Escándalo en Hollywood 4. Sofía #2
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4. Sofía #2

—¿No te parece que ya hay bastantes sitios que se dedican a eso? —objeto.

—No, puesto que los que ya existen obtienen unas cifras astronómicas y crecen de día en día. ¡Mira Wild Wild West !

¡No, por favor! Otra vez, West, no.

—Estoy abonada a su canal exclusivo con los espóileres incluidos —exclama Kim—. Se entera de todo antes que nadie.

—Necesitamos hacer lo mismo que hace West —sostiene Oliver con mucho convencimiento.

—Muy bien, pues que lo haga Kim —propongo.

—Yo ya me encargo de Sociedad —me replica ella—. No puedo hacerlo todo.

—Sofía. —Oliver parece estar al límite de sus fuerzas.

—Todos debemos pagar impuestos, hacer la compra, enviar a los hijos al colegio…

—No pretendas hacerme pasar por una heroína solo para incitarme a escribir de traseros reconstruidos y de traiciones. Mi ego no lo precisa.

—Tu ego no, pero el periódico sí. O lo haces tú, o encontraré a otro que lo haga, y entonces sí que ya no servirías para nada.

—Sofía —me susurra Cindy. No dice nada más, pero tampoco hace falta. El tono de su voz es una mezcla de «tranquilízate» y «sé razonable».

—Vale. La investigación de Mar Vista me la reservo para mi Telegram en streaming .

Después no me vayáis detrás pidiéndomela cuando se convierta en un contenido de interés.

¿Quieres chismorreos? Pues te daré chismorreos —claudico, con la boca del estómago luchando desde ya contra la acidez—.

Pero con una condición: si dentro de seis meses la cantidad de clics vuelve a ser aceptable para permitir que el sitio siga abierto, volveré a mis investigaciones.

—Entretanto, concéntrate en los cotilleos y ya hablaremos dentro de seis meses —responde Oliver, inamovible.

Volvemos a nuestros escritorios con las instrucciones claras, todos a una en busca de titulares sensacionalistas.

En caso de duda, hay que preguntarle a Kim, la reina del clickbait : con las palabras «sexo», «sangre» o «tragedia» siempre encuentra el modo de convertir un artículo flojito en el Armagedón.

Todos hemos leído el código ético sobre la transparencia en los titulares, pero en realidad nadie lo respeta.

—¿Cómo lleváis lo de los bailecitos? —nos pregunta Kim, irrumpiendo en el despacho que compartimos Cindy y yo.

El suyo está enfrente del nuestro, pero casi siempre está aquí con nosotras.

—¿Por qué? —me intereso, temiéndome lo peor

—Como nueva social media manager de HeD, quiero asegurarme de que todos estamos a la última para poder ser virales. Sería conveniente que nos aprendiéramos algunas coreografías para publicarlas, sobreimpresionando nuestras noticias.

—No —le respondo.

—¿No sabes bailar? —me pregunta, parpadeando de asombro—. Los puertorriqueños deberíais llevar la música en la sangre.

—Costarricense —la rectifico—. Mi madre es de Costa Rica, no de Puerto Rico.

Kim me mira frunciendo el ceño.

—Bueno, en cualquier caso, eres latina.

—Costa Rica se encuentra entre Panamá y Nicaragua. Puerto Rico es una isla del Caribe; ni siquiera están cerca.

—¡Ahora no me sermonees en plan racista! ¡Que yo soy medio china!

—Pues por eso, es como si yo dijera que China y Japón son lo mismo…

Mi explicación cae en el vacío, a juzgar por su mirada carente de interés.

—Kim, ¿no crees que podríamos emplear las redes sociales de un modo más orgánico, en lugar de bailando? —interviene Cindy para apaciguar el enfrentamiento que está a punto de producirse.

—Si «Nuestra Señora de las Investigaciones» aquí presente no despreciara tanto los cotilleos y se dedicara a encontrar noticias jugosas, incluso podríamos llegar a tener una columna fija.

—No los desprecio. —Mentira—. Lo que pasa es que no me interesan.

—Para empezar, podrías echarle un vistazo a Wild Wild West —me sugiere Cindy. Antes o después, su espíritu constructivo acabará matándome.

—O también podríamos echarle un vistazo directamente a Hayden West. —Kim se apropia del teclado de mi ordenador y teclea el nombre. Estupendo, ahora Hayden West aparecerá en mi cronología—. ¡¿Eh?! ¿Qué me decís? —West me guiña un ojo, apoyado en el lateral de su Porsche Carrera azul, a toda página.

—Ya sé qué pinta tiene West. Una pinta de mierda —respondo ignorando la pantalla.

—Gira un poco el monitor —le pide Cindy, y de pronto me siento molesta porque esta vez no está de mi parte. Kim la complace, y mi amiga resplandece de admiración.

—Felicidades a su madre.

Le lanzo una mirada cargada de despecho que ella no capta.

Dejo que Cindy y Kim se deshagan en halagos, que me hacen sangrar los oídos, sobre lo elegante que es West —ya puede serlo: con una familia tan rica como la suya, yo también parecería el heredero al trono británico—, sobre lo anchos que tiene los hombros, sobre el marcado perfil de su mandíbula y la boca tan bien delineada…

—La belleza no es un mérito en sí mismo —sentencio, esperando que mis palabras sean tomadas en serio.

—¿Sabes cómo lo llaman? —le pregunta Kim, ignorándome—. Míster 911.

—¿Como su coche? Qué patético —refunfuño.

—911 no es un modelo de coche. —Kim deja escapar una sonrisita maliciosa, con los labios tensos y un mohín pícaro—. 911 es una medida, Sofía.

—¿Una medida? —pregunta Cindy.

—Añade una coma detrás del 9 y la palabra «pulgadas» detrás del 11.

—¿Qué es lo que mide 9,11 pulgadas? —inquiere mi amiga.

—Has tenido cinco hijos, usa un poco la imaginación.

Cindy me mira primero a mí, después a Kim, y por fin coge una regla de plástico y señala con los índices cuánto son 9,11 pulgadas.

—911 no es una medida. Es el número de teléfono que deberás marcar a la mañana siguiente, porque seguro que no podrás sostenerte sobre tus piernas.

¿De verdad estamos hablando de las proporciones del pene de Hayden West? La jornada no podría estar yendo peor.

—Me lo han confirmado distintas fuentes —insiste Kim—. Claro que lo bueno sería poderlo comprobar en persona. Sé que suele ir a El Cielo Club, donde se reúnen las celebridades, pero solo he logrado entrar una vez, y esa noche no estaba. ¡Qué lástima!

—Perfecto, ¡ahí va una idea, Sofía! —exclama Cindy—. ¡Esta noche te presentas en El Cielo!

—¿Para hacer qué? ¡Además, esta noche tengo mi Telegram en streaming !

—No creo que nadie lo eche de menos —me replica Kim, muy tajante.

—Ve a recoger el material para escribir tus artículos de chismorreos —me apremia Cindy—. ¿Recuerdas? El periódico, pendiendo de un clic, despidos…

Una vez finalizados tan convincentes argumentos, Kim se baja de mi escritorio y sale del despacho.

—Felicidades, en caso de que logres salir en la lista.

—¿Y qué debo hacer para que me pongan en ella?

—Te pasaré mi contacto, pero tú reza todas las oraciones que sepas.

—Gracias, Kim.

—Oh, no. Esto no es un favor. Es un intercambio: tú harás los bailecitos para mí.