Capítulo doce #2
—Preferiría dar una vuelta primero, si no le importa. Ayer estuve en el club de West London y fueron amabilísimos. Me dejaron moverme con total libertad. Vaya, parece que han organizado una fiesta en la terraza. Qué maravilla.
Me alejé. El recepcionista levantó el teléfono y marcó un número.
En la entrada, había un cartel que informaba de que el bar y restaurante de la terraza estaban cerrados esa tarde debido a una reunión del club.
Salí al exterior. Columnas blancas, suelo de madera oscura, muebles de mimbre azul y blanco, enormes maceteros de hierro con geranios rojos y enredaderas colgantes.
Una barandilla de cristal delimitaba la veranda, y más allá había un césped inmaculado, algunos parterres de flores y un embarcadero que parecía destinado a servir de aparcamiento para lanchas.
Varios jóvenes que lucían los colores del club ayudaban a los pasajeros a desembarcar y luego llevaban las embarcaciones a su amarre.
Todo rematadamente pijo.
En la terraza, había unas veinticinco personas que charlaban mientras bebían.
Varios camareros vestidos de blanco y negro llevaban bandejas de plata con copas de vino espumoso.
Al frente se había dispuesto una mesa larga con tres asientos, libretas, bolígrafos y vasos de agua.
También habían dispuesto varias filas de sillas frente a la mesa, listas para el inicio de la reunión.
Más de uno de los asistentes me dedicó una sonrisa educada, aunque vacía. Reconocí a algunos clientes de la librería y a otros habituales del Salón de Té de la Señora Hudson. Unos cuantos habían estado en el velatorio de Kathy Lamb el día anterior, pero ninguno en la subasta del museo.
Excepto una mujer. Vi a mi objetivo que se servía una copa de vino de la bandeja de un joven camarero. Elizabeth Dumont. No había ni rastro de su marido, Dan Lamb.
Una vez conseguida la copa, Elizabeth fue a situarse junto a la barandilla, mirando hacia el mar, y decidí acercarme.
—Qué vista tan espléndida —dije.
No me miró.
—Lo es.
Le tendí la mano.
—Soy Gail Mclntosh. Acabo de mudarme a Cabo y estoy pensando en hacerme socia de este club.
Miró mi mano a través de sus gruesas gafas y la estrechó cuando ya casi habría sido descortés no hacerlo. Lo hizo con un apretón firme. Yo me mimeticé en un pez revenido que llevaba tres días muerto y dejé que mis dedos quedaran flácidos.
—¿Es socia aquí? —pregunté.
—Sí.
—¿Le gusta?
—Está bien.
En aquel entorno elegante y adinerado, Elizabeth destacaba por su falta de estilo.
Llevaba el pelo canoso muy corto, las cejas pobladas y nada de maquillaje.
Vestía como si le importara poco la opinión ajena: unas bermudas gastadas y una camiseta rosa con un estampado de flores.
En los pies, unas sandalias Birkenstock; como joyas, solo unos pequeños pendientes de oro y una fina alianza en la mano izquierda.
En lugar de Chanel N.º 5 o Diamonds de Elizabeth Taylor, olía a tabaco rancio.
Evitaba todo contacto visual conmigo y mantenía la mirada fija en el horizonte. Solté una risita contenida.
—¿Lleva mucho tiempo de socia? —pregunté.
—Unos cuantos años.
Dos mujeres empezaron a poner orden en la mesa larga, colocando carpetas y un vaso de agua en cada asiento. La reunión estaba a punto de comenzar. No había sacado nada en claro y el tiempo avanzaba cada vez más rápido.
Una mujer vestida con un traje veraniego de negocios cruzó la terraza a toda prisa. Los tacones repiqueteaban en la tarima de madera, y se dirigió hacia mí.
—¡Aquí está! —me dijo—. Perdón por haberla dejado sola. Soy Theresa, la directora de relaciones con los socios.
Nos dimos la mano. Pasó un camarero y yo lo miré con descaro. Theresa captó la indirecta.
—¿Le apetece una copa de vino?
—Será un placer, gracias.
—Si me disculpa —dijo Elizabeth—, la reunión está a punto de empezar.
—¿Una reunión? —Parpadeé, fingiendo apuro—. Ah, lo siento mucho, no quería interrumpir. ¿De qué trata?
—Asuntos del club.
—Disculpe, no me ha dicho su nombre.
—Elizabeth Dumont.
—Elizabeth es una de nuestras socias más fieles —comentó Theresa, mientras me tendía una copa rebosante de burbujas. Acerqué los labios al borde, pero no bebí—. No sé qué haríamos sin ella.
—Es una exageración. —Elizabeth intentó fingir modestia, aunque levantó la barbilla al recibir el halago—. Se las arreglarían perfectamente sin mí.
—Elizabeth se ha casado hace poco —añadió Theresa—. Es fabuloso, su marido es nuevo en el club, y estamos encantados. Quizá le interese hablar con el señor Lamb y con algunos de nuestros nuevos socios para que le cuenten cómo es nuestra pequeña familia náutica.
—Señoras y señores, tomen asiento, por favor —dijo una mujer con voz potente.
—¿Por qué no le enseño las instalaciones, señora…? —Theresa me tomó del brazo con delicadeza.
—Mclntosh.
—Disponemos de salones de banquetes y un restaurante que goza de una merecida fama, además de… —Siguió enumerando las excelencias y la exclusividad del Club Náutico de Cabo Cod.
A menos que me zafara de su agarre, me sentara de golpe y me negara a moverme, no podía evitar acompañarla. Con o sin disfraz, no veía la manera de preguntarle a Elizabeth: «¿Mató usted a la exmujer de su marido?».
Había sido un viaje inútil. Elizabeth parecía tranquila y dueña de sí misma, una mujer que se sentía cómoda en su entorno y segura de su posición.
Claro que, si había tenido el valor de asesinar a su rival a pocos metros de una sala llena de gente, no era precisamente alguien que cediera fácilmente a los nervios.
No se había mezclado mucho con los demás socios, pero tuve la impresión de que era por decisión propia, no porque la marginaran. La habían saludado, y Theresa la había elogiado.
Quizá eso era lo máximo que iba a poder averiguar ese día.
—Encantada de conocerla, Elizabeth —dije.
—Seguro que le gustará este lugar si decide hacerse socia —dijo, y se volvió para marcharse.
Me di una palmada en la frente.
—Lamb. He oído ese apellido esta misma mañana. Me lo ha mencionado una amiga. Es el de esa mujer que murió el fin de semana…, una tragedia horrible. Los periódicos dicen que la policía lo investiga como posible homicidio. Lamb no es un apellido común, ¿verdad? ¿Era quizá su cuñada?
La expresión de tediosa cortesía del rostro de Elizabeth se transformó de forma brusca. Sus ojos refulgieron con una ira desmesurada, y una vena empezó a palpitarle en el cuello.
—¡Cómo se atreve!
Me llevé la mano a la garganta y di un paso atrás.
—Oh, cielos, ¿he dicho algo indebido? Mi marido siempre decía que mi boca era mi peor enemiga. Era un simple comentario.
—¿Qué tipo de embarcación tiene, señora Mclntosh? —intervino Theresa.
—¿Era usted pariente de la difunta? —pregunté a Elizabeth.
—Tenemos amarres para cualquier barco o yate —prosiguió Theresa, con un deje de pánico.
—La conocía —respondió Elizabeth.
—Entonces debe de estar de luto. No quería incomodarla.
—Y también disponemos de servicio de invernaje para los que no van a pasar los meses de invierno al sur —añadió Theresa.
Elizabeth me fulminó con la mirada.
—Kathy Lamb era una mujer desagradable, celosa, resentida. No ha sido una pérdida para nadie, y menos aún para mí.
Me reí con incomodidad.
—Y también disponemos de un variado programa social para todas las edades —prosiguió Theresa, cada vez más desesperada.
—Entonces, su muerte le ha venido bien —dije.
Elizabeth entornó los ojos.
—¿Quién es usted?
—¿Tiene nietos, señora Mclntosh? —Theresa se aferró a la última tabla de salvación.
—Sí, claro —respondí—. Tengo siete. Cuatro chicos y tres chicas. Uy, qué tarde se me ha hecho. Tengo una cita enseguida. ¿Por qué no me da su tarjeta y vuelvo otro día?
Permití que Theresa me acompañara. A menos que Elizabeth se derrumbara y confesara, cosa que no iba a suceder, no iba a sacar nada más de ella.
Entonces, sonó el teléfono de Elizabeth. Lo sacó del bolso y contestó con brusquedad:
—¿Dónde demonios estás, Dan?
Me detuve en seco y me apoyé en la barandilla. Miré hacia el mar y respiré hondo, disfrutando de las vistas. El aire estaba impregnado de la fragancia del océano mezclado con flores, césped recién cortado, buen perfume y un leve aroma de grasa de beicon que venía de la cocina.
—Es una vista magnífica —le dije a Theresa—. Mucho mejor que la del club de West London.
No tenía ni idea de si era así o no, ya que nunca había estado en el club de West London, pero mis palabras surtieron el efecto deseado. Theresa dejó de intentar darme prisa.
—Estamos muy orgullosos de ella.
—¿Otra vez? —Alcancé a oír a Elizabeth—. Ya fuiste ayer. Te dije que no fueras, pero aun así insististe. ¿No bastaba con una vez?
Por suerte, Theresa tuvo el sentido común de comprender que quería disfrutar de la vista en paz. Se quedó callada y me permitió contemplar la belleza de mi entorno.
—Esta reunión es importante para mí —gritó Elizabeth al teléfono—. Ya te lo dije.
Solo podía escuchar la mitad de la conversación, pero me bastaba. No alcanzaba a oír las palabras de Dan, pero me imaginaba el tono quejumbroso y de súplica de su voz. Elizabeth estaba cada vez más furiosa.
—Quiero…, no, espero tu apoyo. No tienes ninguna obligación de volver a aparecer por ahí.
Ya no estabas casado con esa mujer horrible.
Que se ocupen sus hijos del velatorio. —Hizo una pausa.
Dan dijo algo que no llegué a entender—.
Anda ya. Me sorprende que se haya molestado en ir alguien.
Seguro que lo han hecho llevados por una curiosidad malsana.
Se produjo un largo silencio. Elizabeth respiró hondo.
—Daniel, espero que llegues al club dentro de quince minutos. No admito excusas.
En el pasado, habría colgado el auricular con tanta fuerza que habría rebotado. Sin embargo, hoy se limitó a guardar el móvil en el bolsillo de su chaqueta con un gruñido de rabia. Cruzó la terraza con paso decidido.
—Empecemos la reunión. ¡Ahora!
Me dirigí hacia las puertas.