Capítulo siete #3
—No vi a Robyn en el té —dije. No conocía a Robyn y no sabía cómo era, pero había oído decir a alguien que no había asistido. Con los años he descubierto que la mejor manera de sonsacar información es dejar que la gente crea que sabes más de lo que realmente sabes.
Sharon volvió a tapar la olla y se secó las manos en el delantal.
—Jamás se acercaría a un evento organizado por Kathy. A Robyn se le rompió el corazón cuando orquestó su plan contra ella y la echó.
En ese momento entró una familia en el granero. El «granjero» no estaba con ellos. Los niños echaron a correr en dirección a los corrales de los animales, y la madre los reprendió con firmeza.
—No os acerquéis, pueden ser peligrosos.
El padre señaló una herramienta colgada en la pared.
—¿Habéis visto la guadaña? —dijo el padre—. Es una auténtica. Mi abuelo tenía una igual cuando aún trabajaba en la granja. Por aquel entonces ya no se usaba, pero había sido de su abuelo. Antes de la mecanización, se cortaba el trigo y el heno a mano.
—Quiero ver los cerdos —proclamó el niño pequeño, sin mostrar el menor interés por cómo había trabajado su tatarabuelo en el campo.
—Jayne —dije—, ¿por qué no les cuentas a los visitantes todo lo que sabes sobre la cría de animales en los viejos tiempos?
—¿Qué?
—Los animales no os harán nada, siempre que no intentéis entrar en los corrales ni cogerlos. Enséñales los lechones, Jayne. —Le hice un gesto con la cabeza.
—Ah, claro, los cerdos. —Se dirigió al otro lado del granero—. Las crías tienen unas cuatro semanas. Se llaman Peggy, Gustavo y…
—¡Monstruo de las Galletas! —gritó uno de los niños, corriendo tras Jayne.
—Supongo que no pasará nada —dijo la madre, como si tuviera otra opción que no fuera seguirlos.
El padre continuó examinando los aperos de labranza. De modo que eso era: una guadaña. Se usaba para segar heno y otros cultivos. No era la primera vez que me alegraba de vivir en el siglo XXI y ser dueña de una librería.
—Pobre Robyn —comenté, intentando reconducir a Sharon al tema que me interesaba.
—No le dará ninguna pena que Kathy haya muerto —dijo Sharon con alegre crueldad, como quien le ata una soga al cuello a Robyn—. Supongo que el museo debería tener la decencia de enviar flores. Llamaré a Robyn en cuanto haga un descanso y le sugeriré que se encargue ella.
—¿Por qué no lo haces ahora, antes de que se te olvide?
—Tengo el teléfono en el bolso, que está cerrado en mi coche. No puedo dejar que suene aquí dentro, ¿verdad? Echaría a perder la ambientación.
—Adivinad lo que hemos encontrado —vociferó el padre por su teléfono—. Un granero antiguo como el que tenía el abuelo. Qué recuerdos de aquellos veranos en la granja.
—Los lechones se quedan con la madre hasta que cumplen…, eh…, un año —improvisó Jayne, que sabía tanto de granjas como yo. Yo les habría dicho que los lechones seguían con su madre hasta que acababan el instituto.
—Puedo vigilar el guiso mientras vas a por él —le dije.
Sharon vaciló.
—No debería dejar el granero desatendido.
Metí la mano en el bolsillo.
—¿Por qué no usas el mío? —Desbloqueé el teléfono—. Si no sabes su número, podemos buscarlo en www.411.com. ¿Cómo se apellida Robyn?
—Kirkpatrick.
—¿Kirkpatrick? ¿Vive en West London?
—No, en Chatham, pero adora la Casa Scarlet. El nombre de su marido es Eric. Es probable que el teléfono esté a nombre de él.
—Aquí está. Eric Kirkpatrick. Chatham.
Pulsé la tecla correspondiente y le tendí el teléfono a Sharon, que lo aceptó a regañadientes.
No quería usar un móvil en medio de su fantasía del siglo XVII , pero era demasiado educada para decir que no.
Di las gracias al dios de los detectives aficionados por la existencia de la gente con modales.
Esperó unos segundos y su voz adoptó de inmediato ese tono robótico que indicaba que estaba hablando con una máquina.
—Hola, Robyn. Soy Sharon, te llamo desde el museo.
Pensaba que deberíamos enviar flores al tanatorio, por Kathy.
O dondequiera que…, eh…, la hayan llevado.
Seguro que ya lo tienes controlado. Sé que siempre estás al tanto de esas cosas, pero por si acaso prefería sugerírtelo.
Gracias. Llámame. A ver si quedamos algún día para comer.
Tenemos mucho de lo que hablar ahora que podemos…
, quiero decir, que puedes… recuperar el control del museo.
No me llames a este teléfono; es de una amiga. Adiós.
Colgó y me devolvió el teléfono.
—Ahora bien, los cabritillos, a diferencia de los lechones, no necesitan tanto a su madre.
Jayne se esforzaba por improvisar datos sobre la cría de animales. No me quedaba mucho tiempo.
Una ráfaga de risas anunció la llegada de otro grupo al granero. Sharon parpadeó y volvió a sumergirse en su mundo del siglo XVII .
—Bienvenidos —dijo—. Soy doña Musgrave. Parecen agotados tras un largo viaje. Vengan junto al fuego y les contaré mi historia.
Llamé a Jayne y la salvé de las fantasías de Sharon.
—¿Has sacado algo en claro? —preguntó Jayne cuando llegamos al coche.
—Bastante —contesté—. Llama a Ryan. Pregúntale si la policía va a entregar pronto el cuerpo de Kathy a la familia y, en ese caso, si sabe cuándo será el funeral. No le digas que estás conmigo, solo que, como murió en tu local, quieres presentar tus respetos.