Capítulo quince
CAPÍTULO QUINCE
J ayne estaba detrás de mí, hablando atropelladamente por teléfono.
—Quédate aquí —grité.
Las puertas acristaladas estaban rotas y entraba una brisa que agitaba las cortinas de rayas blancas y azules.
Agarré un cenicero pesado de una mesa auxiliar y lo usé para apartar los trozos de cristal.
Crucé al otro lado. Los fragmentos brillaban a la luz de la luna.
Varias tumbonas rodeaban la piscina y había una zona para comer creada con muebles de teca.
—¿Qué haces? —gritó Jayne.
Levanté una mano.
—Shhh.
Agucé el oído. Las olas rompían en la costa; los coches circulaban por Harbor Road. A mi derecha, el ruido sordo de unos pies que atravesaban el césped.
Eché a correr tras ellos, iluminando el camino con el móvil.
En el extremo del patio había una caseta, probablemente para guardar material de la piscina.
Pasé de largo y dirigí el haz de luz hacia el suelo, a mi alrededor.
El césped recién cortado mostraba huellas recientes.
Seguí las pisadas hasta la esquina de la casa.
Al doblar el edificio, vi una figura que cruzaba el jardín delantero hacia los portones abiertos y la carretera.
Se movía deprisa. Decidí perseguir al intruso, que iba envuelto en ropa oscura y voluminosa.
Por lo que pude ver, era de estatura y complexión medias.
Corría a buen ritmo, al menos en distancias cortas.
No miró atrás, pero tenía que saber que lo seguía.
Ni me molesté en gritarle que se detuviera.
La figura alcanzó el final del camino de acceso, cruzó la verja y salió a la acera.
Pasaban coches en ambas direcciones. Todavía no eran las diez y había bastante tráfico.
Yo iba muy rezagada, y para cuando llegué a la calle, la figura ya había desaparecido.
A mi izquierda no había peatones en la acera, pero la calle trazaba una curva brusca a la derecha, así que me dirigí hacia allí.
Era una zona residencial acomodada, con árboles altos y viejos, setos espesos y frondosos, muchas casas valladas y con verja, todas muy apartadas de la carretera.
Unos metros más adelante, una calle lateral se adentraba hacia el interior. Reduje la marcha y miré a mi alrededor.
Mi presa podía haber tomado cualquier dirección: subir por la calle lateral, meterse en uno de los jardines, ocultarse tras un seto, agazaparse a la sombra de un coche…
Si tenía un vehículo aparcado cerca, quizá, simplemente, había arrancado y se había mezclado de manera anónima con el incesante tráfico de la noche.
No había visto coches aparcados en la calle cuando llegamos, pero Jayne y yo veníamos del centro, por la izquierda.
Oí las sirenas que se acercaban a toda velocidad y abandoné la persecución.
Regresé a la entrada de la finca de Elizabeth justo cuando un coche patrulla, con las luces rojas y azules encendidas, subía por el camino de acceso.
Rehíce mis pasos: crucé el césped, rodeé la casa, pasé junto a la piscina y entré por la puerta cristalera rota.
Jayne hablaba con un agente, gesticulando nerviosa.
Su compañera se había arrodillado junto al cuerpo inmóvil de Elizabeth Dumont.
—Buenas noches —saludé al atravesar los cristales hechos añicos de las puertas.
El policía que estaba con Jayne dio un brinco del susto. Se llevó la mano al arma y Jayne soltó un grito. Levanté las manos de inmediato.
—Solo soy yo, agente Richter. Fuimos nosotras quienes descubrimos el cuerpo.
La agente Stella Johnson se incorporó.
—Ya hemos informado a los detectives. ¿Son ustedes las responsables, señorita Doyle, señorita Wilson? —formuló la pregunta de rigor, sin convicción. Era evidente que no esperaba un sí por respuesta.
—No —respondí—. Nos habíamos acercado para hacer una visita de cortesía y, al parecer, llegamos apenas unos segundos tarde.
—Pueden esperar en la cocina —ordenó—. Los detectives querrán hablar con ustedes.
Encendí la linterna del móvil y dirigí el haz de luz hacia la puerta acristalada. No habían cerrado con llave. Metí la mano bajo la camiseta para no dejar huellas y tiré de la puerta.
—¡No toque eso! —gritó Richter.
La puerta no cedió, y examiné el marco.
—¿Qué hacías fuera? —me preguntó la agente Johnson.
—Intentar atrapar al asesino.
Iluminé los cristales rotos con la linterna.
—Querrán revisar estos fragmentos: algunos tienen fibras de tela.
Sí, aquí se ve algo; parece un forro polar.
Tuve que apartar los pedazos más grandes para salir.
A diferencia de nuestro presunto asesino, yo llevaba una camiseta de tirantes y pantalones pirata.
Me habría destrozado brazos y piernas con el cristal roto.
—A la cocina —repitió Johnson.
Conocía bien a la agente Stella Johnson. Su abuela era buena amiga y compañera de cartas habitual del tío Arthur. Ventajas de vivir en un pueblo pequeño: casi siempre me topaba con los mismos agentes en cada escena.
—Enseguida —contesté.
Me agaché junto a Elizabeth, con cuidado de no tocar nada.
Jayne o uno de los policías le había dado la vuelta, sin duda para comprobar si aún respiraba, y Elizabeth Dumont me observaba con una mirada vacía.
A juzgar por lo que veía, había caído fulminada por un golpe en la sien.
No hacía falta que buscara el arma: una estatua de hierro, de unos sesenta centímetros y que representaba a una mujer delgada y esbelta, yacía en el suelo junto a su cabeza.
Al lado, había una mesita auxiliar volcada.
Tenía el tamaño justo para una pieza de escultura.
—¿Y lo has conseguido? —preguntó Johnson.
—¿Si he conseguido qué?
—¿Atrapar al asesino?
—Salta a la vista que no.
—Vas a tener que esperar en la cocina, Gemma. Tú también, Jayne. A los detectives no les hará gracia veros husmeando en la escena del crimen.
—Como si yo hubiera husmeado alguna vez —repliqué.
Crucé las manos a la espalda para no tocar nada y examiné la alfombra, en busca de huellas.
Hacía días que no llovía, y nadie, ni Jayne, ni yo, ni la policía, había dejado barro en la casa.
La propia Elizabeth estaba descalza y vestida con ropa de dormir: un pijama de algodón, a rayas grises y rosas, con pantalones holgados y una camiseta gris de cuello de pico con un dibujo de un velero.
Olía mucho a tabaco, y supuse que había apagado un cigarrillo poco antes de que llegara el asesino.
Se oyeron más sirenas y la radio de Johnson se activó.
—Por la parte delantera de la casa, mirando al mar —dijo—. El cristal de la puerta está roto. Por cierto, detective Estrada, Gemma Doyle está aquí.
Se oyó un grito a pesar de las interferencias.
—Será mejor que esperemos en la cocina —dije, poniéndome de pie—. Vamos, Jayne, no quiero estorbar.
La cocina de Elizabeth era amplia y estaba equipada con los últimos electrodomésticos de tecnología más avanzada.
Había platos amontonados en el fregadero, esperando a que llegara la asistenta por la mañana: un plato, un juego de cubiertos, una sartén pequeña y una cazuela con algunos granos de arroz pegados en el fondo; una copa de vino junto a una botella vacía de chardonnay californiano, y un cenicero rebosante.
Todos los cigarrillos eran de la misma marca.
—Cenó sola —dijo Jayne.
Le dediqué una sonrisa.
—Estás aprendiendo.
—Preferiría no hacerlo.
Me protegí la mano, abrí la nevera y estudié el contenido.
Nada fuera de lo común: quesos, embutidos, frutas y verduras de distintos niveles de frescura, nata para el café, el surtido habitual de condimentos.
Una botella de Veuve Clicquot, medio llena.
Asomé la cabeza a la despensa. Una de las paredes hacía las veces de botellero.
Debía de haber unas cincuenta botellas, y todas, a pesar de mis nulos conocimientos de enología, parecían caras.
—¿Qué crees que pasó aquí, Gemma? —preguntó Jayne.
—Está claro que Elizabeth no esperaba visita.
Llevaba ropa de dormir, un pijama normal, no un camisón sugerente, así que no se estaba preparando para una cita romántica.
Conocía a la persona que llegó y la invitó a entrar en la casa.
No esperaba que se quedara mucho tiempo, desde luego no a pasar la noche, por eso no cerró con llave la puerta trasera.
No era una visita ocasional, un repartidor de pizzas o alguien así, porque caminaron juntos por la casa hasta el salón, seguramente para sentarse a charlar.
O bien esa persona vino con la intención de matar a Elizabeth, o bien surgió algo en la conversación que lo llevó a hacerlo.
Es posible que ya hubiera estado antes en la casa y supiera que había esculturas pequeñas que podía usar como arma, pero no descarto la idea de que simplemente confiara en encontrar algo a mano.
El hecho de no traer un arma no implica falta de planificación.
—Lo sorprendimos con las manos en la masa —dijo Jayne, abrazándose a sí misma.
—O la sorprendimos —maticé—. Por desgracia, parece que llegamos unos minutos demasiado tarde. Nuestro asesino pensaba salir tranquilamente por donde había entrado, pero al oírnos en la puerta trasera se vio obligado a buscar otra salida.
Jayne estiró el brazo para alcanzar un armario.
—Mejor no toques nada —le advertí.
Retiró la mano como si se hubiera quemado.
—¿Tomarán huellas en la cocina?
—Es probable que registren toda la casa en busca de huellas. Puede que haya sido un intento de robo que ha acabado mal, pero no hay nada que apunte en esa dirección.
Jayne se metió las manos en los bolsillos del vaquero.
—¿Por qué crees que el asesino no ha esperado a que nos fuéramos? Lo habríamos hecho si nadie hubiera contestado al timbre. Solo entraste porque oíste que se rompía el cristal de la puerta, ¿no?
—Exacto. Estaba dispuesta a dar media vuelta y marcharme si nadie respondía, incluso con la puerta abierta. Lo más probable es que entrara en pánico, lo cual indica que no se trata de un asesino a sueldo.