Capítulo ocho #3
—Supongo que habéis venido a preguntarme qué sé sobre Kathy Lamb y quién podría haber querido matarla —dijo Leslie mientras ponía la tetera al fuego para mí y sacaba una jarra de té helado de la nevera para Jayne.
—¿Y por qué lo supones? —preguntó Jayne—. ¿Acaso no puedo venir a tomar el té con mi madre?
—Puedes venir a tomar el té conmigo cuando quieras, cariño, y lo sabes. Pero da la impresión de que, en cuanto se produce un asesinato, aparecéis vosotras al cabo de poco.
—Eso no es justo —protestó Jayne—. Gemma sigue las pistas, y yo sigo a Gemma. La mitad del tiempo ni siquiera sé adonde la sigo, ni por qué.
—Solo os pido que tengáis cuidado —dijo Leslie—. Alguien ha querido acabar con Kathy Lamb, y no querrá que lo descubráis.
Jayne se estremeció y se abrazó a sí misma.
—Yo siempre cuido de Jayne y de mí misma —le aseguré a Leslie.
—Lo sé —respondió—. ¿En qué puedo ayudaros?
—No pienso involucrarme —le aseguré—, pero a veces consigo averiguar cosas antes que la policía. Si descubro algo, se lo diré de inmediato. Sin secretos.
—Bien —dijo Leslie.
—Háblame de la gente del museo. Kathy Lamb era la presidenta de la junta, pero no llevaba mucho tiempo en el cargo.
Leslie se puso a servir el té. Colocó una bandeja en la mesa junto con un plato de galletas de avena recién hechas.
—La anterior presidenta era una mujer llamada Robyn Kirkpatrick. Llevaba allí mucho tiempo, y algunos miembros de la junta pensaban que se había quedado anclada en el pasado. Yo no formo parte de la junta, Gemma, pero las voluntarias nos enteramos de cosas.
—El chisme es el alma de la vida —dije.
—¿Eso lo dijo Sherlock Holmes?
—No, lo dijo Gemma Doyle. ¿Cómo reaccionó Robyn cuando la destituyeron?
—No le hizo ninguna gracia, pero se lo tomó con calma. Le pidieron que siguiera en la junta, pero dijo que no quería hacer sombra a la nueva presidenta y presentó su dimisión. Hizo lo correcto. Con Kathy como presidenta y Robyn de vocal, la junta se habría convertido en un campo de batalla.
—¿No podían trabajar juntas? —pregunté.
—Kathy y Robyn nunca se llevaron bien. Robyn era tradicionalista.
Quería que la Casa Scarlet fuera como cualquier otro museo histórico de recreación.
Kathy usaba términos como «vanguardista» e «innovador».
Personalmente, yo apoyaba a Robyn. Me gusta nuestro pequeño museo tal como es.
Creo que es una manera estupenda de introducir a los visitantes, en especial a los niños, a la historia del cabo.
—¿Conoces a Sharon Musgrave?
Leslie puso los ojos en blanco.
—Ya lo creo. Todas conocemos a Sharon. Todo el mundo la llama «pobre Sharon», aunque no se lo dicen a la cara.
—¿Por qué? —pregunté.
—El museo es su vida. Su vida es el museo.
Queremos que la gente lo quiera y lo valore, pero el exceso de amor también es peligroso.
Sharon se enfadó cuando Kathy asumió el cargo y anunció que buscaba —Leslie hizo el gesto de las comillas con los dedos— «ideas audaces e innovadoras para recrear una Casa Scarlet a la altura del siglo XXI ».
A mí me sonó como si quisiera trabajar en la NASA , no en nuestro museo local.
—¿Sabes qué causó el incendio? —preguntó Jayne—. El informe de los bomberos afirma que se trató de un accidente provocado porque una voluntaria dejó una vela encendida.
Leslie soltó un largo suspiro.
—No lo sé, cariño. No con certeza. Sharon era la voluntaria de guardia esa noche, así que era responsabilidad suya cerrar. Sin embargo, corre el rumor de que a veces empina un poco el codo con ese vino casero de escaramujo. Ya me entiendes.
—¿Quieres decir que Sharon es una borracha? —dije.
—No lo diría con esas palabras, pero le gusta jugar a ser un ama de casa de la época de los pioneros.
De hecho, se come todo lo que prepara en sus representaciones históricas porque es incapaz de admitir que la civilización moderna tiene sus ventajas.
—Leslie hizo una mueca al recordar las recetas antiguas de Sharon—.
Como disponer de sal en cualquier momento.
Además, el vino casero puede ser muy fuerte, o eso he oído.
—Interesante —dije.
—No le des demasiada importancia, Gemma —dijo Leslie—. Te cuento lo que he oído, pero no deja de ser chisme y rumor.
—Por sí sola, este tipo de información no es de gran ayuda —concedí—.
Aquí cada uno actúa según sus propios intereses y a menudo se interpretan mal las cosas.
Pero, si lo combinas todo y aparece un patrón, esas gotas de información pueden tomar un papel importante.
Me han dicho que Sharon también es la contable del museo.
—Así es, y por eso sospecho que Kathy no la despidió tras el incendio…, o usó eso como excusa para no hacerlo. No es fácil conseguir una contable de fiar para una organización sin ánimo de lucro.
Terminé el té y me levanté.
—Gracias.
—De nada —dijo—. Hay quien dice que fue Maureen Macgregor. ¿Tú qué piensas?
—Aún no he llegado a ninguna conclusión —respondí.
En el camino de vuelta al pueblo, le dije a Jayne:
—Ya que estamos haciendo novillos, como tú dices, ¿qué te parece si vamos a pasar la tarde a la playa?
—Perfecto —respondió.