Capítulo nueve
CAPÍTULO NUEVE
Y lo fue. Pasamos por el piso de Jayne a recoger su traje de baño y luego por mi casa a por el mío. Le prometí a Violet un buen paseo más tarde y metí las sillas de playa, la sombrilla, las toallas y los libros en el coche.
La playa pública estaba abarrotada, pero encontramos un rincón perfecto de arena donde instalarnos.
Jayne chapoteó en las cálidas aguas de la bahía de Nantucket mientras yo nadaba arriba y abajo de la orilla durante media hora.
No pensé en el asesinato de Kathy. Simplemente no tenía aún suficientes datos para elaborar una teoría.
Cuando terminé de nadar, me sequé con la toalla y me dejé caer en mi silla de playa.
—¿Has disfrutado del baño? —murmuró Jayne, somnolienta. Estaba estirada sobre una toalla, cobijada bajo una sombrilla de playa.
—Mucho.
Abrí mi libro. Había traído de la librería The Women of Baker Street , de Michelle Birkby.
Aproveché para leer varias horas mientras Jayne dormitaba, disfrutando de la interpretación de Birkby: la señora Hudson y la señora Watson en el papel de investigadoras.
De vez en cuando, ajustaba la sombrilla para mantener a Jayne, con su pálido cuerpo en bikini, a la sombra.
Cerca de nosotras, una familia enorme había montado lo que bien podría servir de campamento base en la ruta de ascenso a la cima del Everest: una carpa, varias sombrillas, mantas, mesas, sillas de playa y tumbonas, una parrilla portátil, tres neveras repletas de bebidas con hielo y recipientes con ensaladas y carne lista para asar.
Los niños y los padres jugaban a la pelota o chapoteaban en la orilla, mientras las hijas adolescentes se reían en las olas y echaban miradas a un grupo de chicos que había aparecido como por arte de magia.
Las madres, ojo avizor, se acomodaban en sus asientos.
Dos mujeres mayores, vestidas con bañadores holgados que ocultaban sus curvas, se quitaron los zapatos cómodos y prácticos y se acercaron al agua persiguiéndose, entre gritos de alegría.
Leí durante un buen rato, alternando con rápidos y refrescantes baños, disfrutando simplemente de estar en la playa y de tener tiempo para mí.
Al final, el olor a carne asada se convirtió en una distracción demasiado grande y no pude seguir leyendo.
La familia se disponía a cenar. Toqué a Jayne con el dedo del pie.
Mi amiga gimió, se dio la vuelta y parpadeó para desperezarse.
—Hora de volver a casa —dije.
—¿Qué hora es?
—Las cinco y media.
Se incorporó con un gemido más fuerte.
—¡Las cinco y media! No me puedo creer que me haya pasado todo el día durmiendo.
—Lo necesitabas y has dormido como un bebé. Te ha venido de maravilla.
Empecé a recoger nuestras cosas. A mí también me había sentado de maravilla el descanso.
Dejé a Jayne en su casa y me dirigí a la mía. Las calles estaban llenas de turistas que volvían de la playa o salían a cenar. El teléfono sonó cuando aparqué en la entrada. Era Ryan, y por un momento pensé que me llamaba para que saliéramos a cenar porque el caso se había resuelto.
No tuve tanta suerte.
—Acabo de salir de la autopsia —dijo—, tan agradable como siempre. Nunca me acostumbro a estas cosas, Gemma.
—Eso es bueno —respondí—. Así nunca llegarás a considerar un asesinato como algo normal.
—Cierto. Sin embargo, no se han producido sorpresas y no hemos averiguado nada que no supiéramos ya. Necesito un respiro. ¿Qué has hecho tú?
—He pasado un día estupendo con Jayne. Hemos hecho ovillos.
—¿Ovillos? ¿Como los de lana? ¿Desde cuándo te gusta el punto?
—¿No es así como lo llamó Jayne? No hemos ido a trabajar.
—«Novillos», habéis hecho «novillos».
—Ah, eso. Ya decía yo que no tenía mucho sentido.
Ryan soltó una carcajada profunda y sonora.
—Me has alegrado el día, Gemma Doyle.
Sonreí para mis adentros. Sabía perfectamente la diferencia entre «ovillos» y «novillos», al menos, desde esta mañana. Sin embargo, había notado un deje apesadumbrado en la voz de Ryan y me había dado cuenta de que necesitaba una buena carcajada.
—¿Quieres venir a cenar? —le pregunté—. Puedo pedir comida china o una pizza . —Abrí la puerta y entré en el recibidor. Violet ladró para saludarme—. Violet dice que vengas.
—No quisiera decepcionar a Violet. Me pasaré, pero no podré quedarme mucho. Tengo una reunión con el jefe dentro de una hora para hablar de la autopsia.
—Tengo que sacar a Violet a pasear. ¿Por qué no nos acompañas?
—Me encantaría —dijo—, así me quito el olor a hospital. Llego dentro de diez minutos.
Aproveché esos diez minutos para darme una ducha rápida y quitarme la arena antes de ponerme unos pantalones cortos y una camiseta. Violet y yo estábamos listas y esperando cuando Ryan llegó en coche.
Entró en la cocina, le dio unas palmaditas a Violet, y a mí un beso apasionado. En ese orden. Luego dejó una bolsa de plástico sobre la mesa. La abrí y vi un ejemplar de la primera edición de El valle del miedo .
—Ya hemos terminado con la mayoría de los objetos donados para la subasta y los estamos devolviendo a sus dueños.
—¿No habéis encontrado nada?
—O bien a nuestro asesino no le interesaban los objetos, o bien lo interrumpieron antes de que pudiera ponerles la mano encima.
No faltaba ninguno de los artículos de la lista y Leslie Wilson asegura que no parece que tocaran nada.
No nos molestamos en buscar huellas en los objetos de la subasta, porque habría sido interminable.
Seguro que muchos de ellos han pasado por demasiadas manos distintas.
¿Lista para el paseo? —me lo dijo a mí, pero Violet ladró para mostrar su conformidad.
Ryan me cogió de la mano libre mientras caminábamos por la calle.
No dijo nada y no quise interrumpir el cómodo silencio que reinaba.
Al llegar a un pequeño parque, solté a Violet.
Ryan y yo nos sentamos en un banco de pícnic bajo un viejo arce gigantesco y la observamos mientras correteaba y olisqueaba todos los árboles.
En teoría, no estaba permitido dejar sueltos a los perros, pero ella siempre volvía cuando la llamaba y, además, era la hora de cenar de un domingo y no había nadie más.
Tan solo me limité a vigilarla de reojo por si dejaba algún regalito que hubiera que recoger.
Ryan me rodeó los hombros con un brazo y yo me acomodé junto a él.
—Cuéntame qué has averiguado hoy —dijo.
—¿Averiguado? —pregunté con cierta inocencia—. ¿A qué te refieres?
—Al caso de Kathy Lamb, ¿a qué quieres que me refiera?
—¿Por qué crees que he averiguado algo?
—Porque eres Gemma Doyle y, antes de que digas nada, debería decirte que Maureen ya ha cantado.
—¿Qué ha cantado?
—Louise y yo hemos ido a verla esta mañana.
Teníamos más preguntas sobre lo que pasó ayer entre ella y la señora Lamb.
Varios de los presentes las oyeron discutir en la subasta y nos lo ha contado todo.
Aparte de eso, no tenemos nada que la incrimine.
Nadie la vio descolgar la ristra de tazas de té, por ejemplo, ni entrar o salir del almacén.
Pero cuando alguien discute con otra persona minutos antes de que muera en circunstancias sospechosas, nos lo tomamos muy en serio.
—Como debe ser.
—Maureen ha hecho gala de su habitual simpatía y nos ha dicho que más nos valía volver a la tienda de dónuts y dejar de hacer perder el tiempo a la gente porque tú ya estabas trabajando en el caso.
Solté un gruñido.
—Seguro que a Louise le ha sentado de maravilla.
—Me ha costado un poco lograr que bajara de las paredes, pero cuando lo conseguí le advertí a Maureen que no se viniera demasiado arriba. Ella me respondió que le daba igual que Kathy estuviera viva o muerta. Creo que es su manera de proclamar su inocencia.
—Lo es. Y también es verdad —le expliqué a Ryan por qué estaba convencida de que Maureen no había matado a Kathy Lamb.
—Sería una estrategia de defensa curiosa en un tribunal —dijo—. «Señoría, la acusada no mató a la víctima porque su pasatiempo preferido es lograr que la gente la odie».
—Me gustaría saber por qué motivo es Maureen una persona tan desagradable. Tiene que haber un episodio muy oscuro en su pasado.
—Algunas personas tienen esa maldad innata, sin más.
Pero eso no viene al caso ahora. Te aseguro que Maureen ya había llamado la atención de la policía antes de mudarse a West London, pero fue hace mucho.
No pierdas el tiempo pidiéndome detalles, porque no voy a dártelos, y no tienen nada que ver con este caso ni con su situación actual.
—Lo sospechaba —dije—. Desconfía de la policía, una actitud que suele deberse a malas experiencias.
—O porque tiene remordimientos de conciencia. En fin, olvídate de Maureen. Todavía no me has contado qué has averiguado hoy.
Le conté nuestra visita al museo y a Robyn Kirkpatrick y Leslie Wilson.
—En resumen, no he averiguado nada concluyente, pero empiezo a ver un patrón.
—¿Un patrón de enemigos de Kathy?
—Exacto. Hablando de enemigos, ¿qué dijo Louise sobre lo que contó Maureen?
Ryan me rodeó la cara con ambas manos y me obligó a mirarlo.
—Louise no es tu enemiga, a menos que tú quieras convertirla en tal.
—Perdón —dije—. Solo era una broma.
—No vuelvas a hacerlo. Es lógico que a Louise no le haya hecho gracia saber que te has inmiscuido en el caso, pero no estaba tan enfadada como al principio, y ya no amenaza con ir al jefe para que me aparten del caso. Puedes pensar lo que quieras, pero empieza a tener cierta fe en tu instinto.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero bastará con un comentario sarcástico tuyo para que vuelva a ponerte en el punto de mira.
—¿Yo, haciendo comentarios sarcásticos? —Alzó la vista al cielo—. Ya te he contado lo que he averiguado, por poco que sea. ¿Tú tienes algo que compartir?
—Tengo que volver. Ya sabes que no puedo revelar detalles de conversaciones privadas, Gemma.
Lo sabía, pero me resultaba difícil investigar cuando la información solo fluía en una dirección.
—¿Qué pasa con la segunda esposa de Dan Lamb? —pregunté.
Ryan esbozó una sonrisa, apenas perceptible.
—Me preguntaba si lo sabías. Elizabeth Dumont.
No estoy rompiendo el secreto profesional si te digo que ya había llamado la atención de la policía de West London.
En este caso, Elizabeth afirma estar conmocionada y muy afectada por la repentina muerte de Kathy.
Si tuviera que escoger entre Dan y Elizabeth, diría que la angustia de él es la más creíble.
—¿Qué quieres decir con que ya había llamado la atención de la policía?
—Tengo que irme. —Se levantó—. Es un asunto de dominio público. No deberías tener problema para encontrar los detalles. La prensa local se hizo mucho eco del caso hace un par de años.
Llamé a Violet, que se acercó trotando. Le quité una ramita de la cola y le puse la correa.
—¿Qué sabes del incendio del museo? ¿Siguen pensando que fue un accidente?
—El investigador del cuerpo de bomberos está convencido de que el fuego lo provocó una vela que quedó encendida y se consumió.
Había varios papeles, folletos informativos del museo en la mesa y la ventana estaba abierta.
Es probable, aunque imposible de demostrar, que una ráfaga de aire alcanzara la vela que estaba a punto de apagarse y arrastrara la llama hacia los papeles.
La hora oficial de cierre del museo es a las ocho, y la guía asegura que lo cerró con llave y se marchó a esa hora.
Louise habló con ella y estaba bastante afectada.
No vieron a nadie más en la propiedad hasta que llegaron los camiones de bomberos. Tú no viste a nadie, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—La guía era Sharon Musgrave.
A Ryan se le encendieron los ojos, lo que equivalía a un sí.
—Esa información no se ha hecho pública.
—No importa. Todo el mundo lo sabe. Sharon está muy implicada en el museo. Tan implicada que su actitud roza la obsesión, dicen.
Doblamos hacia Blue Water Place, mi calle. La luz suave del atardecer acariciaba los jardines y las flores blancas brillaban con intensidad. Al ver la casa, Violet aceleró el paso.
Ryan se detuvo junto a su coche.
—Tengo que irme. Al jefe no le gusta que lo hagan esperar. —Me besó en la coronilla—. No puedo decirte que no investigues, Gemma. Aprendí la lección por las malas, pero sí puedo pedirte que tengas cuidado.
—¿Acaso no lo tengo siempre?
Negó con la cabeza y pulsó el mando de las llaves. El coche reaccionó con un pitido.
Violet y yo lo vimos alejarse, y luego entramos en casa. El libro sobre la encimera de la cocina me recordó algo que tenía que hacer, y saqué el móvil para mandar un mensaje rápido al tío Arthur.
«La subasta no se celebró. Tengo tu libro. ¿Puedes hablar con tus contactos del mundo de los libros raros y preguntar si alguien había encargado su robo?».
Era de noche en España, pero Arthur recibiría el mensaje al despertar.