Capítulo seis #2
Se fueron al salón de té y Ryan cerró la puerta, pero no le dio tiempo de hacerlo antes de que me colara detrás de mi amiga. Ryan puso los ojos en blanco, pero no me pidió que me fuera.
—¿Qué puedes decirme de la decoración? De esas tazas atadas con un cordel. Hay uno colgado en la pared y el otro… está en el almacén. ¿Tienes alguno más?
—No —dijo Jayne—. Los hace una artesana de Brewster. Compré dos para probar y ver si se vendían bien. Si me los compraban, pensaba hacer un pedido más grande. —Tragó saliva—. Creo que ya no quiero venderlas.
—Es lógico. De momento, mantendremos en secreto el detalle del arma homicida. Por favor, no le digáis a nadie que se usó esa cuerda para matar a Kathy.
—No lo haremos —le aseguré.
—Si quieres, puedes irte a casa, Jayne —dijo Ryan—; yo me encargaré de cerrar cuando terminemos aquí y pasaré a dejarte las llaves en casa.
—Gracias, pero me quedaré un rato más, así le echo una mano a Gemma.
—De acuerdo.
Abrió la puerta, y Jayne y yo volvimos a la librería. Ryan la cerró tras nosotras, echó el pestillo y cruzó el salón de té vacío.
—Tengo que sacar todas esas mesas y sillas prestadas antes de abrir mañana —dijo Jayne—. Ocupan demasiado espacio.
—¿Por qué no cierras? —le pregunté—. Necesitas descansar.
—¿Cerrar? ¿Un domingo de julio?
—Claro —dije, entusiasmada con la idea—. Duerme hasta tarde, luego ven a mi casa. Podemos ir a la playa, darnos un baño y tumbarnos al sol. Mañana hará calor. Este año aún no has pisado la playa. Yo también me tomaré el día libre. Ashleigh se las apaña bien.
Los domingos, las tiendas de Baker Street solo abrían de doce a cinco. Ashleigh podía encargarse de todo.
—¿Me estás diciendo que quieres escaquearte del trabajo?
—Me parece un buen plan —le sonreí y mi amiga me devolvió el gesto.
Hacía ya un tiempo que pensaba que Jayne tenía cara de cansada.
Trabajaba mucho en verano. Yo también trabajaba, pero no con unos horarios tan criminales como los suyos.
Se levantaba a las cuatro, los siete días de la semana, para empezar con el pan y la repostería, abría el salón de té a las siete para servir desayunos y cafés para llevar, y trabajaba hasta que cerraba a las cuatro de la tarde.
Luego solía ayudar a recoger y se encargaba de la contabilidad o de gestiones de índole personal.
Si había algún evento especial, como el té de la subasta de hoy, se quedaba hasta tarde para prepararlo.
Eran casi las nueve de la noche y allí estaba, en la librería, ayudándome y preocupándose por abrir mañana.
—De acuerdo, ¡me apunto! —dijo—. Llamaré a Jocelyn y Fiona para decirles que no vengan a trabajar. —Su precioso rostro se ensombreció al pensar en ellas—. No, no estaría bien. ¿Qué pasa con Jocelyn y Fiona? No puedo quitarles un día de sueldo.
—Seguro que ellas también disfrutarán del día libre —dije.
Sabía que ninguna de las dos tenía muchos ingresos extra—.
Diles que la policía nos ha confirmado que no podemos abrir, pero que les pagaremos el día igualmente.
Puedes decirle eso también a la Asociación para el Fomento del Comercio, si se quejan de que cierres.
—¿Estás segura?
—Sí, segura del todo. ¿No has conseguido unos ingresos que han subido el diecisiete por ciento con respecto al año pasado? Los de la librería han aumentado un quince.
—Sí, pero el año pasado fue cuando abrimos y…
—Pues no se hable más.
Ya me veía disfrutando de un día libre entero.
Y en verano, encima. Solía aprovechar los domingos por la mañana para ir a nadar, pero no tenía tiempo para pasar un día entero de playa, que era justo lo que íbamos a hacer mañana.
Luego podíamos comer en un restaurante con encanto, tranquilo y caro.
Me habían hablado muy bien de uno que acababa de abrir en Chatham.
Tal vez podíamos ir de excursión por la costa, hacia el norte, después de comer.
Con la capota del Miata bajada, mientras el viento salado nos acariciaba el pelo.
Me apetecía comprarme un vestido de verano nuevo y, de vuelta, podíamos parar a tomar algo en la terraza del Harbor Inn.
Era poco probable que Ryan tuviera el día libre para venir a cenar con nosotras al Blue Water Café, pero no descartaba que pudiese resolver el caso de forma rápida.
—Me emociono solo de pensar en ello —dijo Jayne.
—Fantástico, pues ¿por qué no te vas a casa? Ya me encargo yo de lo que falta. Son casi las nueve.
Miró hacia la puerta corredera.
—Me quedaré un poco más. No me gusta irme cuando aún queda gente dentro.
La tienda empezó a vaciarse.
—¿Tienes alguna idea, Gemma? —me preguntó Jayne cuando se marchó la última clienta que, me alegra decirlo, avanzaba a trompicones debido al peso de las compras que había hecho.
—¿Alguna idea sobre qué?
—El asesino de Kathy.
Negué con la cabeza.
—No voy a negar que le he estado dando vueltas al asunto, pero no se me ha ocurrido nada. No obstante, la relación que tenía con su exmarido es de lo más interesante.
—¿En qué sentido?
—Creo que él se arrepentía de haberla dejado. Y creo que su nueva esposa lo sabía y está furiosa. Pero tampoco me parece que ninguno de los dos sea capaz de semejante atrocidad.
Conté los recibos del día e intenté poner un poco de orden.
Jayne estaba barriendo el suelo, con la ayuda de Moriarty, que abrigaba el firme propósito de esparcir de nuevo todo el polvo que ella iba recogiendo, cuando sonó la campanilla de la puerta y entró Maureen en la tienda.
No nos saludó con una sonrisa. No dijo nada.
Se quedó plantada en el umbral, con la mirada fija en sus pies.
Eran las nueve menos un minuto.
Jayne dejó de barrer y Moriarty se encaramó a un estante.
—Buenas noches —le dije—. Estamos a punto de cerrar, Maureen. ¿Puedo ayudarte en algo?
Miré hacia la calle. Las farolas ya estaban encendidas y los vehículos avanzaban entre la penumbra. La tienda de artesanía de Maureen estaba envuelta en la oscuridad.
Respiró hondo. Levantó la cabeza y miró a Jayne. Miró a Moriarty, que la observaba con sus ojos penetrantes. Barrió la tienda con la mirada, los libros, los juguetes, los juegos de mesa, los DVD , los objetos de regalo. Lo miró todo, salvo a mí.
Aquello me daba muy mala espina.
—No —le dije—, ni hablar.
—No te he pedido nada.
Examinó la reproducción de la cubierta del Beeton’s Christmas Annual que colgaba en la pared detrás de mí.
—Ni falta que hace. La respuesta será la misma.
—¿Qué no te ha pedido? —preguntó Jayne.
Maureen carraspeó. Arrastró los pies. Estaba observando con detenimiento todo lo que había en mi tienda como si fuera a someterse a un examen posteriormente. Aun así, no me miró.
Al parecer, me correspondía a mí iniciar la conversación.
—Aunque quisiera, no podría ayudarte, Maureen. No conocía a Kathy Lamb, a ninguna de las personas que trabajan en el museo ni a las demás que formaban parte de su vida. Tengo la misma información sobre lo que ha ocurrido hoy que cualquier otro de los presentes.
—Ah —dijo Jayne—, quieres que Gemma averigüe quién mató a Kathy.
—La policía cree que he sido yo —afirmó Maureen—, pero te juro que yo no he hecho nada, Gemma.
—Lo sé —afirmé.
—¿Por qué iba a…? ¿Lo sabes? —Me miró a los ojos por primera vez.
—Kathy estaba mucho más enfadada contigo que tú con ella —le dije—. Si te hubieran asesinado, ella habría sido la principal sospechosa de la policía. Si me apuras, admitiré que te sentiste insultada por lo que dijo sobre tu cuadro, pero ello no es motivo suficiente para matar a alguien.
Dadas las circunstancias, preferí ser algo cauta y reservarme algunas de mis observaciones y opiniones.
Maureen no caía bien a ninguno de los comerciantes de Baker Street y daba la sensación de que ella estaba encantada de que así fuera.
A veces, me daba por pensar que disfrutaba acosando a sus vecinos, incluida yo.
Antes de que yo llegara a West London, Maureen había sido presidenta de la Asociación de Comerciantes de Baker Street, mandato que había durado una semana.
Por lo que me han contado, los miembros de la organización amenazaron con quemar su tienda si no dimitía.
Dudo mucho que hubieran llegado tan lejos, pero Maureen dejó el cargo y, desde entonces, se ha dedicado a burlarse y a ridiculizar a la Asociación de Comerciantes y a todos sus miembros.