Capítulo siete
CAPÍTULO SIETE
J ayne llegó a tiempo para el desayuno del domingo por la mañana. No soy muy buena cocinera, pero me enorgullece preparar un excelente desayuno tradicional inglés.
Puse un plato con salchichas de pavo a la parrilla, huevos revueltos, tomates frescos en rodajas, champiñones salteados y tostadas de pan integral con un poco de mantequilla frente a ella, y otro en mi sitio.
El desayuno inglés, adaptado a los tiempos modernos.
Jayne cogió el tenedor y empezó a comer con ganas.
—¿Cambiaste de idea durante la noche? Me refiero a la posibilidad de ayudar a Maureen.
—Por desgracia, no. —Corté un trozo de salchicha.
Violet, ya recuperada de su desbordante entusiasmo por la llegada de Jayne, estaba tumbada bajo la mesa, esperando que cayeran migas del cielo como maná—.
Confío en la policía de West London. Ni que decir tiene que confío en Ryan.
Pero a veces la policía se obsesiona con un sospechoso y dedica su tiempo a armar un caso contra esa persona en lugar de buscar otros posibles culpables.
El tiempo y el presupuesto son limitados, y a nuestro jefe le gusta presumir de un alto índice de casos resueltos.
—A Ryan no le hará ninguna gracia.
—No voy a implicarme de ningún modo. En el sentido de «implicarme», ya me entiendes. Solo charlaré de manera informal con algunas personas y luego contaré a las autoridades lo que averigüe.
—Claro. Usarás un tono de lo más informal cuando preguntes: «Entonces, ¿mataste a Kathy Lamb?».
—Tengo el don de la sutileza, Jayne.
Se llevó un champiñón a la boca y, con buen criterio, se abstuvo de contestar.
He comprobado, en los pocos casos policiales en los que me he visto arrastrada sin yo quererlo, que a menudo he conseguido averiguar cosas que la policía no ha podido.
Jayne podía hacer todas las muecas que quisiera al oírme decir que iba a mantener una charla informal, pero la gente suele medir mucho sus palabras cuando la interroga la policía.
En cambio, las charlas entre iguales o conocidos tienden a ser mucho más espontáneas y, por tanto, más reveladoras.
—He llamado a tu madre esta mañana —dije—. Le he preguntado por la puerta trasera que no estaba cerrada con llave.
—Lo sé. Me ha llamado nada más colgar para decirme que no me meta en tus locuras.
—Un consejo excelente. El mismo que te daría mi madre.
Me ha dicho que, sinceramente, no recordaba si cerró la puerta trasera cuando salió de la sala para sentarse en el comedor.
Eso me lleva a pensar que no lo hizo. En un entorno inusual, es decir, que no es su casa ni su lugar de trabajo, una persona recuerda mejor lo que hizo que lo que dejó de hacer.
—He perdido la cuenta de las veces que he dudado de si había cerrado el salón de té y he tenido que volver a comprobarlo.
—Exacto, porque lo haces de manera automática, como parte de la rutina. Cerrar el salón no forma parte de la rutina de tu madre, así que lo recordaría si lo hubiera hecho.
—Se siente fatal por eso —dijo Jayne—. Cree que fue culpa suya que mataran a Kathy.
—La culpa es solo del asesino, única y exclusivamente —repliqué—.
Que la puerta trasera estuviera abierta, lo admito, me da que pensar.
Si Kathy fue asesinada por alguien que entró en el almacén mientras los demás tomábamos el té, la lista de sospechosos se amplía mucho.
En ese caso, podría haber sido un robo frustrado.
Todo el mundo conocía el catálogo con los objetos de la subasta, aunque no incluía los precios.
—¿Puedes investigar en los bajos fondos de West London a ver si se comentó algo? —preguntó Jayne.
Enarqué una ceja.
—¿Los bajos fondos de West London? Ni siquiera sé si existen. Sospecho que no.
—Ah.
—Es posible que alguien quisiera hacerse con El valle del miedo . Le pediré al tío Arthur que consulte a sus contactos en los bajos fondos de los libros raros.
—¿Arthur Doyle tiene contactos que trafican con libros robados?
—Arthur Doyle tiene contactos en todas partes —afirmé.
—Vaya. Preferiría no haberlo sabido.
—Chica es la punta de la espina, mas a quien duele, no la olvida —le dije con una sonrisa—. Pero no tienes por qué preocuparte. Una vez ayudó a un hombre acusado de robar a un coleccionista famoso por su inestabilidad. Desde entonces son amigos.
—¿Arthur demostró su inocencia?
—Ah, no. Aquel hombre no era inocente. Creo que aún conserva el libro.
Arthur consiguió desviar la sospecha hacia un coleccionista aún más famoso e inestable.
De paso, hizo caer a una familia criminal de triste fama.
Seguro que leíste algo en los periódicos.
—Jayne se quedó boquiabierta—. ¿Más tostadas?
—¿Eh? Ah, tostadas. No, gracias. Esto está buenísimo. Cocinas mejor de lo que admites.
Se sirvió champiñones sobre los huevos y tomó un bocado.
—Cualquier inglesa que se precie sabe preparar un desayuno inglés en condiciones. Hasta mi madre era capaz de no quemar las salchichas. A veces.
—Supongo que lo de ir a la playa queda cancelado.
—Me temo que sí. Termina de comer y nos vamos.
Menos mal que planeamos tomarnos el día libre.
Con el paso de los años, he descubierto que hacer de detective interfiere bastante con la gestión de un negocio propio.
Si quieres venir conmigo, claro. No te sientas obligada.
Te propuse descansar porque necesitas un respiro, no quiero que lo desperdicies correteando por West London en lo que puede ser una búsqueda inútil.
Jayne se llevó a la boca un tomate cherri.
—No me atrevo a dejarte sola, Gemma. Me aterra pensar en los líos en los que podrías meterte sin mí. ¿Hace falta que te recuerde que hay un asesino suelto?
—No creo que vaya a olvidarlo.
—¿Por dónde empezamos?
—Ayer noté mucha tensión en aquella sala, más allá de la presencia de Maureen.
Jayne asintió.
—Conflictos internos, diría yo.
—Además de entre los voluntarios del museo, había fricción entre Dan Lamb y su flamante esposa, lo que implica roces también con Kathy.
Es obvio que Jock O’Callaghan y Elizabeth Dumont tienen un pasado común, aunque es probable que no tenga nada que ver con la muerte de Kathy.
Voy a empezar por el museo. Kathy no contaba con el aprecio de los demás.
Asumió el control de la junta hace poco y ayer oí comentarios sobre voluntarios que dimitieron cuando ella tomó el mando.
—¿Entonces vamos a dar por hecho que no se trató de un robo que salió mal? —preguntó Jayne.
—Le dijiste a Ryan que tenías dos de esos adornos de teteras, ¿verdad?
—Sí.
—Sería demasiada casualidad que un ladrón entrara por la puerta trasera y llevara encima un objeto idéntico.
Una se arrancó de la pared, la otra quedó en su sitio.
El ladrón tuvo que cogerla al pasar. Que luego la usara como la usó no nos corresponde juzgarlo, pero eso descarta, al menos de momento, la idea de que alguien entrara por la puerta trasera dispuesto a robar lo que encontrara.
—¿Y por qué estamos ayudando a Maureen? Es perfectamente posible que ella matara a Kathy. Yo la vi en el pasillo apenas unos minutos antes de que entráramos al almacén.
—Había mucha gente en el pasillo. Algunos querían ir al baño; otros, echar un vistazo a los objetos a la venta.
Eso es parte del problema. Todos los que estaban en la sala, con la posible excepción de la madre anciana de Jock O’Callaghan, iban de un lado a otro mientras esperábamos que empezara la subasta.
Maureen me cae tan mal como al resto de habitantes de este pueblo, pero creo que es inocente. Al menos en este caso —le dije a Jayne.
—Tiene sentido —respondió ella, y rebañó los últimos restos de huevo con la tostada.
Aunque la Casa Scarlet está cerca de donde vivo, fuimos en el Miata y dejamos a Violet con cara triste asomada a la ventana. Si la visita al museo nos obligaba a ir a algún otro lado, no quería tener que volver a por el coche.
Eran más de las diez y los turistas ya abarrotaban las calles.
El tráfico avanzaba con lentitud hacia la playa o en dirección a los locales que ofrecían un brunch dominical, y el paseo marítimo estaba lleno de gente que compraba pescado fresco, comía helados u observaba a las focas que jugaban en el agua bajo el muelle.
Nos detuvimos en el aparcamiento de Harbor Road.
Los carteles indicaban que la casa principal del museo estaba cerrada, pero que el granero y los jardines permanecían abiertos.
Era domingo, así que no había ningún operario trabajando en la restauración de la casa, a pesar de que las obras ya habían empezado.
La fachada y una de las paredes laterales estaban cubiertas de andamios.
—Es una pena lo que pasó —dijo Jayne—. Podrán restaurar la casa, pero no será lo mismo si ya no es original. ¿Alguien ha pensado si el incendio tuvo relación con el asesinato de Kathy? Dijeron que fue un accidente, pero quizá no lo fuera.
—Se me pasó por la cabeza —dije—. Tendré que preguntarle a Ryan.
Puede que el responsable de investigar el incendio quiera revisarlo otra vez tras la muerte de Kathy.
Si tenía enemigos en el museo, quizá ellos mismos provocaron el fuego para que pareciera culpa suya.
Y cuando eso no funcionó… —dejé la frase en el aire y bajamos del coche.
Un hombre salió del granero, seguido por un cordero y un grupo de niños pequeños alborotados.
—Buenos días —saludó, tocándose el sombrero de ala ancha.
Vestía ropa de granjero de la época colonial: camisa blanca, polvorienta y arremangada, chaleco de cuero marrón, pantalones oscuros y bombachos que terminaban a la altura de la rodilla, calcetas negras y zapatos con hebillas—.
Este pequeñín —les dijo a los niños— es un cordero tardío.
Nació mucho después que los demás, que vinieron al mundo en primavera.
—Llevaba un biberón en la mano—. ¿Queréis darle de comer?
Le entregó el biberón a una niña, que lo tomó y lo acercó. El cordero se agarró de inmediato. La niña soltó una carcajada tan fuerte que agitó las coletas.