Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

CAPÍTULO DIECIOCHO

—¿ H as averiguado algo? —me preguntó Jayne, que tenía una copa de vino entre las manos.

—He averiguado que Robyn Kirkpatrick guarda secretos.

—Ah, ¿sí? A mí me ha parecido que llevaba muy bien la reunión.

—La ha llevado de maravilla. Ha logrado mantener el orden y que no descarrilara. El museo tiene suerte de que haya aceptado volver.

—Pero…

Me llevé un trozo de calamar a la boca. Después de salir del museo, le propuse a Jayne que fuéramos a tomar y comer algo, y aceptó encantada.

Estábamos en el Blue Water Café, nuestro restaurante favorito.

No solo era el nuestro, sino el de muchos otros, tanto vecinos como turistas.

Cuando llegamos, la terraza con vistas al puerto estaba llena a rebosar, así que tuvimos que sentarnos dentro, en una mesa pequeña junto a la pared del fondo.

—Robyn me dijo que hacía años que no veía a Elizabeth —comenté—. Eso es mentira. Estuvo en el club náutico el martes. La vi.

—¿Y si no coincidió con ella?

—Robyn no fue allí de visita ni a tomarse una copa en la barra. Fue a ver a alguien y llegó tarde o enfadada, quizá ambas cosas. Elizabeth no estaba en una oficina ni en una sala privada: dirigía una reunión en la terraza principal.

—¿Por qué mentiría Robyn sobre algo tan fácil de comprobar? Seguro que hubo otras personas que la vieron con Elizabeth.

—Probablemente porque no pensó que algún día tendría que mencionarlo, y cuando saqué el tema a relucir, lo negó sin pensar. Nadie más la ha relacionado con Elizabeth.

Bebí un sorbo de vino. En la mesa de al lado había una familia.

El bebé empezaba a impacientarse y quería bajar de la trona, y el niño mayor estaba a punto de tener un berrinche monumental porque el kétchup de sus patatas fritas tocaba la hamburguesa.

El padre sujetaba al bebé por el pañal para mantenerlo en su sitio.

Los adultos bebían cerveza, comían y hablaban sobre el hermano de ella, que por algún motivo que no alcancé a entender se negaba a entrar en razón, mientras trataban de ignorar a los niños.

Ella era más joven que él, debía de tener unos veinte años menos, y la expresión del hombre era una clara prueba de su convencimiento de que, a su edad, no le parecía muy buena idea crear una familia.

—Jayne, Gemma, me alegra veros —dijo Andy Whitehall, dueño y jefe de cocina, al aparecer junto a nuestra mesa. Me dedicó una sonrisa rápida y a Jayne, una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola —lo saludé—. ¿Te sientas con nosotras?

Andy echó un vistazo alrededor. Estábamos encajadas contra la pared en una mesa para dos. El bebé estaba rojo como un tomate y el niño gritó: «¡Nooooooo!».

—Perdonad por la mesa —dijo Andy—. Os buscaré una mejor.

—Estamos bien —respondí—. Si nos cambias, tendrás que poner a alguien aquí.

—No nos importa. Venimos por la comida —dijo Jayne, levantando un trozo de calamar empapado de salsa de marisco—. Por la comida, y con la esperanza de verte.

A Andy se le pusieron rojas las orejas.

Valoré la posibilidad de inventarme una excusa e irme antes de que la situación se volviera más incómoda.

Andy adoraba a Jayne, aunque ella solo lo consideraba un buen amigo.

Yo estaba convencida de que hacían la pareja perfecta, pero, por algún motivo, mis insinuaciones al respecto no habían surtido efecto alguno en mi amiga.

—Solo quería saludar —dijo él—. No puedo quedarme a charlar. Tenemos la cocina hasta arriba. No sé por qué hay tanta gente un jueves por la noche.

—Porque es el mejor restaurante del pueblo —dijo Jayne—. Quizá de todo Cabo Cod.

—De toda la Costa Este, me atrevería a decir —añadí.

—Gracias —dijo Andy.

—He oído que la Casa Scarlet va a celebrar una gala en el Club Náutico de Cabo Cod —comenté—. Seguro que será una velada muy elegante. Deberías ir, Andy. ¿Por qué no llevas a Jayne?

Jayne me fulminó con la mirada, pero Andy dijo:

—Eso sería…

No llegué a saber qué habría sido, porque en ese momento se le cayó una bandeja llena de vasos y platos a un camarero.

Los cubiertos provocaron un estruendo al chocar contra el suelo, la vajilla se hizo añicos y el cristal saltó en pedazos.

Dos clientes se apartaron de un salto y el camarero soltó una palabrota.

Andy se fue de inmediato para ayudar a recoger el estropicio.

—El cubierto de esa cena cuesta una fortuna, Gemma —me dijo Jayne—. No puedes decirle a Andy que me invite. Imagínate que no puede permitírselo.

—Tu cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Será mi regalo.

—Mi cumpleaños no es hasta dentro de unos meses.

—Seis de enero.

—Solo te acuerdas porque es el mismo día que el de Sherlock Holmes.

Tenía razón, aunque no quise admitirlo. No sabía por qué se había fijado el seis de enero como la fecha de nacimiento del Gran Detective, ya que no era una persona real y, por tanto, no había nacido, pero los sherlockianos la aceptaban como tal.

En la librería solíamos organizar eventos especiales esa semana, y a veces el tío Arthur y Donald Morris me invitaban a una fiesta.

—Vale, supongamos que tienes razón —dijo Jayne. La miré de reojo—. Sí, ya sé: tú nunca haces suposiciones. Pero, aunque Robyn hubiera ido al club náutico y se hubiera reunido con Elizabeth, ambas conocen a mucha gente. No es descabellado que se conocieran.

—De acuerdo, pero lo que me interesa es que tenían un enemigo común.

—¿Kathy?

—Kathy era la nueva presidenta de la junta, la que había apartado a Robyn.

A juzgar por la reacción en la reunión de esta noche, Robyn sigue gozando de una gran popularidad.

No me sorprendería que estuviera tramando su regreso, pero cuando se produjo el desastre y ardió la casa, sus planes se vinieron abajo.

Kathy tomó la iniciativa y organizó la subasta.

Si esta hubiera salido bien, su puesto al frente del consejo habría quedado asegurado.

Si, y esto es solo una especulación, Robyn mató a Kathy para sabotear la subasta, podría haber recurrido después a su vieja amiga Elizabeth para pedirle dinero para la restauración.

Así Robyn podría regresar al consejo, en olor de multitudes.

—Pero Robyn no estaba en el salón de té durante la subasta.

—Y eso es un problema, lo reconozco. Sin embargo, andaba merodeando fuera. Sharon, cuyo cargo también estaba amenazado por Kathy, sí estaba dentro. Tal vez actuaran juntas.

—¿Y por qué matar a Elizabeth, la benefactora?

—Robyn dijo que a Elizabeth le gustaba provocar a la gente ofreciendo dinero para luego retirar la oferta.

Intentó que sonara como una broma, pero empleó un deje de rabia.

Es posible que eso fuera lo que ocurrió en este caso.

Elizabeth pudo haberle ofrecido dinero, o la cesión gratuita del club, que viene a ser lo mismo, a Robyn, y luego retiró la oferta.

Robyn intentó hablar del tema con ella el martes, pero Elizabeth se mantuvo firme.

No olvides que estaba furiosa con su marido cuando Robyn llegó al club náutico.

No querría que Robyn la molestara con sus asuntos.

Es posible que hablara con Elizabeth antes de la muerte de Kathy y que Elizabeth le dijera que jamás donaría dinero a una organización presidida por Kathy, quien, por lo tanto, tenía que desaparecer.

—Le das demasiadas vueltas a las cosas, Jayne. La gente no mata por un puesto en la junta de voluntarios de un pequeño museo de historia.

—La gente mata por muchas razones. Algunas no tienen sentido para la mayoría.

—¿Cómo era eso que dijiste sobre la muerte de sir Nigel Bellingham? ¿Algo de una navaja?

—La navaja de Ockham.

—Eso. La teoría de que la explicación más sencilla suele ser la correcta. Entonces Ryan te dio la razón, pero creo que esta vez lo estás enredando todo.

—Pero es que aquí no hay una solución sencilla, Jayne. Alguien mató a Elizabeth y a Kathy, y la única persona que creo que podría tener algún motivo para deshacerse de ambas es Robyn Kirkpatrick.

—Ahí estáis —exclamó una voz sonora junto a nosotras.

Jayne y yo alzamos la vista. Ella sonrió, yo no.

Jack Templeton se plantó junto a nuestra mesa, con una sonrisa de oreja a oreja.

Llevaba vaqueros ajustados y una camiseta negra ceñida bajo una chaqueta vaquera desgastada.

Calzaba unos mocasines italianos sin calcetines, estaba recién afeitado y olía a jabón y champú caros.

—Qué buena idea, Jayne. Gracias por llamarme. Voy a por una silla.

Miré a Jayne, que agachó la cabeza y murmuró:

—Llamé a Jack cuando fuiste al baño y le propuse que viniera a tomar algo con nosotras. Sabía que no te importaría.

Jack encontró una silla y la trajo a nuestra mesa. Antes de sentarse, me tendió la mano.

—Creo que no nos conocemos. Jack Templeton. Jayne y yo fuimos juntos al colegio. He estado fuera un tiempo, pero ya he vuelto. Debes de ser Gemma.

—Así es —respondí, estrechándole la mano. Él apretó con firmeza. Yo, más. Frunció el ceño de dolor.

—Me encanta tu tienda. Es un concepto genial.

—Nada pretencioso, ¿verdad?

Se le borró la sonrisa.

—Esto…, no. ¿Por qué lo dices? —Se volvió hacia el camarero—. Sí, una cerveza, gracias. Lo que tengas de barril. ¿Quieres otra, Jayne?

—Gracias —respondió ella.

Jack le hizo un gesto con la cabeza al camarero, que me miró. Sopesé la opción de quedarme a tomar otra copa, solo por ponerle las cosas difíciles, pero negué con la cabeza y me levanté.

—Tengo que irme. Nos vemos mañana, Jayne.

—Claro —respondió ella.

—Encantado de conocerte —dijo Jack—. Tu amiga me resulta vagamente familiar —añadió él cuando me alejaba.

—Tiene una cara muy común —replicó Jayne.