Capítulo dieciocho #2
Gracias a esa fuente inagotable de cotilleos de West London, que provee de chismes el Salón de Té de la Señora Hudson y la librería, me enteré de que Dan Lamb había dejado el hotel y que su hijo y él habían vuelto a la casa de Elizabeth, que, supuse, se había convertido ahora en la casa de Dan.
Más de un vecino del pueblo comentaba lo sospechoso que resultaba que Dan hubiera perdido a una exesposa y a su esposa actual en menos de una semana.
La policía le había prohibido abandonar la ciudad, pero era poco probable que se atreviera a salir a la calle hasta que cesaran las habladurías.
Quería hacerle una visita a Dan y pensé en utilizar el pretexto de llevarle un libro, pero, al final, decidí esperar un poco.
Cuando llegué a casa la noche anterior, llamé a Ryan para informarle de lo ocurrido en la reunión del museo. Le expuse mis teorías sobre Robyn, Kathy y Elizabeth, y también añadí el nombre de Sharon por si acaso.
Al igual que Jayne, se mostró escéptico.
—Es una teoría muy rebuscada, Gemma. Y sin pruebas físicas, no sirve de nada.
—¿Has hablado con Robyn Kirkpatrick?
—El único motivo que tendría para hacerlo fue que afirmas haberla visto entrar en el Club Náutico de Cabo Cod una tarde.
—Pregunta en el club si alguien la vio hablando con Elizabeth. Si es así, tendrás un vínculo lo bastante sólido para interrogar a Robyn. Averigua si tiene coartada para la hora del asesinato de Elizabeth.
Suspiró.
—De acuerdo, volveré al club. Hemos interrogado a fondo a varios socios.
Muchos nos dijeron que Elizabeth no era una mujer de trato fácil a la hora de trabajar.
Afirman que se comportaba como si la asociación fuera su club privado y que trataba a todo el mundo del mismo modo.
Por si te interesa, nunca hubo el menor indicio de que estuviera engañando a Dan ni de que él se lo hiciera a ella.
Aun así, algunas mujeres afirmaron que Elizabeth podía ser extremadamente celosa.
Hace un mes, más o menos, acusó públicamente a una socia veterana de querer seducir a Dan.
La mujer abandonó el club hecha una furia.
Y antes de que lo preguntes, esa mujer no es sospechosa de la muerte de Elizabeth: ahora mismo está en Europa.
—Parece que Elizabeth no era popular en ningún sitio —dije, recordando la subasta y la primera vez que la vi—. Jock O’Callaghan.
—¿Qué pasa con él?
—Estuvo en la subasta. Se aseguró de que todo el mundo supiera que debía atender asuntos muy importantes y que no podía quedarse a responder las preguntas de la policía. Estaba con su madre.
—Sé a quién te refieres. ¿Crees que tiene algo que ver con esto?
—No tenía ningún motivo para matar a Kathy, que yo sepa, así que nunca le di importancia.
Pero odiaba a Elizabeth, lo cual era un secreto a voces.
Es socio del Club Náutico de West London y era amigo del primer marido de Elizabeth, Edward Dumont, que falleció hace siete años.
Además, Elizabeth ya no es socia del club, pero la animadversión entre ambos sigue tan enconada como siempre.
O más bien seguía. En el té de la subasta se enfrentaron e intercambiaron todo tipo de insultos.
—¿Crees que ese tal O’Callaghan por fin se vengó de la muerte de Edward? Sería raro que actuara después de tanto tiempo, Gemma.
—A menos que sea un hombre con la paciencia de un santo que haya estado esperando su momento.
Oí cómo le decía que un día de estos tendría su merecido.
¿Es posible —pensé en voz alta— que Jock, u otra persona, decidiera eliminar a Elizabeth justo después de la muerte de Kathy para que la policía creyera que era obra de la misma persona?
Ryan gruñó.
—Estás enturbiando las aguas, Gemma.
—Admito que, en este caso, es lo que parece.
—Puedo investigar a O’Callaghan, pero tendré que hacerlo con discreción. Es un hombre importante de la zona: procede de una familia adinerada y con mucha influencia.
—Gracias —dije. Yo, en cambio, nunca tenía que preocuparme por ser discreta—. Buenas noches —añadí.
—Dulces sueños —respondió él.
Mientras esperaba a que Ashleigh llegara al trabajo e intentaba decidir si iba a hacerle una visita a Dan Lamb, llamé a Donald Morris.
Siempre me daba un poco de reparo involucrar a Donald en mis pesquisas.
Como sherlockiano empedernido, si algo le hacía ilusión era ser el Watson de lo que él consideraba mi Holmes, pero no podía evitar tomárselo como un juego.
Había valorado la posibilidad de visitar el Club Náutico de West London disfrazada, como había hecho antes con el de Cabo Cod, pero decidí que sería más fácil y directo seguir el ejemplo de Jayne y limitarme a preguntar lo que quería saber.
Donald Morris era mi único contacto en el club náutico, así que hice la llamada a regañadientes.
Se me pasó por la cabeza sugerirle al tío Arthur que se hiciera socio de todos los clubes del pueblo, por si alguna vez necesitaba colarme para interrogar a un sospechoso, pero era una opción bastante cara.
—En la subasta hablaste con Jock O’Callaghan. ¿Lo conoces bien? —le pregunté a Donald cuando respondió al teléfono.
—Lo suficiente para saludarlo o tomar algo con él en el bar. ¿Por qué lo preguntas, Gemma? ¿Forma parte de tu lista de sospechosos?
—No tengo ninguna lista —dije—, pero me gustaría hablar con él.
—Sobre Elizabeth Dumont, claro. Todo el mundo habla de eso y se pregunta cuándo detendrá la policía a alguien. Ahora mismo, la situación no pinta bien para los agentes de West London, Gemma: dos asesinatos en una semana y ninguna detención. Te alegrará saber que no he revelado tu secreto a nadie.
No quería preguntarlo, pero aun así lo hice.
—¿A qué secreto te refieres?
—Que estás investigando, como las otras veces.
—No investigo, Donald. Solo hago algunas preguntas.
Aunque, en realidad, hacer preguntas sonaba mucho a investigar.
—Si tú lo dices, querida… Entonces, ¿en qué puedo ayudarte?
Si necesitas información sobre la muerte de Edward Dumont, me temo que no puedo aportar nada.
Vivía en Boston cuando ocurrió aquel desafortunado incidente.
Mi padre me habló del tema, pero debo admitir que no le presté mucha atención.
En aquellos días solo tenía tiempo para mi bufete de abogados.
—La policía investigó a Elizabeth, pero tenía una coartada sólida, y nunca hubo pruebas de que hubiera contratado a alguien para hacerlo por ella. Sin embargo, Jock O’Callaghan parece seguir convencido de que Elizabeth mató a su marido. ¿Los demás socios del club pensaban lo mismo?
—Por lo poco que recuerdo, Gemma, yo diría que lo que ocurrió fue más bien que a la gente no le caía bien Elizabeth y, por eso, no tuvieron reparos en culparla.
—¿Por qué no les caía bien?
Casi pude oír cómo se encogía de hombros al otro lado de la línea.
—Algunos decían que era una especie de esnobismo inverso, que no le gustaban los ricos por principio. Yo lo interpreté como que no se molestaba en fingir que le caía bien gente a la que no soportaba. Nunca intentó encajar ni pareció importarle lo que la gente pensara de ella.
Me vino a la cabeza la poca atención que prestaba a su aspecto y la ropa de rebajas que llevaba.
—Me gustaría hablar con Jock O’Callaghan. Lo he buscado en la guía telefónica, pero no he encontrado su número. ¿Lo tienes?
—No, pero puedo acompañarte a conocerlo —dijo Donald.
—Sería estupendo. ¿Cuándo podríamos ir? No quiero esperar demasiado.
—Esta tarde. No suelo ir al club, Gemma.
—Tosió, incómodo. Supuse que no iba porque no podía permitirse las cuotas.
Cuando el señor Morris padre murió y Donald heredó el pequeño patrimonio familiar, dejó su bufete de abogados para dedicarse al estudio del Gran Detective y su creador.
Ser sherlockiano no es precisamente una ocupación muy lucrativa, al menos en lo económico, pero Donald Morris era un hombre feliz—.
A veces me invitan a alguna cena o celebración por amistad con mis padres.
La última vez que estuve fue en primavera, en una fiesta de aniversario, y gran parte de las conversaciones giraron en torno a la lista de participantes en la próxima temporada de tenis.
Jock O’Callaghan estaba presente y comentó que forma parte del equipo de dobles mixtos que juega todos los martes y viernes por la tarde, a las dos.
—Perfecto. Gracias, Donald.
—Paso a recogerte a las dos y media, ¿te parece?
—No hace falta. Puedo ir sola.
—Es probable que Jock vaya al bar después del partido, pero el bar de socios no está abierto al público, Gemma. Me necesitas para que te dejen entrar.
—Vaya —dije.
—Pasaré a las dos y media —insistió y colgó.
A las dos y veintinueve en punto, Donald se detuvo en la zona de carga frente a la librería.
Salí enseguida y abrí la puerta del acompañante.
Antes de subir, vi que en el asiento trasero había varios años de la revista The Sherlock Holmes Journal , algunos ejemplares atrasados de la revista Strand , un volumen de El signo de los cuatro con las páginas roídas por alguna criatura en la que preferí no pensar y un par de guías de Londres.
—¿Estás pensando en ir a Inglaterra? —pregunté mientras me abrochaba el cinturón.
Donald conducía un Toyota Corolla de 2001 que había logrado evitar el desguace gracias a la suerte y al óxido que mantenía unidas las distintas piezas. Giró el volante y se incorporó al tráfico, avanzando centímetro a centímetro con infinita paciencia.
—En enero se celebra un gran congreso en Londres. He estado ahorrando todo el año y tengo muchas ganas de ir. Deberías plantearte venir también, Gemma.
—¿Por qué?
—Uno de los ejes temáticos será Holmes y su influencia en la cultura popular. Podrías informarte de las próximas novedades que te interesen tener en la librería e incluso dar una charla sobre lo que más se vende.
—Enero no es la mejor época para ir a Londres —le aseguré—. Anochece pronto y llueve mucho. Y podrías haber pasado ese semáforo sin problema.