Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo veinte #4
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Capítulo veinte #4

Había dos embarcaciones amarradas en el muelle.

Una era el barco de pesca. El hombre de la cerveza había terminado su bebida, soltado las amarras y estaba encaramado a la borda, preparándose para zarpar.

Antes de que hubiera podido asimilar qué ocurría, Brad ya había saltado dentro del barco y se abalanzó sobre él.

El hombre cayó al agua con un grito. Debía de haber dejado las llaves puestas, porque un instante después el motor rugió y el barco se alejó del muelle a toda velocidad, a punto de rozar la proa de una lancha más pequeña que se aproximaba.

Un grupo acababa de desembarcar de una Sea Ray Sundancer, una lancha deportiva de un blanco refulgente con detalles negros, plataforma de buceo en la popa, cómodos asientos y espacio de sobra abajo para descansar, cocinar o dormir.

El empleado de puerto subió, dispuesto a llevarlo al amarre. Me colé a bordo a toda prisa.

—Sigue a ese barco.

—¿Pero qué…?

—¡Policía de West London! —grité y añadí en voz más baja—: Ya vienen hacia aquí. Tenemos que seguirlo.

—Entendido, señora —respondió él.

No había dicho que fuera de la policía. Simplemente había hecho una afirmación. Si él interpretaba mis palabras así en pleno momento de tensión, ¿quién era yo para corregirlo?

No quería que Jayne subiera a bordo, pero estaba con un pie en el muelle y otro en la embarcación. Si zarpábamos, acabaría en el agua. Le agarré el brazo y la ayudé a subir.

—Dile a Ryan lo que está pasando. Dile que lo estamos persiguiendo y que envíe una lancha policial para interceptarlo.

Saltamos la estela que había dejado el barco de Brad y atravesamos las hileras de muelles a toda velocidad, rumbo a la bocana del puerto. Miré hacia atrás y vi a gente en tierra agitando los brazos, saltando y gritando. Caí al suelo cuando el barco viró de forma brusca.

—Perdón —grité al grupo asustado del velero con el que casi colisionamos.

Un hombre barrigudo, con la cara roja y un bañador demasiado pequeño, me respondió alzando el puño.

—Será mejor que tus compañeros se den prisa —dijo mi capitán.

—¿Por qué?

—Es una Fountain Bluewater, diseñada para ser veloz. Su embarcación es más rápida que la nuestra, pero sobre todo porque esta apenas tiene combustible. Iba a llevarla a repostar.

Brad salió del puerto a toda velocidad. Estábamos cerca, pero no paraba de aumentar la distancia entre ambos.

—Debemos mantener el contacto visual hasta que la policía o la Guardia Costera puedan colocarse en posición. Por cierto, soy Gemma, y ella es Jayne.

—Quiere hablar contigo —dijo Jayne, que me pasó su teléfono.

—No es el mejor momento —respondí.

—Dave —dijo mi piloto—. Qué ganas tengo de contarles esto a mis colegas —gritó para hacerse oír a pesar del viento.

Nos dirigíamos mar adentro.

—No me gusta el aspecto de esas nubes —añadió Dave.

—A mí tampoco —dijo Jayne.

Una masa oscura y turbulenta ocupaba todo el horizonte justo frente a nosotros. Estaba mucho más cerca de lo que parecía desde la soleada terraza del Club Náutico de Cabo Cod.

—Una simple perturbación —dije mientras empezaban a caer las primeras gotas—. Pasará enseguida.

—Supongo que vosotros, los ingleses, sois unos expertos en navegación —dijo Dave.

—¿Y tú no? —preguntó Jayne.

—Ni de lejos. Soy de Kansas. Este es mi primer verano en West London. Llevo dos semanas trabajando en el club náutico. Nunca había salido del puerto.

—Tal vez deberías intentar llamar al tío Arthur —le dije a Jayne—, por si necesitamos consejos náuticos.

—¿Consejos como no ir directos hacia una tormenta?

De pronto apareció un helicóptero que volaba a baja altura. Le hice señas y señalé el barco que teníamos delante.

—Supongo que no pasa nada por haber salido del puerto sin permiso del dueño, ¿verdad? —preguntó Dave—. ¿Les dirá que lo requisó?

—Nosotras no… —Intentó decir Jayne.

—Claro —la interrumpí, justo cuando la lluvia empezó a caer con más fuerza.

—¿Adónde crees que piensa ir? —preguntó Jayne—. Esto no es precisamente el Caribe, con miles de islitas deshabitadas donde esconderse para sobrevivir a base de cocos y agua de lluvia.

—No está pensando —dije—. Es presa del pánico y huye a ciegas.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Dave.

No respondí. Con la lluvia llegaron el viento y las olas grandes.

El barco de Brad surcaba el mar a toda velocidad, y el nuestro lo seguía.

Me aferré a la barandilla. Jayne empezaba a ponerse verde.

Se dejó caer en un asiento, con el teléfono apretado entre las manos.

Miré a mi alrededor con ansiedad, buscando a la policía o a la Guardia Costera, pero solo veía nubes que avanzaban a toda velocidad y un mar cada vez más oscuro.

Me había puesto a perseguir a Brad sin pensarlo dos veces. Puede que eso fuera un error. No podía escapar, pero quién sabía qué haría si se veía acorralado.

—Reduce la marcha, vamos a dejarlo —dije.

—¿Qué? —preguntó Dave.

—Las autoridades ya están al corriente. Están en camino.

—¿No sois policías? —El motor se apagó—. Da igual, ya no importa. Nos hemos quedado sin gasolina.

Nuestra lancha empezó a desacelerar.

—¡Allí! —gritó Jayne.

Una patrullera de la Guardia Costera se acercaba a gran velocidad desde el este. Otra avanzaba hacia nosotros desde el norte. Seguían una trayectoria para interceptar a Brad. El helicóptero reapareció y sobrevoló la zona a baja altura.

Nuestro barco se detuvo por completo. Los tres nos quedamos de pie en la proa, observando. El viento me azotaba el pelo y notaba el escozor en la cara del rocío salado.

Podíamos ver movimiento en la cubierta de los barcos de la Guardia Costera mientras se acercaban al de Brad.

Viró hacia la derecha, buscando una vía de escape, pero no podía superar en velocidad a sus perseguidores, más grandes y rápidos, y lo sabía.

Al final, fue perdiendo impulso hasta ir a la deriva.

La embarcación más pequeña de la Guardia Costera se situó a su lado.

—Tenemos compañía —dijo Dave, que se volvió y señaló detrás de nosotros.

Una lancha mucho más pequeña de la policía de West London se acercaba. Ryan Ashburton estaba de pie en la proa. No sonreía.

Se colocaron a nuestro lado. Un agente lanzó un cabo; Dave lo agarró y lo amarró. Los barcos se balancearon y crujieron por el viento, pero la lluvia ya se alejaba, el viento amainaba y las olas perdían intensidad. En cuanto las embarcaciones se tocaron, Ryan saltó a bordo con agilidad.

—Hola —lo saludó Jayne.

—Me alegra que hayas decidido mantenerte al margen, Gemma —dijo Ryan—. De lo contrario, quién sabe en qué lío podrías haberte metido.

—Ha sido emocionante —dijo Dave, mirándome—. Cuando necesite ayuda, agente, cuente conmigo.

—Esto… —murmuré.