Capítulo doce #3
—A sus nietos les encantará nuestro amplio programa infantil —dijo Theresa—, tanto de actividades marítimas como terrestres.
—Qué bien —respondí—. Muchas gracias por su tiempo. Ya les llamaré.
Sacó el móvil.
—¿Por qué no me deja sus datos de contacto, señora Mclntosh? Así podré enviarle información por correo electrónico.
Le hice un gesto con la mano. La piedra grande de mi anillo de la mano izquierda no era un diamante auténtico, pero sí una buena imitación.
—Ya la llamaré yo. Ah, veo a un conocido. Gracias por todo.
Dejé a Theresa con la boca abierta, aferrada a su teléfono. Esta vez no mentía: había visto a alguien conocido. Precisamente a la última persona que habría esperado encontrar allí.
Un hombre y una mujer charlaban junto al tablón de anuncios del club.
Él llevaba ropa de Ralph Lauren, el pelo alborotado por el viento, las mejillas sonrojadas, como si acabara de regresar de navegar.
Ella, con su larga melena rubia recogida en una coleta informal, vestía vaqueros, camiseta lisa y deportivas, como si acabara de salir del trabajo, que era exactamente lo que había hecho.
—Buenas tardes —dije.
Ambos me sonrieron con cortesía, aunque sin entusiasmo.
—Buenas tardes.
—Es un club fascinante —dije—. Acabo de mudarme al pueblo y estaba pensando en hacerme socia.
El hombre sonrió de oreja a oreja. Tendría poco más de treinta años y tenía ese atractivo tan clásico americano: pelo oscuro y corto, mandíbula marcada, buenos dientes.
—La recibiremos con los brazos abiertos. Somos un grupo fantástico. —Me tendió la mano—. Soy Jack Templeton y esta es mi amiga, Jayne Wilson.
Acepté su apretón y le hice un leve gesto con la cabeza a Jayne, que entrecerró los ojos y me examinó con atención.
—Si es usted nueva por aquí, tiene que probar el local de Jayne —añadió Jack—. Es el Salón de Té de la Señora Hudson. Sirven un té tradicional delicioso.
—Quizá lo haga —respondí.
—Está en Baker Street —dijo—, justo al lado de una librería pretenciosa llamada Sherlock Holmes.
—¿Pretenciosa, dice?
—Ya lo creo. La lleva una inglesa chiflada.
Jayne salió en mi defensa. Más o menos.
—A veces Gemma puede parecer algo excéntrica, pero de chiflada no tiene nada. Es la persona más lista que conozco, pero no se lo diga a ella.
—Soy una tumba. —Jack le dedicó a Jayne una sonrisa radiante—. Tengo que irme. Encantado de verte, Jayne. Te llamaré luego y quedamos para cenar.
—Lo espero con ganas —respondió ella.
Jack le guiñó un ojo a Jayne y me dedicó una sonrisa educada antes de entrar en el bar.
—Espero que no estés pensando en salir con él —le advertí con mi voz normal.
Jayne contuvo la respiración.
—¿Gemma?
—Vámonos de aquí.
Me dirigí hacia las puertas y Jayne me siguió a toda prisa.
—¿Se puede saber qué haces vestida así? —preguntó.
—«Pretenciosa», nada menos. Y encima «chiflada». Acepto tu cumplido, eso sí. ¿Has venido en coche?
—No, a pie. Dejé a Fiona y Jocelyn cerrando el salón de té. ¿Me vas a contar…?
—Tengo el Miata. Te recojo en la esquina de Harbor Road con Smith Street dentro de cinco minutos.
—¿No puedo ir contigo ahora?
—No quiero que nos vean salir juntas. Puede que tenga que volver otro día. Han dejado muy bien los jardines, ¿verdad? —Me acerqué a examinar los rosales.
Después de inspeccionar las rosas y el estado del resto del jardín, me dirigí a mi coche.
Avanzaba con cautela para salir del Club Náutico de Cabo Cod, cuando un Lexus negro me adelantó por el carril contrario a toda velocidad, y no me rozó el retrovisor por pocos centímetros.
Me detuve en la cuneta y observé por el retrovisor cómo el Lexus se metía en un hueco junto a la puerta.
La conductora bajó de un salto y golpeó con la puerta el coche de al lado.
Ignoró lo ocurrido, agarró el bolso y subió corriendo los escalones en dirección al club.
Era Robyn Kirkpatrick, expresidenta de la junta de la Casa Scarlet, y tenía muchísima prisa.
¿Tal vez porque llegaba tarde a una reunión? Si era socia del club, debía conocer a Elizabeth Dumont.
Jayne me esperaba donde habíamos quedado. Me detuve junto a la acera y subió de un salto.
—Desembucha —dijo—. Al principio no te he reconocido. ¿De dónde demonios has sacado todo ese atuendo?
Me quité la peluca y me froté bien la cabeza.
—Qué calor da esto.
—¡Gemma, habla!
—Son cosas que he ido guardando a lo largo de los años —respondí—, pensando que algún día podrían ser útiles.
—¿Ese diamante es auténtico?
—No.
—¿Vas a contarme por qué pensaste que era necesario añadirte veinte años para visitar el Club Náutico del Cabo Cod?
—Quería observar a Elizabeth Dumont en su propio entorno. Me pareció mejor hacerlo de incógnito.
Jayne se dejó caer en el asiento con un suspiro.
—Nunca dejas de sorprenderme.
—Gracias —respondí—. ¿Qué hacías tú allí?
—Quería ayudarte con la investigación. En el instituto, salí una temporada con Jack Templeton.
—Ah, ¿sí?
—Se mudó a Boston, se hizo de oro con una empresa de internet y ahora ha vuelto a West London.
Había oído que era socio del club y pensé que podía averiguar algo sobre Dan Lamb y Elizabeth Dumont, por eso lo llamé.
Mi idea era hablar por teléfono, pero me dijo que estaba en el club y me sugirió que pasara a verlo.
Me alegro de haberlo visto —sonrió para sí—, hacía años que habíamos perdido el contacto.
—Hum —resoplé—. No irás a cenar con él, ¿verdad?
—Pues creo que sí. Resulta que se divorció hace poco. Llevaba tiempo pensando en llamarme y se alegró mucho cuando fui yo quien lo hizo.
—¿Y no te preocupa que si sois pareja a la gente le dé por llamaros JaJay?
—No soy tan infantil.
Volví a resoplar.
—Supongo que no averiguaste nada más, aparte de que tu amor de adolescencia vuelve a estar soltero.
Doblé por el callejón que había detrás de la librería y el salón de té, apagué el motor y me volví hacia Jayne, que me sonrió.
—Creo que sí. Quiero decir, que averigüé algo.
Elizabeth y Dan no se llevan nada bien. Corre el rumor de que él se arrepiente de haberse casado con ella, pero es ella quien controla el dinero y lo dejaría sin un centavo si la abandona.
Elizabeth montó en cólera cuando Dan intentó mantener la amistad con Kathy y, ahora que ha muerto, parece incapaz de superarlo.
De hecho, le ha ordenado a Dan que no participara en la organización del funeral de Kathy.
¿Te lo puedes creer? Kathy era la madre de uno de sus hijos y era casi como si fuera también la madre del otro.
En el club náutico nadie soporta a Elizabeth, pero es una de sus socias más ricas y aporta mucho dinero a sus arcas, además de dirigir la mayoría de los comités, así que todos fingen que la adoran.
En cuanto a Dan, todos sienten lástima por él.
—La miré fijamente—. ¿Qué averiguaste tú? —preguntó Jayne.
—Menos que tú, por lo visto —admití al fin—. Y tampoco he conseguido una cita para cenar.
—Perdona que te lo diga, Gemma —dijo Jayne—, pero ¿no has engordado un poco últimamente?