Capítulo veinte #2
—¿Importa? —preguntó Jocelyn—. No fue algo relevante, tan solo cruzamos un par de palabras y yo estaba muy ocupada. Ni siquiera me detuve a hablar con ella.
—Cuando la policía te pide que les cuentes todo lo que recuerdes, por insignificante que parezca, se refieren a todo de verdad —le dije.
—Ah —dijo—. Lo siento. ¿Debería llamarlos ahora?
—Yo me encargo. Olvídate del té.
Salí de la cocina y crucé el comedor corriendo.
Jayne me alcanzó en la acera, aún con el delantal puesto.
—Importa, ¿verdad? Que Kathy se llevara una cadena de tazas a la trastienda.
—Importa muchísimo —respondí, sacando el teléfono—.
Hasta ahora siempre había supuesto que el asesino había accedido al almacén desde el pasillo.
Que cogió el adorno de la pared al pasar, lo que significaba que era uno de los asistentes al té.
Pero si, como parece ahora, Kathy tenía la cadena de tazas con ella, todo vuelve a quedar en el aire.
La puerta trasera no estaba cerrada con llave.
Alguien, cualquiera, pudo entrar con la intención de robar algo, sorprender a Kathy y usar lo primero que tuviera a mano.
—La cadena de tazas.
—Exacto. —Marqué el número de Ryan—. Ryan, soy Gemma. He descubierto algo que podría ser importante para el caso de Kathy Lamb. Llámame.
Jayne y yo nos quedamos en la acera, rodeadas por los peatones. Una pareja consultó el menú en el escaparate del salón de té, y la mujer dijo:
—Están a punto de cerrar, ya vendremos mañana.
Una pareja de mediana edad, seguida por dos adolescentes malhumorados y encorvados, pasó junto a nosotras. Uno de los chicos protestó:
—No tienes por qué ser tan borde, papá.
—Te he dicho que no podemos permitírnoslo.
—Pero todos los demás… —La voz quejumbrosa del chico se fue apagando a medida que la familia se alejaba.
Otro grupo familiar, madre, padre, abuelos y tres niños adorables, entró en la librería. El padre se agachó y despeinó el cabello rizado y oscuro de uno de ellos. El niño alzó la vista y le sonrió.
«Familias felices. Niños adorables. Adolescentes malhumorados y quejicas. Cómo cambian los hijos a medida que crecen», pensé.
Eché a andar calle abajo por Baker Street, a paso ligero.
Jayne me siguió.
—¿Adónde vas?
—Tengo una idea.
—¿Vas a contarme cuál es?
—La navaja de Ockham.
—¿Eso qué significa?
—Que tienes razón, Jayne. He complicado este caso más de lo necesario. A Kathy Lamb la mataron porque sorprendió en plena faena a un ladrón que, presa del pánico, acabó con su vida.
—¿O sea que pudo ser cualquiera?
—Sí. Pero hay algo que no encaja en el asesinato posterior de Elizabeth Dumont. Cuando alguien mata una vez, y sale impune, le resulta mucho más fácil hacerlo por segunda vez. Puede que la muerte de Kathy no fuera intencionada, pero la de Elizabeth sí lo fue. Y el autor fue la misma persona.
Eché a correr al llegar a Harbor Road y Jayne se esforzó para seguirme el ritmo.
—¿Sabes quién es esa persona? —preguntó.
—Sí.
—¿Vas a decírmelo?
—Todavía no.
—¿Vas a decirme, al menos, adonde vamos?
—No muy lejos.
—¿Y por qué vamos ahí? Dondequiera que sea ese «ahí».
—Ahora que sé qué preguntas debo hacer, pienso hacerlas.
—¿No deberíamos esperar a que Ryan te devuelva la llamada?
—Solo voy a hacer un par de preguntas sutiles, Jayne. No tienes por qué venir.
—Si por algo no destacas es por tu «sutileza». Alguien tiene que evitar que te metas en líos y mejor que sea yo que otra persona.
Pasamos corriendo junto a las tiendas del paseo marítimo, el puerto y el muelle pesquero, sorteando a las multitudes de veraneantes. Se acababan las tiendas y los restaurantes y comenzaban las casas.
Dejamos atrás mi calle, Blue Water Place, y llegamos a los terrenos de la Casa Scarlet.
Robyn Kirkpatrick y Sharon Musgrave estaban de pie frente a la casa con un grupo de hombres que vestían botas de seguridad embarradas y cascos.
Robyn sostenía un iPad, Sharon miraba por encima de su hombro y uno de los hombres señalaba la pantalla.
Seguí adelante.
Crucé la calle de la entrada del Club Náutico de Cabo Cod, entre bocinazos de coches.
—Por poco te atropellan —dijo Jayne cuando me dio alcance.
Acababan de dar las cuatro y el mar estaba salpicado de velas blancas.
Muchas se dirigían al puerto, para guarecerse de un banco de nubes oscuras y pesadas que crecía en el horizonte.
Subimos las escaleras y entramos en el edificio del club.
Los presentes, que lucían el típico uniforme que la gente de posibles considera indumentaria náutica, iban de un lado a otro, saludaban a sus amistades y se daban besos sin llegar a rozarse.
En el bar reinaba una actividad frenética, y los camareros estaban poniendo manteles blancos almidonados en las mesas de una de las salas de reuniones.
—Quizá deberías quitarte el delantal —le dije a Jayne.
—Ah, se me había olvidado que lo llevaba —dijo, desatándose la cinta. Se lo quitó y lo enrolló en una bola—. ¿Qué hago con esto?
Se lo quité de las manos y lo metí en la base de una maceta. Luego me acerqué al mostrador de recepción y hablé con la joven que estaba detrás.
—Hola, busco a Dan Lamb. Salió con su barco hace un rato. ¿Sabe si ha vuelto ya? —pregunté. Si no lo había hecho, pensaba esperarlo.
—He visto al señor Lamb hace unos minutos. Salía a la terraza —dijo ella amablemente—. Está a punto de llover, pero buena parte del área exterior está cubierta, por si quiere acompañarlo.
—Gracias.
Me dirigí hacia las puertas acristaladas que daban al exterior.
La terraza hacía las veces de bar y restaurante al aire libre, y estaba casi llena.
Vi a Dan Lamb y a sus dos hijos sentados en una mesa pequeña junto a la barandilla.
Su postura era muy rígida. Dan y Brad, bastante cerca el uno del otro, pero la silla de Crystal estaba tan apartada que parecía más cerca de la siguiente mesa.
Los demás clientes que estaban sentados cerca susurraban entre copas de vino y botellas de cerveza, sin dejar de lanzar miradas furtivas hacia los Lamb.
—¿Cuál es el plan de ataque? —preguntó Jayne con un susurro.
—Atacar, por supuesto —respondí.
Crucé la terraza con paso decidido, mientras Jayne me seguía casi corriendo. Me detuve ante la mesa de los Lamb. Tres pares de ojos idénticos se alzaron para mirarme.
—Buenas tardes —los saludé.
—Ah, Gemma —dijo Crystal—. Hola. No sabía que eras socia del club.
—Solo estoy de visita. ¿Podemos haceros compañía? Hace un día precioso. —Y, sin esperar respuesta, me dejé caer en la silla vacía.
—¿Puedo? —preguntó Jayne a las personas de la mesa de al lado. Mientras atravesábamos el pueblo corriendo, se le había soltado la melena rubia que llevaba recogida y, ahora, el fuerte viento que soplaba del mar le agitaba los mechones.
—Adelante —le respondieron, y ella acercó una silla junto a la mía. Le dedicó una sonrisa incómoda a Dan Lamb.
La terraza del club náutico se alza a solo unos metros del muelle más cercano.
Una barandilla de madera y cristal, una zona de césped perfectamente cuidado, una hilera de parterres y, después, el muelle.
Una lancha motora atracó, y un joven vestido con camiseta y pantalones cortos con los colores del club se acercó a agarrar el cabo que le lanzaron.
Lo enrolló con soltura alrededor de un poste mientras los tres pasajeros desembarcaban con precaución.
Un barco de pesca atracó justo detrás. Llevaba tres grandes motores en la popa y una fila de cañas montadas en el techo.
Cuatro hombres de unos cuarenta y tantos, altos y en buena forma física, con el pelo corto y canoso y la piel ligeramente bronceada, bajaron del barco.
No traían captura, de modo que supuse que no habían tenido un buen día.
Pero no parecía importarles: dieron las gracias al joven por su ayuda, le estrecharon la mano, gesto que aprovecharon para darle una propina, se dieron palmadas en la espalda y se dirigieron al bar.
El joven aseguró la embarcación, abrió una cerveza y se sentó a descansar.
Le dediqué una sonrisa a la familia Lamb.
—Un día estupendo, ¿verdad? He oído que habéis salido en vuestro barco. ¿Has disfrutado, Brad?
—Eh…, sí. Es un barco estupendo, de unos nueve metros, muchísimo mejor que el que papá tuvo que vender tras el divorcio. —Y se apresuró a añadir—: También me alegro de haber podido pasar un rato con mi padre.
—Lo siento —dijo Dan—, pero estoy disfrutando de un momento de tranquilidad privada con mi familia. Si has traído el libro, puedes dejármelo. —Tendió la mano—. No quiero entretenerte.
—¿Libro? Ah, ese libro. Lo siento, se me olvidó. Crystal vino a la tienda ayer por la tarde.
—Así es —dijo ella—, y compré un libro.
—Dos libros.
—Dos libros —se corrigió—. No entiendo qué relación guarda eso con tu visita.
—¿Fuiste a ver a tu familia después? —pregunté.
Intercambió una mirada con su padre y su hermano.
—¿Qué estás insinuando? Y, ya que estamos, ¿por qué te importa tanto?
—Es curioso cómo funcionan estas cosas. Había decidido que no era asunto mío. Lo de los asesinatos de Kathy Lamb y Elizabeth Dumont, quiero decir. No había logrado avanzar nada y me di cuenta de que era momento de dejarlo en manos de la policía.
—Probablemente sea lo más sensato —dijo Dan—. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Anoche tuve una visita en la tienda, cuando ya era muy tarde. Alguien que entró derribando la puerta trasera en lugar de tocar educadamente el timbre, así que supongo que no venía con buenas intenciones.
Observé sus rostros. Dan parecía sorprendido, aunque no demasiado afectado.
Crystal se mostraba sobresaltada con sinceridad.
Bradley entornó los ojos y se inclinó hacia delante.
Tamborileaba con los dedos de la mano izquierda sobre la mesa a un ritmo rápido.
Con la derecha, levantó la botella de cerveza y dio un largo trago.
—¿Cómo te hiciste ese corte en la mano? —pregunté.
Palideció y se miró la mano derecha.
—No lo sé —murmuró.