Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

Abrí el sitio web de la Casa Scarlet, en el que se informaba de que las obras de reparación avanzaban, pero que, mientras durasen, la programación de verano seguiría teniendo lugar en el granero.

Me pregunté de dónde habían sacado el dinero para las obras.

¿Acaso iban a intentar organizar otra subasta?

Más de uno lo consideraría como una opción de muy mal gusto.

Necesitaba volver al museo para averiguar qué estaba pasando. La web me decía que la junta del museo se reunía esa misma noche. Tal vez me dejara caer por allí.

—¡He resarcido mi honor! —exclamó Maureen Macgregor, irrumpiendo en la librería en el mismo instante en que le di la vuelta al cartel de Abierto. Casi me deja sin sentido.

—Buenos días —la saludé.

—Y sin que tú hayas hecho nada, lo cual significa que no estoy en deuda contigo, chúpate esa. Siempre lo he dicho, no eres tan lista como afirma todo el mundo.

Tan poco lista era yo, que no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—La policía se presentó anoche en mi apartamento. ¿Y qué crees que encontraron?

—No tengo ni idea, Maureen.

—¡A mí! En casa.

Empezaba a entenderlo. Maureen no era sospechosa de la muerte de Elizabeth. Por lo tanto, la policía también la había descartado como sospechosa del asesinato de Kathy. Porque, como yo, creían que ambos casos estaban vinculados.

—Y yo que me alegro por ti.

—No es que me hiciera mucha gracia que se presentaran en mi puerta a medianoche. Se pusieron a aporrearla y despertaron a los vecinos.

En ese instante, entraron dos mujeres, que tuvieron que rodear a Maureen para acceder a la librería.

—Bienvenidas —les dije—. Si necesitan ayuda, solo tienen que decírmelo.

Retrocedí un par de pasos con la esperanza de que captara la indirecta y se fuera, pero no cayó esa breva. Maureen no captaba indirectas. Me siguió.

—Han dado mi coartada por buena —ni se molestó en bajar la voz—. ¿Quieres saber por qué?

—No. Si a la policía le pareció bien, a mí también.

—Porque mi apartamento estaba lleno de gente.

Mi hermana y su familia han venido de visita al Cabo durante una semana.

Le dije que no tenía sitio para ella, ese marido vago que tiene y esos tres críos insoportables, pero ¿me hizo caso?

Claro que no. Nunca me escucha. «Los hoteles son carísimos —se lamentó—.

Ni notarás que estamos». Tengo que aguantar sus idas y venidas a todas horas, preparar comida para seis, pícnics, toallas de playa malolientes, mis preciosas alfombras manchadas de arena.

Al menos no han traído a ese chucho asqueroso que tienen.

Moriarty ronroneó complacido. Estaba tumbado en la mesa central, entre un expositor de puzles, barajas de cartas y juegos, con la barbilla apoyada en la caja de The Sherlock Holmes Puzzle Case .

—Anoche estuve en la tienda hasta la hora de cierre, a las nueve, y me fui directamente a casa.

Mi hermana recordaba a qué hora llegué porque acababan de empezar a ver un estúpido programa deportivo en la tele.

Había bolsas de patatas fritas por todas partes, platos amontonados en el fregadero, niños durmiendo en el sofá.

Mi hermana y su marido le dijeron a la policía que no volví a salir, lo que significa que no pude acercarme a casa de Elizabeth Dumont para asesinarla en su cama.

—Me alegra oírlo —dije—. Que tengas un buen día.

—Supongo que debería darte las gracias por intentar ayudarme —murmuró—, aunque no hayas hecho nada.

Se marchó.

—De nada —le grité al verla salir—. Cuando quieras, ya sabes dónde estoy.

Moriarty volvió a su cama bajo la mesa para echarse otra siesta.

—¿La tiene en azul? —preguntó un cliente, mostrándome una taza de té de Sherlock.

—No —respondí—. Es decir, lo siento, pero no, no la tenemos.

Ahora que Maureen ya no era una de las sospechosas de la policía, ya no tenía ninguna razón para seguir implicada en el caso.

No obstante, soy curiosa por naturaleza, y el triste fin de Kathy y Elizabeth había despertado mi interés.

Por otro lado, estaba mi relación con Ryan Ashburton.

Si es que aún existía como tal. Por mi culpa, el perro policía no había podido seguir el rastro del asesino, y Ryan se había ido de la cocina de Elizabeth hecho una furia.

Como es lógico, para él su carrera era muy importante, y además era un excelente policía.

Lo cierto es que yo prefería no saber lo que pudiera haber dicho el jefe de policía sobre lo que hice anoche.

Existía la posibilidad de que Ryan se viera obligado a elegir entre su trabajo y yo.

Fuera cual fuera su elección, nada volvería a ser igual entre nosotros.

A diferencia de mí, Sherlock Holmes no tenía un negocio de cara al público que interfiriera en la resolución de los casos, ni clientes que interrumpieran sus pensamientos, ni intentaba tener una vida amorosa.

Ashleigh llegó diez minutos antes de la hora. Hoy llevaba volantes, cintas y lazos cosidos sobre una túnica negra sencilla. En la cabeza lucía un tocado rosa y blanco con plumas y una diadema.

—¿De qué se supone que vas hoy? —le pregunté, agradecida de que no me hubiera imitado otra vez.

—He estado leyendo ese libro que me prestaste, A Conspiracy in Belgravia .

El vestido de la portada es precioso… Me encantaría tener uno igual, pero no lo tengo, y aunque pudiera conseguir uno, no me entusiasma llevar polisones y corsés; deben de dar muchísimo calor y ser muy incómodos…

, así que he decidido hacer una versión moderna. ¿Te gusta?

—Sin duda, es interesante.

—¿Eres la heroína anónima de West London? —preguntó. Los lazos de su vestido ondeaban de forma constante.

—¿La qué?

—He escuchado parte de la declaración del jefe de policía mientras desayunaba. Por lo visto, anoche mataron a una mujer, y una valiente ciudadana interrumpió el crimen en curso e intentó atrapar al asesino.

—¿Y por qué piensas que fui yo? ¿Ha dicho mi nombre?

Las plumas del tocado se estremecieron.

—No, pero un asesinato en West London… Tú… Sois indisociables.

Medité lo que acababa de decir.

—El jefe agradeció a esa persona anónima sus esfuerzos, pero recordó que, aunque West London sea una ciudad con poca delincuencia y un lugar seguro para traer a la familia de vacaciones —me sorprendió que no se pusiera a cantar un jingle publicitario— es aconsejable que los ciudadanos no interfieran en asuntos policiales.

¿Era posible que se hubiera cometido otro asesinato en West London anoche? Yo no había oído nada, pero tampoco había puesto la radio ni mirado las noticias locales.

—Hablando de la poli… —dijo Ashleigh, cuando tintinearon las campanillas de la puerta para anunciar la entrada de Ryan Ashburton.

Él me miró. Yo lo miré a él.

—Hora de ponerse a trabajar —dijo Ashleigh—. ¿Quiere dejar eso en el mostrador mientras sigue comprando?

El cliente le entregó dos tazas de Sherlock, un calendario de pared de Benedict Cumberbatch y un osito de peluche con gorra de cazador y pipa en la boca.

—¿Tienes tiempo para almorzar? —me preguntó Ryan.

—Sí.

—¿Por qué no compro unos bocadillos en el salón de té y nos sentamos en un banco del puerto?

—Me encantaría.

Volvió enseguida, haciendo equilibrios con una bolsa de papel a rebosar y dos vasos para llevar.

Caminamos juntos por Baker Street, sin cruzar palabra.

Suelo tener un don especial para captar las señales no verbales, pero esta vez no sabía qué pensar.

Después de lo de anoche, habría esperado que Ryan no volviera a dirigirme la palabra nunca más.

Le lancé una mirada furtiva mientras caminábamos. No parecía enfadado.

Teníamos un día precioso en Cabo Cod, y Harbor Road estaba abarrotada de turistas.

Los veleros surcaban las aguas tranquilas del océano, y al fondo, un enorme crucero blanco y azul de varios pisos cruzaba el horizonte.

Los bancos del paseo marítimo estaban todos ocupados, así que fuimos al faro de West London y nos sentamos en la fresca hierba a la sombra del sólido edificio antiguo.

El faro estaba abierto a los visitantes, y la gente subía por el sendero hasta la entrada o rodeaba el edificio para contemplar sus paredes blancas, rectas y firmes. Nadie nos prestó atención.

El corazón me latía desbocado en el pecho, y no por el esfuerzo que había hecho para subir hasta allí. ¿Pensaba dejarme? No parecía propio de él hacerlo durante un pícnic, pero tampoco era uno de esos hombres capaces de cortar con un mensaje de texto.

¿Iba a ordenarme que me mantuviera al margen de la investigación policial? Me cuesta aceptar órdenes, pero había decidido que haría lo necesario para que nuestra relación siguiera adelante.

Otra cuestión era que fuese capaz de mantener mi determinación durante mucho tiempo, y Ryan me conocía lo bastante como para saberlo también.

—Lo siento, no se me ha ocurrido traer una manta —dijo.

—No pasa nada, estoy bien.

Acaricié la hierba con los dedos.

Ryan sacó dos bocadillos envueltos de la bolsa y me dio uno.

—Gracias —le dije, e incliné la cabeza para abrirlo.

—Te quiero. —Estiró el brazo y me acarició la mano.

Lo miré a los ojos, de un azul muy expresivo. Lucía unas ojeras tan oscuras como las de Estrada, señal de que él tampoco había dormido la noche anterior.

—Yo también te quiero. Muchísimo. Espero que lo sepas —le dije—. Aunque tengo que preguntar a qué viene esto. Pensaba que estabas enfadado conmigo.

—Lo estaba. —Apartó la mano y abrió el bocadillo—. He comprado uno de rosbif y otro de jamón. ¿Cuál te apetece?

—Este me vale. —Ni siquiera miré cuál me había tocado.

—Anoche le hiciste una mala jugada al equipo canino, pero lo cierto es que era una apuesta arriesgada de todos modos.

Lo más probable es que el asesino simplemente subiera a un coche y se marchara.

—Esbozó una levísima sonrisa—. Aunque el perro no lo sabía.

Estaba encantado con su trabajo, y su adiestrador lo colmó de elogios.

—Me alegra que alguien estuviera contento conmigo.