Capítulo veintiuno #2
—Hablando del museo —dijo Grant—. Resulta que Elizabeth sí puso en marcha los preparativos para celebrar la gala del museo en el Club Náutico de Cabo Cod.
Robyn fue al club el martes para hablar de los detalles, que fue cuando Gemma la vio allí.
Dice que Elizabeth estaba muy distraída, furiosa por algo, así que se limitó a ordenar al coordinador del acto que le diera a Robyn todo lo que necesitara y que lo cargara a su cuenta.
—¿Así que van a seguir adelante con ello? —preguntó Jayne.
—Eso parece, sí. Robyn y Sharon Musgrave se han volcado en organizar hasta el último detalle. Van a celebrar una cena de gala en el club, con una subasta silenciosa más modesta —Grant carraspeó con suavidad—. ¿Crees que Arthur volverá a donar El valle del miedo ?
Donald se quedó inmóvil, con un trozo de galleta de mantequilla a medio camino de la boca.
—Anoche tuve noticias suyas —dije—. Está en Madrid y esta noche tomará un vuelo de regreso. Podrás preguntárselo tú mismo.
Seguimos hablando de otros temas y disfrutando del pícnic. Había atado a Violet a un árbol cercano y, una vez terminada la comida, se dedicó a olfatear la base, antes de echarse a dormir con la barbilla apoyada en mi regazo.
Al cabo de un rato, Estrada empezó a mirar el reloj, Jayne comenzó a recoger los platos y servilletas y Jack se levantó de un salto para ayudar. También Violet, con la esperanza de encontrar un poco de comida.
—Será mejor que vuelva al trabajo. ¿Vienes, Gemma? —preguntó Jayne.
Le hice un gesto rápido con la cabeza que incluía a Grant, Donald, Irene y Jack.
Jayne arqueó las cejas en un gesto que daba a entender que captaba el mensaje y se puso de pie.
—Necesito a un hombre fuerte que lleve la cesta. Jack, te ha tocado. Grant, puedes llevar las mantas de Gemma. Donald, me encantaría que me contaras más sobre El valle del miedo . No conozco ese libro. ¿Es de los últimos?
—Se publicó en 1914 —respondió Donald—. El valle del miedo se considera, por lo general…
Irene entrelazó las manos detrás de la cabeza y se estiró sobre la hierba. Se había quitado las sandalias antes y ahora movía los dedos desnudos.
—Vámonos, Irene —dijo Jayne.
—Estoy bien aquí.
—No, no lo estás. ¿No te interesa la historia de El valle del miedo ?
—No especialmente, pero si insistes… —gimió, esforzándose por ponerse en pie—. Nos vemos luego, Gemma. Y recuerda, Ryan: cuando estés listo para hablar con la prensa, espero la exclusiva.
Louise Estrada también hizo ademán de levantarse, pero yo le dije:
—Quédate, detective. Unos minutos.
Volvió a sentarse.
—Pensé que te estabas deshaciendo de todo el mundo para disfrutar de un momento romántico —dijo.
—Gemma quiere hablar del tercer asesinato —respondió Ryan—. Supongo que se refiere al de Edward Dumont.
—¿Eso es lo que vosotros dos consideráis un momento romántico? —preguntó.
Convencida de que su comentario no era digno de respuesta alguna por mi parte, preferí acariciarle las orejas a Violet, que hundió la barbilla aún más en mi regazo.
El sol calentaba con ganas y el paseo marítimo estaba lleno de turistas.
Un par de niñas con coletas, que oscilaban al compás de sus movimientos, corrían y se perseguían por el jardín del faro. Nadie nos prestaba atención.
—Jock O’Callaghan mató a Edward Dumont.
—¿Qué? —dijo Ryan.
—¿Y qué te hace pensar eso? —preguntó Estrada.
—Estaba enamorado de Elizabeth Dumont.
—Tengo que admitir —dijo Estrada— que hiciste un buen trabajo con Bradley Lamb y sus movimientos, aunque tarde o temprano habríamos llegado a esa conclusión por nuestra cuenta, pero ahora te estás pasando. Por lo que cuentan, se odiaban.
—En este caso —dije—, estoy haciendo exactamente lo que Ryan siempre me dice que haga: presento mis observaciones y deducciones y dejo que seáis vosotros los que os encarguéis de encontrar las pruebas.
Escuchadme. Cuando fui al Club Náutico de West London el viernes para hablar con Jock, fue porque pensé que quizá había matado a Elizabeth en venganza por el asesinato de su marido siete años antes.
En cambio, encontré a un hombre sinceramente afectado.
Estaba mirando una foto antigua de ella en su teléfono (si podéis conseguir una orden, quizá os interese preguntar por qué guarda una foto de alguien a quien supuestamente odiaba tanto), y lo cerró enseguida cuando me vio mirándolo.
Su dolor era auténtico cuando creía que nadie lo observaba.
En cuanto empezamos a hablar de Elizabeth, volvió a atacarla verbalmente, como ya había hecho antes, pero su actitud no me encajaba.
Mentía y casi se atragantaba con sus propias mentiras.
—La acusó públicamente de matar a su marido. Hizo que la expulsaran del club náutico —replicó Ryan.
—Creo que Jock mató a Edward con la esperanza de que Elizabeth aceptara casarse con él.
Donald me contó que el matrimonio de Jock, que en apariencia había sido feliz, se vino abajo justo en la época de la muerte de Edward, coincidiendo con los rumores que corrían por el club sobre las supuestas aventuras de Elizabeth.
Creo que solo tenía una, y era con Jock O’Callaghan.
Jock le pidió a Elizabeth que se divorciara de Edward.
Elizabeth dijo que no. Quizá porque no lo amaba, pero eso no importa.
Le dijo que no podía divorciarse de Edward porque él la dejaría sin un centavo.
Fuera o no cierto, tampoco importa. La madre de Jock, Iris, según cuentan los rumores del club, sigue controlando el dinero familiar, y su esposa, Rose (debe de estar harto de los nombres de flores), tiene una pequeña fortuna propia.
Si Jock y Elizabeth se divorciaban de sus respectivas parejas y se casaban entre sí, su tren de vida tendría que haber bajado considerablemente.
—No digo que me lo crea, Gemma —dijo Ryan—, pero supongamos que sí. Jock orquestó un accidente de barco para acabar con Edward. Funcionó y luego ¿qué pasó?
—Elizabeth le dijo que no iba a casarse con él.
Creo que se lo dijo de forma algo brusca, del estilo de que había sido divertido mientras duró, pero que ya era hora de que se largara.
Puede que incluso sospechara que Jock había matado a Edward…
, eso no lo sé. Toda la ira posterior que Jock albergó hacia Elizabeth, que se mantuvo hasta la semana pasada, cuando se encontraron en el té de la subasta, apunta a un amante despechado y humillado.
Movió sus hilos para que la expulsaran del Club Náutico de West London porque no soportaba verla cada día, sabiendo que no solo no podía tenerla, sino que además ella ya no lo quería.
Después, Jock encadenó una serie de aventuras, y su esposa, a buen seguro indignada por su cambio, buscó consuelo en otra parte.
—Me parece una teoría muy rebuscada —dijo Estrada.
—Lo admito —respondí—, solo estoy segura de una cosa: Jock O’Callaghan amaba a Elizabeth Dumont, todavía la ama, y el tormento de ese amor no correspondido lo persigue. A partir de ahí, todo lo demás es conjetura.
Ryan y Estrada se miraron.
—De perdidos al río —dijo ella.
—Pediré que nos dejen revisar los archivos —respondió él.
Me sacudí la hierba del vaquero.
—Tengo que llevar a Violet a casa y volver a la tienda. ¿Alguien se apunta?
—Creo que paso —dijo Estrada—. Algunas tenemos que trabajar.
Ryan me sonrió y le devolví la sonrisa. Violet se abrió paso entre los dos, moviendo la cola.