Capítulo doce
CAPÍTULO DOCE
R egresé a la librería a tiempo para relevar a Ashleigh y que pudiera tomarse un descanso para cenar.
Mientras atendía a los clientes, cobraba las compras, hacía recomendaciones y daba indicaciones de los restaurantes locales, ordenaba las estanterías y reorganizaba el género, pensaba en lo que había averiguado sobre la muerte de Kathy Lamb.
No tenía nada que pudiera llevar a la policía.
No había olvidado a Robyn Kirkpatrick, expulsada de la junta del museo en una maniobra política de Kathy, ni a Sharon Musgrave, que no solo necesitaba seguir en el museo porque lo adoraba, sino también por el modesto sueldo que cobraba por llevar sus cuentas.
¿Sabía Sharon que Kathy quería despedirla porque su descuido había provocado el incendio?
No era la primera vez que lamentaba no tener autoridad para obligar a la gente a que me abriera las puertas de sus casas y hablara conmigo.
Me encantaría acompañar a Ryan cuando tomaba declaración a los sospechosos y observar sus reacciones, pero sabía, sin necesidad de preguntarlo, que eso no ocurriría jamás.
Si yo quería ofrecerle algún tipo de ayuda a Ryan, no podía seguir los canales oficiales.
Ya había hablado con Dan Lamb, con sus hijos, con la gente del Club Náutico de West London y con Robyn y Sharon del museo. La única persona con la que tenía una conversación pendiente era Elizabeth Dumont.
Tenía que charlar con ella antes de seguir avanzando. Lo único que sabía de Elizabeth era lo que había observado en el té de la subasta y lo que otros me habían contado, pero me bastaba para deducir que no era el tipo de mujer que se abriría sin reservas y me contaría todo lo que necesitaba saber.
Esperé con impaciencia a que no quedaran clientes en la librería y encendí el ordenador del mostrador.
Entré en la página de actividades del Club Náutico de Cabo Cod.
Como era julio, estaban ocupados. Al día siguiente organizaban una regata para menores de doce años: nada útil para mí.
Clases diarias para adolescentes de trece a dieciséis, tampoco.
Cóctel y reunión inicial en la terraza para los socios interesados en planear las celebraciones del aniversario del año siguiente: ¡bingo!
Era un acto que encajaba a la perfección con Elizabeth.
Dan había mencionado que era una de las organizadoras más activas del club.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje del tío Arthur.
«Nada».
Arthur era un hombre de pocas palabras, y esa bastaba. Ante la remota posibilidad de que alguien hubiera encargado el robo de una primera edición de Conan Doyle, le había pedido que indagara en los rincones más oscuros del mundo del coleccionismo. Lo había hecho y no había encontrado nada.
Eso no significaba que no hubiese nada que descubrir, pero el tío Arthur habría hecho lo posible, y con eso me daba por satisfecha.
El martes por la mañana decidí llevar varias cosas al trabajo, así que fui en coche en lugar de a pie. Abrí la tienda a la hora habitual y Ashleigh llegó puntual a la una.
—Siento tener que volver a hacerlo —le dije—, pero necesito salir unas horas esta tarde.
—No te preocupes —respondió.
Moriarty saltó al mostrador para saludarla.
—Si necesitas ayuda, intentaré regresar cuanto antes.
—Yo me ocupo de todo, Gemma. Nosotros nos ocuparemos, ¿verdad, grandullón? —Le rascó detrás de las orejas a Moriarty, que ronroneó.
—Si surge un imprevisto, puedo llamar a alguien.
—No es necesario.
—En julio puede haber mucho trabajo por la tarde.
—Estar ocupados es bueno, ¿verdad, Moriarty? —El gato maulló para mostrar su conformidad.
—Sí, pero…
—Ni se te ocurra preocuparte por mí —insistió Ashleigh.
Hoy se había vestido como si fuera a clase de ballet.
Llevaba el pelo recogido con un moño tan tenso que le tiraba de las comisuras de los ojos.
Llevaba una camiseta negra de tirantes y unas mallas negras bajo una falda rosa de encaje, que combinaba con unos calcetines gruesos de lana y zapatos planos.
—Quizá al final no salga —dije.
—Si necesito ayuda, tengo tu número —me recordó—. Tú puedes ayudarme aquí, ¿a que sí, bonito? —Moriarty se estremeció de placer.
Suspiré.
—Está bien. Supongo que no pasará nada.
Moriarty me miró por primera vez y me dedicó una sonrisa de suficiencia.
A las tres en punto subí los diecisiete escalones hasta mi despacho.
No pensaba ir al Club Náutico de Cabo Cod como Gemma Doyle.
Cogí lo que me había traído de casa y me preparé a conciencia para la visita.
Al bajar de nuevo, el último escalón crujió al pisarlo, como siempre, y Ashleigh levantó la vista.
—No puede subir ahí —me informó—. El segundo piso es privado.
Moriarty arqueó el lomo y soltó un bufido. Ashleigh le acarició la espalda.
—Lo siento, acostumbra a ser muy sociable. ¿Puedo ayudarla en algo?
—¿Tiene From Holmes to Sherlock , de Mattias Boström? —pregunté.
—Sí, claro. —Salió de detrás del mostrador—. Está por aquí. —Cruzó la librería hacia la sección de no ficción, y la seguí, intentando no tropezar con los tacones altos, a los que no estaba acostumbrada. Moriarty saltó del mostrador y se fue directo a su cama bajo la mesa central.
Ashleigh acercó la mano al volumen en cuestión y empezó a sacarlo.
—¿Busca un libro para usted o para regalar? Tenemos una buena selección de…
—No te molestes —dije con mi voz normal.
Ashleigh se volvió bruscamente.
—¿Gemma?
—La única e inimitable.
—Pero ¿qué demonios…?
—Voy al club náutico y prefiero que no me reconozcan. Pásate por el salón de té y dile a Jayne que hoy no acudiré a nuestra reunión de siempre, por favor. ¡Sigue con lo tuyo!
Salí por la puerta trasera y me dirigí hasta la plaza de aparcamiento del callejón donde había dejado el Miata, bastante satisfecha conmigo misma.
Como le había dicho a Ashleigh, no quería que me reconocieran.
A diferencia de lo que piensan algunos, no es tan difícil cambiar de aspecto de manera radical.
La gente espera ver lo que cree que va a ver.
Una peluca de un color rubio grisáceo, unas gafas de sol enormes, un poco de maquillaje para marcar arrugas en la boca y la nariz, un pañuelo de seda al cuello para disimular la ausencia de flacidez, ropa que jamás llevaría en circunstancias normales, zapatos de tacón más alto de lo que acostumbro, para ganar estatura, y un poco de relleno en pecho y caderas.
Todo eso, más un acento neoyorquino de alta sociedad, y ahí tenemos a una viuda adinerada de cincuenta y tantos, recién llegada de Manhattan a West London y deseosa de entrar en un club náutico para disfrutar de su vida social.
Tal vez mi disfraz me hacía parecer algo más rellenita de lo que está de moda entre las damas adineradas de la Costa Este, pero no podía ser más delgada de lo que soy, ni tampoco más baja, así que tuve que añadir peso y altura.
Aparqué después del Club Náutico de Cabo Cod.
Era otro día espléndido, y el sol brillaba sobre el Atlántico.
Había muchos barcos en el agua, sus velas y cascos de colores refulgían en contraste con el mar oscuro.
El club de Cabo Cod es más moderno que su rival, el de West London, por lo que no tiene tanto prestigio, pero, por lo demás, está a la par en calidad de la navegación y de los navegantes (excelente) y en el coste de la membresía (prohibitiva).
Sin embargo, según el tío Arthur, no es un club tan estirado.
Aparqué en un estacionamiento abarrotado de vehículos caros, tomé mi bolso de mano Louis Vuitton del asiento delantero y me dirigí hacia la entrada principal del edificio.
Avanzaba con paso algo vacilante, no estaba del todo segura de adonde me dirigía ni a quién esperaba encontrarme.
Abrí la puerta y estuve a punto de chocar con la detective Louise Estrada, que salía en ese momento. Se me revolvió el estómago.
—Lo siento —dijo mi archienemiga.
—No se preocupe —respondí.
Louise siguió su camino.
Me quedé en la entrada, observando el edificio y ubicándome.
Había un buen número de personas que iban de un lado a otro, la mayoría vestida con ropa de navegación.
El abanico de edades abarcaba desde escolares hasta miembros casi centenarios.
La pared opuesta era todo cristal y ofrecía una vista fabulosa del puerto, fila tras fila de mástiles rectos apuntando al cielo azul, hasta un océano salpicado de barcos de todos los tipos y tamaños.
Yo no soy marinera. A mis padres no les gustaba navegar, ni siquiera en un bote de remos.
De hecho, ni tuve barquitos de juguete en la bañera.
Cuando era niña, el tío de mi padre, Arthur, pasaba la mayor parte del tiempo en el mar, y en las pocas ocasiones en que nos visitaba, nos llevaba a mi hermana y a mí al Museo Británico o a la National Gallery, no a la playa.
Desde que vivimos juntos en West London, he salido con él varias veces en su barco, El Irregular, pero tras algunos intentos de enseñarme a gobernar la nave o izar una vela, decidió que me encontraría más a gusto en la cocina preparando ponches de ron o en el ordenador planificando nuestras excursiones en tierra.
Me acerqué al mostrador de recepción. El joven apuesto, con el rostro surcado de pecas y de pelo rubio, me dirigió una sonrisa tan reluciente que me alegré de no haberme quitado las gafas de sol.
—Buenas tardes. ¿Puedo ayudarla?
—Eso espero. Soy nueva en el pueblo y quería hacerme socia de un club náutico —le sonreí con timidez—. Mi difunto marido era un magnífico navegante y me gustaría retomar la afición.
Sacó un montón de folletos. Los guardé en mi bolso.
—Nuestra directora de admisiones es la señora Burnside. Ahora mismo se encuentra en su despacho y estará encantada de responder a sus preguntas.
—Fabuloso.
—Déjeme acompañarla a su oficina.