Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

CAPÍTULO OCHO

R yan no respondió, así que Jayne le dejó un mensaje. En el trayecto a Chatham, le conté lo que había averiguado.

—¿De verdad crees que alguien mataría por un puesto en la junta de voluntarios de un museo de historia de un pueblo pequeño? Me parece un motivo demasiado rebuscado, Gemma.

—He descubierto que siempre hay gente dispuesta a matar por motivos que solo ellos consideran serios —dije—.

Cuanto menores son las recompensas, mayor suele ser la desesperación.

Vieron a Robyn Kirkpatrick rondando por fuera del salón de té mientras se celebraba el acto benéfico.

Eso me parece una prueba de cierta obsesión.

Pero ahora mismo no me interesa tanto Robyn como Sharon.

—¿Sharon? ¿Por qué? A mí me pareció inofensiva.

—Que lo pareciera no basta para demostrar su inocencia, Jayne. —Al llegar a un semáforo en rojo, saqué el móvil del bolsillo y lo desbloqueé con el pulgar.

—Toma. Mira el último número marcado y búscalo en www.411.com para averiguar la dirección.

Jayne obedeció y lo leyó en voz alta.

—Menos mal —dije—, todavía hay gente que tiene teléfono fijo.

Cuando Sharon llamó a Robyn, saltó el buzón de voz.

O bien Robyn no estaba en casa o no quiso contestar a un número que no reconocía, algo muy habitual hoy en día.

Si no está en casa, quizá este desplazamiento haya sido en vano.

Pero es domingo por la mañana y lo más probable es que Robyn y su marido estén en la iglesia o en un brunch .

Pasaremos por su casa y luego decidiré. También quiero ir a visitar al señor Lamb.

Tal vez sea un poco más difícil de organizar, porque no quiero hablar con él en presencia de su esposa.

—Con tal de que no me mandes a darle una charla sobre la cría del cerdo… —dijo Jayne—. Todo tiene un límite, Gemma, hasta mis falsos conocimientos sobre la materia.

—Me temo que has arruinado la vida de esos niños para siempre con tanta información incorrecta —respondí—. Cuando los cerdos cumplen un año, ya están en el plato, no viviendo felices en la granja del señor Brown.

—¿Y tú lo habrías hecho mejor?

—Ni siquiera sabía que las crías de cerdo se llaman lechones.

Los Kirkpatrick vivían en una calle bien cuidada, con casas bien cuidadas, no lejos del mar, en la preciosa población de Chatham.

Avanzamos lentamente. Había varias personas trabajando en sus inmaculados jardines para que tuvieran un aspecto aún más inmaculado.

En el porche de una casa, una pareja de ancianos se mecía en un columpio mientras veía pasar la vida.

Una mujer paseaba a un pomerania. Se cruzó con un hombre que llevaba un gran danés y se saludaron mientras los perros se olfateaban.

El pomerania no logró alzar su nariz temblorosa más allá de los tobillos del gran danés.

No era el tipo de barrio donde pudiera aparcar a un lado de la carretera y observar a los vecinos sin que se fijaran en mí.

En la casa de los Kirkpatrick no había coches en la entrada y las puertas del garaje doble estaban cerradas.

Aparqué en la calle y Jayne y yo recorrimos el camino de acceso entre hileras de arbustos perfectamente recortados y colmados de fragantes rosas rosadas.

Toqué el timbre, que resonó por toda la casa.

—Por favor, dime que no vamos a entrar por la fuerza como hicimos en casa de los Kent cuando no contestaron —dijo Jayne.

—Como no tengo motivos para sospechar que la doncella no le esté avisando de que estamos aquí, la respuesta es no.

La casa era bonita, construida en los setenta u ochenta en un terreno arbolado de unos mil metros cuadrados. Habían cambiado las ventanas hacía poco y el tejado era nuevo. Era bonita, pero no parecía que los dueños tuvieran doncella.

Volví a pulsar el timbre.

Nada.

—Vámonos —dije—. Lo intentaremos más tarde. Y si tampoco hay nadie, tendré que llamar antes, aunque odio dar tiempo a la gente para que se prepare para mi visita.

Regresamos al coche.

—El otro día me manché mi vestido verde favorito con aliño de ensalada —le dije a Jayne mientras sacaba el Miata del camino de entrada.

—¿Acabas de recordar un detalle importante, Gemma? ¿Algo sobre aliños o vestidos verdes que te haya revelado quién mató a Kathy Lamb?

—He recordado que no consigo quitar la mancha, así que me gustaría comprar un vestido nuevo. En Chatham hay varias tiendas muy buenas. Casi es mediodía y deben de estar a punto de abrir. Podemos regresar más tarde y ver si hay alguien en casa.

La decisión fue todo un éxito: me compré un vestido sin mangas de algodón azul y verde, con una falda amplia hasta la rodilla y una rebeca azul a juego para las noches frescas.

—¿Te apetece comer algo? —le pregunté a Jayne al salir de la tienda.

—¿Después del desayuno pantagruélico que me has preparado?

—Pues entonces podemos volver a casa de los Kirkpatrick —dije.

Esta vez, había un Lexus casi nuevo aparcado en la entrada. Me detuve detrás y, al llamar al timbre, la puerta se abrió casi de inmediato.

—¿En qué puedo ayudarla? —La mujer tendría unos cincuenta y tantos, era baja, de poco más de metro cincuenta, delgada y con un tono físico que delataba sus visitas regulares al gimnasio.

La melena rubia con mechas de color caramelo le llegaba a la altura de la barbilla.

Sus ojos oscuros y su tez aceitunada apuntaban a ascendencia del sur de Europa, aunque tenía el típico acento de clase media de Nueva Inglaterra. Nunca la había visto.

—¿La señora Kirkpatrick?

—Sí.

—Me llamo Gemma Doyle y ella es Jayne Wilson.

—De la librería de Sherlock Holmes y el Salón de Té de la Señora Hudson.

—Ah. Sí, claro. —No estaba acostumbrada a que me pillaran desprevenida. Normalmente era yo quien reconocía a la gente mucho antes de que ellos me identificaran a mí—. Lo siento, ¿nos hemos visto antes?

Negó con la cabeza.

—No, pero a mi marido le encanta su tienda. Tiene una gran debilidad por las novelas históricas de misterio. Una vez me dijo quién era usted cuando la vimos pasar por la calle.

—Pero usted sí que viene bastante a menudo al salón de té —dijo Jayne.

Robyn sonrió.

—Siempre que tengo visitas de fuera, me gusta llevarlas a tomar un afternoon tea . Es todo un lujo. ¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Quieren pasar?

Aceptamos, y Robyn nos condujo al salón. Nos sentamos en unos cómodos sillones de chintz .

—¿Les apetece un té? —preguntó Robyn.

—No, gracias —respondí—. No queremos quitarle mucho tiempo. Iré directa al grano. ¿Sabe lo que ocurrió ayer en el Salón de Té de la Señora Hudson?

—Mi teléfono no ha dejado de sonar desde ayer por la tarde. Todo el mundo intenta fingir que me está dando una mala noticia, pero es obvio que piensan que me alegraré, lo cual no es cierto. ¿Cómo quieren que me alegre de la muerte de una mujer?

—«Alegrarse» es una palabra muy fuerte —dije.

—Kathy Lamb y yo teníamos una relación intensa —afirmó—. Intensamente hostil, para ser franca, y supongo que por eso están aquí. Nos odiábamos.

Volvió a pillarme con el pie cambiado. La mayoría suele andarse con rodeos al hablar de los recién fallecidos, con frases como «no hablaré mal de los muertos» o «teníamos nuestras diferencias, pero…».

—La fallecida la echó de la junta del museo —dije.

Si ella era franca, yo también podía serlo.

—Así es. Organizó un golpe y consiguió convencer a suficientes miembros para que votaran en mi contra. En su momento me enfadé, pero lo superé enseguida. A diferencia de otros, no permito que mi puesto en la junta de un museo histórico defina mi autoestima.

—¿No asistió a la subasta?

—No, como he dicho, lo había superado. El museo ya no es asunto mío.

—Pero se quedó fuera mirando cómo llegaba la gente.

Percibí un leve tic en su ojo derecho. No estaba tan tranquila como quería aparentar.

—¿A qué ha venido, señora Doyle?

—Alguien mató a Kathy Lamb en mi tienda. Y eso no me gusta.

—No lo dudo. —Se sacudió una mota invisible de sus inmaculados pantalones blancos—. Su pregunta me resulta insultante, pero supongo que irá corriendo a la policía si la echo de mi casa.

—Nunca voy corriendo a ver a la policía —dije—, salvo que tenga algo que contarles.

—Ayer estuve en West London para hacer unas compras.

Me gusta más la pescadería de Harbor Road que la de Chatham.

Después de comprar la cena, decidí pasar por su tienda para ver si encontraba un regalo para Eric.

Su cumpleaños está a la vuelta de la esquina y hace poco leí en The New York Times una reseña de Gaslight , de Stephen Price.

Sé que Eric aún no lo ha leído. Sin embargo, cuando ya había aparcado, recordé que alguien me había hablado de la subasta.

Vi a mis antiguas colegas que entraban en el Salón de Té de la Señora Hudson, y como no quería que se produjera un posible encuentro desagradable con Kathy, me fui a casa sin comprar el libro.

Ya volveré otro día. Ahora, si no tienen ninguna pregunta más…

—Hábleme de Sharon Musgrave.

Robyn soltó una carcajada.

—Sharon. Me sorprende que no se haya mudado al museo, con el tiempo que pasa allí. Lo primero que me viene a la cabeza al pensar en ella es la expresión «Búscate una vida».

—¿Quiere decir que le importa demasiado el museo? —preguntó Jayne.

—Quiero decir que ese lugar es su vida. No me molestaba que pasara allí todos los días, me ahorraba la tarea de tener que buscar más voluntarios o cuadrar horarios.

Otros no lo veían igual. Creían que Sharon estaba demasiado obsesionada.

No aceptaba ninguna mejora ni cambio en la forma de hacer las cosas.

Debe de estar desquiciada ahora que se ha quemado medio edificio.

—No es para tanto —dije—. Está encantada de apañárselas en el granero.

Robyn volvió a reír. Bajo su aspecto cuidado y sus impecables modales de Nueva Inglaterra, escondía una vis cruel, digna de cualquiera de los antagonistas con los que se hubiera topado Sherlock Holmes en los callejones de Londres.