Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

Me reí sin darme cuenta. Uno de los niños llevaba en la mano una piedra plana y redonda. Se la metió en la boca y la mordió. Se rompió un trozo y lo masticó. No era una piedra, entonces, sino un intento frustrado de hacer pan, por parte de alguien que no tenía la destreza de Jayne.

—Puaj —exclamó el niño. Escupió el trozo y tiró el resto al suelo.

Oímos voces en el interior del granero, y Jayne y yo decidimos entrar. El lugar estaba fresco y oscuro, olía a paja limpia y a animales bien cuidados.

—Bienvenidos. —Un grupo de adultos rodeaba a una mujer que lucía un largo vestido marrón bajo un delantal blanco y una cofia blanca—. Vaya, si son mis amigas doña Doyle y doña Wilson —dijo—. Señoras, por favor, acompáñennos.

El grupo de visitantes vestidos de forma contemporánea asintió con educación. La mujer disfrazada era Sharon Musgrave, la mujer-ardilla que se había sentado en nuestra mesa el día anterior.

—¿«Doña»? —le pregunté a Jayne con un susurro.

—Les gusta utilizar el lenguaje propio de la época.

—No me hace mucha gracia ese tipo de tratamiento —dije—. Parece que nos está dando a entender que espera que nos comportemos como una mujer de la época.

—Les estaba explicando a estos visitantes de otra época —dijo Sharon— que, como la casa no será habitable durante una temporada, en la actualidad vivimos en el granero.

Echo de menos mi preciosa cama con dosel, suave y mullida, la que hicieron mi marido y mis hijos con sus propias manos, y mi gran chimenea, pero sabemos arreglárnoslas como en 1648.

Nos sonrió. Ya no era la mujer-ardilla, nerviosa y torpe, sino que se había convertido en doña Musgrave. Fuerte, segura, orgullosa…, una mujer que sabía arreglárselas para salir adelante.

—¡Cielos, Madison! Será mejor que vaya a ver a los niños. —Un hombre había salido corriendo del granero.

Las mujeres dieron las gracias a Sharon y lo siguieron.

—Esto se pone interesante —dije.

Sharon les dedicó una sonrisa radiante.

—No hay mal que por bien no venga, ¿no creen?

Lo de la casa fue horrible, pero me encanta tener la oportunidad de mostrarme tan industriosa como lo fueron nuestros antepasados.

—Abrió los brazos para abarcar el granero—.

Podemos hacer de este lugar un sitio perfectamente habitable mientras duren las obras de reconstrucción.

Los pequeños corrales para los animales ocupaban la mitad del granero.

Dos cabras me miraban con desconfianza desde detrás de la valla.

Una enorme cerda amamantaba a ocho lechones rosados, chillones y diminutos.

El resto del espacio se usaba para guardar aperos y sacos de pienso.

El suelo estaba perfectamente barrido, habían colocado jergones de paja contra la pared y en el centro había una mesa tosca con cuatro taburetes del mismo estilo.

Había un hogar formado por varias piedras apiladas, y sobre el fuego, en un soporte de hierro, descansaba una gran olla.

El aire olía a verduras cocidas y a un caldo sustancioso.

—Estofado de pollo para la cena —anunció Sharon—, con panecillos recién hechos al fuego.

No es tan cómodo como un horno, pero estarán igual de sabrosos.

—Nos dedicó una sonrisa. Llevaba una cofia tan almidonada que amenazaba con partirse en dos en cualquier momento, y un delantal tan blanco como la nieve recién caída.

El bajo del vestido quedaba a un centímetro del suelo, pero estaba limpio, igual que sus zapatos.

En el delantal lucía un discreto distintivo rojo con el logotipo de la Casa Scarlet, el único toque de color de su atuendo—.

A veces pienso que hemos perdido demasiado en nuestro afán por conseguir la plena industrialización.

«Doña Musgrave —pensé— vivía en un mundo de fantasía tan realista como Disneyland».

La paja de los corrales era fresca, el suelo estaba limpio y las cabras y los cerdos relucían como si les hubieran dado un baño esa misma mañana.

Dudaba que la harina de sus panecillos tuviera gusanos o arenilla, o que la mujer hubiera perseguido, sacrificado y desplumado a la gallina que había echado a la olla.

Si las verduras no habían madurado a tiempo, seguro que iba al supermercado, y si algún cerdo moría, siempre quedaba la carnicería de Baker Street.

—Tiene toda la razón —dije—. Está haciendo un gran trabajo aquí. Es importante recordar nuestra historia a la gente. Esos niños nunca olvidarán que han dado de comer al corderito.

—Esta mañana, a primera hora, he horneado las galletas, siguiendo una receta tradicional, elaboradas del modo tradicional.

¿Quieren probar una? —Señaló la mesa sobre la que había una bandeja de madera agrietada con seis objetos planos, redondos, irregulares y de color beis, que tenían el mismo atractivo gastronómico que una piedra.

—No, gracias —contesté—. Hemos desayunado tarde.

—Qué horrible lo de ayer —dijo Jayne.

Sharon negó con la cabeza.

—Horrible. No doy crédito. Tanto trabajo y todo en vano.

—¿Trabajo? —pregunté.

—La subasta. Confiábamos en recaudar unos cien mil dólares. La gente había donado objetos maravillosos. Los vecinos de West London son muy generosos, ¿no creen?

Jayne y yo intercambiamos una mirada y le hice un leve gesto con la cabeza.

—Me refería a la muerte de Kathy Lamb —dijo Jayne.

A Sharon se le escapó una risa nerviosa.

—Ah, eso también. Una auténtica desgracia. —Levantó la tapa de la olla y removió el contenido con un cucharón de madera.

Me aparté para examinar los aperos de labranza que colgaban de los ganchos en las paredes.

—Kathy era la presidenta de la junta del museo —dijo Jayne—. ¿Van a poder continuar sin ella?

Sharon resopló.

—¿Continuar? ¡Dios mío! No me gusta hablar mal de los muertos…

«Claro que te gusta», pensé, mientras observaba un trozo de metal retorcido que parecía un artículo personal de la Parca. Sin embargo, como la Parca no era real, no podía ni imaginar para qué servía.

—… pero Kathy no era la persona adecuada para dirigir el museo.

Tenía ideas que consideraba novedosas y originales, pero ya las habíamos discutido en el pasado y las rechazamos por cuestiones prácticas.

No entraba en razón y se negaba a escuchar.

No caía bien al resto de los miembros de la junta del museo. No habría durado mucho más.

—Supongo que necesitarán una nueva presidenta —dijo Jayne.

—Espero que Robyn acepte volver. Ella sí que era una excelente presidenta. Su única preocupación era velar por los intereses del museo. No quería darse aires de grandeza para ocultar que su marido la había dejado por una mujer mayor —Sharon soltó una carcajada.

—Esto… —murmuró Jayne.

A veces un testigo no quiere contar lo que sabe, lo que te obliga a buscar una estrategia para engatusarlo y que te cuente lo que necesitas saber. Otras veces hay que sonsacarle la información con delicadeza, por eso le había pedido a Jayne que empezara con las preguntas.

Y, a veces, lo mejor es apartarse y dejar que hablen.

—¿Un divorcio complicado? —pregunté.

—Fue horrible. —Sharon pasó al modo cotilleo encantada—.

Se alargó eternamente, debió de ser carísimo y Kathy estaba cada vez más amargada.

Al final, se resolvió hace apenas un par de meses.

Todo el mundo tomó partido, por él o por ella, y se rompieron amistades de toda la vida.

La cosa se puso tan fea que Dan tuvo que dejar el Club Náutico de West London, del que era socio de toda la vida, porque se pusieron de parte de Kathy.

—Varias personas del club asistieron a la subasta —dije.

—Porque ella se lo suplicó y los engatusó.

Aun así, a Dan no le ha ido tan mal, ¿verdad?

¿Qué más le daba que los abogados del divorcio le estuvieran vaciando las cuentas?

Elizabeth corría con los gastos. Y no le costó mucho hacer nuevos amigos.

El mismo día que lo echaron del club náutico, se apuntó al de ella.

—¿Cuál es?

—El Club Náutico de Cabo Cod. El que está un poco más arriba en la calle.

—Señaló con la mano en dirección a Harbor Road—.

No es tan elegante, o eso me han dicho, como el de West London —resopló con desprecio—.

Yo no lo sé. Es poco probable que admitan a alguien como yo, aunque tampoco es que me interese.

—Kathy usó su puesto en el museo para superar el dolor del divorcio —dijo Jayne—. Estoy segura de que todas la apoyaron y fueron de gran ayuda.

Sharon resopló.

—Lo habríamos hecho si no hubiera sido tan mandona.

Necesitaba algo con lo que remendar los pedazos de su autoestima.

Perdió la casa y acabó viviendo en un piso barato.

—No pudo disimular una leve sonrisa—. Eso la puso en su sitio enseguida.

Al principio, la gente sintió pena por ella, y Kathy se valió de ello para abrirse paso en la junta del museo y conseguir el cargo de presidenta.

Todo fue a base de artimañas y juego sucio.

Robyn, que siempre jugó limpio, no se dio cuenta de nada hasta que ya era demasiado tarde y estaba fuera.