Capítulo once #2
—Quizá —admití, pero había algo más. Sharon no había engordado desde que estrenó ese conjunto, pero el peso se le había redistribuido con los años, de modo que el vestido le quedaba mal: le iba muy ceñido en algunos sitios y en otros le sobraba tela.
El borde del cuello mostraba manchas que ya no salen en la lavadora.
Había perdido un botón y lo había sustituido por otro que no terminaba de encajar con el resto.
Además, el dobladillo mal cosido detrás de la rodilla derecha dejaba claro que lo había arreglado ella misma—.
No te quedes boquiabierta, Jayne —le dije.
—Estoy intentando ver lo que tú ves —replicó.
—Y lo que veo ahora mismo es a Dan Lamb sentado solo. Vamos a hablar con él.
Me abrí paso entre la multitud. Desde nuestra llegada, no había parado de entrar gente y la sala se estaba llenando deprisa. En una mesa alargada habían dispuesto café, té, agua y una bandeja de quesos y galletas.
Dan Lamb estaba sentado en un sillón cómodo, junto a una ventana que daba a un jardín bien cuidado y arreglado.
—Le acompaño en el sentimiento, señor Lamb. Lamento la pérdida que ha sufrido —dije.
El hombre parpadeó al mirarme.
—Gemma, de la librería, ¿verdad?
—La misma.
Miró a Jayne y sonrió.
—Y la mismísima señora Hudson.
Mi amiga le devolvió la sonrisa.
El señor Lamb barrió la sala con la mirada.
—¿Sabes que creo que eres la primera persona que hoy se refiere a esto como mi pérdida? Me resulta muy difícil ser el exmarido de la difunta.
Me llamó la atención que Elizabeth Dumont no estuviera presente.
Decidí seguir el consejo de Jayne y ser discreta, sin preguntarle directamente por qué no había acudido su esposa.
Tal vez Elizabeth no soportaba a Kathy, y es muy probable que la antipatía fuera mutua, pero lo lógico habría sido que acompañara a Dan, como muestra de apoyo o, simplemente, para estar a su lado.
—Estuvieron casados mucho tiempo —dijo Jayne—. Es natural que esté abatido.
Dan esbozó otra sonrisa.
—Gracias por tus palabras. No todo el mundo estaría de acuerdo.
¿Quién se lo iba a imaginar? A veces la discreción funciona. Cuando dijo «no todo el mundo», se le borró la sonrisa y giró el anillo de boda. Una señal clara de que estaba pensando en su segunda esposa, Elizabeth.
«¿Era posible que Elizabeth estuviera celosa de Kathy? ¿Incluso después de muerta?», pensé.
Aunque técnicamente Elizabeth era su tercera esposa. La primera, según había averiguado, había muerto hacía mucho tiempo, y lo había convertido en viudo y padre de un hijo pequeño.
—¿Todo bien, papá?
—Estoy bien, gracias. Señoras, este es mi hijo, Bradley. Brad, Gemma y Jayne son las dueñas del salón de té de West London.
—El «famoso» salón de té —dijo Brad Lamb.
—Yo no lo diría así —respondí.
—Yo sí —replicó—. Mi madrastra murió allí, ¿no es cierto?
Me miró fijamente, como si estuviera suplicándome que picara el anzuelo. No lo hice. Jayne tampoco dijo nada.
—¿Sigues viviendo en West London? —le pregunté.
Brad se encogió de hombros.
—Últimamente no tengo residencia fija. Vivo donde sea.
Un aspirante a artista. Probablemente músico, seguramente guitarrista, a juzgar por los callos en la yema de los dedos.
Sus días de gloria, si es que habían existido alguna vez, eran agua pasada.
Llevaba una camiseta gris gastada de AC/DC , la banda australiana de rock duro.
Tenía el pelo castaño, surcado de canas prematuras, y saltaba a la vista que necesitaba un buen lavado.
Lo llevaba recogido hacia atrás en una coleta desaliñada sujeta con una goma.
Tenía la yema de los dedos amarillentas por la nicotina, y los dientes manchados.
Despedía un intenso olor a tabaco, tanto rancio como fresco, aunque no percibí ningún otro olor ilegal.
No se parecía demasiado ni a su padre ni a su hermana, que, recordé, era en realidad su hermanastra.
Excepto en los ojos, debía de parecerse a su madre biológica.
—¿Te gusta navegar, Gemma? —me preguntó Dan, intentando cambiar de tema tras la referencia al estilo de vida y al trabajo de su hijo.
—He navegado un poco, gracias a mi tío Arthur.
—Un buen hombre, Arthur. ¿Cómo le va?
—Bien, gracias. Ahora mismo, está en el Mediterráneo.
No me sorprendió que Dan conociera a mi tío. Arthur Doyle era muy popular en la comunidad náutica de Cabo Cod.
—Hace tiempo que no paso por la librería —dijo Dan—. He estado algo ocupado desde…, en fin, últimamente.
—Lo que quieres decir es que ella te trae de cabeza —soltó Brad.
Dan lo fulminó con la mirada.
—Kathy tenía muchos amigos —dijo Jayne, tratando de aliviar la tensión del incómodo silencio—. Hoy ha venido mucha gente.
—Si te fijas en los presentes de esta sala —dijo Dan—, verás dos grupos totalmente separados.
A nuestra derecha, pegados a la mesa de los refrigerios, está el comodoro del Club Náutico de Cabo Cod con algunos de sus miembros.
Intentan fingir que no ven al otro grupo, que a su vez finge no verlos a ellos.
Son los representantes del Club Náutico de West London.
En teoría, el grupo de Cabo Cod ha venido a apoyarme, ya que Elizabeth y yo no solo somos socios, sino que ella participa activamente en casi todos los eventos especiales que organizan.
En realidad, han venido por los chismes, y con la esperanza de comer gratis.
La experiencia me dice que cuanto más dinero tienen, más pierden la cabeza por conseguir algo sin soltar la mosca.
Sin embargo, me temo que hoy van a llevarse un buen chasco.
Con la comida, no con el cotilleo. Kathy fue socia del Club Náutico de West London durante años, y varios de sus miembros han venido a rendirle homenaje a ella. De mí no quieren saber nada.
—Conocí a Jock O’Callaghan en el té —dije.
—Era amigo de Kathy. A pesar de que mi padre ya era socio del club mucho antes de que Jock subiera a un barco cuando aún llevaba pañales sucios, después de mi divorcio y mi compromiso con Elizabeth, tuvieron a bien informarme de que ya no era bienvenido en sus augustos salones.
—Se encogió de hombros, fingiendo que la expulsión no le había dolido hasta la médula—.
Me hice socio del club de Cabo Cod, del que ya era miembro Elizabeth.
—Exacto —intervino Brad—. Expulsaron a Elizabeth del Club Náutico de West London después de que asesinara a su primer marido.
Jayne contuvo la respiración.
—Brad —dijo Dan sin alzar la voz.
—O eso decía la gente. —Brad me miró—. Si quieres saber lo que pienso, no me sorprendería en absoluto. —Hizo un gesto teatral buscando entre la multitud—. ¿Dónde estará mi querida segunda madrastra? ¿Tal vez está en casa, demasiado ocupada contando su dinero para venir?
—Ya basta, Brad —replicó Dan.
—Por ahora —respondió Brad, y se dirigió hacia la mesa de la comida.
—Lo siento —dijo Dan—. A mis hijos no les sentó bien nuestro divorcio.
—Es normal —contesté.
—La madre de Brad murió cuando él era un bebé, y Kathy fue la única madre que conoció.
Yo quería un divorcio amistoso, pero… bueno, no fue así, y los niños se vieron obligados a tomar partido.
Elizabeth y su primer marido nunca tuvieron hijos.
Ella… no logró encariñarse con los míos.
Los divorcios pueden salir caros. Brad necesitaba dinero para mantener a su banda y no pude dárselo.
—No tienes que darnos explicaciones —dijo Jayne.
Como intentaba ser discreta, me abstuve de añadir: «Pero, si quieres, puedes dárnoslas».
Dos mujeres mayores se unieron a nuestro pequeño grupo.
—Dan —dijeron muy serias—. Cuánto tiempo.
—Así es —respondió él, sin sonreír.
Jayne y yo nos alejamos.
—¿Podemos irnos ya? —me susurró—. Esta situación me resulta muy incómoda.
—Me gustaría hablar con alguien más. ¿Por qué no charlas un rato con Crystal? Está sirviéndose un café y no habla con nadie.
—¿Y de qué voy a hablar con ella?
—Me llama la atención que no haya visto ni una vez a su padre desde que llegamos. Averigua si está tan enfadada con él por el divorcio como le ocurre a su hermano.
—Para ti es muy fácil —murmuró Jayne.
Me abrí paso entre la multitud hasta llegar al círculo del Club Náutico de West London.
Uno de los atuendos favoritos de Ashleigh es el de «gente que almuerza en el club náutico».
Este grupo, sin embargo, lo había llevado a cotas jamás vistas: cabellos teñidos y bronceados por el sol, joyas de oro llamativas, chaquetas azul marino o blancas con charreteras, pantalones blancos o de rayas, mocasines sin calcetines.
Eso, los hombres. Las mujeres llevaban alpargatas o tacones de diseñador.
—Gemma, qué alegría verte. —Jock O’Callaghan me acogió con un efusivo abrazo y un par de besos en las mejillas.
Me sorprendió, no solo por la intensidad de su loción, sino porque no creía que ya estuviéramos en la fase de los abrazos—.
Seguro que algunos ya conocéis a Gemma Doyle, de la Librería Sherlock Holmes.
Hizo las presentaciones y quedé aturdida por el torbellino de nombres.
Todos asintieron con educación. La mayoría había asistido al té. Eran un grupo de edad avanzada, que pertenecía a familias adineradas y de rancio abolengo de Nueva Inglaterra.
—¿Kathy era socia de vuestro club? —pregunté.
—Durante muchos, muchos años —respondió Jock, negando con la cabeza, apesadumbrado—. La vamos a echar mucho de menos.
—¿Le gustaba navegar, entonces? —insistí.
Jock soltó una carcajada.
—¿A Kathy? No, siempre que podía se quedaba en tierra firme, pero le encantaba la comunidad del club náutico y era una parte vital de nuestro grupo.
—Y en el club la queríamos de verdad —añadió un anciano con un pañuelo azul anudado al cuello—. Siempre podías contar con Kathy cuando la necesitabas.
—Todos lamentamos muchísimo que nos fuéramos a quedar sin ella a final de año —dijo una mujer—, pero no podíamos hacer nada.
—Creo que no es necesario hablar más de eso —añadió el hombre del pañuelo—. Y menos aún aquí.