Capítulo dieciocho #4
—Mis movimientos serán furtivos —aseguró Donald mientras cruzaba la sala con paso marcial—. ¡Jock! —exclamó con una voz atronadora no solo demasiado alta para el lugar, sino totalmente impropia del hombre callado y tímido que yo conocía.
Jock levantó la vista, sobresaltado. Parpadeó. Parecía que tenía los ojos húmedos, aunque bien podía ser por la luz del sol que se colaba e iluminaba todo aquel cromo reluciente.
—Qué casualidad verte por aquí —dijo Donald—. ¿Te importa si nos sentamos contigo? —Se dejó caer en un sillón sin esperar respuesta.
Le dediqué a Jock una sonrisa de disculpa, lamentando la interrupción. Él se encogió de hombros y la tristeza de sus ojos se desvaneció.
—Sentaos —dijo.
Pulsó un botón para cerrar la imagen que tenía en el teléfono, pero alcancé a ver fugazmente la foto: una mujer, no joven, mirando al mar con una sonrisa soñadora. Guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
—Gracias —dije.
Jock estaba sentado en un banco acolchado junto a la pared, y Donald y yo tomamos asiento frente a él, en una mesa de metal macizo que apenas me dejaba espacio para las piernas.
Un camarero se acercó rápidamente.
—¿Te traigo otra, Jock? —preguntó Donald.
—Gracias.
—¿Gemma?
—Una copa de sauvignon blanc , por favor.
—Es un poco temprano para un whisky —dijo Donald—. Para mí, una cerveza, una Nantucket Grey Lady, gracias. ¿Ha ido bien el partido?
Jock vestía ropa de calle y no parecía que acabara de salir de las duchas del vestuario.
—No he jugado. Hemos tenido que cancelar el partido, pero me gusta pasar las tardes en el club, tomando algo tranquilo, por eso he venido.
—¿Cómo está tu encantadora esposa…?
—Rose. Está bien, gracias.
Donald se volvió hacia mí.
—Rose es la esposa de Jock. Una mujer maravillosa.
Jock frunció el ceño y tomó un sorbo de su copa.
Mientras esperábamos las bebidas, charlamos de temas triviales. Hice algún comentario halagador sobre las vistas y el edificio, y Jock me contó parte de la historia del club.
El camarero colocó servilletas de cóctel, un cuenco de frutos secos variados, sin cacahuetes baratos, y las bebidas frente a nosotros.
—Salud —dijo Donald, y entrechocamos las copas—. Terrible noticia lo de Elizabeth Dumont —añadió después de tomar un sorbo.
A Jock se le ensombreció el rostro.
—Sí.
Tomé un sorbo de vino.
Donald frunció el ceño, como si pensara intensamente.
—¿No fue socia de este club en su momento? ¿No hubo algún tema relacionado con la sospechosa muerte de su marido? Yo vivía en Boston entonces, así que no seguí el caso, pero recuerdo que mi padre hablaba de ello.
—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Jock—. Edward Dumont. Nadie lo llamaba por el diminutivo, siempre fue Edward. Un buen hombre. Muy amigo mío. —Alzó la cabeza y nos miró fijamente a Donald y a mí. Parpadeó y agachó la mirada—. No la conocía demasiado bien.
—Pero creía que ella lo mató —dije.
—Perdone, señorita, pero no creo que eso sea asunto suyo.
—Solo lo decía por hablar de algo. Al fin y al cabo, que se produzca un asesinato en nuestra comunidad es asunto que nos afecta a todos. Hay quien se pregunta si Elizabeth por fin consiguió que se hiciera justicia por la muerte de su marido.
Jock fijó la mirada en las profundidades del líquido ámbar de su copa. Donald se llevó un puñado de frutos secos a la boca.
—¿Después de tanto tiempo? Me parece improbable.
—Jock levantó de nuevo la cabeza. Me fijé en el leve tic que tenía en la comisura del ojo derecho.
Hablaba deprisa, con las palabras atropelladas, como si tuviera prisa por soltarlas—.
No puedo decir que esté muy afectado. Se lo tenía merecido.
Ella mató a Edward, u ordenó matarlo. Da igual.
Si algo tengo claro es que no pienso lamentar su muerte.
—Apuró la copa de un trago—. Disculpadme, tengo una cita a la que no puedo llegar tarde.
—Levantó la mano—. Jason, estoy listo para irme. Tráeme las muletas.
—Por supuesto, señor O’Callaghan —respondió el camarero.
¿Muletas?
El camarero se acercó con un par de muletas. Sujetó a Jock por debajo del brazo y lo ayudó a incorporarse. El rostro del tipo se contrajo en una mueca de dolor y malestar mientras se acomodaba torpemente las muletas bajo los brazos.
—Cielos, Jock, ¿qué te ha pasado? —preguntó Donald.
No había visto las piernas de Jock detrás de la mesa maciza. Ahora sí. La derecha, desde la rodilla hacia abajo, estaba enfundada en una bota ortopédica gris.
—Me rompí el maldito tobillo jugando al tenis el martes —dijo.
—Nos dio un buen susto cuando llegó la ambulancia —añadió el camarero.
—Gracias por la copa —dijo Jock, que echó a andar cojeando hacia la salida, seguido de cerca por el camarero.
Me dejé caer de nuevo en la silla. La persona a la que había perseguido por el jardín de Elizabeth Dumont la noche del miércoles, la que casi con toda seguridad la había matado, no había sido Jock O’Callaghan.
—Un viaje en balde —dijo Donald—. No hemos averiguado nada importante.
—¿En balde? —repliqué—. En absoluto. Jock no asesinó a Elizabeth Dumont, pero no es el único homicidio del que estamos hablando aquí.