Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

CAPÍTULO DIECINUEVE

D onald me dejó de nuevo en la librería a las seis, justo a tiempo para que Ashleigh pudiera irse a cenar.

No tenía sentido llamar a Ryan para intentar conseguir el número de Dan. Nunca me lo daría.

Entonces me acordé de algo. Hacía un año, Dan me había pedido un ejemplar de The Art of Detection , de Laurie R.

King, un libro bastante ingenioso en el que la autora consigue introducir a Sherlock Holmes en una novela detectivesca ambientada en el San Francisco del siglo XXI .

No lo tenía en stock , así que apunté su número para avisarle cuando llegara.

Busqué en la lista de contactos de la tienda y ahí estaba. Lo llamé.

Me respondió una voz vacilante.

—¿Hola?

—Hola, Dan. Soy Gemma Doyle. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Me alegro. Hace tiempo que no te veo por la tienda, y supongo que estos días andarás liado, así que había pensado en pasarme a dejarte un libro de regalo. Me acaba de llegar y estoy convencida de que te gustará. Es el nuevo de…

—Eres muy amable. Puedes dejarlo en el buzón.

—Sí, claro, podría hacerlo, pero…

—No estoy de humor para visitas. Gracias por entenderlo, Gemma.

Colgó.

Y así fue como se cerró esa vía de investigación.

Sin embargo, se abrió de nuevo a las seis y media, cuando Crystal Lamb entró en la tienda.

Iba bien vestida, aunque algo informal: pantalones hasta los tobillos, camisa rosa, chaqueta de lino y sandalias planas.

Al principio no me vio, y la observé desde el rincón de lectura donde había ido a recoger un libro que alguien había dejado.

Echó un vistazo a su alrededor, como haría cualquier clienta nueva para orientarse en el local.

Sus ojos recorrieron los estantes y se detuvieron en la sección de Pastiche.

Se acercó y empezó a examinar los títulos.

—Buenas tardes —dije—. ¿Puedo ayudarte a encontrar algo?

Se volvió hacia mí con una sonrisa y supe en el acto que me había reconocido, lo que significaba que no había entrado buscándome.

—Ah, hola. Estuviste en el velatorio de mi madre.

—Sí, así es. Esta es mi tienda.

—Es preciosa y muy original. Resulta que he terminado los libros que traje conmigo y necesito algo más para leer.

Me gustó lo que había dicho: «libros», en plural.

—¿Te quedarás en West London más tiempo del que pensabas?

—No puedo permitirme faltar mucho más al trabajo, pero el funeral de mi madre se ha retrasado un par de días por…

ciertos acontecimientos que se han producido en la vida de mi padre.

Ya que estoy aquí, quería disculparme por lo que pasó el martes por la noche.

Mi padre y yo tenemos nuestras diferencias, pero eso no es excusa.

No debería haber lavado nuestros trapos sucios en público.

—Los funerales pueden ser situaciones de gran tensión y emotividad —dije.

—Y que lo digas. Creo que estoy volviendo a lavar los trapos sucios en público, así que mejor paro. Perdona. ¿Qué me recomendarías? Me encantan las buenas novelas policiacas históricas.

Charlamos sobre libros durante unos minutos y al final eligió A Treacherous Curse , de Deanna Raybourn, y Let Darkness Bury the Dead , de Maureen Jennings. Llevó las compras al mostrador y le cobré.

—Tu padre es cliente habitual —comenté—. ¿Lo sabías?

Negó con la cabeza.

—Aunque hace varios meses que no pasa por aquí.

Se le escapó una risa.

—Las familias…, es imposible escapar de ellas. Tal vez haya heredado algo de mi padre, después de todo. ¿Haces envíos por correo?

—Sin problema —respondí.

—Me encanta tu tienda, pero dudo que vuelva a West London en mucho tiempo… Si es que alguna vez lo hago. Crecí aquí y me encanta, pero si ya no puedo visitar a mi madre y con la situación actual de mi padre…

No era asunto mío, pero cuando alguien me deja la puerta entreabierta, siempre entro.

—¿Situación?

—La gente anda diciendo que mi padre mató a mi madre y a Elizabeth.

Puede que no nos lleváramos bien, nunca nos hemos llevado bien y el divorcio no ayudó a mejorar la situación, pero sé que mi padre no es un asesino.

Mamá y él estaban pasando una mala racha cuando conoció a Elizabeth y cayó bajo el hechizo de todo ese dinero.

Supongo que es fácil que pase —rio sin alegría—.

Mi hermano, el eterno aspirante a músico, siempre anda buscando a alguien que le haga de mecenas.

Sospecho que esa es la única razón por la que seguía yendo con mamá al club náutico.

No creo que el resto de los socios le cayera especialmente bien.

Y yo que creía que habría aprendido del ejemplo de papá…

—¿En qué sentido?

—Empiezo a pensar que papá se arrepiente de habernos dejado.

De haber dejado a mamá, quiero decir. No tenía absolutamente ninguna razón para matarla.

El divorcio había terminado y ambos habían seguido con sus vidas.

En cuanto a Elizabeth… —Crystal se encogió de hombros—.

No era una buena persona, y papá era bastante infeliz en ese matrimonio.

La habría dejado tarde o temprano. No había necesidad de deshacerse de ella.

—No es necesario que entres en detalles si no quieres —dije.

—La gente puede ser cruel cuando empiezan los chismes y los rumores —Crystal lanzó un largo suspiro—.

Pobre papá. Pobre Brad. Mamá nos quería a los dos por igual, pero Brad nunca se lo creyó.

Siempre pensó que yo era la favorita. —Aceptó el paquete de libros que le tendí—.

Si Brad, que creció presa de un gran resentimiento, quiere dejar atrás el pasado, yo también debería poder hacerlo.

Quiere que me reconcilie con papá. Tal vez tenga razón, tal vez ya sea hora.

—Si de algo te sirve —dije—, no creo que tu padre matara a ninguna de las dos. Y desde luego, no a tu madre.

—¿Por qué lo dices?

—Coincido contigo. No tenía motivo. Es cierto que a veces la gente mata sin una razón que parezca lógica a los demás, pero cuando eso ocurre, suelen hacerlo cegados por la pasión o la ira del momento.

Hacerlo con calma, planear una ruta de escape y evitar que te descubran requiere cierto grado de sangre fría.

—Por lo que veo, le has dado muchas vueltas al asunto.

—A veces me pica la curiosidad, nada más. No significa nada.

Me lanzó una mirada que no supe interpretar.

—Gracias por todo. Pasaré de nuevo antes de irme.

Al salir, se cruzó con Ashleigh, que regresaba de cenar.

La tienda estuvo bastante concurrida el resto de la tarde.

Pensé en lo que Crystal había dicho, pero no llegué a ninguna conclusión relevante.

Si Dan Lamb lograba reconciliarse con sus hijos, al menos saldría algo bueno de las dos muertes.

A menudo, las familias distanciadas se reúnen de nuevo ante la tragedia.

Le había dicho a Crystal que no creía que su padre hubiera matado a ninguna de las dos mujeres, y era cierto.

No debería juzgar su carácter, ya que solo lo había tratado unas cuantas veces, pero no veía ningún motivo para que hubiera asesinado a Kathy, la exesposa, que no representaba ninguna amenaza.

Si lo hubiera hecho, habría sido un crimen escandaloso y más descuidado, fruto de una discusión que se le fue de las manos, no un acto silencioso y premeditado.

Pero ¿Elizabeth? Sí, Dan podría haber matado a Elizabeth y luego huido en la noche, mientras yo intentaba perseguirlo. Tal vez pensó, como yo, que Elizabeth había matado a Kathy y quiso vengarse.

—Basil Rathbone —dijo Ashleigh.

Parpadeé y volví al presente.

—¿Qué le pasa?

—¿Vamos a recibir más de esos DVD de Basil Rathbone? Una clienta quiere dos juegos para regalos de Navidad, y solo queda uno en el estante.

—Ah, sí, perdona. Los tengo pedidos. Deberían llegar el lunes.

Volví a centrarme en la gestión del negocio y fui a atender a una mujer que dudaba frente a la sección juvenil.

Ashleigh terminó su turno a las ocho y media, pero antes de irse dijo:

—Se me ha ocurrido una gran idea.

Intenté reprimir un gruñido. A Ashleigh parecía que le gustaba trabajar aquí, lo cual estaba muy bien y yo me alegraba de ello.

Mostraba un gran entusiasmo por todo lo que vendíamos en la tienda y quería aprender más sobre Sherlock Holmes y los libros que vendíamos, lo cual también era bueno.

Además, también se le ocurrían ideas para mejorar el negocio, algunas de las cuales no eran muy buenas…

o, al menos, no eran cosas que yo quisiera hacer.

Como abrir una segunda sucursal u ofrecer franquicias.

Le sonreí.

—¿De qué se trata?

—¿Has pensado en vender libros infantiles?

—Tenemos libros infantiles, los que encajan con la temática de la librería.

—Esos son juveniles y yo me refiero a libros para niños pequeños de verdad, para que aprendan el abecedario, los colores primarios y que tengan muchas ilustraciones.

Sé que no coincide del todo con nuestro enfoque, pero esas mujeres de hace un momento estaban buscando regalos para una fiesta prenatal.

Dudo que compren una biografía de sir Arthur Conan Doyle o Las obras completas de Sherlock Holmes , volúmenes uno y dos, para un recién nacido.

Abrí la boca para decirle que no formaba parte de nuestro negocio, pero la cerré de nuevo.

No creo que exista un libro del abecedario de Sherlock Holmes, aunque existen todo tipo de objetos imaginables sobre el Gran Detective. La gente entra en una librería buscando libros. Si podía ofrecerles libros para niños pequeños, tal vez compraran algo para ellos también.

—Es una idea que debería considerar —dije. Ashleigh sonrió—. ¿Tenemos espacio para otra línea de productos?

—Si movemos esa estantería un poco más allá, podríamos colocar un expositor bajo. Podemos pedir algunos títulos para empezar y ver cómo funcionan.

—Déjame darle un par de vueltas a tu idea. El domingo tendré algo de tiempo para revisar catálogos de libros infantiles.

Se despidió con alegría y se marchó.

Había sido un buen día. En la tienda, habíamos tenido un flujo constante de personas y la mayoría había comprado algo. Algunos, mucho.