—¿Vuestro competidor en las primarias del partido a las presidenciales?
Sé de quién está hablando, pero quiero que me lo confirme.
—Sí. Al parecer, la dulce Celine, que es la novia de uno de los delfines del ala católica, tiene una aventura con un personaje poco recomendable. Un rapero.
Eso también lo sé. A Celine le queda pequeña la vida de buena chica, siempre de casa a la iglesia, y viceversa, y la he visto moverse en el círculo de Kit Supreme, un rapero con unas letras y un pasado muy controvertidos.
—¿Buscas una confirmación o un desmentido?
—Abrahams no es el candidato adecuado, tiene ideas anticuadas y no confía en las bases. Sería imposible gestionar su campaña. No tiene madera para llegar a Washington. Los West nunca apostamos por el caballo perdedor.
—Ya lo he pillado, necesitas que pierda votos en las primarias —concluyo sin que ella lo diga—. ¿Y crees que bastará con Celine?
—Cuenta con muchos apoyos, así que toda ayuda es poca para despejarle el camino a Johanna Mosly. ¿Podrías hacérmelo saber cuanto antes?
—A ver qué encuentro. —¿Para qué decirle que ya tengo un abultado archivo con material sobre Celine? Mejor hacerla esperar; si no, pensará que mi trabajo es demasiado fácil.
—Gracias, tesoro.
—Esta noche soy el invitado de Show Don’t Tell —le informo—. Échale un vistazo, si te apetece.
—Oh, Hayden, esta noche ceno con los patrocinadores de la campaña de Johanna, así que no podré. Puede que recupere el programa en streaming .
—Sí, puede —respondo cuando ella ya ha colgado.
Corey me mira con aire culpable: mientras yo hablaba con mi madre, ha hecho que le traigan unos nachos, y le cae un hilillo de chédar por los labios. No lo reprendo por ello; es más, yo también cojo uno.
—¿Lady West Wing está tramando la caída de un rival político? —me pregunta.
—Como siempre.
—¿Entonces ¿para afianzar la campaña de la mujer candidata, necesita destruir la reputación de otra mujer? —farfulla mientras mastica—. ¿Eso no es un contrasentido?
—La política se rige por una lógica, que no puede explicarse de forma lógica.
—¿Qué tal es haber nacido en el seno de una de las familias que mueven las piezas del tablero político del país? Los West Wing.
—Una mierda —le respondo con total sinceridad.
—Es un ambiente que a mí siempre me ha fascinado. ¿Sabías que durante mi etapa universitaria fui voluntario de la campaña presidencial de los demócratas? Pero después cambié de entorno.
—Tú mismo te has respondido.
«West Wing» es un apodo que mi familia se ha ganado por su capacidad de identificar y fabricar al perfecto candidato ganador.
Cualquier político que haya estado bajo la tutela de los West ha llegado a la Casa Blanca —presidentes, portavoces de la Cámara, secretarios de Estado—, de ahí lo de «West Wing», como el ala oeste de la Casa Blanca, donde se encuentra el Despacho Oval.
Mis padres son estrategas políticos, gestionan las comunicaciones, la imagen, la financiación de los candidatos. Mi primo es congresista.
Pero yo estoy mejor aquí.
Sin embargo, lo que hago a menudo también resulta útil en su campo.
—¿Esta noche veremos tu entrevista? —me pregunta.
—Esta noche iré a El Cielo. Tengo trabajo que hacer.
—Tú siempre tienes trabajo que hacer, Hayden.
El Cielo Club es uno de los locales más exclusivos de West Hollywood, adonde la élite acude para mirar y ser mirada.
Un poco como sucede en todos los locales A-list de esta parte de la ciudad, salvo que este es famoso por lo que no puede hacerse dentro: ni fotos ni vídeos. Si te pillan in fraganti, te echan y entras en la lista negra.
Cuando abrieron el club basándose en esta premisa, todo el mundo pensó que cerraría sus puertas tras la segunda velada: en la era de las redes sociales, del «si no lo posteas, es que no ha sucedido», ¿a quién se le ocurriría frecuentar un club donde uno no pudiera compartir el mero privilegio de encontrarse allí con quien está en su casa muriéndose de envidia?
El mundo gira en torno al «yo lo tengo, y tú no; yo estuve allí, y tú no».
Sin embargo, es como si las estrellas hubieran suscrito un acuerdo tácito: lo que pasa en El Cielo, se queda en El Cielo, y el único modo de saber quién asistirá a las veladas es apiñarse a lo largo de Santa Monica Boulevard y esperar a ver cómo desfilan los coches que acompañan a las celebridades hasta la entrada.
Cuatro noches de cada siete, una hilera de paparazzi apunta sus objetivos hacia las puertas negras, con la esperanza de ver si quien entró acompañado saldrá solo, o si, por el contrario, quien llegó solo saldrá con alguien, convirtiendo la acera en una alfombra roja permanente.
Entonces ¿por qué dejan entrar a un vampiro de los chismorreos en una reserva protegida? Pues porque yo he intercedido en la cesión del local a los nuevos administradores. En la práctica, soy un socio in pectore .
Cuando aparco mi coche y dejo atrás toda la fila de aquellos que esperan ver cómo desenganchan el fatídico cordón de terciopelo y son admitidos en el Empíreo, una figura femenina parada ante el atril, de espaldas, capta mi atención.
La brisa nocturna hace ondear su largo vestido verde semitransparente, revelando la silueta de unas piernas que prometen ser la puerta de entrada al paraíso.
Ya lo sé, no hay que mirar a las mujeres como si fueran objetos, bla, bla, bla; si se volviera hacia mí, podría admirar su rostro, pero ahora solo distingo su cara B, que es una obra de arte.
Lleva el pelo recogido en una cola altísima, que en mi imaginación perversa ya se ha convertido en la protagonista de una escena prohibida a los menores, y, si me apuran, también a muchos mayores.
La chica está discutiendo con la relaciones públicas, de forma bastante acalorada.
—Estoy segura de que Xavier me ha incluido —insiste la chica.
—Aquí no hay nadie apuntado por Xavier —le replica Brenda—. Lo siento, pero tendrá que hacerse a un lado, ahora.
Okey, aquí se precisa mi intervención. Soy una persona altruista, y también soy consciente de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
—Xavier ha sido despedido esta tarde —digo, decidido a interceder—. ¿Puedo serle de alguna ayuda?
Al oír mi voz, la chica de la cola de caballo se gira, y me encuentro, por segunda vez en lo que va de día, cara a cara con Sofía Cortez.
Ella me mira con la boca entreabierta y su característica expresión enfurruñada.
—Tú otra vez.
—Yo otra vez. Aunque veo que al menos ahora vas vestida de pies a cabeza.