Capítulo once #3
—El que navegaba era su marido —apuntó Jock, mirando hacia Dan, que estaba sentado solo. Las mujeres que lo habían saludado sin entusiasmo ya se habían ido.
—Me sorprende que Dan haya tenido el valor de venir —comentó otra de las mujeres—. Después de cómo la trató por culpa de esa mujer.
—Al menos ella tuvo el buen juicio de no presentarse —añadió otra. Todos asintieron.
—¿De quién habláis? —pregunté. Decidí que no había necesidad de ser sutil con este grupo: estaban deseando soltar veneno.
—De la nueva esposa de Dan —respondió una mujer con acento de la aristocracia bostoniana y un rostro que parecía nacido de un gesto de desaprobación—. Elizabeth Dumont.
—La mismísima Viuda Negra —añadió su amiga.
Les lancé una mirada inquisitiva.
—Edward Dumont, el primer marido de Elizabeth, era un buen amigo mío —dijo Jock—. Un gran hombre y un gran marino —todos asintieron—. Murió hace siete años —añadió.
—Lo asesinaron hace siete años —lo corrigió el hombre del pañuelo—. Y fue ella, Elizabeth.
— Blimey ! —exclamé. Era una expresión de asombro más típica de Inglaterra que rara vez utilizo, pero que servía para recordarles que yo era una forastera y, por lo tanto, era muy probable que no conociera los detalles.
—Tú no eres de aquí, querida —dijo la mujer de gesto agrio—, así que puede que no lo hayas oído.
—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿Por qué no está en la cárcel?
—Porque no se pudo probar. Elizabeth tenía una coartada para la hora de la muerte, pero todos sabemos que encargó el trabajo a un sicario.
A continuación, procedió a darme una versión detallada y sensacionalista de lo que Ryan ya me había contado.
—Ella lo negó todo —intervino Jock, sacudiendo la cabeza—. Un asunto muy turbio.
—Ni siquiera puso su cargo a disposición del club. ¡Semejante descaro! —dijo la mujer, y sus amigas asintieron con gesto severo.
—Me vi obligado a pedirle que se marchara —añadió Jock—. Fue todo muy desagradable.
—La echamos a la calle y se fue al club de Cabo Cod —dijo el hombre del pañuelo—, algo que no me sorprendió en absoluto, porque ahí aceptan a cualquiera.
—A cualquiera con dinero —apostilló Jock con desdén, como si sus cuotas no superaran los ingresos anuales de Fiona o Jocelyn.
—Imagina nuestra sorpresa cuando supimos que Dan había dejado a Kathy para irse con ella. De entre todas las mujeres, justamente ella —dijo la primera mujer.
—Dan es un necio. Siempre lo fue y siempre lo será. Ni siquiera tuvo la sensatez de darse cuenta de que ya no era bienvenido en el Club Náutico de West London. Apareció, con una sonrisa radiante y ganas de zarpar, al día siguiente de anunciarse su compromiso con Elizabeth.
—Que fue el mismo día que le dijo a Kathy que quería el divorcio —añadió otra de las mujeres.
—Como ya hicimos con Elizabeth antes que él, tuvimos que ordenarle que se marchara —continuó Jock—. No fue agradable, te lo aseguro.
—Lo manejaste a la perfección, Jock —dijo la mujer—. Cualquier otro habría perdido los nervios y nos habría avergonzado a todos.
—Gracias —respondió Jock—. Por mi parte, estoy listo para brindar por Kathy con algo más fuerte que el té. ¿Alguien se apunta?
El grupo respondió al unísono que sí, y aproveché para escabullirme. Encontré a Jayne charlando con Tina Norman, clienta habitual de la librería.
—Ha llegado el nuevo libro de Victoria Thompson —le dije.
Me sonrió.
—Ofreces un servicio de atención al cliente insuperable. Sabes lo que me gusta mejor que yo.
—¿Qué te trae por aquí hoy? ¿Conocías a Kathy Lamb?
—No demasiado, fui al colegio con Crystal y Brad. Salí con Brad un tiempo hasta que me di cuenta de que, antes siquiera de que él y su banda rozaran la fama, ya vivían rodeados de groupies .
—Apuesto a que la fama nunca llegó.
—Exacto. No he vuelto a saber de él desde la escuela, pero leí la noticia de la muerte de su madre en el periódico y pensé en venir a presentar mis respetos —soltó un resoplido—. No debería haberme molestado. No tenía ningún interés en hablar de los viejos tiempos.
—Me sorprende que fuerais compañeros. Yo le echaba bastantes más años que a ti.
—Tiene treinta y siete, igual que yo.
Brad estaba apoyado contra una pared, sin hablar con nadie, y se limitaba únicamente a observar la sala con el ceño fruncido. La vida en la carretera como músico puede ser dura. La vida gobernada por la amargura, también.
—¿Nos vamos, Jayne? —pregunté.
—Sí.
—Mañana me paso por la librería a por el libro —dijo Tina.
La gente empezaba a marcharse y seguimos al grupo del Club Náutico de West London.
—¿Qué te contó Crystal? —pregunté cuando Jayne y yo ya nos habíamos sentado en el Miata e íbamos de camino al pueblo.
—Supuse que querías saber qué relación tenía con su madre, y que me enviaste a hablar con ella pensando que encajaría mejor conmigo que contigo.
Le dediqué una sonrisa.
—Me dejas impresionada. Me leíste el pensamiento.
—Se me pega por pasar tanto tiempo contigo. No sé si eso es bueno o malo. Yo diría que Crystal tenía una buena relación con su madre y que lleva muy mal su muerte. Podría estar fingiendo, pero me parece improbable. Le pregunté dónde trabajaba y me dijo que es vicepresidenta de un banco en Boston.
—¿De qué banco? —pregunté.
—No me lo dijo. Supongo que debería habérselo preguntado.
—No creo que sea un dato muy importante. Lleva ropa cara, pero ese puesto debe de estar bien pagado. No está casada.
—Lo sabes porque no llevaba anillo de boda, ¿verdad?
—Una simple observación.
—Lo que sí dijo, y me pareció interesante, es que odia a su madrastra.
—Cuéntame.
—Crystal y Brad están muy enfadados por el divorcio de sus padres. Crystal no ha vuelto a hablar con su padre desde que dejó a Kathy.
—¿Te dio alguna explicación de por qué están tan enfadados?
—Según ella, Elizabeth destruyó su hogar y Dan es demasiado débil y cobarde para plantarle cara.
—Siempre es culpa de la mujer —comenté.
—Sí. En fin, hay otra cosa que quizá te interese.
—Adelante.
—El proceso de divorcio fue muy enconado y se alargó mucho.
Eso significa caro. Kathy gastó casi todo lo que tenía en abogados, y la situación no se resolvió hasta hace unos seis meses.
Al final obtuvo un acuerdo justo, pero Dan no tenía ya gran cosa que repartir.
Ella se quedó con la casa, pero no podía pagar los impuestos ni el mantenimiento y tuvo que venderla.
Se mudó a un piso que odiaba. Crystal cree que Elizabeth pagó los honorarios de los abogados de Dan y que lo animó para que no cediera ante Kathy.
—Eso sí que genera mucho rencor.
—Entonces, ¿hemos avanzado un poco?
—Si la víctima hubiera sido Elizabeth, te diría que sí.
Crystal y Brad para empezar, Dan si se arrepentía de haberse casado con Elizabeth, por no mencionar que ella no goza precisamente de una gran popularidad entre los amigos de su difunto marido en el club náutico.
Todos tenían algún motivo y ni siquiera hemos investigado a Elizabeth.
Pero la asesinada fue Kathy, no Elizabeth, y no sé si todo esto me ayuda mucho.
—¿Y Elizabeth? Quizá fue ella. Recuerda que asistió al té.
—Ah, sí, Elizabeth. La gente del club náutico la llama la Viuda Negra.
—¿Por qué?
Le conté a Jayne lo que había descubierto sobre la muerte de su primer marido antes de añadir:
—Voy a volver a la librería. ¿Quieres que te deje en tu casa?
—Sí, por favor.
Me desvié para llevar a Jayne a su casa.
Mientras cruzaba el pueblo, pensé en la tarde.
No solo no tenía sospechosos claros del asesinato de Kathy, sino que ahora tenía que poner algo de orden entre un buen puñado de grupos: la familia de Kathy, incluido Dan, su exmarido; la nueva familia de Dan, es decir, Elizabeth; los clubes náuticos de West London y Cabo Cod, y el museo.
Por no mencionar a la «persona o personas desconocidas», que figuran en todas las investigaciones policiales.