Capítulo dieciséis #3
—No soy el único. El jefe también lo estaba. Decidí seguir su consejo e intentar olvidar lo ocurrido. Esta vez, al menos.
—¿Por qué? Quiero decir, ¿qué hice para que tu jefe estuviera contento?
—Si Jayne y tú no hubierais decidido ir a casa de Elizabeth, es muy probable que hubiéramos tardado varios días en encontrarla.
Le había dicho a su marido que no volviera a casa.
Canceló todas sus reuniones y comidas en el club náutico del resto de la semana, y la cita con el dentista que tenía para mañana por la tarde.
Tiene una asistenta a jornada completa, pero no vive allí, y ayer mismo se había cogido una semana de vacaciones.
El jardinero va dos veces por semana, pero dice que a menudo no veía a la señora Dumont y nunca entraba en la casa.
En palabras del jefe, fue una suerte que llegaras y descubrieras el cuerpo mientras las pruebas seguían frescas.
—Vaya —dije—. Supongo que a Louise no le hicieron mucha gracia esos elogios.
—Como te he dicho en otras ocasiones, Gemma, Louise es una buena detective. Estaba de acuerdo con el jefe.
Le di un mordisco a mi bocadillo. Me había tocado el de jamón. Habría preferido el de rosbif. Aun así, mastiqué contenta.
—Sin embargo —dijo Ryan—, y teniendo en cuenta que acabo de decir que te quiero, preferiría que no volvieras a perseguir a un posible asesino nunca más. Supongo que has estado pensando en lo de anoche. ¿Recuerdas algo que nos pudiera permitir identificar a la persona a la que ahuyentaste?
—Me resulta más fácil decir quién no puede ser —contesté—.
Apenas había luz, llevaba ropa holgada y oscura, y me sacaba bastante ventaja.
No corrimos mucho, así que no podía ser un corredor experto.
Yo tampoco lo soy. Era rápido y tenía cierta soltura, así que debía de ser alguien joven o una persona mayor en buena forma.
Desde luego no Sharon Musgrave, que es demasiado baja y robusta y se quedaba sin aliento al cruzar el granero.
Robyn Kirkpatrick tenía toda la pinta de ser una mujer que iba con frecuencia al gimnasio.
Dan Lamb también habría sido capaz de correr de ese modo si se hubiera visto obligado a hacerlo por miedo a que lo descubrieran.
Y luego estaban los hijos de los Lamb, los dos en la treintena.
Crystal jugaba al tenis con regularidad.
Brad tenía un cuerpo delgado y fibroso. Dudaba que fuera un gran atleta, pero podría correr unos cuatrocientos metros sin caer desplomado al suelo, sin resuello.
—¿Qué averiguaste anoche cuando nos fuimos? —pregunté—. ¿Alguna pista?
—Nada definitivo. La estatua en el suelo, supongo que la viste.
Lo miré fijamente.
—Vale. Fue el arma homicida, y habían limpiado la base. Igual que un adorno que encontramos en el patio, rodeado de fragmentos de cristal. Partimos de la base de que la señora Dumont conocía a su asesino y lo dejó entrar en la casa. Esa persona o no aceptó nada de comer o beber, o lo rechazó.
—Lógico, teniendo en cuenta que Elizabeth ya estaba lista para irse a la cama y no eran horas para recibir visitas. Era una fumadora empedernida, y había ceniceros y colillas por todas partes. ¿Todos los cigarrillos que había en la casa eran de la misma marca?
—Sí. La misma que el paquete a medio usar que encontramos en su bolso y los que estaban sin abrir en el armario de la cocina. He mandado a analizar las colillas del salón, por si encontramos rastros que no sean suyos, pero no tengo muchas esperanzas.
—O sea, que nuestro asesino no fuma o no tuvo tiempo de hacerlo. ¿Qué me dices de Dan Lamb?
—¿Que si fuma? No. Debió de ser duro vivir con una pareja que fumaba más de un paquete al día. Y Elizabeth no tenía normas de «no se fuma en el coche» ni «no se fuma en casa». Tampoco le gustaba respetar los límites de los demás, según nos han dicho.
—Conviene saberlo, pero me refería a si es sospechoso.
—El primer sospechoso, como sabes, siempre es el marido. El señor Lamb está en la desagradable tesitura de ser el marido o exmarido de dos mujeres que han sido asesinadas. Lo entrevisté anoche. Su coartada es su hijo, Bradley. Dicen que salieron juntos del tanatorio hacia las siete y media.
Asentí.
—Los vi allí y estaban a punto de cerrar la sala de velatorio.
—Como Elizabeth le había dicho a Dan que no volviera a casa, y su hija, Crystal, no quería que se quedara en el apartamento de Kathy, donde dormían su hermano y ella, Brad y él se fueron al Hotel West London, donde se registraron a las ocho menos cinco.
Solo cogieron una habitación, y tanto Dan como Brad estaban en ella cuando llegamos.
—¿Llamaste antes para avisar de que ibas?
—Por desgracia tuve que hacerlo. No sabía dónde encontrarlo.
Llegué unos diez minutos después de llamar, pero sí, si no estaba lejos, le di tiempo para regresar a su habitación y preparar una coartada.
Me dijo que no había vuelto a salir después de registrarse.
Brad lo confirmó. El recepcionista del hotel no volvió a verlos, pero eso no significa nada.
Conocía el Hotel West London, que tenía varias salidas.
—Un hijo no es una coartada fiable —dijo Ryan—, pero Dan me pareció creíble.
No le había dicho por teléfono por qué íbamos a verle.
Le hice creer que era para hacerle más preguntas sobre Kathy, y se mostró muy conmocionado por la noticia de la muerte de Elizabeth.
Se le doblaron las piernas y se dejó caer en la cama.
—¿Y cómo reaccionó Brad?
—Sorprendido, pero no conmocionado. De hecho, se rio, y Dan le dijo que mostrara un poco de respeto. Brad respondió que no había respetado a la mujer en vida, así que no veía razón alguna para hacerlo tras su muerte. También hizo un comentario sobre Dan y que ahora iba a ser un hombre rico.
—Eso se ajusta a la imagen que tengo de Brad. Su hermana y él se pusieron de parte de Kathy en el divorcio. La hija odia a Dan y no lo esconde, y el hijo más o menos igual, aunque Kathy era su madrastra, no su madre biológica.
—Una familia encantadora —dijo Ryan.
—¿Hay alguna posibilidad de que Dan contratara a alguien para cargarse a su esposa?
—Todo es posible. Dan heredará una fortuna. Aún no he visto el testamento de Elizabeth, pero lo haré hoy.
—Si contrató a un sicario, actuó muy rápido. Elizabeth solo había amenazado con divorciarse unas horas antes de morir.
—Localizar y contratar a un sicario —dijo Ryan—, organizar el encargo y hacer el pago inicial lleva más de un par de horas.
—Algún día tengo que averiguar cómo se organiza algo así.
Ryan sonrió.
—No me gustaría tenerte como enemiga, Gemma Doyle.
Me incliné y le di un suave beso en los labios. Sabía a mostaza picante.
—Se me ocurre una cosa —dije cuando nos separamos.
—Adelante.
—Hemos decidido que no vale la pena considerar la posibilidad de que los asesinatos de Elizabeth y Kathy no tuvieran relación, pero sí es posible que hubiera dos asesinos.
Yo creía que Elizabeth había matado a Kathy, aunque no tengo pruebas de ello.
¿Es posible que alguien más llegara a la misma conclusión y matara a Elizabeth en un acto de venganza?
—Todo es posible y justamente eso es lo que hace que este caso sea tan complicado.
—Maureen cree que ya no forma parte de los sospechosos.
—Así es. Tiene una coartada sólida para anoche —sonrió—.
Lejos de mentir para protegerla, tuve la impresión de que la hermana de Maureen, con la que hablamos, no habría tenido reparos en meterla en un lío si hubiera tenido la menor oportunidad.
Maureen se olvidó de contarnos que hace un par de meses tuvo una pelea pública con Kathy Lamb por un carrito de la compra en un aparcamiento.
Ocultar información a la policía siempre nos pone en guardia, pero en este caso Louise y yo coincidimos en que Maureen solo intentaba quedar bien.
—Sus antecedentes…
—No tienen nada que ver con este caso —dijo Ryan, que cerró de golpe la puerta a mi débil intento de sonsacarle más información. Bostezó.
—Tienes que ir a la cama.
Me dedicó una sonrisa triste.
—Si no estuviera tan cansado, aceptaría la invitación.
Me eché a reír y probé el brownie de chocolate que Ryan había comprado de postre.
Al terminar nuestro almuerzo y recoger la basura, le conté mis planes.
—Esta noche quiero ir al museo, a echar un vistazo. Aparte de la familia de Dan, el único vínculo que tenían Elizabeth y Kathy es Robyn Kirkpatrick.
—Hazlo —dijo—. Pero recuerda, nada de persecuciones a pie por calles oscuras.