Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo diecinueve #3
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Capítulo diecinueve #3

Ryan llegó al trote, guardando su arma en la funda.

—Hay demasiada gente en las calles y se ha escapado. ¿Lo has reconocido? ¿Hay algo que te resultara familiar?

—No lo he visto —contesté—. Solo una silueta negra y unas piernas con pantalones oscuros y holgados. Podría haber sido una mujer.

—¿La persona a la que ahuyentaste en casa de Elizabeth Dumont?

—Es posible. Incluso probable. No puedo afirmarlo con certeza, pero creo que tenían una complexión y estatura similares.

—Te llevo a casa.

—Necesito echar un vistazo primero. Podría haber dejado algún rastro identificable. Diles a tus agentes que no toquen nada hasta que lo revise todo.

Stella Johnson enarcó las cejas.

—No pienso hacer nada de eso —replicó Ryan—.

Quiero que salgas de aquí. Ahora. He llamado a la científica y la unidad canina viene en camino.

No quiero que el perro te identifique como sospechosa.

Vamos. —Se volvió hacia Johnson—. Llama a la detective Estrada para que venga.

Quiero que se trate esto como algo más que un allanamiento.

Está relacionado con nuestra investigación de homicidio.

—Entendido, detective —respondió ella.

—Vamos, Gemma —insistió Ryan.

—Pero… —Intenté decir.

Me agarró del brazo.

—No hay peros que valgan.

Ryan prácticamente tuvo que sacarme a rastras de la librería y me metió en su coche. Recorrimos las pocas manzanas que había hasta mi casa en silencio, mientras los dos intentábamos procesar lo ocurrido.

Abrí la puerta trasera, consciente de que Ryan tenía la mano en la empuñadura del arma, vigilando cada rincón oscuro o matorral. Violet nos recibió con su entusiasmo habitual, y Ryan dijo:

—Esta noche no puedes sacarla a pasear. Deja que haga sus necesidades en el jardín. En cuanto vuelva a entrar y cierres bien, tengo que regresar al pueblo.

No le llevé la contraria. En lugar de ello, y siendo fiel a mis raíces británicas, llené el hervidor de agua.

—Has llegado en el momento justo.

—Pura suerte —respondió—. Había acabado la jornada laboral y se me ha ocurrido que podía llevarte a casa o invitarte a tomar algo. —Se frotó la barba de dos días—. Puedes imaginar lo que pensé al ver la puerta trasera destrozada y una figura oscura que intentaba darse a la huida.

—Me lo imagino.

—¿No has identificado ningún rasgo del intruso?

—No. Desapareció antes de que pudiera verlo bien. Todo sucedió en un instante fugaz.

—Yo solo vi una sombra. Debí de asustarlo.

Le acaricié el rostro a Ryan. No pensaba mencionar que era Moriarty quien había ahuyentado al intruso.

En una reacción inaudita en él, me había salvado de un posible enfrentamiento violento, pero había espantado al intruso antes de que pudiera identificarlo.

Me pregunté si había sido un gesto hecho a conciencia, pero luego recordé que Moriarty era un gato.

Ryan levantó la mano y me la tomó.

—¿Estás bien, Gemma? No pasa nada si estás en shock , lo sabes, ¿verdad?

Y entonces, de pronto, eso fue lo que me pasó. Se me doblaron las piernas y me dejé caer en una silla. La clásica flema británica se esfumó y rompí a llorar con sollozos entrecortados. Ryan me abrazó un buen rato.

Al final, me aparté y rebusqué un pañuelo en el bolsillo. Me soné la nariz, me sequé las lágrimas y recobré la compostura.

—Puede que simplemente fuera un ladrón que quería robar los noventa y siete dólares y sesenta y cinco centavos de la caja.

—No hay que olvidarse de los sesenta y cinco centavos —dijo Ryan—. Pero es mucho más probable que fuera alguien que quiere apartarte del caso Lamb.

—Alguien que cree que estoy mucho más cerca de resolverlo de lo que realmente estoy —afirmé.

—Y va a salirse con la suya. Basta, Gemma. Mantente al margen. Por completo. Lo digo en serio.

—De acuerdo —respondí. Me miró con escepticismo—.

No he logrado averiguar nada, Ryan. Absolutamente nada.

Hay demasiada gente y demasiados hilos que desenredar: el museo, los dos clubes náuticos, la familia…

, por no mencionar a los «desconocidos» que hay en todos los casos y las sospechas que aún rodean la muerte del primer marido de Elizabeth.

—Tenía algo que contarle sobre eso, pero decidí dejarlo para otro momento.

Bastante tenía ya por esa noche—. Dos mujeres muertas, ambas conocidas en la comunidad, a pesar de que no gozaban del favor de la mayoría.

Se me da bien observar a las personas y fijarme en detalles que otros pasan por alto, pero no tengo tus recursos.

El trabajo policial serio y constante es la única manera de llegar al fondo de todo esto.

—Y eso es precisamente lo que voy a hacer ahora —replicó él—. Con un poco de suerte, la policía científica habrá encontrado alguna prueba, o el perro rastreador dará con el rastro. Quiero que cierres con llave, dejes las luces exteriores encendidas y no salgas de casa. ¿Entendido?

Le dediqué un falso saludo militar y me alegró ver que me dirigía una sonrisa irónica.

—Tú te quedas de guardia, Violet —dijo Ryan—. No me falles.

Mi perrita movió la cola feliz como una perdiz.