Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

—No lo dudo. No solo es voluntaria en el museo y se disfraza para actuar en la cocina, sino que además lleva nuestras cuentas.

Sharon y yo nunca tuvimos una relación especialmente buena.

Siempre pensé que su obsesión era peligrosa, pero estaba dispuesta a mantenerla porque quería que las aguas siguieran su cauce.

Kathy no lo veía así, y chocaron de inmediato.

Sharon estaba a punto de que la despacharan y la echaran a la calle por las puertas originales del siglo XVII , pero Kathy murió antes de poder librarse de ella. Me pregunto qué pasará ahora.

Sus ojos relucieron con un destello de malicia.

—¿Deshacerse de ella? ¿Por qué iba a hacer eso Kathy si Sharon era tan buena voluntaria?

Robyn me miró y vi un brillo en sus ojos, un leve gesto esbozado en las comisuras de su boca. Me había pillado otra vez y estaba encantada de ello.

—Ah, ¿no lo sabía? Fue Sharon quien quemó la casa del museo.

Jayne contuvo la respiración.

—¿Qué?

Se levantó.

—Si me disculpan, esta noche tenemos invitados y aún me queda mucho que hacer.

Yo también me puse en pie. Robyn era bastante más baja que yo, pero en ese momento tuve la sensación de que estábamos casi a la misma altura. Jayne se incorporó a toda prisa.

—El especialista en incendios y la policía no han revelado quién estaba de guardia esa noche —dijo Jayne.

—No en público, pero en el museo todos lo saben. No entiendo por qué Kathy no despidió a Sharon en el acto. A buen seguro disfrutaba con la idea de tenerla en vilo un tiempo. Sharon debió de pasar un par de semanas muy inquietantes, esperando que cayera la guillotina.

Acto seguido, nos acompañó hasta la puerta.

—Si Sharon provocó el incendio en el museo —dijo Jayne— y Kathy pensaba despedirla por eso, es lógico pensar que Sharon tenía motivos para querer que muriera.

—Estoy de acuerdo —contesté—. Si eso fue lo que pasó y si Sharon tuvo la culpa, y no fue un accidente.

—Ahora tenemos una sospechosa viable. Buen trabajo, Gemma.

—Así es —dije—. Pero no es Sharon.

—¿Qué? ¿Crees que podría ser Robyn la culpable? No parece que le importara mucho el museo.

—O eso quiere que pensemos. Robyn es una mujer interesante.

Todo en ella, desde sus gestos hasta su ropa y su maquillaje, pasando por su casa y su coche, me dice que es disciplinada y organizada.

Una mujer que sabe manejar las riendas de su vida.

Y la gente a la que le gusta tener el control no se lo toma bien cuando se lo arrebatan.

—A mí me gusta tener el control —dijo Jayne—. En el trabajo, al menos.

Le dediqué una rápida sonrisa. La cocina del salón de té era el paradigma del caos.

Jayne dirigía el local con eficacia, sin necesidad de ser autoritaria.

Su personal sabía lo que debía hacer y lo hacía sin que ella estuviera encima, criticando.

Tenía su manera de hacer las cosas, pero siempre estaba abierta a nuevas ideas.

Jayne no era una maniática del control ni de lejos.

—Robyn —dije— es casi tan buena mentirosa como yo, pero espero no cometer errores tan burdos.

—¿Crees que nos ha mentido sobre el motivo por el que estaba frente al salón de té? West London es un pueblo bullicioso en verano, Gemma, y Baker Street es el corazón. Me pareció bastante natural que estuviera de compras y que sintiera curiosidad por ver quién acudía a la subasta del museo.

—Los clientes habituales del mercado de pescado de West London nunca irían a las cuatro de la tarde de un sábado.

A esa hora solo quedan restos apestosos, hielo derritiéndose y poco más.

Nunca había entrado en la librería, a pesar de que su marido es cliente habitual, pero justo el día en que organizábamos un acto para el museo, decide que necesita comprarle un regalo.

El libro que mencionó se publicó en 2016.

No había leído hace poco una reseña en The New York Times .

Robyn Kirkpatrick estaba frente al Salón de Té de la Señora Hudson porque estaba furiosa de que organizaran un evento importante y no la hubieran invitado.

No solo no la habían invitado, sino que me juego lo que quieras a que incluso se ofreció a ayudar, con sus condiciones, por supuesto, y le dieron calabaza.

Jayne lanzó un largo suspiro. El tráfico entre Chatham y West London era intenso, y estábamos atrapadas detrás de una furgoneta abarrotada de universitarios, con sus coloridas tablas de pádel surf apiladas en el techo.

—Una cosa es considerarla sospechosa, Gemma, pero tener pruebas es otra muy distinta. No veo cómo vas a conseguir que confiese Robyn.

—No pienso hacer nada de eso. Estoy recabando datos para presentarlos a la policía. En cuanto a Robyn, de momento tan solo forma parte de mi lista de sospechosos.

—¿Tenemos una lista de sospechosos?

—La tenemos ahora. No me he olvidado de Sharon. Mi hipótesis de trabajo es que alguno de los presentes en el salón de té fue al almacén en el descanso, y al pasar quitó la guirnalda de tazas de té de la pared. Si Robyn entró por la parte trasera, no tuvo oportunidad de cogerla.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó en el momento en que su bolso empezó a sonar.

—No lo sé. Tengo que hablar con Dan Lamb antes de avanzar en la investigación, pero debo hacerlo con cierta delicadeza. ¿Por qué me miras así?

—No acostumbro a asociar la palabra «delicadeza» contigo, Gemma.

—Contesta el teléfono —dije.

Lo sacó del bolso.

—Hola, Ryan. ¿Has recibido mi mensaje? —Escuchó un momento y añadió—: Perfecto, gracias. —Colgó—. La policía no ve razón para retener el cuerpo de Kathy Lamb si la autopsia no revela nada inesperado.

—¿Cuándo es la autopsia?

—Esta tarde.

—Qué rápido. Debe de ser un día tranquilo en el hospital. Y en domingo, además.

—Ha dicho algo de que el forense estaba disponible porque mañana empieza las vacaciones.

—¿Te ha dicho qué funeraria se encargará de los trámites?

—Glenbow, de West London —respondió Jayne.

—¿Cuál es el nivel de implicación de tu madre en el museo?

—No demasiado. Al ser verano, sigue dedicando casi todos sus esfuerzos al festival de teatro.

—¿Y cómo va el festival?

—Se han agotado todas las entradas. El cambio de actor principal y lo que sucedió después fue una bendición para la venta de entradas.

—Me alegra oírlo. Hablando del festival, no habrás visto últimamente a Eddie, ¿verdad? —le pregunté, en referencia a un actor con el que Jayne empezó a salir cuando estaba a punto de estrenarse la obra.

—No, Gemma. No fue más que un capricho pasajero que se me pasó casi de inmediato. Y mi relación, o la falta de ella, con Eddie o con cualquier otro, no es asunto tuyo.

—Solo preguntaba —dije.

Jayne resopló.

—¿Quieres hablar con mamá sobre la gente del museo?

—Quiero conocer su opinión acerca de lo que hemos averiguado.

—¿Quieres que la llame para preguntarle si podemos pasarnos?

—Sí, por favor.

Jayne lo hizo y, cuando llegamos, la señora Wilson salió de la casa a recibirnos, acompañada de su perro.

Si Rufus se llevó un chasco al no ver bajar a Violet del Miata, lo disimuló bajo su explosión de alegría al ver a Jayne.

Mientras ellos retozaban, saludé a Leslie con un abrazo.

Tenía buena caray me alegré de verla en persona.

Los recientes sucesos en su adorado festival de teatro de West London habían sido un duro golpe para ella.

Llamó a Rufus, y entramos en la cocina, cómoda aunque anticuada.

O quizá resultaba cómoda precisamente por lo anticuada: no había ni un electrodoméstico de acero ni un taburete metálico a la vista, solo linóleo envejecido, encimeras de formica y azulejos decorados con tulipanes y molinos de viento holandeses.

Jayne y yo nos sentamos en la mesa de pino que lucía las marcas del paso del tiempo.