Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo catorce #3
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Capítulo catorce #3

Lástima que la vida se interponga. No le conté a Ryan que planeaba visitar a Elizabeth, porque eso lo habría puesto en la tesitura de tener que decirme que no lo hiciera, y a mí en la tesitura de discutir con él o de mentirle.

Y, de todos modos, pensaba ir igual.

Pasé a recoger a Jayne poco después de las nueve. Sentí una punzada de culpa porque sé que necesita acostarse temprano, pero cuando tengo que enfrentarme a leonas, prefiero llevar refuerzos.

—Acabo de hablar por teléfono con Jack —dijo mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

—¿Se marcha del pueblo? ¿Se cancela la cena? Qué pena.

—Me llamó para quedar mañana por la noche y para decirme que tiene ganas de que nos pongamos al día. ¿No te parece un detalle?

—Supongo —admití a regañadientes.

—Hace tiempo que quería decirte, Gemma, que últimamente se te ve feliz.

—Ah, ¿sí?

—Sí, mucho. Se te nota. Cuando no estás preocupada por quién mató a Kathy Lamb, tienes un brillo auténtico. Las cosas van bien con Ryan, lo noto.

—Van bien sin más —dije.

—No me gusta decir «te lo dije», pero te lo dije.

—Eso no es cierto.

—Sí que te lo dije. Insistí en que era el hombre para ti. Al principio no me hiciste caso, pero luego sí, y ahora no podríais ser más felices —suspiró—. Lo único mejor que estar enamorada es que tu mejor amiga siga tu consejo y se enamore del hombre adecuado.

—Espero que esta conversación no tenga nada que ver con Jack Templeton.

—¿Y por qué iba a tenerlo? —replicó con dulzura.

Gruñí. Por suerte, en aquel momento llegamos a nuestro destino.

La casa de Elizabeth Dumont ocupaba un terreno privilegiado frente al mar en Harbor Road, más allá de la Casa Scarlet y del Club Náutico de Cape Cod.

La finca estaba vallada, pero los portones permanecían abiertos.

Eché un vistazo al pasar: a juzgar por las malas hierbas que crecían entre las grietas del pavimento y la ausencia de roderas junto a los portones, no solían tenerlos cerrados.

A ambos lados del camino de acceso se extendía un césped verde y cuidado, pero no había árboles ni parterres de flores.

La casa era ultramoderna, toda de hormigón gris y cristal oscuro, líneas rectas y ángulos afilados.

—Qué fría —dijo Jayne con un escalofrío.

—Quizá sea más agradable desde la parte delantera, con vistas al mar —respondí.

El camino acababa en unas puertas dobles de color gris oscuro. Eran tan tristes que ni siquiera habrían podido darles un poco de alegría con una maceta de flores. Las puertas del garaje estaban cerradas y no había coches fuera. Aparqué y salimos del Miata.

Todo estaba en silencio salvo por el murmullo de las olas que rompían en la orilla. El sol ya se había puesto, pero aún no era de noche cerrada, y el crepúsculo envolvía la casa y el jardín. La luz con sensor de movimiento que había sobre la puerta se encendió cuando nos acercamos.

Llamé al timbre y esperamos.

Nada. Volví a llamar.

Cuando se hizo de nuevo el silencio, me acerqué las manos a la cara y me asomé a la pequeña ventana de la puerta. Dentro todo estaba oscuro.

—Parece que no hay nadie —dijo Jayne.

—Es una casa grande. Si hay lámparas encendidas en la parte delantera, es poco probable que podamos verlas desde aquí.

Llamé de nuevo, pero tampoco obtuve respuesta.

—Vámonos —dije—. Tendré que llamar y concertar una cita, aunque preferiría no hacerlo.

Me volví para marcharme y golpeé la puerta con el codo. Se abrió unos centímetros y miré a Jayne.

—Vaya, vaya.

—No podemos entrar así como así —protestó.

—No. —Empujé la puerta al tiempo que llamaba con los nudillos y grité—: ¿Señora Dumont, está en casa?

Oímos un ruido de cristales rotos.

—¿Elizabeth? ¿Está bien?

El aire marino me despeinó los rizos. El rugido de las olas era más fuerte.

—Llama al 911 —le grité a Jayne.

Empujé la puerta y corrí al interior de la casa, seguida del «¿Qué pasa?» de Jayne.

Saqué el móvil del bolsillo y encendí la linterna.

Estaba en el vestíbulo: baldosas en blanco y negro, una puerta cerrada que llevaba a un armario ropero, un banco para descalzarse, un paragüero con dos paraguas.

En la mesita, un cenicero con la colilla aplastada de un único cigarrillo.

Al fondo de la casa las luces estaban apagadas, pero un resplandor suave bajaba por el pasillo. Corrí hacia el lugar al grito de:

—Hemos avisado a la policía.

Pasé de largo de la cocina y el comedor a oscuras, crucé la sala de televisión, y entré en el salón.

La pared del fondo era casi todo cristal y alcancé a ver el reflejo de la luna sobre el océano.

Había unas puertas acristaladas que daban a la piscina y al patio.

Dos lámparas de mesa iluminaban el amplio espacio con una luz amarilla.

Los muebles eran de mimbre, los cojines azules y blancos, y en las paredes colgaban cuadros de veleros.

En las mesitas había fotos de gente sonriente tripulando barcos y un sinfín de ceniceros, algunos con colillas.

El suelo era de tablas de madera brillantes y anchas, posiblemente rescatadas de un granero.

En el centro, una gruesa alfombra blanca ribeteada en azul.

Sobre ella, boca abajo, yacía una mujer.

Era Elizabeth Dumont. Muy quieta.