Capítulo diecisiete #3
A continuación, comenzó el debate sobre la mejor forma de recaudar los fondos necesarios.
Sharon pasó una hoja con las cifras del presupuesto y otra con el presupuesto de la empresa constructora y los precios de los muebles coloniales originales y de sus reproducciones.
Eché un vistazo a los números y casi me echo a llorar.
Algunos querían organizar otra subasta. Varios pensaban que sería de muy mal gusto. Alguien dijo que Kathy querría que hicieran lo mejor para el museo. Estaba a punto de dormirme cuando las palabras «Club Náutico de Cabo Cod» captaron mi atención.
Robyn había dejado hablar a todos y luego mencionó, con aparente naturalidad, que el Club Náutico de Cabo Cod había ofrecido al museo el uso gratuito de su salón de banquetes y catering a precio de coste para organizar una cena benéfica. ¿Quizá cena, baile y una subasta silenciosa más modesta?
Un hombre se levantó.
—¡No podemos ir allí! Kathy era socia del Club de West London y todo el mundo sabe que ambas instituciones se odian.
—Siéntate, Ralph. Eres un carcamal —dijo una mujer—. West London no nos ha ofrecido nada.
—Podemos pedírselo —replicó Ralph—. Que lo hagan en honor de Kathy.
Otro hombre se levantó.
—El Club Náutico de West London no ofrecería ni mostaza gratis con sus perritos calientes a un grupo de boy scouts . No mientras Jock O’Callaghan sea el comodoro. Es el hombre más tacaño que ha existido jamás.
—Basta ya de sus virtudes —gritó alguien—. Hablemos de sus defectos.
Los asistentes estallaron en carcajadas, agradecidos por la oportunidad de aliviar la tensión que empezaba a crecer.
Robyn golpeó la mesa con el mazo.
—Noreen Westaway tiene razón. West London no nos ha ofrecido nada, pero Cabo Cod sí.
—Me pregunto cuándo llegó esa oferta —le susurré al hombre que tenía al lado, un tipo corpulento y de rostro enrojecido que había estado en la subasta—. Parece algo prematuro, ¿no te parece?
—Buena pregunta —respondió, y se puso en pie—. ¿Cuándo se ha puesto en contacto con nosotros Cabo Cod para acoger el evento? Ni siquiera hemos valorado la posibilidad de volver al Salón de Té de la Señora Hudson para continuar con la subasta.
A Robyn se le crispó el rostro. Podría haber fingido no oír la pregunta, pero Ben asintió. Abrió la boca para responder, aunque ella se le adelantó.
—Veo que están aquí Leslie y Jayne Wilson. Creo que no le hemos mostrado a Jayne el agradecimiento que merece por haber preparado el té de la subasta. Confío en que todos estaréis de acuerdo en que fue un éxito, aunque, por desgracia, hubo que suspender la subasta.
—Un gran éxito —murmuró el hombre que tenía al lado—, si pasamos por alto que murió una mujer.
Robyn aplaudió con educación y todos la imitaron. Jayne se sonrojó.
—No podemos pedirle al Salón de Té de la Señora Hudson que acoja otro evento gratis —dijo Robyn, alzando una mano, aunque ni Jayne ni yo habíamos hecho el menor ademán de oponernos a la idea.
Ni teníamos intención de hacerlo. Las tiendas de Baker Street y los vecinos de West London habían recuperado sus donaciones de la subasta, así que era lógico confiar en que volvieran a contribuir.
El Salón de Té de la Señora Hudson ya había cumplido con su parte.
—Bien —prosiguió Robyn—, si no hay más objeciones, avisaré al Club Náutico de Cabo Cod de que estamos interesados en colaborar con ellos. ¿Siguiente punto del orden del día?
—¿He anulado una cita para cenar por esto? —me preguntó Jayne mientras la reunión se disolvía—. Habría sido más emocionante quedarme en casa viendo cómo se seca la pintura de las paredes.
—Eso puedes hacerlo cualquier día —respondí—. Dame un minuto, ¿quieres?
Me acerqué al grupo que rodeaba a Robyn.
La gente la felicitaba y le daba la bienvenida de nuevo.
Algunos expresaban su interés por colaborar con ella en el comité del acto.
Sharon permanecía detrás, a un lado, sosteniendo un farol en cada mano como un lacayo que ayuda a las señoras de la casa a subir a sus carruajes.
La noche había caído, y las luces, aunque eléctricas, proyectaban un resplandor cálido sobre Robyn y su círculo.
Esperé con paciencia, y poco a poco la gente se fue dispersando, para regresar a sus coches y sus casas.
—Una reunión productiva —le dije a Robyn.
—Gemma, qué alegría verte. ¿Vas a unirte a nuestra familia de la Casa Scarlet?
—Sería interesante —dije—. El otro día estuve en el Club Náutico de Cabo Cod.
—¿Eres socia? Alguien me comentó que tu tío es un excelente navegante.
—Por decirlo suavemente —respondí—. Hablé con Elizabeth Dumont.
—Pobre Elizabeth. Es una desgracia lo que le ha pasado. Dicen que ha sido su marido porque ella amenazó con dejarlo —negó con tristeza—. Si me disculpas…
—No me mencionó nada sobre la posibilidad de ayudar al museo —dije.
—A Elizabeth le gustaba jugar —replicó Robyn con una sonrisa tensa—.
Le gustaba mostrar una bolsa llena de dinero a la gente y luego retirarla de golpe.
Se casó con un hombre rico y se le subió a la cabeza.
—Al darse cuenta de lo que estaba diciendo, hizo un esfuerzo para tomárselo con calma—.
Pero siempre hacía lo correcto al final. Era muy generosa con lo que tenía.
—La conocías bien.
Era una pregunta, aunque lo dije como una simple afirmación.
—Fuimos amigas de jóvenes. Pero, como suele ocurrir, tomamos caminos distintos después del instituto, aunque seguimos viviendo en la misma zona.
Hacía años que no hablaba con ella. Me llamó el otro día, de forma totalmente inesperada, para decirme que había oído lo del incendio del museo y que quería echar una mano.
Fue a la subasta, menudo detalle, ¿no te parece?
Pero cuando… hubo que posponerla, se le ocurrió la idea de organizar algo en el club náutico.
Qué amable. Su muerte es una tragedia. Solo hablamos por teléfono esa vez, pero dijo que se encargaría de ponerlo todo en marcha para nuestra gala.
—Sacó un pañuelo del bolso y se secó los ojos—.
Me parte el alma no haber tenido la oportunidad de volver a verla.