Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

CAPÍTULO CATORCE

A l salir del tanatorio, regresé al trabajo, cerré a la hora prevista y me fui a casa.

Ryan no había dicho si iba a cenar conmigo, pero preferí tener algo listo por si acaso.

El tío Arthur es un gran cocinero y se asegura de que el congelador esté siempre lleno de platos caseros.

Saqué dos raciones de lasaña y estaba lavando lechuga en el fregadero cuando unos faros iluminaron el camino de acceso.

Violet y yo recibimos a Ryan en la puerta. Me pareció que tenía un aspecto cansado mientras me daba un beso intenso y prolongado a mí y unas palmaditas cariñosas a Violet. Luego me ayudó a preparar la ensalada y nos sentamos a cenar en la mesa de la cocina.

—Elizabeth Dumont ha amenazado a Dan con el divorcio —comenté mientras me llevaba un bocado de lasaña a la boca.

Ryan negó con la cabeza.

—¿Es que te enteras de todo lo que pasa en West London?

—Solo de lo importante —respondí con modestia.

Le conté la escena que había presenciado, sin mencionar a Crystal ni a Brad. La abierta hostilidad que habían mostrado hacia Elizabeth no tenía relación alguna con la muerte de Kathy.

—Esa mujer tiene un temperamento muy visceral —dije.

—Lo cual, admito, resulta interesante —contestó él—, pero no tengo nada que vincule a Elizabeth con el asesinato de Kathy.

Las especulaciones, aunque provengan de ti, no me sirven de nada.

No sin pruebas físicas que las respalden.

Si Elizabeth tiene ese temperamento tan visceral, como dices, y no le da miedo montar un escándalo en público, no parece el tipo de persona que mataría a su rival de forma tan silenciosa y discreta.

Tomé un poco de ensalada.

—Admito que sería más probable que le hubiera dado a Kathy con una bandeja en la cabeza —dije.

—Mi madre me pregunta cuándo voy a llevarte a cenar a su casa.

Casi me atraganté con una hoja de lechuga.

—¿Tu madre quiere invitarme a cenar? Cuando me vio en el teatro la semana pasada, me fulminó con la mirada.

—Es mi madre —dijo Ryan con sencillez—. Quiere que yo sea feliz, y tú me haces feliz.

Sonreí.

—Tengo que irme pronto —añadió cuando su plato ya estaba limpio—. Mañana empiezo temprano.

La población de West London se multiplicaba en verano, pero los recursos del departamento de policía no. Tenían otros casos además del asesinato de Kathy.

—¿Qué te parece si damos un paseo antes de que me vaya? —preguntó.

—Me encantaría —respondí.

Violet ladró para mostrar su conformidad y ambos nos reímos.

—Podríamos bajar al puerto a por un helado —propuso Ryan, que se levantó—. Solo por esta vez, ¿podemos fingir que estamos en una cita? Una cita de verdad. Nada de hablar de crímenes horrendos.

—Puedo hacerlo —dije.

Le puse la correa a Violet y me abrigué con un jersey ligero.

Salimos de casa. Ryan me tomó la mano y bajamos la colina juntos.

Era una noche clara y preciosa. La luna, enorme, brillaba en el cielo y las luces del paseo marítimo y del puerto centelleaban a lo lejos.

Un par de casas más abajo, nuestros vecinos estaban en el porche y nos saludaron al pasar.

No había mucha gente a esas horas. Un grupo de adolescentes aguardaba su turno con impaciencia en el puesto de helados, y Ryan y yo esperamos antes de hacer el pedido.

Ryan pidió tres bolas de triple chocolate sorpresa y yo un helado pequeño de vainilla francesa.

El dependiente me dio una golosina para Violet.

Echamos a andar en dirección al faro de West London, que iluminaba el mar, degustando los cucuruchos y disfrutando de la compañía. Cuando terminamos los helados, dimos la vuelta y regresamos a Blue Water Place.

Cumplí con mi promesa y no hablamos del caso, pero aproveché la ocasión para ponerlo al día de las novedades del tío Arthur.

—Parece que se lo está pasando en grande —dijo Ryan—. Yo solo he estado en Europa una vez. El verano antes de entrar en la policía fui con unos amigos a París. Los museos, la historia, los cafés y los restaurantes me encantaron.

—Te encantaría Londres —le dije—, y me encantaría enseñarte la ciudad.

—Quizá podamos ir juntos algún día. Me haría ilusión.

De pronto, sin venir a cuento, dijo:

—¿Sabes que te quiero?

—Ah, ¿sí? —pregunté.

—Sin reservas. Pero no es fácil quererte, Gemma Doyle.

Me detuve. Miré hacia el mar mientras se me formaba un nudo en la garganta.

—No intento hacerme la difícil, Ryan.

—Me da la sensación de que no puedes dejar de inmiscuirte en casos policiales.

—No es que yo quiera, es que pasan cosas a mi alrededor —dije con un hilo de voz.

—Lo sé. Eres así. Si te quiero, tengo que quererte por cómo eres.

—Si sirve de algo —dije—, yo también te quiero.

Me volví y lo miré. La luz de la farola iluminaba sus cálidos ojos azules y su amplia sonrisa. Se inclinó para besarme y levanté la barbilla para devolverle el beso.

Casi salí volando cuando Violet decidió que ya estaba harta de tanto hablar y tantos besos y salió disparada tras una ardilla.

A la mañana siguiente, un sol radiante inundaba la cocina y Violet perseguía motas de polvo por el suelo. Yo desayunaba una tostada mientras, gracias a las maravillas de internet, buscaba información sobre Bradley y Crystal Lamb.

La noche anterior, cuando llegué al velatorio de Kathy Lamb, había decidido abandonar mis pesquisas sobre su asesinato.

Sin embargo, enseguida cambié de idea. La escena entre Dan y Elizabeth había resultado interesante y reveladora por igual.

Lo mismo que las reacciones de la hija y el hijastro de Kathy hacia su padre y su nueva esposa.

«Ojalá nunca me inviten a la comida de Navidad en casa de los Lamb», pensé.

No tenía motivos para considerar a Brad o a Crystal sospechosos de la muerte de Kathy.

Obviamente, se habían puesto de parte de su madre en el divorcio, Crystal en particular, pero su comportamiento había despertado mi interés, como suele ocurrirme cuando soy testigo de una exhibición de emociones tan franca.

Descubrí que Brad era guitarrista y corista en un grupo llamado Out to Lunch.

Ya fuera por el triste nombre, por la falta de talento o por mala suerte, Out to Lunch solo actuaba en clubes de tercera y bares de mala muerte por toda Nueva Inglaterra.

Y últimamente ni siquiera eso. En su página web no aparecía ningún concierto en próximas fechas, y me pregunté si el grupo seguía en activo.

Encontré la biografía de Crystal en la web de un club de tenis de Boston, donde figuraba como socia.

Se había graduado en el instituto de West London, después en la Universidad de Massachusetts en Amherst, donde obtuvo un título en Ciencias Empresariales.

Ahora era vicepresidenta de un banco de Nueva Inglaterra.

No había referencia alguna a marido o hijos.

Sherlock Holmes contaba con los Irregulares de Baker Street, que lo mantenían informado. Yo tengo internet.

—¿Sabes qué querían? —me preguntó Ashleigh cuando bajé.

Había pasado un rato en el despacho, leyendo catálogos de editoriales y haciendo pedidos de libros que podían funcionar bien en la tienda para Navidad.

Encontré varios que me ilusionaban, entre ellos el cuarto y último de la serie Hudson y Holmes , de Renalta van Markoff, que se había publicado a toda prisa tras la muerte de la célebre autora hacía poco.

—¿Qué quería quién? —pregunté. La tienda estaba llena de clientes curioseando libros, pero ninguno requería nuestra atención en ese momento.

—Pues la policía, claro —respondió Ashleigh—. ¿No estabas mirando por la ventana con una lupa o algo así?

—No creo que yo, ni cualquier otra persona, usara una lupa para mirar por la ventana —repliqué—. Entiendo lo que quieres decir, pero no tengo ni idea de a qué te refieres.

Trató de disimular una expresión de «sé algo que tú no sabes», pero no lo consiguió.

No había prestado mucha atención al atuendo de Ashleigh aquel día porque, por una vez, era bastante normal, aunque tampoco estoy muy segura de lo que significa eso.

Estaba muy guapa, llevaba unos pantalones pirata blancos, camiseta de rayas azules y blancas, zapatillas azules con cordones blancos y unos pequeños aros dorados en las orejas.

Me fijé más de cerca: se había hecho algo en el pelo.

Normalmente lo llevaba liso, recogido en una coleta o suelto por encima de los hombros, pero esta vez se lo había rizado y fijado con laca para crear un halo de rizos salvajes sujeto con una pinza.

Los pendientes eran muy parecidos a los que yo suelo llevar al trabajo.

Los míos eran de oro auténtico, un regalo de cumpleaños de mis padres. Los de Ashleigh, comprados en Walmart.

¡Me sobresalté al darme cuenta de que estaba imitando mi estilo!

Me quedé boquiabierta. Moriarty sonrió con sorna. Preferí no decir nada, mejor fingir que no me había dado cuenta.

—Me gusta tu peinado —comenté.

—Gracias. ¿No viste a la policía? —preguntó.

—No.

—Tu novio y esa policía alta han entrado en la tienda de Maureen hace un par de minutos. Aparcaron justo delante, en la zona de carga, lo que significa que estaban de servicio, ¿no? —Se acercó a la ventana y se asomó—. Siguen ahí dentro.

Me acerqué a ella. Algunos clientes habían escuchado nuestra conversación y también se aproximaron.

Nos quedamos todos allí, mirando a la calle.

Mientras observábamos, se abrió la puerta de la tienda Bellas Artes de la Playa y salieron Ryan y Louise Estrada.

La expresión de él era inescrutable, pero la de ella era de satisfacción y le dijo algo.

Él negó con la cabeza. Subieron a su coche y se marcharon.

Maureen salió corriendo de la tienda. Casi provoca un accidente de cuatro coches al cruzar la calle. Todos nos apartamos del escaparate y nos pusimos a fingir que estábamos ocupados.

—¡Gemma! —exclamó Maureen cuando la puerta de mi tienda rebotó contra la pared—. Eres muy lenta.

Señalé la fila de tazas I AM SHER LOCKED que estaba ordenando en la estantería.

—Voy todo lo rápido que puedo, Maureen.

—Deja esas tonterías. Me refiero a mi caso.