Capítulo veinte #3
—Parece un arañazo de gato. Y muy feo. Lo bastante profundo para sangrar. Y reciente, además. El gato de mi tienda tiene muy mal carácter, y atacó al intruso. La policía podrá obtener muestras de ADN de sus garras.
No estaba segura. Todas las conclusiones a las que había llegado no eran más que suposiciones y, aunque jamás lo admitiría, conjeturas.
Pero ahora, al mirar la cara de Brad, al observar el movimiento de sus dedos y ver el arañazo en su mano (tan parecido a los que Moriarty me hacía habitualmente), supe que tenía razón.
—Crystal te contó que he estado investigando de forma extraoficial el asesinato de tu madre, ¿verdad, Bradley?
Se encogió de hombros, intentando fingir calma, pero los movimientos nerviosos lo delataron.
—Hablamos de muchas cosas —dijo, frotándose la mano—. En cuanto al corte, sí, ya me acuerdo. Me arañé con un clavo suelto en algún sitio. No pienso someterme a ninguna prueba de ADN si es eso lo que insinúas. Conozco mis derechos. ¿Dónde está el camarero? Necesito otra cerveza.
—Fui a casa de Elizabeth…, quiero decir, a casa de papá, después de hablar contigo —intervino Crystal—.
Pensé que era hora de tener una charla familiar.
Mamá está muerta, y nada puede traerla de vuelta, pero al menos podemos intentar honrar su memoria volviendo a ser una familia.
A ella le habría gustado. Le di a papá uno de los libros que compré, como forma de romper el hielo.
Puede que les mencionara a papá y a Brad lo que me contaste. ¿Y qué pasa?
—Fumas como un carretero, Brad —le dije.
Había varios carteles que avisaban de que estaba prohibido fumar en la terraza o en cualquier parte del club, pero Brad apestaba a tabaco, incluso después de pasar el día en el mar.
—Como mucha otra gente —respondió.
—Elizabeth, por ejemplo.
—Yo quería que lo dejara —intervino Dan—. Le dije que se estaba quitando años de vida, pero a Elizabeth no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer.
—Su casa olía tanto a tabaco que no me di cuenta de que había recibido la visita de otro fumador.
—¿Cuándo estuviste en su casa? —preguntó Crystal.
No le respondí, porque Brad había empujado la silla hacia atrás y empezado a levantarse.
—Me largo —dijo.
—Siéntate, Bradley —le ordenó Dan—. Vamos a escuchar lo que esta mujer tiene que decirnos.
Brad vaciló y volvió a sentarse.
—¿Tu madrastra te dijo qué artículos había conseguido para la subasta? —le pregunté a Brad—. ¿O simplemente decidiste probar suerte?
—No tengo ni idea de qué estás hablando —replicó.
—La subasta benéfica en el Salón de Té de la Señora Hudson. El día en que murió tu madrastra. Entraste en la trastienda antes de que empezara la subasta. De nada te servirá negarlo. Me costó, pero al final encontré a alguien que te vio en el callejón.
—Quería saludar a Kathy —dijo Brad, sin mirar a ninguno de los presentes—. Estaba ocupada, así que me fui.
—No me habías contado eso —dijo Dan.
—Tal vez porque estabas algo ocupado con tu nueva esposa, papá.
—En ese almacén había objetos valiosos —dije—. Artículos pequeños y manejables que pueden revenderse: joyas, libros raros…
—No me gusta lo que insinúas —dijo Dan.
—¿Insinuar? —repliqué—. No estoy insinuando nada.
Tan solo digo que Brad, que siempre estaba a dos velas, descubrió dónde podía conseguir algunos objetos pequeños y de cierto valor, y fue al salón de té con la intención de robar algo.
Sin embargo, Kathy apareció de forma inesperada y lo sorprendió con las manos en la masa.
¿Se dio cuenta de inmediato de lo que estabas haciendo, Brad?
—Tú deliras.
—La policía encontró tus huellas en una de las tacitas de la cadena.
—Imposible, llevaba…
—¿Guantes? —interrumpí.
Dejé que el silencio se adueñase de la escena. En el rostro de Brad se sucedieron distintas emociones: ira, desafío y, por fin, tristeza.
—Yo no quería… —dijo con un hilo de voz—.
Sí, entré. Pensé que podía probar suerte, ya sabes, y coger una de esas joyas antes de que alguien me viera.
Eché un vistazo rápido a través del escaparate y todo el mundo se estaba preparando para el té.
—Levantó la barbilla—. Eran un hatajo de ricos que fingían ser generosos.
Si querían regalar algo, bien podían habérmelo dado a mí, ¿no?
Lo necesitaba más que ese estúpido museo.
—Oh, Brad —se lamentó Crystal.
Dan se desplomó hacia delante, con la cara entre las manos.
—Kathy entró. Ya estaba furiosa por algo y se puso a gritarme.
Me dijo que era un mentiroso y un pringado.
Amenazó con llamar a la policía y le pedí que se calmara, pero se puso aún más furiosa.
Nunca me dejaba en paz, no dejaba de compararme con su adorada hija.
Nada de lo que hacía le parecía suficiente.
—No es cierto. Mamá… —Intentó decir Crystal, pero Dan le puso una mano en el brazo.
—Empezó a agitar esa estúpida cuerda y las tazas pequeñas no paraban de tintinear.
Le agarré las manos para que se callara, para detener el ruido, para que dejara de regañarme.
De algún modo…, no sé, la agarré y… cuando me di cuenta estaba en el suelo…
, inmóvil, así que salí corriendo —dijo Dan con un gemido—.
No se lo vais a decir a nadie, ¿verdad? Papá, Crystal.
No querréis que vaya a la cárcel. Fue un accidente.
Nadie va a creer lo que diga esta mujer. Lo negaré todo.
—Puedes negarlo si quieres —respondí—. Creo que no pretendías matar a Kathy. Fue triste, fue trágico, pero no era lo que querías, y tendrás que vivir con ello. Lo de Elizabeth, sin embargo, fue distinto, ¿verdad?
Dan levantó la cabeza.
—¿Qué pasa con Elizabeth? —preguntó muy despacio.
De repente se puso pálido como la cera.
—Cuando el detective Ashburton te llamó tras descubrirse el cuerpo de Elizabeth, no sabía dónde estabas alojado, así que no pudo presentarse sin avisar, como habría preferido.
No te dijo por teléfono por qué quería hablar contigo, pero Brad ya lo sabía, ¿verdad?
Por eso necesitaba fabricar una coartada.
Dan miró a su hijo.
—Dijiste que la policía quería culparme de la muerte de Kathy.
Que sería más fácil si decíamos que habíamos estado juntos esa noche, por si alguien afirmaba haber visto a alguien ocultando pruebas o algo así.
Tal vez planeaban tenderme una trampa para cerrar el caso, así que eso fue lo que les dije cuando preguntaron: que habías estado conmigo toda la noche.
Estaba tan conmocionado cuando me dijeron que Elizabeth había muerto que no me di cuenta de lo obvio.
Cuando me ofreciste una coartada, aseguraste también la tuya.
—¿Es cierto, Bradley? —preguntó Crystal.
—Por supuesto que no. Esta mujer está loca.
Apareció un hombre en la terraza. Tenía el pelo revuelto, la cara enrojecida por el ejercicio y los náuticos mojados: Jack Templeton. Echó un vistazo a la sala, vio a Jayne y se le iluminó el rostro con una amplia sonrisa. Venía hacia nosotros.
No era un buen momento para recibir visitas.
En lo más profundo de mi bolsillo, sonó la melodía que había asignado a las llamadas de Ryan. No contesté, pero le dije a Jayne sin mirarla:
—¿Podrías intentar llamar al número con el que no he podido hablar antes? Gracias.
—Necesitabas dinero —le dijo Crystal a su hermano—.
La semana pasada viniste a pedirme un préstamo.
Otro préstamo. Otra oportunidad para volver a reunir a tu desastroso grupo, y esta vez estabas seguro de que ibas a alcanzar la fama.
Sin embargo, al final te dije que no. Bastante te he dado a lo largo de los años y ya estoy harta de tus promesas y tus planes descabellados.
Y por culpa de tu avaricia murió mi madre.
Pero no te bastó con eso, ¿verdad? Tuviste que ir a por Elizabeth también.
¿Le pediste dinero y te enfadaste cuando se rio en tu cara?
—No la estarás escuchando, ¿verdad? —Brad agarró su cerveza y apuró la botella vacía—. Está loca.
—Estamos en el Club Náutico de Cabo Cod —dijo Jayne en voz baja al teléfono—. Será mejor que vengas.
Dan se levantó y Crystal rompió a llorar.
—Hola, Jayne —dijo Jack—. Qué sorpresa. ¿Qué te trae por aquí?
—Eh… —balbuceó ella.
—La policía viene de camino —dije—. Será mejor que esperemos aquí.
—¿La policía? —preguntó Jack con un gesto de preocupación que alteró su atractivo rostro—. ¿Ha pasado algo?
—Nada grave —respondí—, pero Jayne necesita un trago. ¿Por qué no llamas al camarero?
Todo lo que le había dicho a Brad sobre las pruebas físicas era mentira. Lo único que tenía eran mis observaciones sobre sus gestos y conjeturas acerca de su carácter. Sin embargo, era nervioso y propenso a actuar sin pensar. Contaba con eso y había funcionado mejor de lo que esperaba.
Se levantó de un salto, con un grito de furia, y derribó la silla.
Me lanzó la botella de cerveza contra la cabeza, pero, por suerte, me adelanté a su movimiento y me agaché.
La botella se estrelló en el suelo, detrás de mí, y se hizo añicos.
Dan gritó, Crystal chilló, Jayne se levantó de golpe y los demás comensales empezaron a volverse.
—¡Eh! —Jack levantó las manos y Brad le asestó un puñetazo en la cara que lo derribó de inmediato.
Brad saltó por encima de la barandilla que separaba la terraza del césped y echó a correr hacia el muelle.
Con bastante menos agilidad, trepé por la barrera y salté.
Una punzada de dolor en la cadera me recordó la leve lesión de la noche anterior, pero conseguí ignorarlo y salí corriendo tras él.
Oí un leve gruñido cuando Jayne aterrizó detrás de mí.