Escándalo en escarlata (Misterios en la librería Sherlock Holmes 4) Capítulo seis #3
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Capítulo seis #3

La cuestión es que Maureen coleccionaba enemigos con la misma facilidad con la que otros coleccionaban tazas de Sherlock Holmes o cualquier artículo con la cara de Benedict Cumberbatch. Con orgullo.

Cuando Maureen y Kathy discutieron por el cuadro, yo era la persona que se encontraba más cerca de ellas.

Maureen disfrutó de la bronca. Me parecía perfectamente plausible que hubiera elegido el peor cuadro que encontró para donarlo a la subasta, con la simple esperanza de provocar a Kathy.

Zanjada la disputa, objetivo cumplido, satisfecha con el trabajo hecho, se retiró con rostro triunfal para abrirse paso en el círculo de la alcaldesa.

No, Maureen Macgregor no había matado a Kathy Lamb.

Pero había varias personas que habían escuchado lo ocurrido entre ellas y quizá no habían visto la satisfacción en el rostro de Maureen ni sabían el placer que le producía su fama de cascarrabias de Baker Street, ni cómo se dejaba la piel por fomentarla.

Lo que sí vieron los testigos, y lo que contaron a la policía, fue que Kathy y Maureen habían mantenido una tensa discusión en público. Kathy no quería que Maureen aportara nada a la subasta, ridiculizó el cuadro y humilló a su creadora ofreciéndole un dólar y medio por él.

Si bien cualquier persona con un par de dedos de frente argüiría que la gente normal no mata por un cuadro barato, Maureen se había ganado tantos enemigos a lo largo de los años que nadie iba a salir en su defensa. No había nadie en West London que la considerase una persona normal.

—Quieres que Gemma demuestre tu inocencia —afirmó Jayne.

Maureen asintió. La observé con atención. Trasladó el peso de un pie al otro. Esperé. Al fin, hizo un esfuerzo para pronunciar las palabras.

—Sí. P-p-por favor, Gemma. ¿Puedes ayudarme?

Moriarty saltó del estante. Se acercó hasta Maureen y se enroscó en sus piernas. Aliviada de tener una excusa para romper el contacto visual, se inclinó y le dio unas palmadas. El gato se restregó contra su pierna y ronroneó con ganas. Ella levantó la vista y me dedicó una sonrisa débil.

Lo que Maureen no sabía era que, si Moriarty quería que yo la ayudara, esa era una excelente razón para no hacerlo.

Moriarty y yo no tenemos una relación muy cordial.

Era un gato magnífico para la tienda. Quería a todo el mundo y todo el mundo lo quería a él.

Pero, por razones desconocidas, siempre intentaba arañar la mano que le daba de comer.

Procuraba no tomármelo como algo personal.

A otros animales les gusto. Mi perra, Violet, me adora.

Más de una vez me ha seguido algún perro callejero cuando he salido a pasear.

Incluso otros gatos se muestran cariñosos conmigo cuando visito a amigos que tienen felinos.

Pensándolo bien, la única otra persona que Moriarty no tolera es Ryan Ashburton. Tomé nota mental del dato para analizarlo en otro momento.

—No puedo ayudarte con esto, Maureen —dije—. No estoy implicada en el asunto ni pienso implicarme.

—Lo único que te pido es que hagas lo que hiciste aquellas otras veces. Ayudaste a Donald Morris cuando lo acusaron de matar a aquella escritora y a Leslie Wilson cuando…

Me abstuve de decirle que había ayudado a Donald y a Leslie porque me caían bien. En lugar de eso, me limité a contestar:

—No.

Se irguió, levantó la barbilla y me miró directamente a los ojos.

—Sabía que iba a ser una pérdida de tiempo, pero pensé que valía la pena intentarlo. No es cierto lo que dicen de ti, ¿verdad?

—¿Qué dicen de Gemma? —preguntó Jayne.

—Que es más lista que la policía. Ya sabía yo que eran habladurías. La gente cree que, como lo sabes todo sobre Sherlock Holmes, eres una especie de detective consultora. Como siempre, nadie me escucha. No me ayudas porque no puedes. Admítelo, Gemma Doyle.

«El truco más viejo del mundo», pensé.

—Son más de las nueve —dije—. Hora de cerrar.

—La policía me ha dicho que no salga de West London. Han estado hablando con gente que me conoce. Preguntando si tengo mal genio. Si alguna vez he perdido los nervios. Están buscando en los archivos de la policía para encontrar trapos sucios sobre mí.

—¿Y van a hallar algo? —pregunté.

—Puede que sí, puede que no. Soy una mujer de negocios respetable, Gemma, como Jayne y tú. Lo he sido desde hace mucho tiempo, pero puede que haya alguna cosa de mi pasado que me deje en mal lugar. ¿Acaso no las tenemos todos?

—Yo no —dijo Jayne.

Maureen la fulminó con la mirada. Y luego recordó que intentaba mostrarse cordial, de modo que disimuló.

—La policía quiere cargarme el muerto. Lo sé. Lo único que les importa es resolver el caso lo antes posible y ganarse un ascenso.

—No es así como trabaja la policía de West London —dijo Jayne.

La carcajada de Maureen tenía su historia. Algún día quizá quisiera averiguar cuál.

—Así trabajan todos. —Me miró fijamente—. Buscarán la manera de culparme y el verdadero asesino quedará libre. A lo mejor hasta vuelve a matar. Pero no te preocupes, Gemma. No será culpa tuya. Como te he dicho, sé que esto te queda grande.

—Haré algunas preguntas —dije—, pero no prometo nada.

«El truco más viejo del mundo. Y he caído de lleno».