Capítulo once
CAPÍTULO ONCE
A las tres y treinta y ocho abrí la boca.
—Reunión de socias. Vuelves dentro de veinte minutos.
De acuerdo —dijo Ashleigh.
Cerré la boca y la abrí de nuevo.
—¿Tan predecible soy?
—Podría poner mi reloj en hora contigo.
—Hoy no. Voy a salir y puede que tarde bastante. Te llamaré si veo que no regreso antes de tu descanso para cenar.
—Entonces tendré que buscar otra manera de poner el reloj en hora.
Entré en el salón de té y luego en la cocina. Jocelyn estaba sacando platos del lavavajillas y Jayne se estaba quitando el delantal.
—Enseguida estoy contigo, Gemma —dijo.
—No puedo quedarme a la reunión de socias —le dije—. Tengo que salir. ¿Quieres acompañarme?
—¿Adónde?
—Al velatorio de Kathy Lamb.
—¿Es hoy? —preguntó Jocelyn—. Igual voy a dar el pésame. Puede que yo fuera la última persona que la vio con vida. Aparte de su asesino —se apresuró a añadir.
Eso sí que era una novedad para mí.
—¿Qué quieres decir?
—Yo estaba saliendo de la cocina, lista para empezar a servir, y estuve a punto de chocar con ella. Llevaba ese espantoso cuadro de Maureen.
—¿Viste si iba con alguien?
—No.
—¿Alguien que entrara en el pasillo después de ella?
—No. Al menos no mientras yo estaba allí. La policía envió a unos agentes a mi casa para tomarme declaración y eso fue lo que les conté.
—Si quieres ir al velatorio, hoy es de cuatro a seis, y mañana de cinco a siete y media en la funeraria Glenbow.
—Iré mañana después del trabajo —dijo Jocelyn—. Le pediré a mi madre que recoja a los niños del campamento de verano. —Se puso a guardar los platos.
—Yo iré contigo ahora, Gemma —dijo Jayne—. Jocelyn, ¿podéis encargaros de cerrar Fiona y tú?
—Claro.
No solía llevar el coche al trabajo, pero hoy lo había hecho con la intención de poder acercarme al velatorio.
Nunca había entrado en la funeraria Glenbow, aunque cada vez que pasaba por delante me parecía que se había instalado en un lugar de lo más inapropiado, salvo que a los dueños les entusiasmara el gótico decimonónico.
El edificio se había construido en el siglo XIX , como orfanato, y en mis escasos momentos de fantasía, me imaginaba que todavía se hallaba poseído por un aura de desesperación.
Era una construcción en la que dominaban los ángulos afilados, los muros de piedra tosca, los torreones con ventanas estrechas y las molduras desconchadas de madera tallada.
Podrían haberlo utilizado como escenario para rodar una película de Drácula.
Solo faltaban unos relámpagos que atravesaran el cielo y los aldeanos armados con antorchas y horcas.
Jayne comentó al aparcar el coche:
—Me encanta este edificio antiguo.
—¿De verdad?
—Fíjate en los detalles de la carpintería y en cómo el sol tiñe la piedra de tonos dorados.
Intenté hacerle caso, pero lo único que vi fue a la novia de Drácula asomada a una ventana de la planta baja.
Subimos los anchos escalones de piedra. La puerta se abrió sin hacer ruido y la novia de Drácula se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Cuando la volví a mirar, me di cuenta de que no era una vampiresa, sino una joven atractiva de pelo negro y liso, labios pintados de rojo intenso, muy recargados, y un traje negro muy formal propio de su profesión.
—Buenas tardes —dijo con voz grave y seria.
—¿La señora Lamb? —pregunté.
La joven señaló hacia el pasillo.
—Segunda puerta a la derecha.
La sala estaba decorada con muebles de madera noble, una moqueta roja mullida, sofás y butacas cómodas, papel pintado oscuro y cuadros de escenas rurales de otros siglos.
Habían abierto las pesadas cortinas, también rojas, para que entrara la luz del sol de la tarde al bies.
Había varias personas: algunos reían y charlaban como en un cóctel, otros se limitaban a desplazar el peso del cuerpo de un pie a otro, incómodos.
El ataúd estaba al fondo, casi sepultado bajo montones de flores cuyo aroma empalagoso impregnaba el aire.
Junto al libro de firmas, un retrato ampliado de Kathy Lamb, seria y circunspecta, presidía la estancia.
—Tendríamos que haber pasado por casa para cambiarnos —me susurró Jayne. La mayoría de los presentes vestía traje con corbata o vestidos con medias y zapatos de tacón. Ella llevaba vaqueros y camiseta, y yo un vestido sin mangas con grandes girasoles amarillos.
—Ya no tiene remedio —le susurré al oído.
Una joven se apartó del grupo y se acercó a nosotras.
Parecía haber salido de una sala de juntas: traje sastre gris oscuro impecable, camisa blanca, collar y pendientes de perlas a juego, zapatos negros de tacón bajo.
Las perlas parecían auténticas, los zapatos eran Ferragamo y el traje debía de rondar los dos mil dólares.
Lucía un pelo castaño con reflejos dorados en una melena inmaculada que le llegaba a la altura del mentón, y un maquillaje discreto y elegante.
Le tendí la mano y ella me la estrechó con un apretón ligero y la palma fría. Tenía los ojos enrojecidos, aunque el maquillaje no mostraba rastro de lágrimas.
—Te acompaño en el sentimiento, Crystal —dije.
Le desapareció la sonrisa mientras intentaba recordar mi nombre.
—Lo siento, pero no recuerdo dónde nos hemos visto.
No habíamos coincidido en ningún lugar. No había encontrado fotos suyas en mis búsquedas, pero reconocí en ella los finos labios y la leve inclinación de los ojos de su madre, Kathy.
—Gemma Doyle —me presenté—. Esta es Jayne Wilson. Conocíamos a tu madre.
—Gracias por venir —respondió Crystal. Miró por encima de nosotras y una sonrisa sincera iluminó su rostro—. Qué alegría verte, Gerald.
Y casi me apartó de un empujón para ir a saludar al recién llegado.
Jayne y yo entramos en la sala. Reconocí a varias personas que había visto en la subasta del sábado, tanto voluntarios del museo como invitados.
—Hola —dijo Sharon Musgrave, que vestía de manera muy apropiada para la ocasión, con un vestido negro abotonado por delante y el cuello y los puños blancos almidonados—. Ha venido mucha gente, ¿verdad? A Kathy le habría encantado. Siempre le gustó ser el centro de atención.
Me pareció un comentario poco oportuno para un funeral, pero aproveché para abordar el tema que me interesaba.
—Parece que ha venido bastante gente del museo.
—Ah, sí. Su muerte nos ha pillado a todos por sorpresa. Espero que Robyn se deje ver —bajó un poco la voz—. Le conviene, si quiere volver a formar parte de la junta. Tiene que demostrar que ha dejado atrás sus diferencias con Kathy, ¿no crees?
—Y que lo digas —asentí—. ¿Quién dirigirá la junta mientras tanto?
—Ben Alderson es el vicepresidente. Está allí. El alto, de pelo canoso.
Lo recordaba del té. Era un hombre atractivo, de unos setenta años, con facciones marcadas, alto, delgado y con una abundante melena rizada y plateada. Me dirigí hacia él.
—Encantada de hablar contigo, Sharon —dijo Jayne a mis espaldas.
Me abrí paso entre el grupo que rodeaba a Ben.
—Buenas tardes. Me alegra volver a verlo, señor Alderson.
—Aunque no sea precisamente en unas circunstancias muy agradables —se apresuró a añadir Jayne.
—Señora Wilson —respondió Ben—. Lamento no haber podido darles las gracias, en nombre del museo, a usted y a la señora Doyle por el té que organizaron.
—Sí, bueno… —dijo Jayne.
—Tras la anulación de la subasta, imagino que el museo debe de estar buscando formas para reunir fondos y pagar las obras que ya han empezado —dije.
Ben me miró con una sonrisa forzada.
—No creo que sea el momento adecuado.
—Estaba pensando en echar una mano. En hacer una donación, me refiero. El museo es importante para West London.
—En ese caso, ¿por qué no nos vemos un día para almorzar? —Sacó su teléfono—. Tengo libre el próximo…
—Por cierto, ¿tienen los gastos generales controlados? ¿Tienen muchos empleados en nómina?
—Contratamos a una contable —intervino la mujer que estaba a su lado—. Tenemos la suerte de contar con ella a muy buen precio porque es una de nuestras voluntarias más entregadas. Es la persona con la que estaba hablando: Sharon Musgrave.
—Vaya, es verdad —dije—. No me había dado cuenta. Encantada de conocerlos a todos.
Me fui y Jayne me siguió a toda prisa.
—Por el amor de Dios, Gemma, podrías intentar ser más discreta. Esto es un velatorio.
—Creía que había sido discreta. He fingido interés por hacer un donativo al museo.
Aunque puede que haya sido un error: Ben parece agradable, pero no quiero verme obligada a almorzar con él —Jayne negó con la cabeza—.
Si hubiera sido discreta, como dices, quizá no habría conseguido esa información tan importante.
Jayne soltó un largo suspiro.
—Vale, me rindo. ¿Qué información tan importante has descubierto?
—Que a Sharon le pagan por llevar la contabilidad.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sabíamos que llevaba las cuentas; nos lo dijo tu madre, pero no mencionó que cobrara por hacerlo.
Yo había supuesto que formaba parte de su labor como voluntaria.
—Me enfadé conmigo misma—. Nunca des nada por supuesto.
En palabras del Gran Detective: «No hay nada más engañoso que un hecho evidente».
—¿De qué relato es?
—De El misterio del valle de Boscombe . Eso convierte el cargo de Sharon en el museo en algo más que una oportunidad para disfrazarse. Su situación económica es complicada, si no desesperada, así que…
—¿Cómo lo sabes? Pensaba que nunca la habías visto hasta el sábado. —Jayne miró de reojo a la aludida—. Ese vestido parece caro.
—Y lo fue. Hace muchos años. Que no pueda permitirse comprar nada nuevo para un momento tan importante como el velatorio de alguien cercano indica que anda justa de dinero, aunque intente aparentar lo contrario.
—Quizá no tuvo tiempo de ir de compras.