Capítulo quince #2
Aunque tampoco lo había considerado una posibilidad seria.
—¿Lo has visto? —preguntó Jayne.
—Solo de lejos, y nada que me permita identificarlo. Lo único que puedo decir es que no era obeso ni tenía problemas de movilidad, a juzgar por la facilidad con que cruzó el césped corriendo. Él o ella. Ojalá tuviéramos un pronombre singular neutro.
Mientras hablábamos, seguían llegando más agentes. Veíamos los haces de las linternas al otro lado de las ventanas de la cocina y los policías que se gritaban órdenes unos a otros.
—Espero que no estén pisoteando pruebas —comenté.
—Creo que seremos capaces de no hacerlo —intervino Ryan Ashburton al entrar en la cocina, frotándose la barbilla—. Hay una unidad canina siguiendo el rastro. ¿Qué hacéis aquí las dos?
—Hoy has ido a ver a Maureen —le recordé—. Me di cuenta de que seguías insistiendo en esa pista equivocada, así que decidí que era hora de hablar directamente con Elizabeth Dumont. Cara a cara, por así decirlo. Jayne me ha acompañado para no venir sola.
Mi amiga intentó esbozar una sonrisa cordial.
A Ryan se le ensombreció el rostro y frunció los labios. Conocía muy bien esa expresión y nunca auguraba nada bueno para mí.
—Qué casualidad encontraros aquí —dijo Louise Estrada—. El agente Richter me ha dicho que Jayne Wilson estaba dentro de la casa cuando han llegado. Fue ella quien llamó al 911 y recibió a los agentes en la puerta trasera, pero tú, Gemma, ya estabas fuera. ¿Has matado a la mujer?
Ignoré la pregunta.
—Cuando llegamos, la casa estaba a oscuras. No había coches en la entrada.
—¿Así que entrasteis? —preguntó ella.
—En efecto. La puerta no estaba cerrada con llave, lo cual me sorprendió. Todo estaba en silencio, pero había alguien dentro. Alguien que no quería recibirnos en la puerta.
—Por mucho que me pese preguntarlo, lo haré de todos modos —dijo Estrada—. ¿No te pasó por la cabeza que a lo mejor la señora no quería hablar contigo? Si aparecieras en mi casa a estas horas de la noche, yo tampoco abriría.
—Como la puerta no estaba cerrada con llave, significaba que Elizabeth tenía una visita que no esperaba que se prolongara.
La ausencia de un coche en la entrada implicaba que el visitante vino andando o, lo que es más probable, escondió el coche en la calle para que no lo vieran, lo cual sugiere una visita algo turbia.
La puerta estaba entornada y se abrió en cuanto la toqué.
Grité bien alto para que supiera que estábamos allí.
—Así es —corroboró Jayne—. No entramos a escondidas ni forzamos la cerradura.
—El aumento repentino del ruido del mar y la corriente de aire que recorrió la casa significaban, sin duda alguna, que se había abierto de golpe una puerta o ventana. El sonido de cristales rotos demostraba que no se trataba de alguien que hubiera salido tranquilamente a disfrutar de la noche.
—Exacto —dijo Jayne.
Me dirigía a Estrada, pero lancé una mirada de soslayo a Ryan. Aún lucía el mismo gesto sombrío.
—Como es lógico, intentamos ayudar.
—¿Cómo sé que no rompiste tú misma la puerta? —replicó Estrada—. Así tendrías una excusa para entrar sin invitación.
—Porque ya te he contado lo que pasó —respondí—. Y porque vine a hablar con Elizabeth Dumont. No tenía motivo alguno para forzarla.
—Me he fijado en que las puertas acristaladas no estaban cerradas con llave —dijo—. A menos que tú las hubieras abierto, cosa que no descarto, lo de romper el cristal fue algo más bien de cara a la galería.
—La observación parcial no es mejor que la ausencia de observación, detective Estrada.
No estaba cerrada con llave, como bien has visto, pero no has reparado en la barra de seguridad colocada en el raíl inferior.
Nuestro asesino acababa de matar a una mujer cuando oyó a alguien en la puerta.
En lugar de quedarse callado y esperar a que nos marcháramos, le pudo el pánico.
Intentó salir por la puerta, pero no pudo abrirla.
Y, en vez de tomarse el tiempo de averiguar por qué no cedía, rompió el cristal.
Estoy convencida de que encontraréis en el patio alguna escultura o algo similar.
También hallaréis fibras de forro polar verde en los fragmentos de cristal roto.
—Le mostré mis brazos desnudos—. Como ves, no llevo ningún jersey.
Estrada me fulminó con la mirada. Ryan no abrió la boca.
—Mañana iré a la comisaría encantada a prestar declaración. Por ahora, Jayne y yo os dejamos con vuestro trabajo.
—No tan deprisa —gruñó Ryan—. Detective Estrada, ¿nos deja un momento, por favor?
Estrada miró a Ryan y luego a mí.
—Voy a ver cómo va el perro —dijo.
Y salió de la cocina.
—Esperaré en el coche —dijo Jayne, huyendo.
—Esta vez has ido demasiado lejos, Gemma —dijo Ryan.
—No he hecho nada. No pensarás que entré en esta casa y maté a Elizabeth, ¿verdad?
—Valoro tus observaciones y tu intuición, lo cual no es ningún secreto. Pero una cosa es observar a la gente y otra muy distinta implicarse de forma activa. No puedes seguir apareciendo en escenarios donde se ha cometido un crimen e inmiscuirte en la investigación policial.
—No creo que nos hayamos inmiscuido para nada.
No puedo hacer observaciones desde mi casa.
Hasta Sherlock Holmes tenía que salir de Baker Street para ver las cosas por sí mismo.
Te he señalado pruebas valiosas. Uno de tus agentes menos experimentados podría haber quitado la barra de seguridad para salir por la puerta y ni siquiera reparar en ello.
Yo misma perseguí al sospechoso hasta ahuyentarlo de la propiedad, aunque le perdí el rastro en la calle.
—Intentaste detener a un asesino a sangre fría, de noche y desarmada. Esto va de mal en peor. Gemma, no puedo permitir que…
Se interrumpió al oír un estruendo en el pasillo.
—¡Aquí! —gritó un hombre.
Un perro ladró.
Un agente uniformado entró corriendo en la cocina, precedido por un pastor alemán enorme con un chaleco naranja en el que se leía «Policía».
El perro se lanzó hacia mí, retrocedí de un salto y choqué contra la encimera.
Me golpeé la cadera contra el borde de piedra y una punzada de dolor agudo me recorrió el cuerpo.
El perro gruñó y me mostró todos y cada uno de sus imponentes dientes.
—¡Diablo, quieto! —gritó el adiestrador, tirando de la correa.
El animal se dejó caer sobre las patas traseras y se quedó sentado, mirándome fijamente. Todos los músculos de su cuerpo vibraban de tensión.
—Por el amor de Dios —murmuró Ryan Ashburton.