Capítulo diecisiete #2
—Lo mismo, supongo. Kathy no llevaba mucho tiempo como presidenta, así que no había dejado mucha huella —bajó la voz—.
Los voluntarios de la casa son un grupo de gente bienintencionada que se siente orgullosa de West London y que siente un gran interés por su historia.
Nadie quería verse obligado a tomar partido en una lucha de poder.
A decir verdad, no me da la impresión de que haya muchos miembros preocupados por la muerte de Kathy.
Creo que la gente olvidará el mal trago y que las aguas regresarán a su cauce.
Perdona, Gemma, pero acabo de ver a alguien con quien quiero hablar.
Está interesada en adquirir una primera edición de La piedra lunar , pero no acaba de tomar una decisión.
Pretende hacerme creer que está dudando para que le rebaje el precio. Ni hablar.
Lució su sonrisa más profesional y se acercó a una anciana con un casco de pelo gris pizarra, que mostraba un gesto hosco y se había puesto un traje azul celeste que había estado de moda en la época de las hombreras.
Cuando vio que Grant se dirigía hacia ella, el ceño desapareció y una expresión de placer juvenil le iluminó el rostro.
Me reí para mis adentros. No estaba demorando su decisión sobre el libro para regatear, tan solo quería disfrutar de la compañía de un joven apuesto y encantador.
Y Grant cumplía con todos los requisitos.
—Es un placer verte, Gemma. —Ben Alderson apareció junto a mí, con un vaso de limonada y un plato de dulces en la mano—. Gracias por venir.
—No me lo habría perdido por nada del mundo —afirmé.
—Has decidido acompañarnos, lo cual es maravilloso. Los ingleses sí que sabéis valorar la historia como es debido. Espero que no os lo tomarais muy a pecho cuando os echamos en el setenta y seis —soltó una carcajada sincera.
Le dediqué una sonrisa educada.
—Aún no sé qué pensar.
No hizo caso a mi respuesta.
—Al ser la dueña de un pequeño negocio, imagino que tendrás muy buen ojo para los detalles.
Necesitamos a alguien que pueda encargarse de las compras.
Vamos a tener que adquirir muchos muebles y enseres domésticos para sustituir todo lo que se perdió en el incendio.
Claro está, preferiríamos que fueran piezas originales, pero entonces es muy probable que los gastos superen nuestra modesta capacidad económica. Tu equipo podría encargarse de ello.
—¿Mi equipo?
Se llevó a la boca el último pedazo de tarta de manzana y cogió la de frambuesa.
—Una vez que hayamos elegido a la nueva junta y hayamos solucionado el tema de la financiación, podremos empezar a trabajar con los subcomités.
Te enviaré una lista de la gente interesada para que los llames dentro de un día o dos.
Así podrás crear tu comité y empezar a desarrollar el plan de trabajo.
Dejó de hablar el tiempo suficiente para tomar un bocado de tarta.
—¿Comité? ¿Mi plan? —pregunté con un hilo de voz.
—Oh, mira qué bien, ha venido Peter. Me preocupaba que no pudiera desplazarse por culpa de la pierna. Hablamos luego, Gemma.
Engulló el último pedazo de tarta y se fue corriendo. Perpleja, lo observé mientras cruzaba el jardín y vi que tiró una de las galletas de Sharon junto a un rosal de una variedad muy antigua.
La madre de Jayne, Leslie, había llegado, y estaban charlando junto al gentío que se había congregado. Me acerqué a ellas.
—Un consejo: no dejes que Ben Alderson te pille desprevenida con una de sus conversaciones. Acabarás encargándote de todo el catering para el equipo de trabajo.
Jayne palideció.
—Así es Ben —dijo Leslie.
Sharon salió de detrás de la mesa de refrescos y se dirigió al granero. Decidí ir a ver cómo estaban los lechones.
El granero estaba tan ordenado y limpio como en mi última visita.
El suelo estaba tan impoluto que, si alguien hubiera querido, habría podido comer en él.
Yo, por mi parte, dudaba que fuera un reflejo fiel de lo que sucedía en la mayoría de los graneros de los siglos XVII o XVIII .
Ni siquiera las casas de esas épocas solían estar tan limpias.
Los animales estaban en sus corrales y las cabras, de pie sobre las patas traseras y con las delanteras apoyadas en la valla, mostraban una gran curiosidad por lo que hacía Sharon.
El aire olía a paja fresca y a animales limpios.
Sharon tomó dos faroles de un armario de cocina y se volvió. Soltó un pequeño grito y se llevó una mano al pecho. La lámpara era de hierro y de estilo antiguo, con una base grande, cuerpo en forma de reloj de arena y asa abatible, pero funcionaba con pilas.
—Dios mío, qué susto me has dado.
—Perdona —dije—. No era mi intención. Me encanta el ambiente de un granero antiguo al anochecer, ¿a ti no?
Aunque, en realidad, nunca había estado en un granero, ni al anochecer ni a ninguna otra hora, hasta entonces.
Su rostro se iluminó con la misma intensidad que los faroles que llevaba en la mano.
—Ay, sí. Cuando todo queda en calma y se acerca la noche.
Es como si estuviéramos en perfecta comunión con el mundo.
—Se tapó la boca con la palma de la mano, pero capté el olor dulce y fuerte en su aliento.
Me habría jugado lo que fuese a que era vino casero de escaramujo.
Miré al armario: las puertas estaban cerradas, aseguradas con un trozo de madera que atravesaba un aro.
Además de venir a por los faroles, Sharon había aprovechado para tomar un reconstituyente antes de la reunión.
Hice un gesto vago en dirección al grupo reunido fuera.
—Parece que todo marcha bien en el museo. ¿Han regresado las aguas a su cauce?
—Poco a poco.
—No ha pasado mucho desde que perdisteis a la presidenta de la junta.
Sharon se encogió de hombros.
—No me gusta hablar mal de los muertos, pero estamos mejor sin ella. La prioridad ahora es que la casa vuelva a ser habitable. A Robyn se le da mucho mejor recaudar fondos que a Kathy.
—¿Crees que elegirán a Robyn presidenta de la junta?
—Está clarísimo —dijo.
—¿Y tú seguirás como contable?
Entrecerró los ojos.
—Nadie lo ha cuestionado nunca, al menos con Robyn.
La fortuna favorece a los valientes, o eso dicen. A veces, la única forma de obtener una respuesta sincera es preguntar directamente.
—¿Pero no con Kathy?
Sharon se puso tensa y frunció el ceño.
—Kathy tenía la absurda idea de hacer una serie de cambios que todos sabíamos que no hacían falta. Le dije que nunca encontraría a nadie tan bueno como yo, tan entregado al museo, por el sueldo que podían pagar.
—Realmente sientes un cariño especial por el museo.
Adoptó un gesto más afable.
—Es el centro de mi vida —dijo en voz baja.
El informe del especialista de incendios concluyó que lo ocurrido había sido fortuito.
Una vela que nadie vio cuando la guía cerró por la noche, una ventana abierta, una ráfaga de viento.
El informe no mencionaba el nombre de la voluntaria, tan solo decía que se había mostrado sumamente afectada cuando la interrogaron por lo sucedido.
Yo sabía que esa persona era Sharon Musgrave.
Si Kathy había amenazado con despedir a Sharon de su trabajo remunerado como contable, su trabajo como voluntaria también debía de haber corrido peligro.
Despedir a una voluntaria puede ser difícil si es buena en su labor, pero no imposible.
Sin embargo, provocar el incendio de la casa sería motivo suficiente.
Lo que significaba que Sharon Musgrave tenía razones para querer ver muerta a Kathy Lamb. Pero ¿y Elizabeth?
—¿Te has enterado de lo del asesinato de anoche en el pueblo? —le pregunté, adoptando mi mejor tono de cotilla.
Abrió los ojos de par en par.
—Ay, sí. Lo he oído en la radio esta mañana. No me explico en qué se está convirtiendo West London.
—¿La conocías? A Elizabeth Dumont, me refiero.
Sharon negó con la cabeza.
—Fue a la subasta, ¿no? La vi allí, pero no hablé con ella, y nunca la había tratado. Tampoco vino por aquí. Estaba casada con el exmarido de Kathy —bajó la voz—. No creerás que fue él, ¿verdad? ¿Que las mató a las dos? Dicen que el marido siempre es el primer sospechoso.
—No tengo ni idea. Estoy segura de que la policía llegará al fondo del asunto a su debido tiempo.
—Señoras y señores, tomen asiento, por favor —gritó una voz desde fuera.
Sharon levantó las lámparas.
—Tengo que sacarlas fuera, la reunión está a punto de empezar.
Pasó a mi lado abriéndose paso. Las cabras la siguieron con atención. Había hablado con voz firme y no le temblaban las manos. No debía de haber bebido mucho vino, quizá solo un trago. Si necesitaba una copita para sobrellevar la reunión, no iba a juzgarla.
La seguí y me senté junto a Jayne. La reunión comenzó cuando Ben pidió un momento de silencio en memoria de Kathy Lamb, y algunas personas se levantaron para rendirle homenaje.
Aproveché el momento para observar a la gente a mi alrededor y especular sobre sus vidas.
Ese hombre tres asientos más allá, el de los mocasines italianos hechos a mano y la camisa de Armani, había pasado un tiempo en prisión.
La mujer junto a él, su tercera o quizá cuarta esposa, no lo sabía.
Robyn Kirkpatrick se había sentado en la primera fila. Los miembros de la junta, y Sharon, encargada de redactar el acta, estaban sentados a la mesa principal y habían dejado la silla del centro vacía. En la mesa, frente a la silla vacía, había un mazo de madera.
Ben anunció que se iba a escoger al candidato a presidente interino de la junta. La «lista» constaba de un solo nombre: Robyn Kirkpatrick. Todas las manos se alzaron, y Robyn, sonrojada y con una sonrisa de oreja a oreja, se puso en pie y tomó su lugar en el centro de la mesa principal.
—Primer punto del orden del día —dijo, después de estrecharle la mano a Ben y dar las gracias a todos por confiar en ella—: elaborar un plan para la reconstrucción y el reacondicionamiento de la casa que todos amamos tanto.
Otra ronda de entusiásticos aplausos.