Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

CAPÍTULO DIECISIETE

L a reunión de esta noche de la junta del museo iba a celebrarse en los terrenos de la casa antigua, ya que el edificio en sí aún no estaba en condiciones.

El encuentro estaría abierto a voluntarios del museo y a otras personas interesadas.

Se pedía a los asistentes que llevaran su propia silla y algo para compartir de postre.

Una silla y un postre. Eso podía hacerlo.

A las tres y treinta y ocho, carraspeé.

—Reunión de socias, vuelvo en veinte minutos. Sigue sin mí. Si necesitas algo, me llamas. ¿Vale? —dijo Ashleigh.

Me pregunté si algún día seríamos capaces de pasar un día entero sin hablarnos, como una pareja tras muchos años de matrimonio.

Jayne estaba sentada junto al hueco de la ventana cuando entré en el salón de té. Hablaba por teléfono. Algunas mesas seguían ocupadas, y Jocelyn llevaba una tetera recién hecha a una de ellas mientras Fiona ponía un poco de orden detrás de la barra.

Eché un vistazo a lo poco que había sobrado de comida.

—Imagino que no quedan más brownies en la cocina, ¿verdad?

—Se nos acabaron hace rato, Gemma —dijo Fiona.

—Entonces me llevo todo lo demás.

—¿Todo?

—Sí, por favor.

Fiona metió tres tartaletas de frambuesa y dos de arándanos, una porción de pastel de zanahoria, dos pastelitos de nuez pacana y tres magdalenas de coco en una caja.

—Gracias —dije.

Llevé la caja a nuestra mesa y me senté. Jayne me sonrió y señaló su teléfono.

—Eso estaría bien —dijo—. A las siete, vale.

Jocelyn llegó con una tetera, una jarrita de leche, dos tazas y un plato de sándwiches pequeños.

—Hoy no hay repostería —dijo—. Alguien compró lo que quedaba.

—Adiós —dijo Jayne—. Nos vemos luego.

Se guardó el teléfono en el bolsillo.

—¿De qué te ríes? —pregunté.

—¿No puedo sonreír en un día agradable mientras tomo una taza de té?

—No con esa cara de autosuficiencia —repliqué—. ¿Tienes cita con Jack esta noche?

—Pues si tanto te interesa, te diré que sí. Hemos quedado para cenar.

—Tengo una oferta mejor.

Entornó los ojos.

—No quiero oírla.

—Claro que sí. Será algo aburrido, nada de cadáveres. Yo llevo el postre. —Señalé la caja de repostería.

—¿Por qué iba a querer ir a un evento aburrido a comer mis propios dulces, cuando puedo disfrutar de una agradable cena con un hombre guapo?

—La junta de la Casa Scarlet se reúne esta noche a las siete. Solo hay que llevar algo de postre.

Jayne suspiró.

—Y vas a ir. Fiona me ha dicho que Ryan ha venido a mediodía y ha comprado dos bocadillos, que se llevó a la librería. Supuse que venía a echarte la bronca. —Me miró de arriba abajo—. Sin embargo, te veo de buen humor.

—No solo estoy de buen humor, sino que sigo metiendo las narices donde algunos dirían que no debería.

—Así que vamos a la reunión de la junta.

Sonreí.

—Exacto.

Suspiró con fuerza.

—Alguien tiene que evitar que te metas en problemas. ¿Y quién mejor que yo? Llamaré a Jack para cancelar.

Cuando llegamos a la Casa Scarlet, cada una con una silla plegable y yo, además, cargando con la caja de repostería, el aparcamiento estaba casi lleno. La mayoría de los coches eran nuevos y de gama alta, pero no vi el Lexus de Robyn. Aparqué junto a un coqueto Mercedes SLK blanco.

Al bajar del Miata, me quedé observando la casa principal.

El laberinto de andamios seguía en pie, con tablones clavados sobre las ventanas y carteles de Prohibido el paso en todas las puertas, pero habían desaparecido muchos de los restos propios de una obra en curso.

Imaginé que el trabajo se había detenido a la espera de obtener más fondos, aunque el césped estaba recién cortado y también habían arrancado las malas hierbas de los parterres.

Seguramente lo habían hecho voluntarios.

Seguimos el murmullo de las conversaciones hasta la parte trasera de la casa principal.

El edificio se alzaba sobre la zona de la reunión, envuelto en sombras.

Había luces encendidas en el granero, y de allí procedían los ruidos de animales que se estaban preparando para pasar la noche.

Un lechón chilló y su madre le respondió con un gruñido.

Los asistentes estaban colocando las sillas en filas rectas junto a un sector de jardín bien cuidado y delimitado por setos.

—Plantas poco comunes —le dije a Jayne.

—Es nuestro jardín medicinal —me dijo una mujer—, uno de los atractivos del museo. Todas las plantas que crecen ahí se usaban de una forma u otra en el siglo XVII para tratar enfermedades.

—Interesante.

Tomé nota mental del dato para volver más adelante y echarle un vistazo más detenido. Muchas plantas que sirven para curar también pueden servir para matar, si se administran en concentraciones más altas.

La mujer señaló otra sección del jardín delimitada por setos.

—También tenemos un huerto donde cultivamos distintas verduras de la época de los primeros colonos.

—Entonces, no habrá nada de broccolini —dijo Jayne.

La mujer se rio.

—Desde luego que no. Tú eres Jayne, del salón de té, y tú Gemma, de la librería. Os vi en la subasta. Soy Lacy Montgomery.

—Encantadas —respondimos al unísono.

—¿Te encargas del mantenimiento de los jardines? —le pregunté—. Debe de ser mucho trabajo.

—¿Cómo lo…? —Lacy volvió a reír y alzó las manos—. Es mi pasión. Siempre ando sucia de tierra. Mira que me pongo los guantes, pero a veces no puedo resistir la tentación de hundir los dedos en la tierra.

Tenía restos de tierra negra en los pliegues más profundos de las cutículas, y sus anillos pedían una limpieza minuciosa a gritos, pero fue el orgullo de su voz al mencionar los jardines, y la mirada afectuosa que les dirigió mientras hablaba, lo que me lo confirmó.

—Veo que habéis traído dulces para comer —dijo Lacy—. ¿Por qué no lo ponéis en la mesa y os servís algo de beber antes de empezar?

—Gracias —dije—. Ahora mismo.

Lacy fue a saludar a más gente que acababa de llegar y yo coloqué mi silla al fondo de las filas que se iban formando lentamente.

—¿No nos convendría ponernos un poco más adelante? —preguntó Jayne.

—Necesito ver a todo el mundo. —Le pasé la caja y me perdí entre la gente.

Mucha gente lucía una prenda roja o la insignia escarlata del museo prendida en la camisa para mostrar su apoyo a la Casa Scarlet.

En el césped habían colocado una mesa larga frente a las filas de sillas.

Sharon Musgrave dejó un montón de papeles en la mesa y puso una piedra encima para que el viento no se los llevara.

Iba vestida con su traje histórico, y me pregunté si era porque no había tenido tiempo de cambiarse después de hornear galletas incomibles o porque aprovechaba cualquier oportunidad para ponérselo.

Se acercó a la mesa de refrescos y empezó a servir vasos de té o limonada.

Tras esa señal, los asistentes avanzaron en tromba y se abalanzaron sobre el abundante bufé de postres.

La mayoría eran comprados en pastelería, pero había algunos, como una enorme tarta de manzana y una bandeja de galletas de avena, que parecían caseros.

Un plato de piedras, también conocido como la repostería pionera de Sharon, quedó intacto.

Reconocí a mucha de esa gente de la subasta. Varios me conocían y me saludaron; los que no, sonrieron con cortesía, rebuscando en todos los recovecos de su memoria dónde me habían visto antes.

—Probablemente la última persona que esperaba encontrar aquí —dijo Grant Thompson—. ¿Te vas a unir a la junta?

—Solo vengo por curiosidad.

Se dio una palmada en la frente fingiendo sorpresa.

—Sigues interesada en la muerte de Kathy Lamb.

Me llevé un dedo a los labios y me sonrió. Yo respondí con otra sonrisa y no dije nada.

—¿Quieres que te presente a alguien? —preguntó.

—¿Cuál es el orden del día?

—El primer punto es la elección de un nuevo presidente, y luego vamos a hablar de la recaudación de fondos para continuar con las obras de reparación de la casa.

Eché un vistazo al jardín. Había treinta y cuatro personas, charlando con amigos y disfrutando de la comida.

Sharon correteaba de un lado a otro, sirviendo bebidas, repartiendo servilletas, intentando endosar sus galletas a los incautos, mientras un montón de papeles ondeaba agitado por la brisa que soplaba del mar.

Un hombre con una gorra de los Boston Red Sox pasó con la mitad de los pastelitos de coco de Jayne en la mano, los labios manchados de glaseado y una expresión de pura dicha en el rostro.

—¿Quiénes son los candidatos para presidir la junta? —pregunté.

—Que yo sepa, solo hay una —dijo Grant—: esa que llega ahora.

Me volví y vi a Robyn Kirkpatrick cruzando el césped, sus tacones afilados hundiéndose en la hierba.

Llevaba una chaqueta de lino roja sobre una blusa blanca y un pantalón blanco con zapatos de tacón rojo oscuro, escarlata, más bien.

Saludó a todo el mundo con una palabra rápida, un beso en las mejillas y un abrazo, como una política en un acto de recaudación de fondos.

Todos parecían encantados de verla. Sonreían y aceptaban sus besos al aire y abrazos.

—Parece que goza de una gran popularidad —dije.

—Simplemente están contentos de que alguien se ofrezca a dar un paso adelante y asumir el cargo, así no les pedirán a ellos que lo hagan —dijo Grant.

—Como la mayoría de las organizaciones sin ánimo de lucro en las que he estado.

—Exacto.

—¿Y los amigos y aliados de Kathy? ¿Qué opinan?