Capítulo trece
CAPÍTULO TRECE
S ubí a mi despacho a lamerme las heridas. No solo Jayne había averiguado más que yo, sino que, además, no había tenido que hacerse pasar por otra persona. Se había limitado a hacer las preguntas adecuadas.
Tuve que plantearme si no estaría enfocando mal mi investigación. «Te pasas de lista», me había dicho una vez Ryan Ashburton.
Me limpié el maquillaje que me había puesto para aparentar más años y me quité la ropa y el relleno extra (¡claro que había engordado!).
Cuando Sherlock Holmes se enfrentaba a un caso complicado, se acomodaba en su sillón junto al fuego, juntaba la yema de los dedos, encendía la pipa y le pedía al doctor Watson que lo dejara en paz.
Yo, en cambio, tenía un negocio que atender.
Bajé y le dije a Ashleigh que podía tomarse el descanso para cenar. Mientras los clientes curioseaban, recorrí la tienda con la mirada, haciendo un inventario mental de lo que se había vendido en mi ausencia y lo que debía volver a pedir.
A diferencia de mí, el Gran Detective no vivía en una época de interrupciones constantes. Yo he descubierto que no necesito silencio, soledad y tres pipas para reflexionar. Puedo hacerlo mientras mi mente lleva a cabo tareas mecánicas.
Elizabeth Dumont ocupaba ya el primer puesto en mi lista de sospechosos. Tenía un motivo: los celos de la primera esposa de su marido; la oportunidad: había asistido al té; y los medios: como todos los presentes en la subasta, pudo coger la cadena de tazas al pasar al cuarto trasero.
Además, por si fuera poco, había sido sospechosa de la muerte de su primer marido.
Recordé su enfado al teléfono cuando Dan le dijo que quería volver a la funeraria en lugar de asistir a su reunión. La Viuda Negra.
¿Sería Dan el siguiente?
—Disculpe —dijo una mujer—, ¿me podría recomendar un buen libro?
—¿Algo para sus vacaciones en la playa?
Se echó a reír.
—¿Cómo ha sabido que estoy de vacaciones?
No hacía falta ser Sherlock Holmes para deducirlo: pantalones cortos rosas, chanclas, nariz quemada por el sol y un rastro de helado de chocolate en la camiseta rosa.
—Espero que esté disfrutando de su estancia en West London.
—Me encanta este lugar. De niña veníamos a Cabo Cod todos los veranos, pero no había vuelto desde entonces. Me alegro muchísimo de haber regresado. Me dijeron que era la librería ideal para encontrar misterios históricos. Son mis favoritos.
—Entonces ha dado con el lugar adecuado —le dije—. ¿Prefiere una novela dura y realista: callejones oscuros, hombres duros, mujeres desesperadas y asesinos peligrosos? ¿O damas con vestidos de seda y caballeros que suben a un coche de caballos?
—Dura y realista —respondió con una carcajada.
La acompañé hasta la estantería de pastiches y saqué Dust and Shadows de Lyndsay Faye.
—Sherlock Holmes y el doctor John Watson en las lúgubres calles de Whitechapel, persiguiendo a Jack el Destripador.
La mujer aceptó el libro con un escalofrío de placer.
—Cuando mi marido y yo estuvimos en Londres hace unos años, hicimos una visita guiada sobre Jack el Destripador. Fue de lo más interesante.
—¿Tiene reproductor de DVD ?
—En la sala común de nuestra casa de alquiler hay uno.
—Quizá le guste la serie de la BBC Ripper Street . Es excelente y muy fiel a la época. Eso sí, le advierto que no es para corazones sensibles.
—Enséñemela —dijo con otra carcajada.
Le tendí el estuche del DVD y se le escapó un grito de alegría al ver la foto de los personajes con sus trajes de época.
—Matthew Macfadyen…, muero de la emoción —dije.
Al final, se marchó con una gran sonrisa y una bolsa llena de libros y DVD , y la tienda quedó temporalmente vacía. Como no podía dejar de pensar en hombres guapos, saqué el móvil y llamé a Ryan, que contestó de inmediato.
—¿Ya tienes el análisis de huellas del adorno de la taza? —pregunté.
—Estoy bien, gracias —dijo—. ¿Y tú?
—Oh, perdona. A veces se me olvidan las formalidades. ¿Cómo estás?
—Mejor al saber que nunca vas a cambiar. La respuesta es sí, pero los resultados no son nada concluyentes. Hay muchas huellas parciales y borrosas. Aparte de la fallecida, las tuyas fueron las únicas que pudimos identificar con certeza.
Preferí pasar por alto el comentario.
—¿Las huellas de Kathy estaban?
—Creo que no habría podido quitarse la cuerda de la garganta.
Me quedé un momento en silencio, imaginando la escena. No esperaba que las huellas fueran concluyentes: el adorno había estado colgado en una sala llena de gente, por no mencionar la cadena de propietarios. Aun así, nunca está de más preguntar.
—¿Vuestra investigación apunta a alguien en particular?
—La única razón por la que puedo responder es porque la respuesta es no. Kathy Lamb no era una mujer muy popular, pero tampoco se dedicaba a crearse enemigos a propósito.
—Se me ocurre alguien que la odiaba.
—Adelante.
—Elizabeth Dumont. La nueva esposa de Dan. En el club náutico dicen que montó en cólera porque Dan quería mantener una relación cordial con su exmujer.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo…, quiero decir, Jayne se lo preguntó a un amigo suyo. No es ningún secreto.
—Y tampoco lo es para nosotros, Gemma. Louise habló con varios socios del club y le contaron lo mismo.
Una vez más pensé en todo el tiempo y el esfuerzo que había dedicado a intentar sonsacar una información que, al final, resultó que estaba al alcance de cualquiera. Me habría bastado con sentarme en el bar del club náutico y decir al de al lado: «Te invito a un trago».
—¿Has valorado la posibilidad de que Dan Lamb pueda estar en peligro? —pregunté.
—¿Qué quieres decir?
—Elizabeth está furiosa con Dan porque está de luto por Kathy, aunque no sé hasta qué punto llega su nivel de enfado. No podemos olvidar lo que le ocurrió al primer marido de Elizabeth.
—No lo olvido, Gemma, pero yo no lo veo así.
La conmoción del funeral de Kathy habrá terminado dentro de unos días y ella dejará de ser un problema.
La única razón por la que Elizabeth fue sospechosa de la muerte de su primer marido fue por dinero.
Y ahora su situación es, por decirlo suavemente, desahogada.
Dan Lamb, en cambio, y esto es información confidencial, tiene problemas.
Está completamente arruinado. El divorcio lo dejó tieso.
Lo siento, pero tengo que colgar. Louise me hace gestos para que deje ya el teléfono. ¿Estarás en casa esta noche?
—Sí.
—Puede que pase, si no surge nada. ¿Te parece bien?
—Me parece más que bien —respondí.
Colgó sin dedicarme ninguna palabra cariñosa, lo que significaba que tenía al lado a Louise Estrada y que lo estaba fulminando con la mirada y dando golpecitos con el pie.
Me acerqué al escaparate y me quedé observando el bullicio de Baker Street.
El tráfico era intenso, los coches atravesaban el pueblo y los peatones entraban y salían de las tiendas.
Un grupo de mujeres salió de Bellas Artes de la Playa, la tienda de Maureen, que apareció en la puerta, mirándolas mientras se dirigían a la tienda de accesorios contigua.
A juzgar por la expresión de su cara, no habían comprado nada en su comercio.
Al darse cuenta de que la estaba mirando, adoptó un gesto aún más hosco.
Alzó la barbilla y se refugió en el interior.
Allí estaba yo, intentando ayudarla, y ¿cómo me pagaba Maureen? Con malas caras. En fin, lo cierto era que no había decidido implicarme porque me cayera bien ni porque esperara que fuéramos a hacernos amigas del alma.
Aquella tarde no había averiguado nada que no fuera de dominio público, pero sí había descubierto un dato potencialmente importante.
O bien Robyn Kirkpatrick era socia del Club Náutico de Cabo Cod, o tenía algún asunto que atender ahí.
Iba con prisa, lo que indicaba que llegaba tarde a una cita o a una reunión.
Pero la única que se celebraba esa tarde en el club era en la que me había colado.
Era muy probable que conociera a Elizabeth Dumont. ¿Se estaban cruzando dos mundos distintos de la vida de Kathy: el museo y Dan y Elizabeth?
¿Y qué pasaba con Elizabeth? Me había sorprendido su tono iracundo cuando Dan le dijo que quería acompañar a Kathy por última vez. Había visto su gesto de rabia. Había oído cómo le daba una orden.
¿Era posible que Dan se hubiera decantado por mantener la paz en su matrimonio y acudir al club náutico en lugar de al funeral?
La solución era sencilla. Esperé con impaciencia a que Ashleigh volviera de cenar.
—Voy a salir otra vez —le dije en cuanto dejó el bolso bajo el mostrador.
—Tómate el tiempo que necesites —respondió.
La observé, buscando un atisbo de sarcasmo, pero me regaló una dulce sonrisa.
El aparcamiento del tanatorio estaba casi vacío. Ya habían dado las siete y estaba a punto de acabar el horario de visitas. Entré deprisa y le pregunté al joven que me abrió la puerta:
—Espero no llegar demasiado tarde. Acabo de salir del trabajo. ¿La señora Lamb?
—En absoluto, señora —respondió con solemnidad—. La familia puede atender a las visitas unos minutos más.
Avancé por el pasillo hasta la sala. Había un grupo de personas y un empleado que retiraba platos y vasos de la mesa.
Crystal, la hija de Kathy, que esa tarde lucía otro traje de diseño, me saludó al entrar y le di el pésame.
Brad, el hijo de Dan, estaba junto a una ventana, con el móvil en la mano, moviendo los pulgares frenéticamente.
Dan Lamb se había sentado en una silla junto al féretro, con los hombros encorvados, la cabeza gacha, solo.
—¿Está bien tu padre? —le pregunté a Crystal—. No quiero molestarlo.
Giró lentamente la cabeza para mirarlo. Sus ojos oscuros eran dos pedazos de carbón.
—¿Molestarlo? Es justo lo que se merece —dijo. Acto seguido, recuperó la sonrisa solemne y afable para una pareja de ancianos que se marchaba—. Muchas gracias por venir, señor y señora Frankenheimer. Den recuerdos a Joanne cuando hablen con ella.
Las dos últimas visitas se iban ya, pero nadie se acercó a Dan Lamb a despedirse. Allí seguía, solo, imagen de la desolación absoluta.
De pronto, sin saber por qué, me sentí mal. No era asunto mío inmiscuirme en la vida de aquella familia que lloraba la muerte de Kathy. Que la policía se ocupara del caso y que Maureen saliera sola de sus problemas.
Me volví para marcharme, pero la espalda impecablemente vestida de Crystal me bloqueó la salida. No trataba de impedir que me fuera, sino de frenar la entrada de alguien.
Elizabeth Dumont.
—No creo que seas bienvenida aquí —dijo Crystal.
—Me importa bien poco lo que pienses —replicó Elizabeth—. Necesito hablar con mi marido.
—No en presencia de mi madre. —Crystal levantó la voz—. Padre, ha venido tu querida. Podéis hablar en el callejón, junto a los cubos de basura.
Dan no se inmutó. Dudo que la oyese siquiera. Brad levantó la vista, guardó el móvil y esbozó una sonrisa muy poco amable. Me aparté y me coloqué detrás de una silla, pegada a la pared, para ver y oír mejor sin que me vieran.
—Apártate de mi camino, Crystal —le advirtió Elizabeth.
—¿O qué? —Crystal puso los brazos en jarras.
—O pasaré por encima de ti.
Crystal se plantó. Me preparé para intervenir si llegaban a las manos, pero la joven relajó los hombros de forma apenas perceptible y se movió a un lado, lo justo para que pudiera pasar.
Elizabeth la apartó de un empujón. Avanzó decidida hasta situarse frente a Dan Lamb. Todos los músculos de su cuerpo parecían poseídos por una furia imparable. Él levantó la cabeza y parpadeó.
—Elizabeth, gracias por venir, cariño. Dentro de unos minutos ya podré irme.
—Demasiado tarde, Dan —dijo ella.
—Siento haberme perdido tu reunión, cariño. Te lo compensaré.
—No es posible. Me has humillado por última vez —le dijo ella.
—Lo siento —insistió Dan, que se puso en pie.
—Por si lo has olvidado, teníamos cita para tomar algo en el club con John y Ellen Ireland —dijo Elizabeth sin molestarse en bajar la voz.
Las pocas visitas que quedaban la miraron sin disimular.
Yo también—. Era una reunión muy importante para mí.
Mi reputación en el club depende de que los Ireland acepten patrocinar el fin de semana de regata infantil.
Intenté decirles que te habías puesto enfermo, pero esa idiota bocazas de Ellen dijo que había oído que estabas abatido, esa fue la palabra que usó, por la muerte de Kathy y que te negabas a dejarla sola.
La gente está empezando a hablar mal de mí, Dan. Se ríen a mis espaldas. Y no me gusta.
—Lo siento —repitió Dan—. Ya podemos irnos.
Elizabeth levantó la mano y le soltó un bofetón. Dan abrió los ojos de par en par, pero no se movió. Brad contuvo el aliento y pareció que Crystal soltaba una carcajada. Uno de los presentes avanzó con cautela.
—No te molestes en volver a casa esta noche —le advirtió Elizabeth—. Ni mañana, ni nunca. Lo nuestro se acabó.
Se volvió hacia la puerta.
—Muchas gracias por pasarte —gritó Brad.
Crystal le dedicó una sonrisa a Elizabeth.
—Bien dicho —comentó.
—Vaya espectáculo —dijo Crystal dirigiéndose al resto de los presentes en cuanto Elizabeth salió—. Yo me largo. ¿Vienes, Brad?
—Me quedo a ayudar a papá —dijo él.
—Tú verás. Creo que tendrá que buscarse un hotel.
—Podría llevarlo a casa de Kathy para que pase la noche.
—Hazlo, hermanito, y me veré obligada a pegarle un tiro. Y luego a ti por idiota.
Crystal cogió su bolso de Prada, se lo colocó bajo el brazo y se fue.
—Es hora de cerrar, señor —le dijo el empleado de la funeraria a Dan.
Me dirigí hacia la puerta pegada a la pared y rodeé la silla. Brad reparó en mí por primera vez. Me fulminó con la mirada.
—¿Sigues aquí por algún motivo en especial?
—Solo vine a dar el pésame.
—Tomo nota —dijo él—. Ahora lárgate.
Obedecí.