Capítulo veinte
CAPÍTULO VEINTE
N o mentí a Ryan cuando le prometí lo que iba a hacer, pero a pesar de mis intentos, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Estaba claro que había asustado a alguien, y esa persona había ido a la librería con la intención de poner fin a mi investigación. Por lo civil o por lo criminal.
Pero ¿quién había sido?
Me llevé la taza de té y el libro al salón y me acurruqué en el sillón orejero, mientras Violet dormía a mis pies. No avancé mucho en la lectura.
No dejaba de dar vueltas a la lista de sospechosos. Intenté imaginar a cada uno de ellos caminando de puntillas por el suelo de madera de la librería, envueltos en la oscuridad, cruzando frente a las luces tenues, pero nada, ni nadie, cobraba forma.
Entrar por la fuerza en mi tienda, con el objetivo más que probable de hacerme daño, era una medida drástica, y las medidas drásticas las toman las personas desesperadas.
Que el culpable pensara que estaba acercándome a la verdad no significaba que así fuera. Como dice el refrán, el culpable huye, aunque nadie lo persiga. Pero pensé que algo debía de haber ocurrido para empujar al asesino a cometer ese acto desesperado.
Ese día habían sucedido dos cosas importantes: mi conversación con Jock O’Callaghan en el Club Náutico de West London y la visita de Crystal Lamb a la librería.
Jock no podía haber sido la persona que entró en la tienda aquella noche. No con el tobillo roto.
Pero ¿se lo había roto de verdad? Tomé nota mental para pedirle a Ryan que lo comprobara al día siguiente.
Era posible que Jock hubiera fingido la fractura durante el partido de tenis y se lo hubieran llevado delante de todos los socios del club, para luego experimentar una recuperación milagrosa.
Llevaba una bota ortopédica, pero podía haber conseguido una de forma extraoficial.
En teoría, se había lesionado el martes por la tarde, el día antes de la muerte de Elizabeth.
Sin embargo, me parecía una opción que requería un esfuerzo excesivo. No podía haber sabido que Jayne y yo apareceríamos solo unos minutos después del asesinato y que tendría que huir.
Crystal había señalado que seguía dándole vueltas al caso, pero eso no era ningún secreto. Había hecho muchas preguntas a mucha gente, y el intento de agresión no tenía por qué deberse a algo ocurrido ese mismo día.
Tuve que recordarme a mí misma que había decidido permanecer al margen de la investigación. Decidí que le contaría a Ryan la conversación con Crystal por la mañana y quizá le sugeriría que investigara un poco más a fondo sus antecedentes.
Cerré el libro, sin haber leído una sola palabra, y llamé a Violet para irnos a dormir.
Antes de acostarme, comprobé las cerraduras de todas las puertas y ventanas y me aseguré de que las luces exteriores estuvieran encendidas.
Llegué a la tienda a la mañana siguiente con cierta aprensión, temiendo encontrar el lugar acordonado con cinta amarilla, patrullas aparcadas de cualquier manera en la acera y lleno de curiosos agolpados fuera.
Sin embargo, todo parecía normal. Entré por el salón de té, me dirigí a la puerta corredera que comunica con la librería, saludé a Fiona con un gesto, y entré en mi librería, que estaba limpia y en silencio.
Fui hasta el fondo, preguntándome por qué no había salido a recibirme Moriarty con su habitual bufido matutino.
Mi teléfono sonó justo cuando estaba admirando los paneles de madera maciza de mi nueva puerta trasera.
—Buenos días, Gemma —dijo Ryan—. Supongo que no vas a dejar que lo de anoche te afecte tanto como para faltar al trabajo.
—Estoy en la tienda ahora mismo. ¿Debo darte las gracias por la puerta nueva?
—Pasaré más tarde a dejarte las llaves. Siento informarte de que no encontramos nada relevante.
Tu intruso no tuvo tiempo de llegar muy lejos en la tienda ni de hacer gran cosa.
Ah, tu gato está arriba, encerrado en un armario.
La agente Johnson está curándose los arañazos, y el adiestrador del K-9 tiene que ocuparse de un perro profundamente traumatizado.
A Moriarty no le hizo ninguna gracia que un perro entrara en su tienda.
—Ups —dije, justo cuando oí un maullido indignado que resonó en el piso de arriba—.
Anoche se me ocurrieron dos cosas mientras «no» pensaba en el caso.
Jock O’Callaghan parece haberse roto el tobillo.
Eso lo excluiría tanto de haberse dado a la fuga en casa de Elizabeth al oírme, como de haber entrado anoche en la tienda.
¿Puedes comprobar en el hospital si fue una fractura real y no solo un esguince leve?
Pasó el martes por la tarde en el club náutico y lo llevaron al hospital en ambulancia.
—¿Jock O’Callaghan? Sí, puedo confirmarlo con el hospital. ¿Has dicho que eran dos cosas?
—Ayer por la tarde vino Crystal Lamb a la tienda. Me habló de su padre y me dijo que no cree que haya matado a nadie.
—He pasado a ver a Dan Lamb a primera hora de hoy. No tiene coartada para anoche a las nueve, dice que estaba solo en casa, pero eso no significa gran cosa. No podemos decir que goce de una gran popularidad en el pueblo estos días.
—¿Solo? ¿Y cuando dices «en casa» te refieres a la de Elizabeth? Oí que se había mudado de nuevo.
—Sí —confirmó Ryan.
—¿Dónde estaba su hijo?
—Con unos amigos, según Dan. Tampoco estaba en casa esta mañana.
—Crystal me dijo que va a intentar recomponer su relación.
—Me alegro por ella. La familia es importante.
Dan me ha comentado que tiene pensado salir en público más tarde para navegar con Brad.
Le he dicho que era una buena idea. Algunos de los mejores momentos que pasé con mi padre fueron en su barco.
Ten cuidado, Gemma. No podemos dar por sentado que esa persona se haya asustado y haya desistido.
—Lo haré —respondí.
Era sábado, y Ashleigh y yo no paramos en todo el día. A las tres y treinta y ocho ya me moría de ganas de tomar una taza de té y alguno de los sándwiches que hubieran sobrado del día.
—De acuerdo —dijo Ashleigh, sin levantar la vista del estante que estaba ordenando.
—¿De acuerdo qué?
—Que vas a ir al salón de té para mantener tu reunión diaria de socias, también conocida como sesión de cotilleos, con Jayne.
—Es una reunión de socias. Somos socias, y las buenas socias tienen que comunicarse con regularidad si quieren mantener el negocio viento en popa.
—Ajá. ¿Y por qué has cambiado la puerta trasera?
—La antigua tenía una grieta. Como habrás adivinado, me voy al salón de té.
—Vas a llegar tarde.
—Muy graciosa.
Valoré la posibilidad de pedirle a Jayne que retrasáramos nuestra reunión diaria diez minutos. No me gustaba la idea de ser demasiado predecible.
El salón de té estaba lleno, y los asientos que había junto al hueco de la ventana estaban ocupados, así que fui a la cocina. Jocelyn estaba sacando platos del lavavajillas y Jayne los guardaba.
—¿Un buen día? —pregunté.
—No hemos parado —dijo Jayne—. ¿Pasó algo anoche en la librería? Cuando llegué esta mañana, había un coche de policía aparcado fuera.
—Alguien intentó entrar —respondí—. Por suerte, lo ahuyentaron a tiempo.
—No entiendo qué podía querer robar en tu librería —dijo Jocelyn—. No creo que los libros tengan mucha salida en el mercado negro, ¿no?
—Los que vendo yo, no, te lo aseguro —respondí—, pero no lo había pensado. Quizá alguien oyó hablar del ejemplar de El valle del miedo que se subastó y pensó que la tienda guardaba objetos de ese valor.
—Sí —intervino Jocelyn—. Lo vi en la lista de la subasta. Cuesta creer que alguien pague doce mil dólares por un libro viejo.
—Como de costumbre, le das demasiadas vueltas —dijo Jayne—. Es mucho más probable que alguien entrara buscando dinero. Algún drogadicto que necesitaba efectivo para su dosis.
—Qué pena —dijo Jocelyn—. Les saldría más a cuenta entrar aquí y coger algo de comer.
—Por favor, no digas eso en voz alta —replicó Jayne.
—Perdón.
—Me muero de hambre —dije—. No veo ni una mísera taza de té por aquí.
—Ha sido un día de locos —respondió Jayne—, pero seguro que podemos encontrarte algo.
—Hablando de vender cosas —dijo Jocelyn—, he recordado algo que se me había olvidado por completo. Esta mañana ha venido una mujer preguntando si teníamos más cadenas de esas con tazas. Las vio cuando vino a la subasta, no la compró por lo que pasó y porque tuvimos que cerrar, y ahora quiere una.
Jayne reprimió un escalofrío.
—Solo nos quedaba una y la tiré. No voy a pedir más, pero puedo darle el contacto de la mujer que las hace, por si quiere encargarlas directamente.
—¿Por qué la tiraste? —preguntó Jocelyn—. A mí me parecían bonitas.
—Me daban malas vibraciones —dijo Jayne.
—Es verdad, supongo —concedió Jocelyn—. ¿Y la que iba a comprar Kathy Lamb? Puede que todavía esté por ahí.
No sabía nada de eso.
—¿Qué iba a comprar Kathy?
—Una de esas cadenas de tazas —dijo Jocelyn, mientras empezaba a limpiar las encimeras—, cuando terminó la subasta. Pero claro, al final no sucedió, así que pensé que si aún la tenías, podríamos vendérsela a otra persona.
—¿Cómo sabes que Kathy quería una? —pregunté.
—La cogió de la pared y me dijo que la pagaría al final del evento.
—¿Cuándo fue eso? —Se me aceleró el pulso.
—Debió de ser unos minutos antes de que muriera —Jocelyn negó con la cabeza—, así que entiendo, creo, lo que dices de las malas vibraciones.
Cuando me crucé con ella en el pasillo, llevaba ese cuadro tan feo de Maureen hacia la trastienda.
Dejó el cuadro un momento, descolgó la cadena del gancho y dijo que le encantaba el aire de fantasía que tenía.
—¿Qué hizo con ella?
—Creo que se la llevó atrás. Estábamos ocupadas: era hora de empezar a servir, por eso no le presté mucha atención.
—¿Se lo contaste a la policía, Jocelyn? —pregunté.
—Les dije que me crucé con Kathy en el pasillo. También te lo dije a ti.
—¿Les mencionaste en concreto lo de la cadena?
Frunció el ceño mientras pensaba en la respuesta.
—No lo sé. Puede que sí. O quizá no.
—A nosotras no nos lo dijiste —intervino Jayne.