Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo diez
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Capítulo diez

CAPÍTULO DIEZ

P oco antes de las diez del lunes por la mañana, me puse en la cola de la tetería para pedir mi té y mi magdalena. El salón principal había vuelto a la normalidad. Las mesas y sillas adicionales habían desaparecido, y no quedaba rastro de la reciente actividad policial.

—¿Todo bien esta mañana? —pregunté a Fiona cuando me llegó el turno.

Bajó la voz.

—Gracias por pagarnos el día libre, Gemma. Fue un detalle.

—De nada —respondí.

—La policía ha debido de terminar, porque cuando llegué ya no había nadie. Los del museo vinieron a primera hora y se llevaron sus sillas y las mesas plegables.

—Veo que ya no está la guirnalda de tacitas en la pared. ¿Alguien ha comprado la última?

Echó un vistazo al pasillo.

—Ah. Ya no están. Pues ni me había fijado. —Se encogió de hombros—. No se la he cobrado a nadie.

—Voy a entrar para saludar a Jayne.

Me crucé con Jocelyn, que salía de la cocina cargada con sándwiches de desayuno y tazas de café.

—Gracias por el día libre, Gemma. Me llevé a los niños a la playa y lo pasamos genial.

Jayne estaba estirando masa cuando entré. Me recibió con una sonrisa.

—Buenos días.

—Buenos días. Pregunta rápida: ¿qué ha pasado con la última guirnalda de tacitas?

—La quité nada más llegar esta mañana y la guardé en un cajón. No creo que quiera seguir vendiéndolas. No es culpa de la mujer que las hace, pero tenerlas a la vista me recordaría continuamente lo que pasó.

—Es lógico. Fiona no sabía nada, así que la policía debe de tener en custodia el arma homicida, tal y como dijo Ryan. Y, por favor, no le digas a la artesana por qué no encargas más.

—No lo haré.

—Que tengas buen día.

—Igualmente. —Me despidió agitando los dedos llenos de harina.

Abrí la puerta corredera y entré en la librería.

Moriarty me recibió con su habitual bufido de desaprobación.

Yo había aprendido por las malas a no dejar el desayuno sobre el mostrador y darme la vuelta, así que llevé la bolsa de papel y el vaso de café hasta la puerta principal y reprimí un grito de sorpresa al ver el rostro de Maureen, pegado al cristal y enmarcado con las manos.

Abrí la puerta.

—Buenos días, Maureen.

Entró de inmediato.

—¿Ya lo has resuelto?

—Si te refieres a si he resuelto el asesinato de Kathy Lamb en un solo día, la respuesta es no. Pero sí he hecho algunas averiguaciones.

—¿De qué se trata?

—Nada que vaya a contarte. Cuando…, si descubro algo, se lo comunicaré a la policía.

—Yo te contraté. Tienes que informarme a mí.

—Maureen, no soy detective privada y, aunque lo fuera, no recuerdo que hayamos firmado ningún contrato ni que me hayas pagado.

Torció el gesto, contrariada, pero logró dejar de lado su amargura y dijo:

—Es cierto, pero pensé que me ayudarías… por amistad.

Le di la vuelta al cartel de la puerta para que se leyera Abierto y me dirigí hasta el mostrador. Bebí un sorbo de té y saqué la magdalena de la bolsa.

—¿Has recordado algo que pueda ser importante? ¿Algo que pudieras haber pasado por alto el sábado debido a la confusión del momento?

—No —dijo Maureen—. Nada. Pasé un buen rato charlando con la alcaldesa. Me invitó a sentarme en su mesa para pedirme mi opinión sobre las mejoras que el ayuntamiento planea hacer en Baker Street el año que viene.

—¿Van a hacer obras de mejora en Baker Street el año que viene? Esas cosas nunca salen bien. Al final, acaban costando el doble de lo presupuestado y duran el triple de lo previsto.

—Deberías estar más al día de las noticias que afectan a los comerciantes, Gemma.

Me abstuve de señalar que tendría más tiempo para leer la prensa si no tuviera que investigar un asesinato por encargo suyo.

—La alcaldesa me pidió que me incorporase al comité de planificación como representante de la Asociación de Comerciantes, pero le dije que este año he estado tan ocupada con la tienda que no me queda tiempo para otras cosas.

Maureen mentía con una soltura pasmosa y, lo que es más, mentía incluso cuando no lo necesitaba. Yo sabía que no era una socia muy popular de la asociación, por lo que jamás permitirían que nos representara a todos. Además, había visto a la pobre alcaldesa intentando huir de ella.

—Estaba demasiado distraída charlando con la Excelentísima Señora como para estar pendiente de quién entraba y salía —añadió.

La puerta se abrió y entraron los primeros clientes del día.

Dos mujeres que, a juzgar por el aspecto de sus narices, habían pasado demasiado tiempo en la playa el día anterior.

Hermanas, con sonrisas idénticas y ojos azules alegres.

Sus rostros y brazos pálidos, teñidos ahora de un rosa intenso, y el cabello rubio ceniza delataban su ascendencia sueca.

No eran de un pueblo acostumbrado a pasar muchas horas bajo el sol abrasador.

—Avisadme si necesitáis ayuda —les dije.

—Lo haremos —contestaron. Fueron directas a la estantería de novelas victorianas.

—Hora de ponerse a trabajar —le dije a Maureen.

Miró a las mujeres y dio un paso vacilante hacia mí. Bajó la voz.

—La policía vino a verme otra vez ayer.

—Ah, ¿sí? —pregunté.

—No hicieron más que repetir las mismas preguntas. ¿Por qué discutí con Kathy? ¿De qué hablamos? ¿La conocía de antes?

—¿Y qué respondiste?

Desvió la mirada a un lado.

—Les dije que nunca la había visto hasta que vino a mi tienda a rogarme que donara algo para su absurda subasta.

—¿Eso era cierto?

Se volvió hacia mí y me miró fijamente a los ojos.

—Por supuesto que era cierto.

Maureen no era tan buena mentirosa, después de todo.

Podía inventar historias para quedar bien sin el menor esfuerzo, pero no era capaz de soltar una mentira descarada sin que se le notara a la legua.

Tomé nota de esa información. Que Kathy y Maureen se hubieran conocido antes podía significar algo…

o no. West London era un pueblo pequeño, sobre todo cuando se marchaban todos los turistas.

—Ánimo, Maureen —dije—. Al menos no estás en la cárcel. Todavía.

Las clientas depositaron su selección de libros en el mostrador. Me volví hacia ellas con una sonrisa, mientras Maureen se escabullía de nuevo y regresaba a su guarida.

—Ayer pasamos todo el día en la playa —comentó una de las mujeres con un marcado acento de Minnesota—. Ya terminamos los libros que trajimos para las vacaciones y necesitamos reponer existencias. Me alegré mucho cuando el recepcionista del hotel nos habló de esta tienda.

Se había decantado por Murphy’s Law , la primera entrega de la serie de misterio de Molly Murphy escrita por Rhys Bowen. Su hermana tenía gustos más sombríos y escogió A Hunt in Winter , de Conor Brady.

No pude parar quieta ni cinco segundos hasta que Ashleigh llegó a la librería a la una.

—Ha sido una mañana de muchísimo trabajo —le dije—. Voy arriba a hacer algo de papeleo, pero si me necesitas, avisa.

—Claro —respondió, rascando a Moriarty bajo la barbilla.

Tenía trabajo pendiente, pero no lo hice.

En lugar de ello, en cuanto me senté al escritorio, llamé a la funeraria Glenbow.

Pregunté por el velatorio de la señora Lamb y me informaron que el horario previsto era hoy de cuatro a seis y mañana de cinco a siete y media.

Encendí el ordenador y, en vez de revisar las cuentas y ponerlas al día, abrí Google.

La policía dirá que, en un caso de asesinato que no implique peleas de bar, bandas o actividades criminales, el primer sospechoso, y a menudo el culpable, es el marido o la esposa.

Más aún, el exmarido o la exmujer, si el proceso de separación había sido agrio.

Ayer, cuando me dirigía al museo, me di cuenta de que debía empezar la investigación con Dan Lamb.

Ser detective consultora, que no lo soy, tiene sin duda sus desventajas en comparación con la policía.

Para empezar, yo no podía obligar a la gente a hablar conmigo ni a dejarme entrar en una casa.

No conocía a Dan ni a Elizabeth. No había hablado con ellos en la subasta.

No se me ocurría un pretexto para presentarme en su casa y empezar a interrogarlos.

Un velatorio, en cambio, estaba abierto al público, y era probable que estuvieran presentes otros miembros de la familia.

Necesitaba prepararme y recopilar información sobre Kathy y su vida.

Empecé por la página web de la Casa Scarlet.

Había montones de fotos de Kathy, mostrando la casa, posando frente a la enorme chimenea, presidiendo reuniones.

En ninguna de ellas aparecía disfrazada ni realizando las tareas para mostrar cómo se las arreglaban nuestros antepasados.

Eso, supuse, lo dejaba para las guías como Sharon.

Luego busqué datos de interés sobre ella y su familia en Google.

Encontré muy poco, y nada interesante. Kathy había nacido en Boston.

Se casó con Dan cuando tenía veintitrés años y él veintisiete.

La familia de Dan llevaba varias generaciones en Cabo Cod, y cuando se casaron se vinieron a vivir a West London.

Dan había estado casado antes. Su primera esposa había muerto de una enfermedad no especificada cuando su hijo, Bradley, tenía apenas un año.

Dan y Kathy tuvieron una hija juntos, Crystal.

Kathy había trabajado como secretaria en una compañía de seguros hasta que se jubiló a los cincuenta y cinco.

Poco después, los Lamb se divorciaron y Kathy asumió el cargo de presidenta del consejo de la Casa Scarlet.

Todo aburrido a más no poder. No había ni un solo detalle en la vida digital de Kathy que indicara que fuera el tipo de persona de la que alguien quisiera deshacerse.

Elizabeth Dumont, en cambio, era harina de otro costal.

Tal como me había dicho Ryan, Elizabeth apareció en prensa siete años atrás, antes de que yo llegara a Estados Unidos, cuando su marido, un hombre con una gran fortuna y mucho mayor que ella, murió en un accidente de navegación.

En aquel entonces, los Dumont eran socios del prestigioso Club Náutico de West London.

Según los antiguos informes policiales, Edward Dumont era un excelente navegante y el día de su muerte hacía buen tiempo y el mar estaba en calma.

Había salido a navegar solo, algo habitual en él.

Cuando no regresó al puerto al anochecer, se dio parte a la Guardia Costera.

Al día siguiente localizaron su barco, el Lizzie, arrastrado por la marea, sin nadie a bordo ni señales de nada extraño.

El cuerpo de Edward apareció semanas después en un barco pesquero, entre una carga de platijas.

Cogí el teléfono.

—Buenos días —dijo Ryan Ashburton.

—¿Tienes un momento para hablar?

—Yo muy bien, gracias. ¿Y tú, Gemma?

—Estoy bien —dije—. Perdona.

Se rio.

—No te preocupes. A veces tu entusiasmo te traiciona. ¿Puedo suponer que llamas por el caso Lamb?

—Así es. He estado leyendo información sobre las personas implicadas. ¿Qué puedes contarme de la muerte de Edward Dumont? ¿Has leído los archivos?

Ryan estaba en la comisaría. Se oía el murmullo de voces de fondo y el traqueteo de una impresora barata que intentaba escupir un papel. Un hombre gritó:

—¡Eh, cuidado!

—Sí, y puedo contarte prácticamente todo lo que sé, que no es gran cosa.

El caso sigue abierto, pero no hay nadie que lo esté investigando.

Edward Dumont era un gran navegante, excelente según todos los testimonios.

Tenía más de setenta años, pero estaba sano y en buena forma física.

Como su cuerpo estuvo varias semanas en el agua, la autopsia no pudo llegar a ninguna conclusión definitiva, aunque descartó un infarto o un aneurisma.

—Ninguno de los cuales habría explicado en todo caso que cayera de su barco.

—Exacto. La policía investigó las actividades que Elizabeth Dumont había realizado ese día, pero la habían visto por el pueblo: de compras, en la peluquería, almorzando con amigas y luego tomando unas copas con otras por la tarde.

—Tal vez lo hizo para tener una coartada.

—O simplemente se dedicó a disfrutar de un día agradable mientras su marido hacía lo mismo con su afición.

Sí, durante un tiempo fue sospechosa, pero no se pudo averiguar nada.

Varios amigos de la pareja contaron que el matrimonio atravesaba una mala racha, y algunos miembros del club náutico declararon al detective responsable de la investigación que Edward había llegado a amenazar con divorciarse de ella.

—¿Mala racha en qué sentido?

—Elizabeth les contó a sus amigas que Edward la acusaba de tener un amante.

Ella lo negaba y afirmaba que él era muy celoso y siempre sospechaba de algo.

Nos llamó mucho la atención que el señor Dumont hubiera firmado un acuerdo prenupcial muy estricto: en caso de divorcio, ella apenas recibía nada, pero en su testamento él le dejaba todo. No tenían hijos.

—¿La policía no tenía nada contra ella?

—Solo los chismes del club náutico. Era un hombre rico, y los hombres ricos suelen tener enemigos.

Algunos negocios inmobiliarios turbios, ciertos conocidos sospechosos de tener lazos con el crimen organizado.

Al cabo de poco, las sospechas dejaron de lado a Elizabeth Dumont y se centraron en la posible contratación de un sicario de la mafia.

Pero la investigación tampoco llevó a nada.

El detective original se jubiló y se mudó a Florida, aunque el caso sigue abierto.

—Gracias, Ryan.

—¿Qué planes tienes para el resto del día? —preguntó.

—Intentar poner al día las cuentas de mi negocio, que tengo bastante descuidadas. Quizá me acerque luego al velatorio de Kathy Lamb para dar el pésame.

—Ya tengo la orden judicial —dijo Louise Estrada.

—Voy enseguida —le respondió Ryan.

—¿Orden para qué? —pregunté.

—Tengo que dejarte —respondió.