Capítulo dieciocho #3
—Más vale prevenir que curar —replicó, justo cuando el conductor del coche de atrás nos dedicó un largo y furioso bocinazo—. Mencionaré tu nombre al comité organizador del congreso —añadió Donald.
—De acuerdo —dije—. Cuéntame algo acerca de Jock O’Callaghan antes de llegar. ¿Lleva mucho tiempo en el club náutico?
—Toda la vida. Es probable que el banquete de su bautizo se celebrara allí. Sus padres eran socios. El Club Náutico de West London tiene muchos socios que han heredado la membresía, a diferencia del club de Cabo Cod, que es mucho más reciente.
—¿Es de una familia adinerada?
—Sí, y bastante. Creo que el abuelo de Jock fundó una cadena de hoteles, aunque no sé mucho más, lo siento.
—En el té de la subasta, Elizabeth hizo un comentario sobre la esposa de Jock, que no lo había acompañado. ¿Sabes algo al respecto?
—Conociste a su madre, ¿verdad?
—No me la presentaron, pero la vi.
—Se las arregla para que todo el mundo la vea allá donde va.
Se llama Iris O’Callaghan. Fue una mujer formidable en su época.
Dicen que el padre de Jock habría dilapidado la fortuna familiar en alcohol y juego, pero Iris tomó las riendas de la empresa y del dinero.
Sigue teniendo el control absoluto, para desesperación de Jock. O eso dicen.
—¿Y qué me dices de la esposa de Jock?
—No recuerdo su nombre —respondió Donald, con las manos en el volante en la posición reglamentaria de las diez y diez, la cabeza inclinada hacia delante y la vista fija en la carretera—. No me gusta repetir chismes, Gemma.
—Ese es justamente el objetivo de esta excursión, hurgar un poco. Suéltalo.
—Solo en aras de la verdad. Su esposa pertenece a una de las familias más ricas de Nueva York, y lo más probable es que su matrimonio fuera más de conveniencia que por amor, aunque, pese a ello, parecían felices.
A mi padre le encantaban los cotilleos, sobre todo los de la alta sociedad, que disfrazaba de interés por mantener el tejido moral de la comunidad del club, así que sé más de estas personas de lo que me gustaría.
Por lo visto, Jock y su esposa, que tiene un nombre de flor, si no recuerdo mal, tuvieron un matrimonio razonablemente feliz durante muchos años, pero, como suele ocurrir, acabaron distanciándose.
Desde entonces, corren varios rumores que relacionan su nombre con varias esposas de otros socios, y las damas del club fingen escandalizarse por el comportamiento de ella.
—¿El comportamiento de ella?
—Se dice que a la señora O’Callaghan, que tiene la misma edad que su marido, es decir, está más cerca de los sesenta que de los cincuenta, le gusta…, ejem…, disfrutar de la compañía de hombres más jóvenes. Mucho más jóvenes.
—Ah, ¿sí? Eso explicaría la pulla de Elizabeth. Cuanta más información tenga, mejor, Donald. No sabrás, por casualidad, si Jock, su esposa o su madre tienen algún tipo de relación con la Casa Scarlet.
—No sabría decirte. No sé nada de su vida fuera del club. Es probable que Jock solo asistiera a la subasta por insistencia de su madre, que es un pilar de muchas organizaciones. Él, en cambio, no es precisamente conocido por sus actividades benéficas.
Por razones que escapan a mi comprensión, el Club Náutico de Cabo Cod está en West London, y el de West London no, ya que se encuentra a unos treinta kilómetros hacia el norte.
Tardamos unos cuarenta minutos en llegar, aunque no había mucho tráfico.
Es decir, no habría mucho tráfico delante de nosotros.
Detrás, se había formado una fila de coches impacientes, que no paraban de tocar la bocina y trataban de adelantarnos en una carretera estrecha y sinuosa.
—Deberíamos haber venido en coche de caballos —dije cuando por fin apareció el cartel del club.
—Habría sido la monda —comentó Donald.
—Y quizá habríamos llegado a tiempo.
Si el partido de tenis de Jock no había sido muy largo y tampoco se había entretenido tomando algo, tal vez ya se hubiera marchado.
Aparcamos en el rincón más alejado del aparcamiento casi desierto y salimos del coche.
Donald vestía unos chinos beis muy gastados, una camisa blanca que pedía a gritos una plancha, una chaqueta de lino blanca más arrugada que una pasa y una gran pajarita azul.
Yo no había pasado por casa a cambiarme, convencida de que mi nuevo vestido azul y verde era perfecto para tomar algo en el club náutico.
El Club Náutico de West London es más antiguo que el de Cabo Cod y rezuma historia, dinero e influencia.
Recorrimos el amplio camino de entrada de grava, pasando por jardines inmaculados, árboles centenarios y parterres rebosantes de color, hasta llegar al edificio principal, que se había construido para impresionar a la gente, y cumplía su cometido con creces.
Era una construcción de mediados del siglo XIX , tal vez concebida originalmente como residencia privada.
Todo piedra envejecida, grandes chimeneas y muros cubiertos de hiedra.
El tercer piso estaba salpicado de ventanas abuhardilladas y un toldo verde y blanco cubría la entrada.
Subimos los anchos escalones de piedra. Un hombre con uniforme blanco, que lucía las siglas CNWL en el bolsillo del pecho, nos saludó y nos abrió la puerta.
—Buenas tardes, señor Morris —dijo—. Señora.
—Buenas tardes, Albert —respondió Donald—. Espero que la familia esté bien.
—Muy bien, señor —contestó Albert.
—Caray, Donald —le susurré—, pareces Mycroft Holmes entrando en el Club Diógenes.
Entramos, y no pude reprimir un leve silbido.
La semejanza con los viejos clubes londinenses para caballeros continuaba en el interior: techos altos, enormes lámparas de araña en ambos extremos del salón, sillones y sofás de cuero marrón, mesas bajas, alfombras rojas y mullidas, amplios ventanales y una chimenea monumental.
Me di la vuelta y vi que Donald me sonreía.
—¿Impresionada? —preguntó.
—Lo estoy.
—Es lo que se supone.
—¿Cuánto cuesta ser socio de este sitio?
—Ni idea, Gemina. Yo no pago nada. Mi bisabuelo fue uno de los socios fundadores, y una de las condiciones fue que el hijo varón mayor tuviera derecho a ser socio de por vida. Por desgracia, parece que esa tradición morirá conmigo.
—¿Cómo pudo Kathy Lamb permitirse la cuota de un lugar como este?
Bajó la voz.
—No podía. Cuando Dan la dejó y los abogados se llevaron todo su dinero, habría tenido que dejarlo a finales de este año.
—La sola idea debía de ser humillante.
Kathy tenía muchos motivos para odiar a Elizabeth. Quizá la destrucción de su orgullo fuera la más importante. Si Kathy no hubiera muerto antes, sería la primera de la lista de sospechosas del asesinato de la mujer que le había arrebatado todo.
—Sigamos el rastro de nuestra presa hasta el bar —dijo Donald.
—Como conoces a Jock, será mejor que empieces tú la conversación —le indiqué—. Di unas cuantas frases amables y haz algún comentario sobre Elizabeth como quien no quiere la cosa, pero luego siéntate y déjame el resto a mí.
Me guiñó un ojo, algo que no me gustó nada.
Ahora que estábamos aquí, no veía forma de librarme de Donald.
Atravesamos el salón principal. Varias personas saludaron cortésmente con un leve gesto de cabeza a mi acompañante, que se detuvo en seco ante una fila de retratos de caballeros distinguidos de distintas épocas.
—Comodoros del club —dijo, señalando el primero de ellos, un cuadro con gruesas capas de pintura al óleo y un marco dorado ornamentado—. Mi bisabuelo.
Patillas de hacha, bigote rizado, cejas blancas y espesas, mejillas orondas, ojos pequeños, nariz roja, traje de tweed y una corbata que parecía asfixiarlo.
El tipo de hombre que podría aparecer una mañana de niebla llamando a la puerta del 221B de Baker Street para contratar a un detective consultor dispuesto a resolver un asunto delicado.
—No te pareces mucho a él —le dije a Donald, que lucía un rostro anguloso y huesudo.
—Salí a la familia de mi madre —respondió—. Entremos.
En ese instante imaginé la batalla que debieron de librar por las recientes reformas del bar de socios.
La palabra que me vino a la mente fue «moderno».
Algo que no habría sentado bien a los miembros más mayores y tradicionales.
Una de las paredes era completamente de cristal, y el resto, una mezcla de cromo, acero y cemento, salpicada de rojo intenso en los cuadros abstractos de las paredes y en los taburetes de cuero del bar.
Las ventanas daban a los amplios jardines y al puerto, con hileras de mástiles y velas plegadas, el agua azul y un mar de nubes esponjosas en el horizonte.
Había varias personas, solas o en pequeños grupos, repartidas por el gran salón.
Otras estaban sentadas en la terraza. El hombre al que buscaba estaba solo en un rincón apartado, con una copa en la mano que contenía un dedo de licor ámbar.
Tenía el teléfono sobre la mesa, pero no lo usaba.
Miraba al vacío, con una expresión que sin duda revelaba que estaba absorto en sus pensamientos, y que esos pensamientos lo entristecían.
—Esta sala y el salón de escritura de damas son las únicas estancias del edificio principal donde se permite usar dispositivos electrónicos —explicó Donald.
—¿Hay un salón de escritura de damas?
—Hoy en día se usa sobre todo para reuniones de grupos pequeños, como el comité de recaudación de fondos.
—Empieza tú la conversación sobre Elizabeth —le pedí—, así podré observar su reacción. Pero hazlo de forma sutil, no lo acuses de nada.