Capítulo veintiuno
CAPÍTULO VEINTIUNO
— L a navaja de Ockham. Al final, resultó que todo era más sencillo de lo esperado.
Brad no tenía intención de matar a Kathy, pero siempre habían tenido una relación complicada como madrastra e hijastro.
Él tenía celos porque creía que la preferida de Kathy era su propia hija.
Sin embargo, Crystal afirma que Kathy los quería a los dos por igual, pero, a medida que fueron creciendo, supongo que cada vez le costaba más no mostrar preferencias por uno de los dos.
Crystal tenía una carrera plagada de éxitos y Brad estaba arruinado y desesperado por formar otra banda.
—Le acaricié la cabeza a Violet—. Kathy debió de montar en cólera cuando lo sorprendió intentando robar el dinero destinado al museo.
Bastante enfadada estaba ya tras la discusión con Maureen y no pensaba ceder otra vez.
Le dijo lo que pensaba de él, y él le arrancó la cadena de tazas de las manos para hacerla callar.
Fuera o no intencionado, la mató. Luego, cuando vio que iba a salir impune y se encontró con otro obstáculo, no le resultó tan difícil matar por segunda vez.
—¿El obstáculo fue Elizabeth? —preguntó Jayne, mientras elegía un sándwich de la cesta de pícnic.
Cualquiera que nos hubiera visto, habría pensado que parecíamos un grupo alegre de amigos que estaban disfrutando de un almuerzo campestre en los jardines del faro de West London, en una apacible tarde de domingo. Nadie habría imaginado que estábamos hablando de asesinatos y motivos.
Tras la persecución en barco y la detención de Bradley Lamb ayer, Ryan no se alegró mucho, que digamos, de verme.
Estoy segura de que por un momento valoró la opción de dejar que me detuvieran por robar un barco, secuestrar al piloto y hacerme pasar por agente de policía.
Pero cuando remolcaron nuestra embarcación averiada a tierra, apretó los dientes y consiguió convencer al propietario de que yo había intentado detener a un ciudadano que había cometido un crimen.
Por suerte, el barco no había sufrido daños, y el dueño era un gran fan de las series policiacas clásicas de televisión.
—Ha sido como un episodio de Corrupción en Miami —le oí decir a Ryan.
—¿Qué es Corrupción en Miami ? —me susurró Jayne.
Ryan se fue sin mediar palabra, siguiendo el coche que llevaba a Brad al pueblo, y dejó que Louise Estrada nos escoltara a la comisaría.
Jack Templeton, que tenía la camisa manchada de sangre y un ojo hinchado que empezaba a teñirse con todos los colores del arcoíris, intentó intervenir, pero Estrada le gritó que se apartara.
—Te lo explicaré luego —le dijo Jayne con una gran sonrisa.
Jack había resultado herido porque había intentado interponerse en el camino de Brad, pero estaba convencida de que, en breve, el incidente pasaría a ocupar en su mente el lugar de un heroico intento por salvarla.
Ryan no había acompañado a Estrada durante nuestro interrogatorio, lo cual no me pareció buena señal.
Sin embargo, me llamó al día siguiente, justo cuando abría la tienda, y me propuso un improvisado pícnic de almuerzo, a última hora, con todos los que estuvieran interesados en el caso.
Poco antes de la hora acordada, dejé a Ashleigh al frente de la librería y fui a casa a buscar a Violet, porque sabía que disfrutaría de la compañía y del paseo.
Mientras yo dudaba si invitar a Andy, Jayne había llamado a Jack, que llegó al salón de té justo cuando yo salía. Tuve que admitir que tenía el rostro magullado, amoratado e hinchado, pero lucía las heridas como una suerte de medalla de honor, y Jayne no dejaba de lanzarle sonrisas radiantes.
Una vez más, mis planes sobre la vida amorosa de Jayne sufrían un contratiempo.
En casa, cogí un par de mantas para sentarnos y regresé al centro con Violet.
Además de Jayne y Jack, había una cesta de pícnic a rebosar, y Grant, Irene y Donald también nos esperaban en el faro.
Extendí las mantas y nos sentamos. Grant estiró sus largas piernas sobre la hierba con un suspiro de satisfacción, y Donald se abalanzó enseguida sobre la cesta. Jayne le dio una palmada en la mano.
—Hay que esperar a Ryan. Mira, ahí viene.
Me llevé una buena sorpresa al ver que Louise Estrada acompañaba a Ryan. Saludó cordialmente a los demás, incluso a Violet, a quien dio una palmadita en la cabeza. Luego me miró y dijo en voz baja:
—Bien hecho.
Me di cuenta del esfuerzo que tuvo que hacer para pronunciar aquellas palabras, y le sonreí como gesto de agradecimiento.
Y así fue como nos reunimos en el soleado jardín del faro de West London en torno a una cesta llena de exquisiteces del Salón de Té de la Señora Hudson.
Cuando Jayne le hizo un gesto de asentimiento a Donald, este abrió la cesta y empezó a repartir bocadillos envueltos y botellas de limonada o té helado.
Llevaba puesta su camiseta favorita, la que decía: «Ya conoce mis métodos».
La prenda empezaba a verse desgastada y tenía un pequeño desgarro en el dobladillo.
Acepté un sándwich, aunque no lo abrí.
—El obstáculo era Elizabeth —dije, respondiendo a la pregunta de Jayne—.
Una vez más, el motivo era el más simple y evidente: el dinero.
Y el sospechoso más obvio: el pariente más cercano de la víctima, aunque no precisamente el más querido.
Elizabeth iba a divorciarse de Dan. Lo único que quería de él era una devoción total, y él no podía dársela porque se arrepentía de haber dejado a Kathy.
Elizabeth sabía que, ahora que Kathy estaba muerta, su recuerdo se haría más grande, que alcanzaría nuevas cotas de perfección en la mente de Dan.
Kathy y Dan prácticamente se habían arruinado con el proceso de divorcio.
Kathy tuvo que vender su casa, mudarse a un pequeño apartamento, y estaba a punto de dejar de ser socia del club náutico porque ya no podía pagar las cuotas.
Dan, por su parte, no tenía ni un centavo y dependía económicamente de Elizabeth.
Dan y Elizabeth no llevaban mucho tiempo casados.
Si ella se divorciaba, él se quedaría prácticamente sin nada. Brad no quería que eso ocurriera.
—Por eso mató a Elizabeth —dijo Grant.
—Probablemente alegará que fue un accidente —dije, mirando a Ryan, que asintió, aunque no dijo nada—.
Pero no tengo ninguna duda de que aquella noche fue a su casa con la intención de matarla.
Elizabeth nunca le habría dado dinero, y él tenía que saberlo.
Antes de que pudiera iniciar los trámites de divorcio o eliminar a Dan de su testamento, Bradley tenía que deshacerse de ella.
Por irónico que pueda parecer, ahora es más que probable que Dan lo herede todo, pero Brad no podrá disfrutar de la fortuna.
Ryan negó con la cabeza.
—Te la has vuelto a jugar, Gemma. ¿Por qué no me contaste todo esto para dejar que me encargara?
—Porque, como siempre dices, tú necesitas pruebas físicas, mientras que yo solo necesito una sospecha.
Pensé que habría más probabilidades de que Brad se derrumbara y confesara delante de su padre, su hermana y un par de desconocidos que en la sala de interrogatorios número uno de la comisaría de West London.
Y ahora, gracias a mi intervención, ya tienes tus pruebas físicas: en las garras de Moriarty.
—Y menuda pesadilla fue conseguirlas. El técnico forense va a tener que tomarse unos días para recuperarse. En breve haremos las pruebas de ADN .
—Coincidirán —dije.
—Odio saber estas cosas y no poder publicarlas en el periódico —dijo Irene.
—Puedes escribir la crónica por adelantado —le sugerí.
—No, no puede —intervino Estrada, dando un mordisco a su bocadillo de salami—. Las cosas cambian cuando salen en el juzgado.
Irene refunfuñó, pero conocía las reglas del juego.
—Las pruebas de ADN solo demostrarán que Brad entró en la tienda —dijo Jayne—, no que haya matado a nadie. ¿Qué dice él?
—Dice que Gemma está loca y que no tiene ni idea de qué está hablando —respondió Ryan—. El hecho de que huyera lo deja en mal lugar y podemos retenerlo por robo de embarcación y poner en peligro a terceros mientras reunimos pruebas del caso.
—Casos —lo corrigió Estrada—. Un caso lleva a otro, y pronto empezarán a caer como fichas de dominó.
—Me da pena Dan Lamb —dijo Jayne—. Dos esposas muertas y un hijo en la cárcel. Pobre hombre.
Violet me dio un golpecito con el hocico en la mano, pidiéndome que abriera el bocadillo de una vez. Busqué una golosina en el bolsillo y se la di.
—Una tragedia se mire como se mire —dijo Ryan—. Pero al menos ha conseguido acercarlo de nuevo a su hija, así que también saldrá algo bueno de todo esto. Le he llamado esta mañana y estaban juntos en casa, organizando el funeral de Kathy. El de Elizabeth será al cabo de unos días.
—Lo que no entiendo —dijo Jack, destapando su botella de té helado— es cómo te metiste tú en todo esto, Jayne.
—Porque es amiga de una inglesa chiflada —respondí.
—¿Cómo? —dijo Jack.
Jayne me fulminó con la mirada.
—¿Así que todo esto no tenía nada que ver con la gente del museo ni con el club náutico? —preguntó Grant—. ¿Con ninguno de los dos clubes?
—No —respondí—, pero no podemos olvidar que algunas de esas personas estaban no muy lejos del lugar cuando se produjo el otro asesinato.
—¿Te refieres a Edward Dumont? —preguntó Donald—. Eso fue hace años, mucho antes de que Dan Lamb conociera a Elizabeth, ¿no?
—Ese caso sigue abierto —dijo Irene—. ¿Qué sabes tú, Gemma?
—Dan y Kathy conocían a Elizabeth y a Edward cuando todos estaban en West London —expliqué—. Elizabeth dejó el club tras la muerte de Edward, y ella y Dan volvieron a encontrarse años más tarde en una boda. No creo que Dan tuviera absolutamente nada que ver con la muerte de Edward.
Ryan enarcó una ceja. Le hice un leve gesto de asentimiento y desenvolví mi sándwich.
—Oh, qué bien. Me ha tocado el de rosbif. Mi favorito.
Donald asomó la cabeza a la cesta.
—¿Hay algo de postre?
No iba a llevarse una decepción.