Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

CAPÍTULO DIECISÉIS

D iablo, un nombre que le iba que ni pintado, me había señalado como la asesina, pero ni siquiera Louise Estrada pensaba de verdad que yo hubiera matado a Elizabeth Dumont. Me acompañó hasta mi coche, donde me esperaba Jayne.

—Lárgate, Gemma —dijo—. Y, por favor, déjate de «ayudas». Ryan había salido de la cocina sin abrir la boca, mientras Estrada mascullaba su frustración por la destrucción de pruebas arruinadas y la contaminación de escenas del crimen.

En la vida real, los perros policía no siguen rastros individuales como en las películas.

Nadie les da a oler un trozo de tela y les dice: «Encuentra a Billy».

El perro tan solo sigue el rastro más evidente o el más reciente.

Diablo había captado dos olores fuertes junto al cuerpo de Elizabeth, siguió al asesino y a mí hasta la calle y, cuando los rastros se separaron, eligió uno que lo llevó de vuelta a la casa para acorralarme en la cocina.

—¿Te has metido en un problema? —me preguntó Jayne.

—Lo de siempre —respondí.

—Pues sí que estamos bien, ¿eh?

—Sí que estamos bien.

No sabía si Ryan sería capaz de perdonarme, una vez más, lo que él califica de intromisión. El camino del amor verdadero está lleno de baches, y más aún entre un policía ambicioso y competente y una ciudadana bienintencionada pero demasiado perspicaz.

Al día siguiente, me despertó una llamada telefónica.

—Buenos días, Gemma —dijo Irene Talbot—. Me he enterado de que anoche encontraste el cuerpo de Elizabeth Dumont. La policía afirma que su muerte se produjo en circunstancias sospechosas. ¿Te gustaría realizar algún tipo de declaración para la prensa?

—¿Es Sherlock Holmes un matón de la mafia? No. —Y colgué.

Me dejé caer de espaldas y me quedé mirando el techo. La luz del sol se filtraba entre las cortinas y dibujaba formas en las paredes. Violet subió a la cama de un salto y me lamió la cara.

—Al menos tú todavía me quieres —le dije.

Tras los saludos, se bajó y trotó hacia la cocina.

Después de salir de casa de Elizabeth anoche, dejé a Jayne en su casa y me vine directamente a la mía. Me quedé despierta hasta tarde, leyendo y esperando que la policía me llamara.

Nadie lo hizo.

Después de la llamada de Irene, no intenté volver a dormir, sino que llevé a Violet a dar un buen paseo.

Cuando volvimos, encontré un coche de policía delante de mi casa y a la detective Louise Estrada sentada en los escalones.

No había ni rastro de Ryan, lo cual se me antojaba como un mal presagio.

—Buenos días —dije intentando fingir naturalidad—. Espero que no lleves mucho esperando.

Violet corrió a saludar a nuestra visitante. Estrada se levantó despacio, estirando su cuerpo largo y esbelto, e ignoró los intentos de la perra por entablar amistad con ella.

—Necesito que me cuentes lo que ocurrió anoche.

—Será mejor dentro, así evitamos dar espectáculo a los vecinos. —Al otro lado de la calle, el señor Gibbons regaba las macetas sin darse cuenta de que se estaba empapando los pies, y a la señora Ramsbattan, mi vecina, le había dado por ponerse a limpiar el buzón a las ocho de la mañana.

Nos fuimos a la cocina y puse el agua a hervir.

—Yo voy a tomar té, pero puedo preparar café si lo prefieres.

Estrada se sentó a la mesa.

—No quiero nada, gracias.

Sus ojeras indicaban que no había dormido en toda la noche. Necesitaba café, pero no quería aceptar mi hospitalidad. Cogí la cafetera de émbolo del estante y el café en grano del frigorífico.

—Puedo preparar huevos revueltos si tienes hambre.

—No se trata de una visita de cortesía —me espetó.

—Ya lo imaginaba —respondí, sacando huevos y nata—. Los interrogatorios suelen ir mejor con el estómago lleno.

—Habla —dijo.

—Puedo hablar mientras preparo café y huevos revueltos.

Y así lo hice. No solo le conté todo lo que había pasado la noche anterior, sino también el razonamiento que me llevó a tomar la decisión de visitar a Elizabeth Dumont en su casa.

Le puse una taza de café a la detective, que se la bebió en un tiempo récord.

Le llené otra, me preparé un té y después puse en la mesa huevos revueltos con tostadas integrales para las dos.

—¿Creías que Elizabeth Dumont había matado a Kathy Lamb? —preguntó Estrada, levantando el tenedor.

—Sí —respondí.

—¿Y lo sigues creyendo?

—No. Es posible que existan dos asesinos despiadados en el reducido mundo de Kathy, Elizabeth y Dan, pero me parece una posibilidad muy remota.

—Así lo creemos nosotros también —admitió. Rebañó el plato hasta dejarlo limpio—. Gracias por el desayuno —dijo, y apuró el café.

—De nada.

¿Era posible que la detective Estrada y yo llegáramos a ser amigas algún día?

—Estamos buscando a un solo asesino —dijo—. Esta mañana le he dicho a mi jefe que solo sabemos de dos personas que estuvieran presentes en ambos homicidios: Gemma Doyle y Jayne Wilson.

Quizá no amigas, exactamente.

—Creo que has pasado por alto un pequeño dato: y es que yo no estaba presente cuando murieron esas mujeres. Simplemente tuve la desgracia de encontrarlas después de que ocurriera.

—Eso es lo que tú dices.

Se levantó.

Violet había estado tumbada junto a la entrada posterior, observando la preparación del desayuno y escuchando nuestra conversación. Se puso en pie de un salto, moviendo el trasero, la cola y con la lengua fuera. Era obvio que esperaba una caricia.

Estrada pasó de largo. Abrió la puerta y se volvió a mirarme.

—No salgas del pueblo.

La puerta se cerró de golpe.

—No pienso volver a prepararle unos huevos revueltos y café —le dije a Violet.

Mi teléfono no había vibrado mientras hablaba con Estrada, pero comprobé si había recibido algún mensaje o llamada. Sin noticias de Ryan. No le había preguntado a Estrada por qué su compañero no había participado en la entrevista. No quería darle el gusto de decirme que estaba enfadado conmigo.

Recogí los platos de la mesa, me serví otra taza de té y me dispuse a revisar la cuenta de Twitter de la policía de West London, en la que se informaba de que el jefe iba a dar una rueda de prensa a las diez de la mañana.

Valoré fugazmente la posibilidad de acudir, pero decidí no hacerlo.

Si se mencionaba mi nombre como implicada en el caso, no quería estar cerca de una manada de periodistas hambrientos.

Alguien había matado a Elizabeth Dumont. Era imposible que su muerte no estuviera relacionada con la de Kathy Lamb. ¿Quién, pensé, podría haber querido matar a las dos mujeres?

Dan Lamb era el sospechoso más obvio. Por el asesinato de Elizabeth, sin duda, que ese mismo día le había dicho que pensaba divorciarse de él. Elizabeth era rica, muy rica, y según Ryan, Dan no tenía dinero. ¿Quería librarse de ella antes de que pudiera divorciarse y borrarlo de su testamento?

Tal vez.

Era lógico que Elizabeth lo hubiera dejado entrar en su casa y lo hubiera recibido en pijama. Seguramente él tenía su propia llave.

Sin embargo, debía de conocer la existencia de la barra de seguridad en la puerta acristalada que daba al jardín.

Por ese motivo, Dan bajó varios puestos en mi lista de sospechosos, a la espera de poder averiguar más sobre su paradero la noche anterior.

Que yo supiera, Dan no tenía razones para matar a Kathy.

Estaban divorciados, había sido una separación caray conflictiva, pero ya había pasado.

No ganaría nada con su muerte. Yo misma había visto su dolor, pero eso no probaba nada.

Más de un asesino había terminado arrepintiéndose profundamente de lo que había hecho.

Recordé mi visita al club náutico, cuando el amigo de Jayne, Jack, le dijo que Elizabeth no gozaba de una gran popularidad entre los socios. Pero hay una gran diferencia entre no ser popular y ser tan odiada como para que alguien quisiera matarla.

Aparte de Dan, marido actual y exmarido, ¿qué tenían en común Elizabeth y Kathy?

Pensaba que nada, hasta que vi aparecer en el Club Náutico de Cabo Cod a Robyn Kirkpatrick, con tanta prisa como si llegara tarde a una reunión.

Hasta entonces, no había visto ningún vínculo entre Casa Scarlet y Elizabeth.

Era innegable que Elizabeth no era una gran admiradora del museo: había acudido a la subasta obligada de algún modo, acaso para vigilar a Dan ante la presencia de su exmujer.

¿Podía ser Robyn el nexo entre las dos mujeres muertas?

Robyn ya había cumplido los cincuenta, pero parecía una mujer que iba al gimnasio de forma habitual. No habría tenido ningún problema para cruzar el jardín de Elizabeth y desaparecer en la noche.

Me recordé a mí misma que Robyn no había estado en el Salón de Té de la Señora Hudson durante la subasta y, por lo tanto, no había tenido la oportunidad de arrancar la guirnalda de tazas de la pared.

Por otro lado, Sharon Musgrave, que también estaba muy implicada en el museo y tampoco era una gran amiga de Kathy, sí había acudido a la subasta.

Sharon no había matado a Elizabeth. Era de menor estatura y más robusta que la persona que había visto anoche, y dudaba que hubiera podido correr a ese ritmo.

Tuve que admitir la posibilidad de que la persona que había huido de mí no fuera la misma que había matado a Elizabeth: podría haber entrado en su casa como yo y haberla encontrado muerta.

Al oír mi llegada, y puesto que no quería verse implicada, habría salido por la puerta acristalada que daba al jardín.

En tal caso, eso lo complicaba todo enormemente.

Así pues, hasta que no tuviera más información, debía guiarme por la suposición de que la persona a la que perseguí anoche era la responsable de la muerte de Elizabeth.

¿Era posible que Robyn y Sharon hubieran colaborado? ¿Que una hubiera matado a Kathy y la otra a Elizabeth? No se me ocurría ningún motivo para que Elizabeth supusiera una amenaza para sus cargos en el museo.

Eso no significaba que no hubiera ninguna, tan solo que yo aún no la había descubierto.