Capítulo veintidós
CAPÍTULO VEINTIDÓS
A l cabo de dos semanas, Ryan se autoinvitó a cenar en mi casa.
Por suerte para él, el tío Arthur estaba en casa y había metido al horno el tradicional asado inglés de los domingos, ternera con patatas asadas, pudín de Yorkshire y dos guarniciones de verduras, mientras yo estaba en la tienda.
En la encimera reposaba un trifle de jerez para tomar de postre.
Ryan apareció en la puerta con una botella de vino y una sonrisa de satisfacción.
—¿Qué pasa? —pregunté, aceptando la botella mientras Violet daba saltos de emoción.
—Traigo noticias. ¿Dónde está Arthur?
—Ha salido. Hace un rato vino Donald a ver el ejemplar de El valle del miedo y luego se han ido al pub .
—¿No se suponía que ese libro se había donado a la subasta para contribuir al fondo de restauración de la Casa Scarlet?
—Así es. El tío Arthur acompañó a la señora Johnston a la gala del club náutico. Cuando empezaron las pujas, se lo pensó mejor y lo recompró. Básicamente, pagó quince mil dólares por su propio libro.
—Muy propio de tu tío Arthur.
—Dijo que no lo esperáramos para cenar. —Saqué el sacacorchos y me puse a abrir la botella con gesto concentrado. Soy defensora a ultranza de las botellas de vino con tapón de rosca—. ¿Qué me cuentas?
—Hemos arrestado a James Cameron O’Callaghan por el asesinato de Edward Dumont.
Descorché la botella con un «pop».
—Supongo que ese es el nombre completo de Jock. ¿Hay pruebas concluyentes?
—Tal vez no, pero a O’Callaghan no le hizo ninguna gracia que lo detuvieran de madrugada y saliera esposado. Es probable que mañana se publique una foto de la escena en primera plana del West London Star . Irene Talbot recibió un soplo anónimo.
Le serví una copa de vino a Ryan.
—Vamos al salón y me cuentas lo que averiguaste.
Nos acomodamos en el sofá. Ryan se recostó junto a los cojines y yo puse las piernas, desnudas, sobre su regazo. Violet nos observaba desde el suelo con un gesto de aprobación.
—Salud —dijo Ryan, alzando la copa y la entrechoqué con la mía—.
El inspector principal del caso era un tipo mayor llamado Patrick Brown.
Estaba a punto de jubilarse y no le hizo mucha gracia cuando se lo adjudicaron.
Se había divorciado dos veces, no tenía relación con sus hijos, acumulaba un par de manchas en su expediente y era conocido por ser un bebedor empedernido.
—El hecho de que me cuentes la vida del detective me hace sospechar lo que pasó.
—Exacto. El día que murió, Edward Dumont llegó al club náutico temprano, como hacía habitualmente.
Estaba solo cuando saludó a uno de los jardineros, un hombre que conocía bien, y luego se dirigió a su amarre.
El jardinero lo vio alejarse y después rodeó el edificio.
Nadie volvió a ver a Dumont. Recuerda que era muy temprano.
El detective Brown cogió la jubilación anticipada al cabo de seis meses.
Compró una casa en Florida y se mudó allí para disfrutar de su retiro.
—¿Una buena casa?
—Muy buena. No la disfrutó mucho tiempo, porque murió de un infarto cuando no había pasado ni un año. Sus hijos decidieron conservar la propiedad como segunda residencia. Encontraron unos papeles que había dejado, los guardaron en cajas y las metieron en un armario.
Tomó un sorbo de vino. Me fijé en cómo le brillaban sus ojos azules: estaba disfrutando de hacerme esperar para contarme el final de la historia.
—¿Ocultó pruebas que implicaban a Jock?
—Sí. Yo solo contaba con tus sospechas, pero conseguí convencer a la policía de Florida de que había hallado nuevas pruebas mientras investigaba el asesinato de la viuda de Dumont, y necesitaba comprobar si el detective original había conservado algo útil.
Revisaron sus papeles y pronto encontraron lo que buscábamos.
Al parecer, Brown se sentía culpable por haber alterado la investigación.
—Pero no lo bastante como para confesar lo que había hecho.
—No. Dejó sus papeles con instrucciones para que sus herederos los entregaran a la policía tras su muerte.
A sus hijos no les importó lo suficiente como para leer siquiera la nota, y lo guardaron todo sin mirarlo, pensando que ya le echarían un vistazo en el futuro.
Tuvimos suerte de que no lo tiraran. O’Callaghan había sido testigo de un robo en una licorería unas semanas antes de la muerte de Dumont.
Brown fue el agente encargado de la investigación y entrevistó a los testigos.
Se fijó en que O’Callaghan llevaba una chaqueta azul de diseño, la misma que vestía al salir del club náutico.
En el barco de Dumont se encontró un trozo de tela desgarrado que coincidía con esa chaqueta.
Brown destruyó la prueba y fue a visitar a O’Callaghan por su cuenta, sin decírselo a nadie.
Le pidió ver la chaqueta, y O’Callaghan no pudo mostrarla.
—Porque se dio cuenta de que estaba desgarrada y se deshizo de ella.
—Brown podría haber ordenado un registro de la basura de la zona donde vivía O’Callaghan, pero no lo hizo. Le dijo que haría desaparecer las fibras por cien mil dólares.
—Y así fue como Jock quedó completamente impune.
—Hasta que empezaste a investigar la muerte de Elizabeth y le leíste la mente.
—Si quieres decirlo así…
Ryan sonrió.
—Cualquier abogado mínimamente competente intentará dejarlo en libertad alegando que lo único que tenemos es la carta de Brown, que en un tribunal no significa gran cosa, y un trozo de tela que incluyó con la nota y que no podemos comparar con nada.
—Quizá interrogarlo provoque ese efecto dominó del que hablaba Louise, y acabe confesando.
Ryan alzó su copa.
—Por las mujeres inteligentes y hermosas que no saben mantenerse al margen y meterse en sus propios asuntos.
Brindé con mi copa. Violet ladró en señal de aprobación. Ryan dejó su copa y me atrajo hacia él. Me quitó la mía y la colocó en la mesa junto a la suya.
—Espero que el asado aguante.
—No creo —dije.
—Pues es una pena.
La puerta principal se abrió.
—El problema de El valle del miedo , Arthur —dijo Donald Morris—, es que…
—No importa —dijo Ryan, besándome en la cabeza—. Siempre quise saber cuál era el problema de El valle del miedo .
Me recosté y levanté la mano para acariciarle la cara.
—En ese caso, has venido al lugar indicado. A partir de ahora, todas mis investigaciones se llevarán a cabo entre las páginas de un buen libro.
Y lo decía en serio. No siempre se tiene una segunda oportunidad, y yo era muy afortunada de que Ryan hubiera vuelto a mi vida. A partir de ahora, me centraría en construir nuestra relación.
Se acabaron las investigaciones para mí.
Al menos hasta la próxima vez.