Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ashleigh.

Estaba a punto de sugerirle a Maureen que subiéramos arriba o, al menos, que nos sentáramos en una mesa del salón de té, pero ella decidió gritar para que todos pudieran oírla.

—Han desenterrado una tontería absurda de mi pasado y van a usarla para inculparme del asesinato de Kathy Lamb.

Mis clientes, junto con Ashleigh y Moriarty, dejaron de disimular que no escuchaban.

—Nadie va a tenderte una trampa, Maureen —dije—. ¿Por qué no te calmas y…?

—¡¿Que me calme?! No necesito calmarme. Te contraté para que hicieras algo y eso es lo que necesito que hagas.

—Yo no diría que «contratar» sea la palabra adecuada.

—Sí, vale, Kathy y yo discutimos aquella vez en Hyannis.

Pero es que ella debería haberse fijado por dónde caminaba, nada más.

No sufrió ninguna herida. Bueno, no de gravedad al menos.

No se presentaron cargos contra mí. Le pedí disculpas, aunque no lo sentía.

Fue culpa suya. Yo no tenía nada de qué disculparme.

A ver, es cierto que no lo mencioné después de que Kathy muriera…

, pero ¿por qué habría de hacerlo? No quería hacer perder el tiempo a la policía con una trivialidad.

Esto es lo que pasa cuando intento hacer lo correcto. No me extraña que nunca me moleste.

Se dio media vuelta y salió dando un portazo.

Una clienta miró el DVD que tenía en la mano: Sherlock Holmes y el caso de la media de seda . Lo devolvió a la estantería.

—No merece la pena que me lo lleve. En comparación con lo que acabo de ver, parecerá un juego de niños —dijo.

—¿Te apetece una excursión? —le pregunté a Jayne.

Me miró con suspicacia.

—¿Una excursión adónde?

—¿Por qué me miras así?

—No me fío de tus excursiones. ¿Vamos a trepar árboles, saltar vallas o disfrazarnos? No pienso vestirme toda de negro.

—No hará falta. Vamos a hacerle una visita a Elizabeth Dumont.

—¿Visita en plan ir a la puerta de su casa y llamar al timbre?

—Tú lo has dicho.

—¿Como hace la gente normal?

—¡Jayne! ¿Vienes o no?

Suspiró.

—Alguien tiene que evitar que te metas en líos.

—Perfecto. Nos iremos en cuanto cierre la tienda a las nueve. Te recojo en tu casa.

—¿No es un poco tarde para una visita de cortesía?

—Habrá más posibilidades de encontrarla en casa.

—O sea que no la llamarás antes.

—Por supuesto que no. Si no está, lo intentaremos otro día.

—¿Vas a acusarla de haber matado a Kathy?

—Más o menos. Aunque intentaré ser un poco más sutil de lo que sugieres.

Jocelyn había llevado una tetera y cuatro cubiertos al comedor. Había dos bandejas de tres pisos esperando en la encimera a que las llevaran a la sala. Cogí un sándwich de pepino con queso crema, mi favorito.

—¡Gemma! Son para los clientes.

—No he comido nada a mediodía —respondí, dando un bocado—. ¿No puedes hacer otro?

—Sí, puedo hacer otro, pero no quiero.

—Lo siento —me disculpé, sin el menor asomo de remordimientos.

En ese momento, entró Jocelyn, que fue a coger las bandejas y se detuvo.

—A una le falta algo.

—Así es —confirmó Jayne, sacando una barra de pan de la panera—. Hemos sufrido un robo.

—Pasaré por tu casa a las nueve y diez —anuncié, metiéndome el último bocado en la boca. Bajé del taburete de un salto y hui a toda prisa de la cocina de Jayne, antes de que pudiera ordenarme que preparara otro sándwich.

Puede que no tuviera importancia que la policía hubiera desenterrado un altercado previo entre Maureen y Kathy.

Al fin y al cabo, West London es un pueblo pequeño, y Maureen no destaca precisamente por su simpatía.

Aun así, la visita de Ryan y Estrada a su tienda me recordó que no estaba avanzando nada en esta investigación. Por lo visto, ellos tampoco.

«Era hora de entrar en la guarida de la leona», pensé.

No esperaba que Elizabeth se derrumbara y confesara entre lágrimas delante de mí. Aunque lo hiciera, un caso reciente que terminó en las tablas de un teatro me había recordado que una confesión no vale gran cosa ante un tribunal de justicia sin pruebas físicas que la respalden.

No, lo único que quería era evaluar a la mujer cara a cara en su propia casa.

Creía que Elizabeth había matado a Kathy por celos.

Puede que yo no considerara que valía la pena matar a alguien por Dan Lamb, un hombre bajo, fofo y que aparentaba muchos más años de los que tenía, pero sobre gustos no hay nada escrito.

Ryan descartaba a Elizabeth como posible asesina porque desataba su ira en público.

Al principio estuve de acuerdo, pero ahora me preguntaba si no sería un error.

Circunstancias distintas exigen métodos distintos.

Ryan me estaba dejando participar más en este caso que en los anteriores, pero aun así me resistía a decirle que, en mi opinión, se equivocaba.

No sin tener algo más que mi simple instinto.

Pensar en Ryan me hizo recordar la noche anterior. Nuestro paseo para tomar helado. Que me dijera que me quería y que yo le hubiera correspondido. El amor… ¿no es eso lo que se supone que mueve el mundo?